Sola
Yo no dormía. Me había quitado la camiseta y los pantalones cortos y estaba encima de la sábana en bragas, con los brazos separados del cuerpo para no tocarme a mí misma con mi propio calor, y el sudor me corría desde el cuello hasta el colchón por los dos lados, y pensaba en cosas útiles: los diez días, La Habana, Reyes, a quién llamar, si el fondo europeo aceptaría una prórroga de temporada por causa de fuerza mayor y si una tormenta tropical y un sello contaban como fuerza mayor.
Y después dejé de pensar en cosas útiles.
* * *
Fue la mano de Yasel. Lo primero. La mano en el cabo, el sábado, al agarrar mi borda, con los nudillos claros y las uñas negras, y el brazo detrás con todos los tendones.
Y la misma mano el martes bajo el agua de Jutías, en mi cintura, abierta, sin apretar, con el agua tan clara que le veía los pies moverse debajo, y ese segundo de los largos en que no me quité.
Me lo puse delante en el negro. Le puse el resto: el collar de cuentas flotando, el pelo aplastado, la boca callada por una vez a veinte centímetros de la mía.
Me bajé las bragas. Sin decidirlo, o decidiéndolo a la vez que lo hacía, que es como decido la mayoría de las cosas que valen la pena.
Me las quité por los pies y las tiré a algún sitio del suelo y me quedé desnuda en la sábana con la tormenta encima, y me puse la mano en la tripa, plana, mojada de sudor, y la bajé.
Estaba mojada. Lo había estado desde el porche, desde antes, desde la moto, y no me había hecho caso porque una tiene treinta y cuatro años y un doctorado y diez días.
Me abrí con dos dedos. Me toqué entera, de abajo arriba, una vez, despacio, y solté el aire por la boca con un ruido que la lluvia tapó.
Otra vez. Con el dedo corazón, en círculos, alrededor, sin llegar al clítoris, que es como me gusta empezar, haciéndome esperar a mí misma, que es lo único que tengo controlado en esta vida.
Pensé en la mano de Yasel en la cintura bajando.
Pensé en cómo hablaría, porque hablaría, ese hombre no se callaría ni con la boca en un sitio, y pensé que me diría cosas en cubano que yo entendería a medias y que me pondría más lo que no entendiera, y me metí un dedo, hasta el fondo, y lo saqué, y me lo llevé al clítoris mojado, y ahí sí.
Círculos. Pequeños. A la velocidad que sé. Con las rodillas dobladas y los pies plantados en la sábana y la otra mano en una teta, cogiéndome el pezón entre dos dedos y apretando como me lo apretaría alguien que no tiene cuidado, y la casa se movió con una racha y yo me moví con ella.
Y entonces, sin pedir permiso, apareció Rubén.
* * *
No pareció una traición porque en mi cabeza no había ninguna ley.
Apareció como había estado en la moto: la espalda estrecha y dura bajo la camisa gris, mi pecho contra ella, los muslos contra los suyos en cuarenta kilómetros de baches, y las manos de él en el manillar quedándose un segundo de más, y la garganta al beber la cerveza en el garaje, y la voz baja diciendo "cuando yo me incline, usted se inclina".
Esa voz. Pensé en esa voz diciéndome otras cosas, despacio, con frases enteras, un hombre que decía las cosas enteras antes de hacerlas, y a mí se me fue la mano más rápido sin que se lo hubiera pedido.
Lo mezclé. Ahí está la verdad. Me lo puse a él detrás, con esa voz en la oreja, y a Yasel delante, con la boca, y me toqué con dos dedos ahora, más fuerte, más abajo y más arriba, y me metí dos dedos y los curvé y encontré el sitio y me quedé ahí con el pulgar en el clítoris, moviendo la mano entera, con la muñeca, que es la manera en que se hace cuando ya no te importa cómo se hace.
Sudaba. La sábana estaba pegada a la espalda.
Tenía la boca abierta y hacía ruido, un ruido de nariz y garganta que en Cádiz Nuria dice que es de perra, y la tormenta lo tapaba, y me daba igual que lo tapara.
Pensé en los dos a la vez. Lo digo con claridad porque en el negro lo pensé con claridad: los dos, en esa cama, uno a cada lado, las manos de uno y la voz del otro, y no me daba vergüenza.
Me daba otra cosa. Se me subieron las caderas de la sábana.
Apreté los muslos contra mi mano y los abrí otra vez y los apreté, y ya no había Yasel ni Rubén ni nadie, había mi mano y una cosa que subía desde abajo y desde atrás como sube la marea, sin prisa y sin que se pueda parar, y cogí la almohada con la mano libre y me la puse en la boca y la mordí.
Me corrí con la casa moviéndose. Largo. De esos que van a golpes, uno, otro, otro, con los dedos dentro sintiendo cómo apretaba alrededor y el pulgar sin parar porque si paras se corta, y la almohada en los dientes con sabor a tela vieja y a mi propio sudor, y un sonido en la garganta que de haber tenido generador se habría oído en la calle.
Duró lo que dura una racha de viento. Seguí un poco más, más suave, apurándolo, hasta que el clítoris dijo basta, y saqué la mano, y la dejé caer en la sábana, mojada, y me quedé mirando el negro con la boca abierta y el pecho subiendo y bajando y la lluvia sin enterarse de nada.
* * *
No pensé enseguida. Se agradece. Me quedé tumbada un rato largo, con las piernas abiertas y el sudor enfriándose, oyendo el zinc, y en algún sitio del pecho tenía esa cosa que da después, esa tontería tranquila, y me dejé tenerla.
Después pensé. Pensé que me había corrido pensando en dos hombres que no se hablaban, uno de los cuales me había quitado la lancha y el otro de los cuales me había subido a la suya para que el primero se la quitara a él, y que ninguno de los dos me había besado, ni lo había intentado de verdad, salvo un segundo en el agua, y que yo tenía diez días.
Y entonces oí la voz.
Fuera. En el patio de atrás, donde Migdalia tenía el gallinero. Bajo la tormenta, entre dos rachas, una voz de hombre, alta, hablando sola.
—¡Celia! ¡Celia, coño, no te me vayas por ahí, que te lleva el viento hasta Viñales!
Me quedé quieta.
—¡Ven acá! ¡Que tu madrina me mata! ¡Ven acá, gallina malagradecida!
Un ruido de alas, un golpe, una risa.
—Ya está. Ya está. Ya te tengo. Ño, cómo pesas. Vamos pa' dentro. Vamos, mi amor, vamos, que yo tampoco quería estar aquí.
Y pasos, chapoteando en el barro del patio, alejándose hacia la puerta de la cocina, y la puerta de la cocina abriéndose y cerrándose con cuidado, y la casa quieta, y la lluvia.
Yasel. Había venido con la tormenta encima a meter a la gallina de Migdalia dentro de la casa, porque a Migdalia se le había olvidado, o porque él sabía que se le olvidaría.
Y había estado ahí fuera, a cuatro metros de mi ventana tapada con su propia plancha, hablándole a una gallina, mientras yo mordía una almohada.
Me tapé la cara con las manos, en el negro, y me reí sin ruido, con el cuerpo entero, hasta que me dolió.
* * *
Y después no me dormí, que habría sido lo sensato.
Me quedé escuchando la casa. La puerta de la cocina que no volvía a abrirse, lo que quería decir que se había quedado dentro, en la cocina de Migdalia, con la gallina, esperando a que pasara lo peor del viento, a diez metros de mí y un tabique.
Le oí moverse. Una silla. El ruido de una taza.
Y luego su voz otra vez, más baja, hablándole a Celia, que debía de estar en la mesa mirándole con un ojo, y le decía algo de que las gallinas de Cuaji, de un pueblo de México del que Migdalia tenía un imán, sabían nadar, y que ella no, y que eso era una vergüenza.
Se me fue la mano otra vez. Sola, casi. Sin decidirlo del todo, con la almohada ya a un lado y la sábana empapada, con la voz de ese hombre atravesando el tabique diciéndole tonterías a un animal en una tormenta, y me pareció la cosa más absurda del mundo que aquello me pusiera, y me puso, y me toqué.
Distinto esta vez. Más rápido, sin hacerme esperar, con el clítoris ya sensible de la primera y los dedos resbalando solos, y sin imaginarme nada, sin ponerme a nadie delante ni detrás, con la voz real al otro lado de la pared como única cosa en la cabeza.
Me imaginé que él sabía. Eso fue lo único que me imaginé: que sabía que yo estaba ahí, a diez metros, haciendo esto, y que por eso seguía hablándole a la gallina, en voz alta, para que yo lo oyera, para acompañarme sin entrar, y era una idea idiota y me corrí con ella, rápido, corto, con las rodillas apretadas y la mano atrapada entre los muslos y un ruido en la garganta que esta vez no me molesté en tapar, porque la casa entera estaba gritando con el viento y una más no se notaba.
Al otro lado, la voz paró.
Un segundo, dos, la lluvia. Y después, más bajo, como si hablara con la boca pegada a la gallina:
—¿Oíste eso, Celia? Yo tampoco.
Y siguió hablándole de las gallinas de México.
Me quedé bocarriba, con la mano en la tripa, mirando el negro, con el cuerpo hecho un trapo y una cosa en la cara que era una sonrisa que no había pedido, y pensé en la moto, en la espalda gris, en "cuando yo me incline", y pensé en la mano de cuero en la cintura bajo el agua, y pensé en los dos en la calle pasándose clavos sin mirarse, y pensé que los diez días empezaban a contar en cuanto abrieran el aeropuerto y que era imposible que en diez días me diera tiempo a nada, y que iba a intentarlo igual, porque a mí si me dejan una cosa hago esa cosa.
Tenía un problema. Bueno. Dos.