Hanna
—Bueno. Pues a clavar.
Y Puerto Esperanza entero se puso a clavar.
Lo digo así porque fue así. No hubo ningún aviso oficial que yo viera, ninguna sirena, ningún camión con altavoz.
Hubo una radio en cada cocina, y a las nueve de la mañana había hombres en todos los tejados atando las planchas de zinc con alambre, y mujeres sacando planchas de contrachapado de debajo de las camas, donde se guardan de una tormenta a la siguiente, y niños llevando cubos, y en el muelle, todas las chalanas saliendo del agua una detrás de otra, arrastradas a mano por la rampa por seis o siete hombres cada una, y quedándose en la calle de arriba, en fila, bocabajo, como ballenas varadas de madera.
La Fonseca la subieron a las once. Sin motor pesaba menos, dijo Yasel, que fue lo único que dijo en toda la mañana, y lo dijo a nadie.
A la una y media, en el tejado de la señora de ochenta años, con el alambre en las manos y un hombre de la cooperativa, Ramón, sujetándome la escalera desde abajo, aprendí también otra cosa: que en Puerto Esperanza la gente hablaba de mí como si yo no estuviera, incluso cuando estaba a tres metros por encima de sus cabezas.
—Esa es la española.
—Ya sé que es la española, Ramón.
—La que se llevó Yasel a Jutías.
—Y la que se llevó Rubén a Pinar en la moto.
—Los dos.
—Los dos. —Un silencio, el ruido de un clavo—. ¿Y ella qué dice?
—Ella no dice nada. Ella cuenta tortugas.
—Pues alguien tendrá que decir algo.
—Pásame ese alambre.
Yo pasé el alambre. Desde arriba. Con la cara que pone una en el tejado de una desconocida cuando dos hombres hablan de ella como de una cosecha, y la señora de ochenta años, desde la puerta, con una mano en el marco, levantó la cabeza hacia mí, me miró un momento largo, y dijo, con toda la calma del mundo:
—Mi amor, en este pueblo lo único que no se comenta es el tiempo. Y hoy ni eso.
A las tres de la tarde, con el cielo todavía azul y un calor de cien kilos, la Jawa paró delante de la casa de Migdalia.
* * *
Traía un sobre. Lo llevaba en la mano como se lleva una cosa que no te gusta tocar, y subió los tres escalones y se quedó de pie en el porche y no se sentó.
—Doctora. Dos cosas.
—Vale.
—Una. Ha llegado esto de Pinar. —Me dio el sobre.
Dentro había una hoja con un sello morado y cuatro líneas—.
Inmigración cancela su visado de investigación por falta de objeto.
Tiene diez días para salir del país a partir de la notificación.
La notificación es hoy. Pero el aeropuerto de La Habana ha suspendido los vuelos desde esta mañana por la tormenta, así que los diez días empiezan a contar cuando se reanuden.
Eso lo he pedido yo por teléfono. Me lo han dado.
Leí la hoja. Cuatro líneas. Doce años de tortugas y doscientos cuarenta mil euros y una hoja con cuatro líneas y un sello que esta vez sí era de donde tenía que ser.
—¿Y la segunda cosa?
—La segunda cosa es que usted es una ciudadana extranjera bajo mi responsabilidad en un municipio costero con aviso de tormenta. Voy a pasar por aquí. Esta noche y mañana. A ver que está bien.
—Estoy en casa de Migdalia. Migdalia ha visto más tormentas que tú.
—Ya lo sé. Voy a pasar igual.
Lo miré. Estaba de pie con las mangas iguales y las gafas, y por primera vez desde el muelle no tenía la cara de la oficina; tenía otra, más cansada, con algo en la mandíbula que no estaba el lunes.
—Lo del motor de Yasel —dije.
—Eso es otra cosa.
—Le has dejado sin barca antes de una tormenta.
—La barca está en tierra. El motor está en el patio de la cooperativa, tapado.
Nadie va a salir a pescar con Hanna encima.
—Se colocó las gafas—. Y él sabía lo que hacía cuando la subió a bordo, doctora.
Eso él lo sabía. Lo hizo para que yo tuviera que hacer esto delante de todo el pueblo. Y yo lo hice.
—Sois los dos igual de burros.
—Puede.
No se movió. Yo tampoco. Entonces se oyó un ruido en la esquina, un ruido de hombre andando con una escalera al hombro, y era Yasel, con una escalera de madera, un martillo colgado del cinturón y un puñado de planchas de contrachapado debajo del otro brazo, y venía por la calle hacia la casa de Migdalia, y vio la moto, y no se paró.
* * *
Lo que pasó después me lo he contado muchas veces, porque no lo entiendo del todo y porque me gusta.
Yasel llegó al porche. Dejó la escalera contra la pared. Dejó las planchas en el suelo. Miró a Rubén el tiempo que se tarda en no mirar a alguien, y dijo, a Migdalia, que había salido a la puerta con el trapo:
—Madrina, las ventanas del lado del mar. Las dos.
—Ay, mi amor, sí.
Y se puso a medir una plancha contra la ventana de la cocina, y no cabía, y sacó una sierra de mano del cinturón, y Rubén, sin decir nada, bajó los tres escalones, cogió la otra plancha del suelo, la puso contra la ventana del cuarto, la mía, y tampoco cabía, y se quedó mirándola, y Yasel le tiró la sierra.
Por el aire. Sin mirar. Rubén la cogió por el mango.
Cuarenta minutos. Yo estaba en la puerta con Migdalia y los vi.
Serraron las planchas cada uno en su ventana, clavaron, uno sujetaba la escalera del otro cuando el otro subía a clavar arriba, se pasaban los clavos de la boca a la mano y de la mano al otro, sin una palabra, sin mirarse, con una coordinación que no se aprende en cuarenta minutos ni en cuarenta días, y que tenían los dos en el cuerpo desde antes de los diecinueve años, desde antes de todo.
En un momento Yasel dijo "más arriba", y Rubén subió el clavo dos centímetros, y en otro Rubén dijo "ese está torcido", y Yasel lo sacó y lo puso derecho, y eso fue toda la conversación.
Migdalia, a mi lado, con el trapo, dijo muy bajito:
—Mira eso. Diecisiete años.
Y se metió dentro porque se le quemaba algo.
Cuando acabaron, Yasel recogió la escalera y el martillo y la sierra, y Rubén se limpió las manos en el pantalón, y los dos se quedaron de pie en la calle, a tres metros el uno del otro, sin nada que hacer con las manos, y Yasel dijo, a la calle:
—El generador de Migdalia tiene la correa floja.
Y Rubén dijo, a la calle:
—Ya lo sé.
Y Yasel se fue por un lado y Rubén arrancó la moto al tercer pisotón y se fue por el otro, y yo me quedé en el porche tapado con contrachapado, en la penumbra, con un sobre en la mano que decía que tenía diez días.
* * *
Las primeras bandas llegaron a las siete.
Primero el viento, de golpe, un viento caliente que venía del mar y que hacía sonar las planchas de zinc de todo el pueblo a la vez, como un aplauso de latas.
Después el cielo, que se puso del color de un moratón.
Después la lluvia, de lado, tan fuerte que no se veía la casa de enfrente, y el agua entrando por debajo de la puerta del porche, y Migdalia con una toalla enrollada en el suelo diciendo "esto no es nada, esto es un chubasco con nombre".
El generador de Migdalia aguantó hasta las nueve.
A las nueve la correa floja hizo lo que hacen las correas flojas y el ruido de motor se paró, y con él el ventilador ruso, y la bombilla del pasillo, y la radio, y la nevera de los imanes, que dio un suspiro y se quedó muda.
Migdalia encendió una vela y me dio otra, y me dijo que me fuera a dormir, que la tormenta no se iba a ir antes por mirarla.
Me fui al cuarto. Sin ventilador. Con la ventana tapada con una plancha clavada por dos hombres que no se hablaban. Con la lluvia en el zinc como un tambor que no paraba, y el viento empujando la casa de madera, que se movía, se movía de verdad, un centímetro a cada racha, crujiendo, como un barco.
Me tumbé encima de la sábana, vestida, con la vela en el suelo, y el calor era una cosa sólida, y yo llevaba en el cuerpo todo el día: los cubos, el tejado, el sobre, la moto del lunes, el agua de Jutías del martes, la mano de Yasel en la cintura bajo el agua, la espalda de Rubén contra mi pecho en cuarenta kilómetros de baches, los dos en la calle con las planchas pasándose clavos sin mirarse.
Me hacía falta una ducha fría. En una casa de Puerto Esperanza, en una tormenta, sin generador y con la presión de agua que hay, eso era exactamente lo único que no iba a tener.