Marea (Sin billete de vuelta nº 2) Jutías
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Jutías

Las langostas eran seis y Migdalia las cocinó a la plancha con ajo y limón mientras Yasel, sentado en la cocina con la gallina en el regazo, le explicaba a la gallina lo que era una langosta.

Rubén no se quedó. Había dicho "buenas noches, Migdalia" desde la moto, y "doctora", y se había ido, y Yasel había esperado a que el ruido de la Jawa se perdiera calle abajo para abrir el ron.

—El inspector dijo que no navegara.

—El inspector dijo que no navegaras en la lancha del Estado. En la mía no dijo nada.

—Porque en la tuya no se le ocurrió.

—Pues a mí sí. —Se sirvió otro dedo—. Tú eres científica. Yo soy pescador. Los dos vamos al mar a mirar. Si alguien pregunta, eres una turista que quería ver el cayo y yo te cobro veinte dólares.

—¿Me vas a cobrar veinte dólares?

—Te voy a cobrar veinte dólares si alguien pregunta.

Migdalia, desde el fregadero, hizo el ruido de la lengua.

—A las cinco —dije.

* * *

A las cinco no había amanecido y el muelle era una raya gris con pelícanos dormidos en los bolardos.

La Fonseca estaba en la escalera con el motor ya caliente, echando ese humo negro, y Yasel me dio la mano para bajar, la mano de nudillos claros, y me soltó en cuanto tuve los pies en la madera.

Salimos sin luces. El pueblo se quedó atrás con una sola bombilla encendida, la de la panadería, y delante el mar era una lámina negra con una raya más clara donde iba a salir el sol, y él puso rumbo a esa raya con la caña entre las rodillas y una taza de lata con café en la mano.

Hablaba menos por la mañana. Lo suficiente.

Me explicó que las nasas eran de la cooperativa pero las ponía él, que la cooperativa le pagaba la langosta a un precio que daba risa y él vendía dos de cada diez a un paladar de Viñales que le pagaba en dólares, y que eso lo sabía todo el mundo incluido el inspector, y que el inspector no hacía nada porque en Puerto Esperanza si el inspector hiciera algo con cada uno que vende dos de cada diez, no quedaría nadie en el pueblo para inspeccionar.

—¿Entonces por qué te tiene manía?

—Porque yo soy el que dice en voz alta lo que él hace en voz baja.

El sol salió. Sale rápido en el trópico, como si tuviera prisa por llegar a la hora de hacer daño.

Y el cayo apareció delante, primero una raya oscura, después una raya verde, después una playa blanca tan blanca que parecía una mentira, y Yasel apagó el motor a cien metros y La Fonseca siguió sola, sin ruido, sobre un agua de tres metros de fondo con hierba de mar meciéndose abajo, y se oían los pájaros del cayo y nada más.

—Mira —dijo.

Bajo la barca, entre la hierba, había una carey.

Una hembra joven, del tamaño de una bandeja, con ese caparazón de escamas montadas unas sobre otras que ha hecho que se las maten durante trescientos años para hacer peines.

Comía. Levantó la cabeza, nos miró con esa cara de estar muy ocupada, y siguió comiendo.

No dije nada. Me quité la camiseta y los pantalones cortos, me quedé en bikini, me puse las gafas, y me tiré.

* * *

Abajo era mi casa. Hierba de mar, arena, la carey a cuatro metros que no se movió, la luz haciendo esas redes en el fondo que hace a las siete de la mañana.

Bajé hasta ella. Me quedé a un metro, quieta, con los brazos a los lados, y ella me miró y decidió que yo era una cosa grande que no mordía, y siguió arrancando esponja de una piedra.

Le miré el borde del caparazón, los escudos, la cabeza.

Sin marca. Sin nada. Una carey de cinco o seis años que no había visto nunca a un ser humano y que no sabía que a doscientos metros había cuatro tíos en Puerto Esperanza que se la llevarían en una carretilla.

Subí a respirar. Yasel se había tirado también. Estaba a diez metros, flotando de pie, mirándome, con el pelo aplastado y el collar de cuentas flotando en la superficie alrededor del cuello.

—Bucea peor que tú —dijo—. Y yo también.

—Tú buceas como un pescador.

—¿Y eso cómo es?

—Deprisa y para coger algo.

Se rio. Bajó. Le vi bajar, con las patadas cortas de quien ha aprendido en la orilla y no en una piscina, flaco y largo, con la espalda marcada y el bañador negro, y llegar al fondo y quedarse allí más de lo que yo esperaba, tocando la arena con la mano, mirando a la carey desde lejos sin acercarse, y subir sin prisa.

Cuando sacó la cabeza yo ya llevaba un rato mirándole y dejé de mirarle y volví a mirarle.

—¿Qué?

—Nada. Aguantas.

—Aguanto lo que haga falta, mami.

Estábamos cerca. Se había acercado nadando, o me había acercado yo, y el agua era tan clara que veíamos los pies del otro moviéndose abajo, y él puso una mano en mi cintura, bajo el agua, abierta, sin apretar, para mantenerse, o eso era lo que decía la mano.

Yo no la quité. Tenía la sal en los labios y el sol en la nuca y a ese hombre a veinte centímetros con la ceja partida y esa boca que no se callaba y que ahora estaba callada, y no me quité, y él tampoco, y pasó un segundo de los largos.

Entonces se oyó un motor. Lejos, del lado del pedraplén, un fueraborda de verdad, no un Lada. Yasel giró la cabeza. La mano se fue.

—Guardafronteras —dijo—. Ronda de las siete. Súbete.

* * *

El bar del pedraplén de Jutías era una caseta con techo de guano, tres mesas, un hombre llamado Chichi con una plancha, y una música que salía de un teléfono metido en un vaso.

Comimos langosta a las nueve de la mañana, que es la hora correcta para comer langosta si te la han sacado del mar a las seis.

Bebimos Cristal, fría esta vez. Un niño de nueve años me vendió una caracola por un dólar y me explicó que si me la ponía en la oreja oía el mar, y le dije que ya lo oía, que estaba ahí, y me miró con lástima.

—¿Tú tienes marido en España?

Yasel. Con la langosta en la mano.

—No.

—¿Novio?

—Tuve. Se fue a Lisboa con mi traje de neopreno.

—¿Con tu traje?

—Con mi traje bueno.

—Ño. —Dejó la langosta—. Eso es peor que irse con otra.

—Es exactamente lo mismo, pero más frío.

Se rio con toda la cara. Tenía una risa que le hacía cerrar los ojos, que es la risa de la gente que no se ha reído nunca para quedar bien.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Mujer. Novia. Alguien.

—Yo tengo a Migdalia y a La Fonseca. —Bebió—. Tuve una jeva en Pinar, cuando salí. Duró dos años. Se fue a Miami con un italiano. Ahora tiene un salón de uñas en Hialeah y me manda fotos de las uñas.

—¿Y eso?

—Pa' que vea lo bien que le va.

No lo dijo con rabia. Lo dijo como se dicen las cosas que ya has puesto en el sitio que les toca.

* * *

Volvimos a las once con las nasas revisadas y dos langostas más en el saco, y desde media milla se veía que en el muelle había gente.

Mucha. Gente de pie al final, donde la escalera, y entre la gente un hombre alto con camisa gris y dos hombres de la cooperativa a los lados con esa postura de quien acompaña sin querer.

—Coño —dijo Yasel, muy bajito.

No bajó la velocidad. Eso me sorprendió. Llevó La Fonseca a la escalera con el mismo giro de siempre, saltó, ató, y se quedó de pie en el hormigón con las manos en la cintura mirando a Rubén, y Rubén dijo, con la voz de la oficina, en voz alta para que se oyera:

—Yasel Domínguez. Transporte de una ciudadana extranjera en embarcación particular sin licencia de pasaje, en zona de ronda de guardafronteras, con conocimiento de una prohibición expresa de navegación notificada a la ciudadana. Te lo advertí el sábado.

—A mí no me advertiste nada. Se lo dijiste a ella.

—Estabas en la puerta.

—Yo estoy siempre en la puerta, asere. Es mi puerta.

—El motor queda intervenido. Ramón, Blas.

Los dos hombres de la cooperativa se movieron hacia la barca, sin ganas. Blas, el de la cadera, miró a Yasel como pidiéndole perdón. Y Yasel se puso delante.

Lo que pasó después lo entendí a medias, porque pasó en un cubano tan rápido y tan bajo que las palabras se me pegaban unas a otras, y porque la gente del muelle, que ya no disimulaba, hacía un ruido de gente.

Pero cogí cosas. Cogí "la balsa". Cogí "Kilo 8" y "dieciocho meses", dichos por Yasel con la cara a un palmo de la de Rubén, que no retrocedió ni un centímetro.

Cogí "tú sabes lo que hiciste" y "yo no hice nada" y "eso, eso, di eso, dilo delante de la gente".

Cogí "tu mamá", dicho por Rubén, muy bajo, y el silencio de un segundo que hubo después, y luego Yasel diciendo "a mi mamá no la metas, que está muerta, y la tuya que siga rezando, que buena falta le hace".

Y cogí, al final, cuando Ramón y Blas ya estaban en la barca sacando el motor con una cadena, a Rubén diciendo, sin levantar la voz:

—Tenías un motor de barco y lo pusiste en una balsa. Ahora tienes un motor de coche en un barco. Tú siempre pones las cosas donde no van.

Y a Yasel contestando:

—Y tú siempre estás en el muelle cuando llegan.

Rubén se giró. Cogió la Jawa del manillar y se fue andando con ella, sin arrancarla, muelle abajo, entre la gente que se apartaba, y la gente le miraba la espalda y luego miraba a Yasel, que se había quedado mirando el hueco en la popa de La Fonseca donde ya no había motor, y luego me miraban a mí.

Toda la gente. Con esa cara que tienen los pueblos cuando por fin pasa algo.

Hice la cuenta: una semana en Cuba, sin permiso, sin lancha, sin pasaporte, y ahora sin la única barca del pueblo que me habría llevado a alguna parte.