Marea (Sin billete de vuelta nº 2) Pinar
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Pinar

—Súbase.

Eran las siete de la mañana del lunes y Rubén Alfonso estaba delante de la casa de Migdalia con la moto en marcha, una Jawa negra con el depósito abollado y un asiento largo de escay, y un casco en la mano que me tendía a mí.

No llevaba otro. Llevaba la camisa gris, las mangas a la misma altura, y una cara de haber dormido cuatro horas.

—¿A dónde?

—¿Y por qué me lleva usted?

—Porque el Geely no tiene gasolina y en el pueblo no hay. Súbase.

Migdalia, desde el porche, con la gallina en brazos, hizo un ruido con la lengua que podía significar cualquier cosa. Me puse el casco, que olía a otra cabeza, y me subí detrás de él, y no supe dónde poner las manos, y él dijo, sin girarse:

—En la cintura. Y cuando yo me incline, usted se inclina. No al revés.

Puse las manos en la cintura. Debajo de la camisa gris había un hombre estrecho y duro, de esos que corren, y olía a jabón de barra y a gasolina, y arrancó al tercer pisotón, y salimos de Puerto Esperanza por la carretera de Viñales con el sol saliendo a la derecha y yo con la cara a diez centímetros de una nuca afeitada que no me dijo nada en cuarenta kilómetros.

* * *

Cuarenta kilómetros de baches. Lo cuento porque importa.

La carretera de Puerto Esperanza a Pinar del Río sube desde la costa, cruza el valle de Viñales entre esos mogotes que parecen los nudillos de alguien enterrado boca abajo, pasa por campos de tabaco con las hojas colgando en casetas de madera, y baja a la ciudad por una recta con más agujeros que asfalto.

En una moto, cuarenta kilómetros de eso son cuarenta kilómetros de agarrarte.

Se aprende rápido. Al principio te agarras con las manos.

A los diez kilómetros te agarras con las manos y los muslos.

A los veinte has dejado de pensar en cómo te agarras y estás pegada a la espalda de un hombre que se inclina en las curvas sin avisar, y te inclinas con él, y en algún momento entre Viñales y Pinar te das cuenta de que tienes el pecho contra su espalda y los muslos contra los suyos y que los dos os habéis dado cuenta y ninguno va a decir nada porque hay un bache.

No fue nada, y lo digo ahora para dejarlo claro: fue una moto con baches.

Pero cuando paró delante de la oficina de Inmigración de Pinar del Río, a las ocho y diez, en una calle con una cola de cuarenta personas que ya estaba allí desde las seis, y me bajé, y me quité el casco, tenía las piernas raras y la cara caliente, y él se quedó un segundo de más con las manos en el manillar antes de bajarse, y luego se colocó las gafas con el nudillo y dijo:

—La cola es esa.

* * *

La cola era esa. Cuarenta personas y un ventilador de pie en la puerta que movía el aire de una manera que hacía más calor.

Se avanzaba de una en una, cada diez minutos, y dentro había un mostrador con una mujer de uniforme verde y una carpeta, y cuando llegamos, a las diez y veinte, la mujer miró mi nombre en un libro grande, un libro de verdad, con hojas, y dijo:

—Caraballo Iglesias. Visado de investigación, casa particular Rojas, Puerto Esperanza. El pasaporte está en revisión.

—¿Qué revisión?

—La del convenio.

—El convenio lo van a arreglar en La Habana.

—Cuando lo arreglen, viene usted, y se lo damos.

—¿Y hasta entonces?

—Hasta entonces está usted en el país legalmente con su carta de registro. —Me la dio, una hoja con un sello morado—. Vuelva el lunes.

—Hoy es lunes.

—El otro.

Rubén, a mi lado, no dijo nada. Yo saqué la voz de la Caraballo, la puse encima del mostrador, y le expliqué a la mujer del uniforme verde lo de las tortugas, las cinco semanas, los doce días entre puesta y puesta, el fondo europeo, y la mujer me escuchó entera, con una atención que me pareció sincera, y cuando terminé dijo:

—Qué lindo. Vuelva el lunes.

* * *

La delegación provincial era un edificio de dos plantas con un cartel del ministerio, una escalera con un escalón roto que todo el mundo saltaba sin mirar, y un despacho en el primer piso con un ventilador, un calendario de 2024 y un hombre de unos sesenta años, con bigote y una guayabera, que se llamaba Lázaro Cuní y que era el jefe de Rubén.

Nos hizo pasar. Me miró como se mira un paquete que ha llegado a la dirección equivocada.

—Doctora. Bienvenida a Pinar del Río. Siéntese.

Me senté. Rubén se quedó de pie con la carpeta.

—Rubén me ha adelantado por teléfono la situación.

Es una situación fea. No por usted, que veo que es una profesional.

Por los papeles. Los papeles son lo que son.

—Se abanicó con una hoja—. Yo quiero que usted lo entienda: yo no puedo tener a una investigadora extranjera trabajando en mi provincia sin un convenio en regla.

Si pasa algo, y siempre pasa algo, la pregunta que hacen en La Habana es "¿quién lo autorizó?

", y yo no quiero ser la respuesta a esa pregunta.

—Nadie le pide que autorice nada. Le pido que no me impida contar nidos con un cuaderno.

—Con un cuaderno cuente lo que quiera. Yo no le prohíbo pasear por una playa.

Pero sin lancha, sin equipo, sin marcar y sin salir del municipio hasta que Inmigración decida qué hace con su visado.

Y le voy a ser sincero, doctora: lo que va a decidir es cancelarlo.

Porque un visado de investigación sin convenio es un visado sin objeto.

Y usted va a tener que salir del país y volver a entrar cuando lo tenga todo arreglado.

—Salir del país.

—Y volver. Con todo arreglado, la recibimos con los brazos abiertos. —Los abrió, para ilustrar—. Rubén, el informe.

Rubén dejó la carpeta en la mesa. Lázaro la abrió, leyó una página, cerró la carpeta, la firmó por fuera, y la puso encima de una pila de carpetas iguales que llegaba hasta la altura del ventilador.

—Sin novedad —dijo, a Rubén, no a mí—. Bien.

Yo no supe entonces lo que significaba. Miré a Rubén, que miraba el calendario.

* * *

A la vuelta paró en un garaje. Era un garaje de verdad, con una persiana metálica medio subida, un Moskvitch desguazado al fondo y cuatro mesas de plástico con manteles de hule, y una mujer que salió de detrás de una cortina y le dijo "Rubencito" y le tocó la cara y a mí me miró de arriba abajo como una suegra a la que aún no le han dicho nada.

Nos sentamos. Trajo dos platos de cerdo asado con congrí y yuca con mojo y dos cervezas Cristal que no estaban frías y que nos bebimos como si lo estuvieran.

Hablamos. Es la primera vez que puedo decir que hablamos.

Me dijo que había hecho el servicio militar en los guardafronteras, tres años, en una lancha, vigilando la costa por la que su amigo de la infancia había intentado irse, y que no me lo decía por nada, me lo decía porque yo iba a oírlo en el pueblo de todas formas.

Que después había estudiado biología en Pinar, cinco años, en una universidad con un laboratorio que tenía un microscopio para doce alumnos, y que había hecho la tesis sobre manglar, no sobre tortugas, y que se había presentado a la plaza de inspector del municipio porque nadie más se presentó, porque el sueldo eran cuatro mil pesos, que eran unos doce euros, y porque estaba en la costa, y su madre estaba en la costa, y su madre tenía diabetes, y no tenía más hijos.

Que los domingos jugaba al ajedrez en el parque con tres viejos que hacían trampas y que él las veía todas y no decía nada, porque ganar a un viejo tramposo tiene menos mérito que dejarle creer que no le has visto.

Yo le dije que mi padre tenía un barco en Barbate, un llaüt de nueve metros que se llamaba Sara, como mi hermana, y que se había ahogado en él cuando yo tenía doce años, un febrero, con levante, a dos millas de la costa, y que no me lo preguntara porque no había más que eso.

Que yo había aprendido a bucear a los quince en el Club Náutico de Cádiz con un instructor que se llamaba Paco el Pelos, y que la tortuga que llevaba tatuada en el tobillo era una boba, una caretta, la primera que había marcado en mi vida, en Cabo Verde, a los veintitrés.

Que llevaba doce años yendo de playa en playa y que era la primera vez que me quitaban el equipo.

—Yo no le he quitado el equipo.

—Le has puesto una pegatina.

—Que no es lo mismo.

—Es peor. Es como estar castigada mirando el chocolate.

Se rio. Fue corto y por la nariz, y se lo tapó con la cerveza, y miré cómo se le movía la garganta al beber y aparté la vista.

—No me gusta lo que tengo que hacer con usted —dijo, después, al plato.

—Pues no lo hagas.

—Eso no funciona así.

—Todo funciona así. Alguien decide.

—Alguien decide arriba. Yo escribo lo que veo. —Puso la botella en el mantel de hule, exactamente en el centro de un cuadro—. Y lo que veo, doctora, es que usted es la primera persona en once años que ha llegado a ese pueblo por las tortugas y no por las langostas. Ya está. Eso es lo que veo.

Levanté la cabeza; él no, y pagó. Cuando salimos al sol, la mujer de la cortina me tocó el brazo y me dijo "cuídamelo", como si yo fuera a hacer algo con él, y me subí a la moto, y puse las manos en su cintura, y él dijo "cuando yo me incline", y yo dije "ya lo sé", y no dijo nada más en cuarenta kilómetros, y yo tampoco, y el sol nos dio en la espalda todo el camino de vuelta a la costa.

* * *

En el porche de Migdalia, a las seis, cuando la Jawa paró delante de la casa, había un hombre sentado en el segundo escalón con una botella de Havana Club siete años en una mano y un saco de yute a los pies, del que salía un ruido de patas.

Llevaba una camisa. Era la primera vez que le veía con camisa, azul, con un botón de más abierto.

Se levantó cuando me bajé de la moto, me miró a mí, miró la moto, miró a Rubén el tiempo justo para que se notara que no lo miraba, y dijo:

—Migdalia. Le traje unas langostas a Migdalia. Que es la madrina de uno.