La Mulata
A las nueve de la mañana del domingo, Rubén Alfonso puso una pegatina blanca con un número en cada una de mis dos maletas de aparatos, firmó encima de la pegatina con un bolígrafo que primero tuvo que soplar, me hizo firmar a mí en un papel que decía que las maletas estaban precintadas en presencia de la interesada, le dio los buenos días a Migdalia, no le dio nada a la gallina, y se fue en una moto que arrancó al tercer pisotón.
Todo el proceso duró once minutos. En ningún momento me miró más de lo necesario y en ningún momento dejó de ser educado, y yo llevaba doce años en universidades y sabía reconocer a un hombre que hace bien un trabajo que odia.
A las nueve y cuarto estaba sentada en el porche con un café, mirando la calle, con las maletas precintadas en mi cuarto y las tortugas a quince kilómetros.
A las nueve y media había decidido que las pegatinas estaban en las maletas y no en mí.
* * *
Lo que necesitaba para contar nidos no estaba en las maletas.
Estaba en la cabeza. Un nido de tortuga verde se ve desde diez metros si sabes lo que miras: un rastro doble de aletas que sube desde el agua, una zona removida del tamaño de un colchón de niño, el rastro que vuelve.
Con una linterna de luz roja, que sí llevaba en la mochila porque las linternas se compran en un chino de Cádiz y ningún inspector las considera equipo científico, un cuaderno, un lápiz y una cinta métrica, se puede hacer el censo de una playa sin más tecnología que la que tenía Darwin.
No se puede marcar. No se puede poner un transmisor.
Pero se puede contar, y contar era, esa noche, lo único que me quedaba, y yo soy una persona que si le dejan una cosa, hace esa cosa.
Migdalia me prestó la bicicleta de su difunto.
Era una bicicleta china de hierro, negra, con un sillín de piedra y un timbre que funcionaba, y con ella salí de Puerto Esperanza a las ocho de la tarde por la carretera hacia el oeste, con el sol escondiéndose detrás de los mogotes y la gente en los portales mirándome pasar como quien ve pasar la procesión.
A los seis kilómetros, donde Migdalia había dicho, salía una pista de tierra a la derecha que se metía en el manglar.
La cogí. El manglar por la noche huele a huevo podrido y a sal y hace un ruido de bichos tan seguido que se siente como una presión.
Pedaleé nueve kilómetros de barro seco y raíces con la linterna en la boca, porque no tenía dónde ponerla, y salí a la playa a las nueve y media con la lengua sabiendo a plástico y las piernas ardiendo.
Y allí estaba.
La Mulata. Dos kilómetros de arena blanca en curva, sin una casa, sin una luz, con una línea de uva de playa detrás y el mar delante, negro, quieto, con la espuma de la orilla brillando sola.
La luna estaba en cuarto creciente y bastaba.
Me bajé de la bicicleta. La dejé tirada en la arena, me quité las zapatillas, y me quedé de pie con el cuaderno en la mano, respirando eso.
Llevo doce años en playas de puesta. Lo digo para explicar que no soy una persona que se emocione con una playa.
Pero cada vez que llego a una nueva, de noche, sola, la primera vez, hay un minuto en que no hago nada y no pienso nada.
En algún sitio debajo de esa arena hay huevos, cientos, miles, calentándose, y las hembras que los pusieron están ahí fuera, en ese negro, a doscientos metros, esperando la marea para volver, y ninguna sabe que existo.
Me gusta ese minuto. Es lo más parecido que tengo a rezar.
Se acabó el minuto. Encendí la roja y me puse a andar por la línea de la marea alta hacia el oeste, contando.
* * *
Encontré el primer rastro a los cincuenta metros.
Doble, ancho, de esa noche o de la anterior: verde, seguro, por la simetría de las aletas.
Lo seguí hasta el nido, lo medí, apunté.
El segundo a los ciento diez. El tercero era viejo, de una semana, con la arena ya lisa.
El cuarto estaba a medias, un rastro que subía y bajaba sin nido, una hembra que había salido, se había asustado de algo y había vuelto al agua, y me quedé un momento mirando el sitio donde había dado la vuelta, preguntándome qué la habría asustado en una playa donde no había nadie.
A los trescientos metros la vi.
Estaba en la parte alta, cerca de la uva de playa, y se movía.
Apagué la linterna. Me tumbé en la arena, boca abajo, y esperé, y cuando los ojos se acostumbraron la vi entera: una verde de metro y pico, oscura, con el caparazón brillando de agua todavía, cavando.
Las aletas traseras hacían ese movimiento que no se parece a nada, una pala y luego la otra, sacando arena en cucharadas, con una paciencia que no es paciencia porque no hay alternativa.
Se oía. La arena cayendo, y el resuello de ella, que es un ruido de fuelle viejo, y nada más en dos kilómetros.
Me quedé donde estaba. Uno no se acerca a una hembra hasta que empieza a poner, porque hasta entonces cualquier cosa la espanta, y cuando empieza a poner ya no la espanta nada, está en otro sitio.
Tardó veinte minutos. Y luego se quedó quieta, con la cabeza baja, y empezaron a caer los huevos, y me acerqué por detrás con la roja tapada con la mano, y me arrodillé a un metro, y conté.
Ochenta y tres. Blancos, blandos, del tamaño de una pelota de ping-pong, cayendo de dos en dos y de tres en tres en el hoyo con un ruido que no es un ruido, y ella llorando, que es lo que hacen, sal por los ojos, con esa cara de vieja que tienen todas y que a mí me parece la cara más seria del mundo.
—Va —le dije, en voz muy baja—. Va, guapa. Ya está.
—Ochenta y tres —dijo alguien detrás de mí.
* * *
No grité. Lo digo con orgullo. Me giré con la linterna en la mano como si fuera un arma, que no lo era, y la luz roja le dio en la cara a Yasel, que estaba sentado en la arena a cuatro metros, con la espalda contra un tronco de uva de playa, las rodillas levantadas, un machete clavado en la arena al lado y una cara de estar allí desde antes que yo.
—¿Tú qué coño haces aquí?
—Bajito, que la asustas.
—No se asusta. Está poniendo.
—Ya sé que está poniendo. Llevo viéndola poner desde antes que tú. —Se estiró—. Yo la conozco a esa. Tiene una muesca en el borde, atrás, a la izquierda. Ya vino el once de agosto. Y el veintinueve de julio.
Me quedé de rodillas en la arena con la linterna apuntando a su cara y a él sin importarle. Miré a la tortuga. Miré atrás, a la izquierda. Había una muesca.
—¿Llevas un registro?
—Llevo la cabeza, mami.
—¿Y qué haces aquí?
Se rascó la ceja partida con el pulgar. La tortuga terminó, y empezó a tapar, con esa técnica de las traseras que es como si nadara en la arena.
—Alguien tiene que cuidar la playa. El Estado no le paga a nadie.
En este pueblo hay gente que se lleva los huevos, y gente que si ve una hembra sola se la lleva a ella, entera, en una carretilla, pa' venderla en Pinar.
Son cuatro. Sé quiénes son. Ellos saben que yo vengo.
—Tocó el machete, sin cogerlo—. Así que vengo.
—¿Todas las noches?
—Las de marea.
—¿Desde cuándo?
—Desde que salí. —No dijo de dónde y yo no pregunté—. Mi abuela se comió, yo qué sé, cien. Doscientas. En sopa. Y a mí me gustaba la sopa, mami, no te voy a mentir. Eso es lo que hay. Uno paga como puede.
La tortuga terminó de tapar. Dio media vuelta, con esa torpeza de barco encallado, y empezó a bajar hacia el agua, y los dos nos quedamos callados y la vimos ir, un rastro nuevo al lado del rastro viejo, hasta la espuma, y la espuma se la tragó, y ya está.
* * *
Contamos el resto juntos. Él iba delante, descalzo, sin linterna, y decía "aquí" y "este es viejo" y "esta es la de la muesca, del once, ya te la apunté", y clavaba en cada nido nuevo una caña con un trozo de cinta azul, que era su sistema, y yo iba detrás con el cuaderno comprobando, y no se equivocó ni una vez, ni una, en dos kilómetros, y a la vuelta yo tenía veintitrés nidos activos en el cuaderno y él tenía veintitrés en la cabeza y ninguna de las dos listas necesitaba a la otra.
—Este es de la tercera puesta de la de la muesca. Si vuelve, vuelve el seis. Y la última el veinte o el veintiuno, si le queda una.
—¿Cómo sabes que vuelve el seis?
—Doce días, trece. Tú lo sabes mejor que yo. Tú tienes doctorado.
—Tengo doctorado y sesenta mil euros de aparatos con pegatina.
—Esa pegatina se la ha inventado él. No existe ese papel. —Se paró en la arena y me miró con las manos en la cintura—. Ese hombre lleva veinte años inventándose papeles pa' que la gente no se mueva. Lo hizo con las balsas y ahora lo hace con las tortugas.
—Migdalia me ha contado lo de la balsa.
—Migdalia cuenta la mitad.
—¿Cuál es la otra mitad?
Me miró. Había cambiado la cara. El humor no se le había ido, era una cosa que llevaba puesta como el collar, pero debajo había algo con dieciocho meses de peso.
—La otra mitad es que él estudió biología en Pinar mientras yo contaba días.
Que él se sacó un título con el mismo nombre que la cárcel donde yo estaba: la provincial.
Que él volvió al pueblo con un uniforme y yo volví con un número.
Y que él no ha dicho una palabra en diecisiete años.
Ni una. Ni "lo siento", ni "fui yo", ni "no fui yo".
Nada. —Se agachó, cogió un puñado de arena, lo soltó—.
Ese hombre nació con el carné en la mano, mami. Cualquiera. El que haga falta.
Yo no dije nada. En Cádiz, en el bar de mi madre, se aprende pronto que cuando alguien te cuenta la mitad que le duele, no se contesta, se pide otra ronda. No tenía otra ronda. Le pasé la botella de agua. Bebió.
Entonces vimos la luz.
Venía por la pista del manglar, un faro amarillo bailando entre los troncos, y un motor de dos tiempos que se oía desde muy lejos, y salió a la playa por donde había salido yo, y se paró, y se apagó.
Un hombre bajó de la moto. Alto. Se puso las gafas con el nudillo.
Se quedó de pie al lado de la bicicleta de hierro de Migdalia, mirándola, y luego levantó la cabeza y miró la playa, y nos vio, a veinte metros, dos figuras al lado de un nido.
No vino. No se fue. Se quedó allí, con la moto, en el borde de la uva de playa, y sacó de la chaqueta una libreta, y se puso a andar por la orilla hacia el este, hacia el otro lado, despacio, mirando la arena, contando.
—No jodas —dije.
—Todas las noches de marea —dijo Yasel—. Desde el este. Yo desde el oeste. Nos cruzamos en el medio. Diecisiete años.
Me senté en la arena. Los miré, a uno a cada lado, dos hombres que no se hablaban contando los mismos nidos en la misma playa en direcciones contrarias, y miré mi cuaderno, con sus veintitrés nidos, y pensé que había venido a Cuba a contar tortugas y que me acababan de meter, sin preguntarme, en un juicio de custodia.