Marea (Sin billete de vuelta nº 2) El inspector
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El inspector

La oficina de la cooperativa era una habitación con una báscula, un frigorífico soviético que hacía un ruido de avión y un retrato en la pared de un señor con barba que me miraba como si también él tuviera dudas sobre mi sello.

Rubén Alfonso me señaló una silla y se sentó al otro lado de una mesa de fórmica, abrió la carpeta y la puso delante de mí del derecho, para que yo pudiera leerla, que es un gesto que solo hace la gente que tiene razón o cree tenerla.

—Voy a explicárselo por orden, doctora, porque son varias cosas.

—Vale.

—Uno. El convenio entre su universidad y el Centro de Estudios Marinos no está ratificado.

Está firmado por la parte española y por una dirección del Centro que no tiene competencia para firmar convenios de investigación con extranjeros.

Ese sello —lo tocó con el dedo, sin golpear— es de la Dirección de Colaboración.

La Dirección de Colaboración organiza congresos.

—Me dijeron que era un detalle.

—Le dijeron mal. —Pasó la hoja—. Dos. La lancha que usted ha sacado dos días es propiedad del Estado, asignada al Centro. La persona que le dejó la llave en esta cooperativa no tenía autoridad para cederla a un particular extranjero. No es culpa suya. Pero la lancha se queda aquí.

—Y la bujía.

—Y la bujía. Tres. El equipo que usted tiene en casa de Migdalia Rojas. Transmisores, marcas, lector, GPS, taladro. Es equipo científico importado sin declaración de uso en el país. Tengo que retenerlo hasta que se aclare la situación del convenio.

—Eso son sesenta mil euros de aparatos.

—Ya lo sé. Se quedan precintados en casa de Migdalia. No me los llevo. Los precinto.

—Ah, bueno. Qué alivio.

Levantó la vista. Tenía unos ojos muy oscuros detrás de las gafas, y se los frotó un segundo con el pulgar y el índice, como si le doliera la cabeza desde hacía años.

—Cuatro. Yo hago un informe y lo mando a Pinar del Río, a la delegación provincial. Ellos deciden. Mientras deciden, usted no investiga, no navega, no marca tortugas y no se me va del municipio.

—¿Cómo que no me voy del municipio?

—Que no se vaya. Que si yo mando un informe sobre una extranjera y la extranjera desaparece, el problema es mío.

—¿Y si me voy a La Habana a arreglar el sello?

—No. Al sello lo arreglan desde La Habana, si lo arreglan. Usted se queda.

—¿Y mi pasaporte?

—Su pasaporte está en Inmigración de Pinar desde el jueves, cuando usted se registró en la casa particular. Es el procedimiento con visados de investigación. Se lo devuelven cuando se aclare.

Me apoyé en el respaldo. Hay una voz que uso con las comisiones de evaluación de proyectos, una voz que Reyes llama "la voz de la Caraballo", que es tranquila y baja y que va soltando datos como quien pone cartas en una mesa, y la saqué.

—Inspector. Las tortugas verdes de La Mulata ponen entre junio y septiembre.

Cada hembra sale tres o cuatro veces en la temporada, con doce días entre puesta y puesta.

Estamos a veintidós de agosto. Quedan cinco semanas.

Cada noche que no estoy en esa playa es una hembra que no se marca, y una hembra que no se marca este año no la vuelvo a ver hasta dentro de tres, si vuelve.

El proyecto es de tres años. Si pierdo esta temporada, pierdo un tercio del proyecto, y el fondo europeo que lo paga no entiende de sellos.

—Ya.

—Y usted es biólogo.

Eso lo había leído en el parche del bolsillo, o lo había deducido de la forma en que había dicho "Chelonia mydas" al leer el convenio, sin tropezar. Se quedó quieto.

—Soy inspector.

—Es biólogo. Sabe lo que le estoy diciendo.

—Sé lo que me está diciendo, doctora. Y no me gusta nada lo que tengo que hacer. Pero eso no cambia lo que tengo que hacer.

Y cerró la carpeta.

* * *

Entonces habló Yasel. No se había ido. Estaba apoyado en el marco de la puerta con el cabo todavía enrollado en la mano, como un hombre que ha venido a devolver algo y se ha quedado a ver la película.

—Inspector, la lancha tiene la bujía muerta y el flotador del carburador pegado. Si la dejas en el muelle una semana se te hunde y te haces un informe más largo.

Lo dijo mirándome a mí. Rubén contestó mirando la carpeta.

—La lancha se saca a tierra y se pone en el patio de la cooperativa.

—La sacas tú.

—La saca la cooperativa.

—La cooperativa soy yo, Ramoncito y el viejo Blas, y Blas tiene la cadera mala.

Rubén se levantó. Cogió la carpeta. Me miró a mí, solo a mí, y dijo:

—Mañana paso por casa de Migdalia a precintar el equipo. A las nueve.

Y salió. Para salir tuvo que pasar por la puerta, y en la puerta estaba Yasel, y Yasel no se apartó del todo, y Rubén no le pidió que se apartara, y pasaron el uno junto al otro en un hueco de cuarenta centímetros sin tocarse, con una precisión que solo se consigue con años de práctica.

La puerta se quedó abierta. Yasel se quedó mirando la calle por donde se iba el otro.

—Menudo tío —dije.

—Ese. —Escupió por la puerta, no mucho, lo justo—. Ese nació con el carné en la mano.

—¿Qué carné?

—Cualquiera.

Me levanté. Tenía las manos negras, la camiseta empapada de sudor y de agua de mar, sal en las pestañas, y sesenta mil euros de aparatos que a las nueve de la mañana iban a tener una pegatina.

Le tendí la mano a Yasel para darle las gracias por el remolque y él me la miró, la mano negra, y en vez de estrechármela me dio con su puño en los nudillos, suave, un golpe de pescador.

—Ve a lavarte, mami. Y come. Que Migdalia si no comes se pone mala.

* * *

La casa de Migdalia era verde, de madera, con un porche de tres escalones y una mecedora que había dejado de mecerse en algún momento de los años ochenta.

Dentro había un ventilador ruso en el techo del cuarto que hacía un ruido de helicóptero de película y giraba a la velocidad exacta para no mover el aire.

Había una gallina que se llamaba Celia y que tenía permiso para entrar en la cocina y en ningún otro sitio.

Y había una nevera, en la cocina, que era el objeto más importante de Puerto Esperanza: estaba cubierta de imanes.

De arriba abajo. Imanes de Canadá, de Alemania, de Rosario, de Bilbao, de Cancún, de sitios de los que yo no había oído hablar, de todas las personas que habían dormido en el cuarto del ventilador y habían vuelto, o habían escrito, o habían mandado a un primo con un imán.

Migdalia tenía setenta y un años y las cejas pintadas y una forma de estar de pie en el marco de la puerta de la cocina, con el trapo en el hombro, que hacía innecesario preguntarle nada.

Me duché con un cubo porque la presión del agua era una promesa.

Me puse una camiseta limpia. Me senté a la mesa de la cocina, delante de un plato de arroz con frijoles negros y un pescado frito que era del tamaño de mi antebrazo, y Migdalia se sentó enfrente con un café y me miró comer, que es lo que hacen las madres de todos los países cuando quieren hablar de algo.

—¿Ya conociste a los dos?

—A los dos ¿quién?

—No te hagas. A Yasel y a Rubén.

—Uno me ha remolcado y el otro me ha quitado la lancha. Sí.

—Mmm.

Bebió café. Yo comí pescado, que estaba tan bueno que me olvidé un segundo del sello.

—Rubén es hijo de mi prima Nereida. Yasel es mi ahijado.

Los bauticé a los dos en la misma iglesia, con seis meses de diferencia.

—Puso la taza en la mesa—. Se criaron juntos.

En este pueblo hay una escuela y un muelle, mi amor, y ellos dos iban a la misma escuela y al mismo muelle.

Dormían uno en casa del otro. El padre de Yasel les enseñó a los dos a pescar y a los dos a arreglar motores.

Fueron como hermanos hasta los diecinueve años.

—¿Y a los diecinueve?

—A los diecinueve hicieron una balsa.

Lo dijo como se dice "a los diecinueve tuvieron el sarampión". Yo dejé el tenedor.

—¿Una balsa para…?

—Para el norte. Para dónde va a ser. La hicieron en el cobertizo del padre de Yasel, en verano, con un motor que consiguieron no sé dónde. Tenían el día. Tenían la noche. Y la noche que tocaba, Rubén no fue.

—¿Por qué?

—Eso pregúntaselo a él. Yasel sí fue. Con un primo.

A cuatro millas los cogieron los guardafronteras, como si los estuvieran esperando.

Y estuvieron esperándolos. —Se pasó el trapo del hombro a la mano y de la mano al hombro—.

Dieciocho meses le cayeron. En Kilo 8, en Pinar.

Volvió con veintiún años y con la idea de que Rubén había llamado a los guardas para que no se fueran sin él, o para que no se fuera él, o yo qué sé lo que se le metió en la cabeza a ese muchacho en la cárcel.

—¿Y fue verdad? ¿Llamó Rubén?

Migdalia me miró un rato largo por encima de la taza. Tenía unos ojos pequeños y muy despiertos, de un marrón casi amarillo.

—Yo bauticé a los dos, mi amor. Yo no digo quién llamó a quién.

Terminé el pescado. Ella me quitó el plato y me puso otro, con un boniato hervido y un poco de aceite, y me lo comí también porque en aquella casa no se dejaba nada, se veía en la cara de la gallina.

* * *

Salí a andar después de cenar porque en el cuarto del ventilador no se podía respirar y porque tenía la cabeza llena de una balsa que no había visto.

Puerto Esperanza a las diez de la noche es una calle con gente en los portales, en sillas de plástico, con la radio puesta, y un olor a fritura y a mar, y un perro que te sigue tres casas y se cansa.

Bajé al muelle. Los trescientos metros de hormigón sin nadie, con el mar negro a los dos lados y una bombilla al final, y en la escalera, amarrada, La Fonseca, con la caseta de tablas y la chimenea de lata, meciéndose, y al lado la lancha del Centro con el motor tapado con una lona, como un muerto.

Me quedé al final del muelle mirando el agua.

En la cala del oeste, después del pueblo, había una luz encendida en una casa sola, baja, cerca de la arena, y me pareció que era de él sin que nadie me lo hubiera dicho, y era, porque mientras la miraba se apagó y una sombra con un machete al hombro bajó a la arena y se fue andando por la orilla hacia el oeste.

Y detrás de mí, en el pueblo, en la calle de la iglesia, se oyó una moto que arrancaba al tercer pisotón y se iba hacia el oeste por la carretera, y un minuto después, muy lejos, el faro amarillo de la moto entrando en la pista del manglar, hacia una playa que yo todavía no conocía.

Los dos, la misma noche, al mismo sitio, por caminos distintos. Eso no lo entendí hasta el día siguiente.

Cuando volví, Migdalia estaba en el fregadero, de espaldas, fregando lo que ya estaba fregado, y sin girarse dijo:

—Ahora no se hablan. Y cuando se hablan, peor.