Marea (Sin billete de vuelta nº 2)
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Motor
—Vale —dije, al mar—. Vale, vale, vale.
Tenía treinta y cuatro años, un doctorado, dos maletas de transmisores en una casa a doce kilómetros y un permiso de investigación con un sello que la mujer de La Habana había llamado "un detalle".
Y estaba sola en una lancha de fibra de seis metros, a la deriva, sobre un arrecife en el norte de Cuba, con una radio VHF que al apretar el botón hacía el ruido que hace una radio cuando nadie te va a contestar.
Lo intenté igual.
—Cooperativa Puerto Esperanza, cooperativa Puerto Esperanza, aquí la lancha del Centro, cambio.
Estática.
—Cualquiera que me oiga. Lancha sin motor en Los Colorados, lado norte de Jutías, cambio.
Estática, y detrás de la estática, muy lejos, una emisora de música que se colaba, y un hombre cantando algo de que se le había ido la mujer.
Solté el botón. Me quedé mirando el agua, que allí era de ese azul que en Cádiz no existe, un azul de anuncio, y debajo de ese azul el arrecife, marrón y amarillo, cada vez más cerca de la quilla.
Hay un momento en cualquier lío que consiste en decidir si vas a ser la mujer que se sienta a esperar o la que se mancha las manos de gasolina. No hay tercera. Le quité la tapa al motor.
* * *
El carburador de un Yamaha 40 se desmonta con una llave del diez y un destornillador plano y mucha paciencia, y yo tenía las dos primeras cosas.
Mi padre me había enseñado en un Evinrude del año de la pera, en el puerto de Barbate, cuando yo tenía diez años y él tenía todavía dos años más de vida y ninguno de los dos lo sabía.
"La gasolina, la chispa y el aire, Martita.
Si falla, es una de las tres." Desmonté el carburador.
Soplé. Miré la cuba, el flotador, el chicler, que estaba limpio, o me lo pareció, con las manos temblándome un poco de rabia, que en mí se parece mucho al miedo.
Lo monté todo otra vez. Tiré del cordón.
Nada.
La rompiente estaba a cien metros. Me quité la camiseta y las gafas de sol, me puse las de bucear, que llevaba colgadas del cuello desde las once, y me tiré al agua.
Debajo, el mundo se calla. Eso es lo que nadie entiende de la gente que bucea, que no bajamos por los peces, bajamos por el silencio.
La hélice estaba limpia. Ni un cabo, ni una bolsa, ni un trozo de red.
Le di la vuelta al pie del motor con las manos, mirando, y no había nada que ver, y salí, y respiré, y me quedé agarrada a la borda con la barbilla en la fibra, con todo el pelo pegado a la cara y el agua saliéndome de la nariz.
Gasolina, chispa, aire: era la chispa, y no tenía otra bujía. La mujer del Centro había dicho "recién revisado".
Me subí. La lancha giró un poco más. Me senté en la bancada con la llave del diez en la mano y el sol dándome en la nuca como una bofetada continua, y miré el reloj: las tres y cinco.
Y pensé, con toda claridad, lo que llevaba tres días sin querer pensar: que había venido a Cuba a contar tortugas y que todo, absolutamente todo, se me estaba deshaciendo en las manos.
* * *
Lo cuento por orden, porque si no, no se entiende.
El proyecto se llamaba, en los papeles, "Programa de marcaje satelital de Chelonia mydas en la costa norte de Pinar del Río, convenio Universidad de Cádiz–Centro de Estudios Marinos de La Habana".
Tres años. Doscientos cuarenta mil euros de un fondo europeo que se había peleado mi directora, Reyes, con las uñas.
Y yo, que era la única del grupo que llevaba doce años trabajando con tortugas verdes y la única que no tenía hijos ni pareja ni perro ni nada que le impidiera pasarse tres temporadas de puesta en una playa sin luz eléctrica, era la persona que iba.
Había aterrizado en La Habana el martes con tres maletas: una de ropa y dos de transmisores Wildlife Computers, marcas PIT, un lector, un GPS, resina epoxi, un taladro, y una carpeta con el convenio firmado por Cádiz y sellado, se supone, por el Centro.
Había ido el miércoles al Centro, en Miramar, a una oficina con aire acondicionado y una foto de Fidel con una tortuga en brazos que me pareció, entonces, una señal buena.
Y una mujer con las uñas pintadas de azul había mirado mi carpeta, había mirado el sello, había fruncido la nariz medio segundo y había dicho:
—Esto es de la Dirección de Colaboración. Debía ser de la Dirección Científica.
—¿Y eso qué significa?
—Nada, mi amor. Un detalle. Vaya usted para Pinar, que las tortugas no esperan, y yo se lo arreglo por aquí.
Las tortugas, efectivamente, no esperan.
En agosto, en la playa de La Mulata, a quince kilómetros de Puerto Esperanza, las verdes salen a poner cada noche que hay marea, y cada noche que yo no estuviera allí era una hembra sin marcar, un nido sin contar, un dato menos en un proyecto que había costado tres años de papeles.
Así que había alquilado un Geely blanco que olía a tabaco, había conducido hacia el oeste por una autopista sin líneas y luego por una carretera entre mogotes que parecían dibujados por un niño con mucho talento, y había llegado a Puerto Esperanza el jueves al atardecer, a una casa verde con una señora en el porche que me había dicho, antes de que yo abriera la boca:
—Tú eres la española de las tortugas. Pasa, que tengo la comida hecha.
Y el viernes había cogido la lancha del Centro, que estaba amarrada en el muelle con un candado y una nota que decía "Dra. Caraballo, llave en la cooperativa", y había salido, y había estado bien, y el sábado había vuelto a salir.
Y el sábado a las dos y cuarto, encima de Los Colorados, la chispa había dicho que no.
* * *
A las cuatro menos diez oí el tractor.
Un ruido de tractor, en todo caso, un motor de coche viejo funcionando donde no le correspondía, y venía de detrás del cayo, del lado de Jutías, y tardó mucho en aparecer porque el que lo llevaba, se vio luego, iba mirando el agua y no hacia mí.
Cuando apareció era una barca de madera de siete u ocho metros, pintada de un azul que había sido azul, con una caseta de tablas en el medio y una chimenea de lata por la que salía humo negro.
Y de pie en la popa, con una mano en la caña y la otra haciendo visera, un hombre.
Le hice señales con la camiseta. La barca cambió de rumbo con una lentitud de animal grande y vino hacia mí, y el ruido de tractor bajó, y cuando estuvo a veinte metros el hombre gritó, por encima del motor:
—¡Oye! ¿Tú eres la de las tortugas?
—¡Sí!
—¡Ya lo sabía yo!
Y se rio. Se rio con toda la boca, en su barca, a veinte metros de mí, mientras mi lancha giraba hacia la rompiente, y a mí me dieron ganas de tirarle la llave del diez a la cabeza y ganas, también, de reírme, y me quedé con la segunda porque la primera me habría dejado sin llave.
Se acercó. Apagó el motor, que tardó en apagarse como un perro viejo en tumbarse, y la barca se quedó al lado de la mía, subiendo y bajando, y él se agachó y agarró mi borda con una mano.
Era una mano oscura, con nudillos claros, con las uñas cortas y negras de grasa, y el brazo que la seguía era flaco y con todos los tendones a la vista.
Llevaba una gorra de los Industriales, un collar de cuentas rojas y blancas, un pantalón cortado por la rodilla y nada más.
Tenía una cicatriz que le partía la ceja izquierda en dos.
—¿Qué le pasa?
—La bujía. Creo.
—¿Tiene otra?
—No.
—¿Y por qué sales sin bujía, chica?
—Porque el motor estaba "recién revisado".
Lo dije con las comillas en la voz y él las oyó, y se le abrió la cara.
—Recién revisado en La Habana.
—En La Habana.
—Ño. —Miró el motor con el mismo cariño con que se mira a un perro que se ha meado en la alfombra—. Ese motor lleva sin revisar desde el Periodo Especial. Yo lo conozco. Ese motor es más viejo que yo.
—¿Y tú cuántos años tienes?
—Los que haga falta, mami. —Sacó un cabo de debajo de la bancada, ya lo tenía en la mano, como si remolcar lanchas de españolas fuera lo que hacía los sábados—. Dame la proa. Amárralo ahí, en la argolla, con dos vueltas. ¿Sabes hacer un as de guía?
—Sé hacer un as de guía desde antes de saber escribir.
—Eso dicen todas.
Hice el nudo. Lo miró. No dijo nada, que es el mayor elogio que un pescador le hace a un nudo, y volvió a su popa, y el motor de tractor se puso en marcha con una tos, y el cabo se tensó, y mi lancha dejó de girar y empezó a ir detrás de la suya como un niño detrás de su madre, y la rompiente se quedó donde estaba, que es lo único que le pido a una rompiente.
* * *
Habló todo el camino.
Se llamaba Yasel. El motor era un Lada 1600, sí, un motor de coche, un Lada del ochenta y siete que había sido de un médico de Viñales y que su padre había comprado en el noventa y cuatro sin coche, solo el motor, y lo había puesto en la barca con un eje que había hecho él mismo con un tubo de una fábrica de azúcar cerrada, y llevaba treinta y dos años funcionando, que era más de lo que había durado el médico.
La barca se llamaba La Fonseca, por su madre.
Salía a la langosta para la cooperativa de día y para él de noche, y esto último no lo dijo, lo entendí.
Y sí, sabía quién era yo, porque en Puerto Esperanza todo el mundo sabía quién era yo desde el jueves a las siete de la tarde, que era la hora en que había bajado del Geely delante de casa de Migdalia.
—¿Y es verdad lo que dicen?
—¿Qué dicen?
—Que tú nunca te has mareado.
Me giré en la bancada. Íbamos a cuatro nudos, con el sol ya bajo y de lado, y él estaba de pie en su popa con la caña entre las rodillas y una botella de agua en la mano, mirándome con una cara de estar muy interesado en la respuesta.
—¿Quién dice eso?
—Tú. Se lo dijiste a Migdalia el jueves. Y Migdalia se lo dijo al panadero. Y el panadero se lo dijo a todo el mundo.
—Pues es verdad.
—¿En ningún barco?
—En ninguno. Ni con mar de fondo, ni con levante, ni en un ferry de Algeciras a Tánger con toda la gente vomitando alrededor. Nunca.
Se quedó pensando. Bebió agua. Me tiró la botella por encima del agua y la cogí al vuelo.
—Eso no es normal —dijo.
—Ya lo sé.
—Mi abuela decía que la gente que no se marea es que tiene el mar por dentro.
—Tu abuela sabía mucho.
—Mi abuela se comía las tortugas, mami. En sopa. Con boniato. —Se rio, sin ganas esta vez, y miró hacia delante, a donde ya se veía la línea gris del muelle de Puerto Esperanza saliendo del agua como un dedo—. Tú y ella no habrían sido amigas.
No contesté. Bebí el agua, que estaba caliente y sabía a plástico, y me quedé mirando a ese hombre que me remolcaba, que no se callaba, que sabía cuántos años tenía mi motor y por qué su barca tenía nombre de madre, y pensé, sin poder evitarlo, que hacía tres días que no me reía y que acababa de reírme cuatro veces en una hora con un desconocido con la ceja partida. No era una idea útil. La guardé.
* * *
El muelle de Puerto Esperanza tiene trescientos metros y está hecho de hormigón, y cuando atracas en él a las cinco de la tarde de un sábado está lleno de gente: pescadores que vuelven, niños que se tiran de cabeza, pelícanos, un hombre que vende algo en un cubo, dos mujeres que discuten sobre un pollo.
Yasel llevó su barca al lado del muelle con un giro que tenía muy practicado, saltó al hormigón con el cabo en la mano, y tiró de mi lancha hasta que quedó pegada a la escalera.
La gente miraba. La gente, sobre todo, miraba a alguien que estaba al final de la escalera y que yo no vi hasta que subí.
Un hombre. Alto, negro, con la cabeza afeitada y unas gafas de montura fina que se colocó con el nudillo del índice cuando me vio aparecer por la escalera.
Llevaba una camisa gris con las mangas remangadas a la misma altura en los dos brazos, exactamente, y un parche en el bolsillo que no llegué a leer, y una carpeta debajo del brazo.
Estaba quieto de una forma en que la gente no suele estar quieta en un muelle.
Miró mi lancha, miró mi motor con la tapa quitada, miró mis manos negras de grasa, y no miró a Yasel ni una sola vez, y Yasel, detrás de mí, con el cabo todavía en la mano, se quedó de repente sin nada que decir, que ya me parecía entonces que tenía que ser raro.
—Doctora Caraballo —dijo el hombre, en un español lento, con una cortesía que se notaba entrenada—. Rubén Alfonso. Inspector de Medio Ambiente del municipio.
—Buenas tardes.
—Me alegro de que esté bien.
—Gracias. Ha sido la bujía.
—Ya. —Miró la carpeta, sin abrirla, como quien ya sabe lo que hay dentro—. Doctora, tengo que quedarme con la lancha.