Sin billete de vuelta
Junio. La estación de tortugas de Puerto Esperanza es un cuarto de cinco metros por cuatro alquilado a la cooperativa, al lado de la báscula, con una pizarra blanca, un frigorífico de muestras que Yordanis trajo de La Habana en la nave con el maletero abierto, un ordenador portátil con una pegatina de la Universidad de Cádiz, tres cajas de transmisores sin ninguna pegatina, un mapa de La Mulata dibujado a mano con veintisiete nidos del año pasado y dos de este, y un cartel en la puerta que hizo Migdalia con un rotulador y que dice "ESTACIÓN. NO ENTRAR CON PESCADO".
Hay dos estudiantes. Lucía y Andrés, de Cádiz, veintitrés y veinticuatro años, que Reyes mandó en mayo con dos maletas de aparatos y una carta para Ofelia, y que en tres semanas han aprendido a hacer el as de guía, a distinguir una verde de una carey por el rastro, a beber ron sin cara, y a no preguntarle a Migdalia por qué en la casa azul hay tres cepillos de dientes.
Andrés lo preguntó una vez. Migdalia le puso otro plato de arroz.
Yo hago las reservas y las peleas. Las reservas con Reyes y con Ofelia y con el fondo. Las peleas con todo el mundo.
Fui a la boda. Lo digo porque mi madre lo diría si no lo digo yo.
El quince de octubre cogí un avión de La Habana a Madrid con un billete nuevo, de ida, y otro de Madrid a La Habana para el veintiuno, también de ida, porque los de ida y vuelta eran más baratos y no los quise, y me puse el vestido verde de la modista de La Viña, y Sara se casó en la iglesia de San Antonio con un chico de Rota que la mira como si le hubiera tocado algo, y en el banquete mi madre bailó un pasodoble con el padre del novio y no lloró hasta el final, y yo tampoco, y Nuria sí, mucho, por las dos.
Sara me pidió las fotos de Cuba en la barra, a las dos de la mañana, con el vestido de novia arremangado, y le enseñé una en el móvil, una sola, la que Migdalia nos hizo a los tres en el porche con la gallina, y Sara la miró un rato con la cabeza ladeada y dijo "el de las gafas está bueno, el otro está más bueno" y me devolvió el teléfono, y esa fue toda la conversación que ha tenido mi familia sobre mi vida, y me pareció suficiente.
El veintiuno de octubre aterricé en La Habana a las cuatro de la tarde y en la puerta de llegadas había un Bel Air rosa mal aparcado con dos hombres apoyados en el capó, uno con camisa gris y otro sin camisa, discutiendo, y Yordanis en el asiento de atrás con la cara de que le habían quitado la nave otra vez, y ninguno de los tres me vio salir hasta que estuve a un metro, y no me he vuelto a subir a un avión desde entonces.
* * *
La casa azul tiene otro cuarto. Lo hicieron en enero, los dos, con tablas de un almacén de azúcar que se cayó, sin planos, discutiendo cada clavo, y tiene una cama grande que también hicieron ellos y que cruje, y una ventana que da a la cala, y una mosquitera que ya no cae sola porque Rubén cambió el clavo por un gancho y Yasel dijo que era un gancho de inspector y Rubén dijo que era un gancho que aguantaba, y aguanta.
La marea baja a las siete y media los días de junio.
A las seis y media hay una luz en la ventana que todavía es gris, y el mar se oye más cerca porque está alto, y la casa huele a café porque uno de los dos se ha levantado a hacerlo y ha vuelto a la cama, que es lo que pasa cada mañana, y nadie ha dicho nunca cuál.
Esa mañana era Yasel. Lo supe por la taza, que era la de lata, y porque volvió a meterse debajo de la sábana por mi lado izquierdo con los pies fríos de la cocina y me los puso en las pantorrillas, y yo dije "joder" sin abrir los ojos, y él dijo "buenos días, mami" contra mi hombro, y Rubén, al otro lado, con la espalda contra la mía, dijo "son las seis y media" con la voz de estar dormido, que es la única voz sin orden que tiene.
—Los estudiantes salen a las ocho —dije.
—A las ocho —dijo Yasel.
—Hay hora.
—Hay hora, mami.
Me giré. Hacia él primero, porque tenía los pies fríos y había que castigarle, y le besé con la boca de dormir, y él me la abrió con la suya con sabor a café, y me puso la mano en la teta como la ponía cada mañana, con la palma entera, sin apretar, como quien comprueba que una cosa sigue ahí.
Y detrás, Rubén se dio la vuelta, y se pegó a mi espalda con el pecho, y me puso la boca en la nuca, donde el pelo ya era largo otra vez, y la mano en la cadera, y no dijo nada, que a esa hora no decía las cosas antes de hacerlas.
Fue despacio. Es lo que puedo decir de las mañanas: que son despacio.
Yasel bajando por mí con la boca, por el cuello, por las tetas, con la lengua en el pezón sin prisa, hablando bajito, "qué rica, buenos días, qué rica estás dormida", y Rubén detrás con la mano bajando de la cadera al muslo y del muslo entre las piernas, desde atrás, abriéndome con dos dedos, encontrándome ya mojada porque llevaba nueve meses despertándome mojada en esa cama, y diciendo "ya", con esa satisfacción por la nariz que le salía cada vez como si fuera la primera.
—Los dos —dije, al techo—. Como ayer.
—Como ayer —dijo Yasel.
Como ayer era: yo de lado, con Yasel delante, dentro de mí, despacio, sin nada entre los dos desde La Habana, con su cara a diez centímetros mirándome y hablando, y Rubén detrás, pegado, con la polla entre mis muslos por detrás, no dentro, frotándose contra mí y contra Yasel, con la mano por encima de mi cadera cogiéndome el clítoris y la boca en mi nuca, y los tres moviéndonos con el mismo ritmo, el de la cama que cruje, un ritmo lento que habíamos encontrado en octubre y que no habíamos tenido que buscar más.
—Mírame —dijo Yasel.
Le miré. La ceja partida, el collar rojo y blanco, la boca.
Le miré mientras me lo follaba despacio, con el mar detrás de la ventana subiendo, y detrás de mí Rubén hizo ese ruido de garganta y su mano cambió, más rápido, y yo busqué con las mías, hacia atrás una, hacia delante otra, y encontré una mano de cuero y una mano larga, y las cogí, una con cada una, y me corrí así.
Sin ruido. Con una mano en cada una de las suyas apretando, con Yasel dentro y Rubén detrás y los ojos de Yasel abiertos, en silencio, que es como me corro por las mañanas en esa casa, larga y baja, como la marea cuando sube, sin que nadie la vea.
Yasel se corrió después, dentro, con la frente en la mía y "Marta" y "mami" y "coño" en ese orden.
Y Rubén detrás, contra mi culo y contra la espalda de Yasel, con la mano de Yasel que había soltado la mía para cogerle a él, para cogerle la polla entre mis muslos y acabarle, y Rubén se corrió en la mano de Yasel y en mí, con la boca en mi nuca y un nombre que no fue el mío y que a mí me dio, en el pecho, exactamente lo mismo.
Nos quedamos así. La sábana. Los pies de Yasel ya no fríos. El café en la mesilla, frío. Nadie se levantó a limpiar nada, y nadie pidió perdón, que era la regla cuatro, que seguía en pie, que era la única que quedaba porque las otras tres ya no hacían falta.
* * *
El porche a las siete y cuarto, con el café recalentado en el fogón de un quemador y los tres en los escalones, y abajo, en la cala, la marea bajando y La Fonseca quedándose en la arena de lado, con el Lada en su hueco, y al lado, más grande y más blanca, la Migdalia, con el Yamaha 60 levantado, y Yasel mirándolas a las dos con la cara con que se miran dos hijos.
El teléfono sonó en el bolsillo de mis pantalones cortos. Hay cobertura en la cala desde marzo, dos rayas si el viento viene del norte, y era mi madre, que llama los sábados a las siete y cuarto porque en Cádiz es la una y cuarto y acaba de poner la mesa.
—Marta.
—Mamá.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—Sara dice que le mandes las fotos de la boda, las tuyas, que las tienes tú.
—Se las mando esta noche.
—¿Y los muchachos?
Mi madre decía "los muchachos". Desde la boda, desde que los vio en una foto en el móvil de Sara y se quedó mirándola un rato largo y dijo "el de las gafas se parece a tu padre en la forma de estar quieto" y no dijo nada más. Los muchachos.
—Bien. Están abajo. Discutiendo.
—¿De qué?
—De un motor.
Miré. Abajo, en la arena, Yasel había bajado con la taza de lata y estaba de pie al lado de la Migdalia señalando el Yamaha 60 con el dedo, y Rubén había bajado detrás con la camisa gris y las gafas y decía algo con la carpeta debajo del brazo, y Yasel decía "que no, asere, que ese motor se ahoga a medio gas igual que el Lada, que es una cosa de la gasolina de aquí", y Rubén decía "es la mezcla", y Yasel decía "es la gasolina", y Rubén decía "un cuarto de vuelta a la izquierda", y Yasel decía "eso ya lo hice, cabrón", y los dos se agacharon a la vez delante del motor con las cabezas juntas y no se miraron ni una vez y no se callaron ni un segundo.
—Marta.
—Dime, mamá.
—¿Y cuándo vienes?
Miré el mar. La marea estaba bajando, se veía en la arena mojada que iba quedando al aire, con las barcas encima, y abajo dos hombres discutiendo sobre un motor con el sol saliendo detrás y poniéndoles el mismo color.
—Mamá, está bajando la marea. Te llamo luego.