Capítulo 17
El timbre sonó. Robert había pulsado sin mirarme.
Mientras esperábamos en el rellano, pensé en lo que me había dicho de ellos de camino.
A ella le gustaba la caña. El marido había participado un poco en las primeras citas, pero después ya solo se dedicaba a mirar y grabar.
Robert creía que con los dos allí, no iba a meterse. Mejor, pensé. Así no molesta.
La puerta se abrió. El marido llevaba vaqueros, camiseta y deportivas.
Sonrió con la naturalidad de quien ya sabe cómo va a ir la noche.
A Robert le dio un apretón de manos fuerte, de los que se dan cuando ya se ha compartido algo.
A mí me tendió la mano un poco más medida, pero sin frialdad. Se la estreché. Su palma estaba seca.
—Este es Marcus —dijo Robert.
—Conrad —respondió él, mirándome—. Encantado.
—Igualmente —dije.
—Joder —añadió, mirándome de arriba abajo y luego a Robert—. Decías que era grande, pero vaya tanque.
Robert soltó una risa. Yo también.
Detrás de él apareció ella, con top ajustado, minifalda y tacones. Se detuvo en el umbral del salón y nos miró sin prisa.
—Johanna —dijo—. Pasad.
—Robert, qué guapo tu amigo —dijo ella en cuanto cerramos la puerta, con la voz un poco más alta de lo necesario—. Bueno, los dos. Que tú con esos ojazos que tienes, pero qué guapos los dos.
Se rio sola.
—¿Queréis algo? Cerveza, algún refresco, café…
Robert ya se movía por el piso como si lo conociera. Conrad se puso a mi lado mientras avanzábamos hacia el salón. Era bastante más bajo; tenía que levantar la cabeza para mirarme.
—Es un piso que tenemos para alquilar —dijo—. Ahora mismo no está alquilado, así que podemos estar más tranquilos que en cualquier otro sitio.
Sonreí y asentí. No necesitaba tantas explicaciones.
Nos sentamos en el salón. Había dos sofás enfrentados y una mesita baja en el centro. La pareja sacó unas cervezas, unos refrescos y unos vasos y los dejó sobre la mesa para que cogiera cada uno lo que quisiera. Robert y yo nos sentamos en un sofá. Enfrente se sentaron Conrad y Johanna.
Robert abrió una lata de refresco de naranja y me dio un golpe en el hombro.
—Bueno, ¿qué os parece mi amigo?
Conrad asintió, mirándome.
—Desde luego no pasa desapercibido.
Ella no apartaba los ojos de mí. Me recorría de arriba abajo sin disimulo.
—Vimos el perfil en PlaySwingers —dijo—. Tan impresionante como verte en persona.
Me reí.
—El vuestro también está genial. Las fotos y los vídeos son muy calientes.
Dio un sorbo a la cerveza. El cuello de la botella se le quedó un segundo en los labios antes de bajarla. Seguía mirándome.
—¿Te gustaron?
Ya había entendido que no era de las que dan rodeos.
—Me la pusieron dura.
—¿Y en persona, qué tal?
Abrí una lata de refresco. El gas sonó fuerte en el silencio del salón.
—Mejor que en las fotos.
Robert se giró hacia ella.
—Qué lejos te has puesto hoy, Johanna.
Ella lo miró.
—Es que ocupáis todo el sofá.
Robert se echó hacia un lado y yo hacia el otro. El espacio que quedó entre los dos era estrecho. Él dio un par de palmadas en el cojín.
—Anda, ven aquí con nosotros.
Conrad la miró desde el sofá de enfrente.
—Ve, que estás deseando.
Ella se levantó. Los tacones sonaron sobre el suelo. Se sentó entre los dos. Robert le pasó el brazo por los hombros y le acarició el muslo por encima de la falda. Yo la miré de lado. Olía a perfume suave y a la cerveza que acababa de beber.
—Qué lanzado —dijo ella—. ¿Qué pensará tu amigo?
Robert habló contra su pelo.
—Mi amigo ya sabe lo que pensar.
—¿Qué le habrás contado?
Robert la atrajo más hacia él. Con la otra mano le subió la falda. La tela se le arrugó en la cadera. Le dio un cachete suave en el muslo y me miró.
—Mira qué buena que está.
Ella soltó un mmmm bajo.
Miré la escena. Conrad enfrente, con los ojos brillantes. Robert tratándola con la confianza de quien ya se la ha follado varias veces. Y ella dejándose, la mirada yendo de uno a otro.
Robert le besó el cuello mientras metía la mano por debajo de la falda. Los dedos se le perdieron entre los muslos de ella.
—Y seguro que ya estás caliente.
Ella apretó las piernas. La mano de Robert quedó atrapada ahí.
—Ya sabes que sí, cabronazo.
La voz le salió más baja. Robert levantó la vista hacia mí.
—Ella me espera normalmente en lencería y hasta desnuda. Pero hoy lleva la falda puesta.
Sonreí. Le acaricié el muslo con la palma abierta. La piel estaba caliente.
—No le durará mucho.
Conrad seguía en el sofá de enfrente, mirando.
—Joder, qué manazas tiene —dijo.
—Todo en Marcus es grande —respondió Robert. Se giró hacia ella—. ¿No quieres comprobarlo?
Ella lo miró a los ojos. Luego se giró en el sofá, quedando sentada de espaldas a él.
Robert no apartó el brazo de sus hombros y pasó la otra mano a su muslo, subiéndole un poco más la falda.
Ella, ya de cara a mí, me puso la mano en el pecho.
Noté el calor de la palma a través de la camiseta. Me miró directo.
—¿Me dejas ver lo grande que eres?
Le sonreí.
—No te cortes.
Empezó a desabrocharme el cinturón. La ayudé con la hebilla, me bajó la cremallera, metió la mano dentro y me sacó la polla. Salió gruesa, todavía no del todo dura. Ella se quedó mirándola un segundo.
—Por Dios, qué barbaridad —dijo.
Levantó el antebrazo y lo puso al lado, el puño cerrado, comparando. Luego giró la cabeza hacia Conrad.
—Mira. Parece mi brazo.
Conrad no apartaba los ojos.
—Chúpasela.
Ella no lo pensó. Sin dejar de mirar a su marido, empezó a mover la mano despacio a lo largo de mi polla y sacó la lengua para lamer el glande. El calor de su boca se notó enseguida. Yo apoyé la espalda en el sofá y la dejé hacer. Robert seguía detrás de ella, la mano en su muslo.
Le puse la mano en la nuca, sin apretar, solo para marcar el ritmo.
Ella entendió y bajó más. El glande le rozó el fondo de la boca y soltó un sonido ahogado, pero no se apartó.
Seguía mirando a Conrad de reojo. Él se había inclinado hacia delante y había sacado el móvil.
Ella no reaccionó. Robert le subió más la falda por detrás y le metió los dedos.
Ella gimió alrededor de mi polla. El sonido vibró.
—Así —dije, bajo.
Ella siguió. La saliva le resbalaba por la barbilla.
Conrad no apartaba el móvil. Robert me miró por encima del hombro de ella.
Yo no quité la mano de su nuca. La polla se me había puesto del todo dura dentro de su boca.
Otro más con el teléfono en la mano, pensé.
A este paso iba a tener que montar un club de fotógrafos cornudos.