Marcus (Corneadores nº 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Quería quitarme el pantalón. El espacio entre el sofá y la mesita baja era justo y estábamos encajonados.

Le cogí la cabeza con las dos manos y la levanté.

La polla salió de su boca con un sonido húmedo.

Nuestros ojos se encontraron. Ella sonrió con una lascivia absoluta, los labios brillantes de saliva. Yo también sonreí.

—Parece que te gusta.

Se acercó y me besó. Fue un beso sucio, con lengua, de los que se dan para follar, no de amor. Conrad lo grababa todo desde el otro sofá, el móvil quieto. Ella abrió las piernas y Robert le metió más los dedos. Ella gruñó contra mi boca y quiso volver a bajar.

—Espera —dije.

Levanté el culo del sofá y me bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón. Me quité las zapatillas con un pie y con el otro. Ella se había incorporado un poco, medio sentada, medio tumbada, mirándome. Con los pies aparté un poco la mesita. Conrad bajó el móvil un segundo.

—Vamos a la habitación —dijo—. Esto es pequeño para vosotros.

Me reí.

—Me parece buena idea.

Me puse de pie y me quité la camiseta. Quedé completamente desnudo. Ella se levantó mirándome de arriba abajo, con hambre.

—Joder, cómo estás.

Robert también se levantó y se quedó detrás de ella. La cogí y me la cargué al hombro. El peso se me notaba en el brazo de los puntos. Ella soltó un grito y se rio. Le di una palmada en el culo y miré a Conrad.

—Dime dónde está la habitación, que nos vamos a follar a tu mujer.

Avancé por el pasillo con ella colgada del hombro. Ella se reía contra mi espalda, las manos abiertas sobre la piel. Robert iba detrás, con esa risa baja de quien ya sabe cómo va a acabar la historia. Conrad abría camino sin mirar atrás.

La habitación era de alquiler: paredes blancas, sábanas blancas, un cabecero de barrotes dorados que había visto mejores días. Por la ventana entraba luz de las farolas a través de las cortinas claras. Sobre la mesilla había condones y lubricante, y en un rincón un trípode con la cámara ya montada.

Le mordí una nalga, suave, y la dejé caer sobre la cama.

Ella rebotó boca arriba y se rio. Se incorporó de rodillas y se acercó al borde.

Mi polla seguía dura, gruesa, delante de ella.

Conrad dejó el móvil a un lado y encendió la cámara del trípode.

Comprobó el encuadre por el visor y señaló la mesilla.

—Los condones son de los grandes.

—Estás en todo —dije.

Robert se había desnudado también. Se colocó a mi lado. Ella nos miró desde abajo, de rodillas en el borde de la cama.

—Llevas mucha ropa —le dije.

—Me sobra toda.

Le saqué el top por la cabeza. Robert le cogió las tetas con las dos manos y se las apretó.

Ella arqueó un poco la espalda, llevó las manos atrás y soltó el sujetador.

Lo dejó caer al suelo. Quedó desnuda de cintura para arriba, de rodillas, con nuestras pollas a la altura de la cara.

Nos las agarró, una en cada mano. El calor de sus manos se notó enseguida.

—Joder, me encantan vuestras pollas.

Se inclinó y se metió la de Robert en la boca. Con la otra mano me masturbó despacio, de la base hacia arriba. Yo la miré. La luz de la lámpara le daba en la espalda y le marcaba la curva del culo cuando se movía.

Ella iba alternando. Se sacaba una y se metía la otra, mirando hacia arriba para vernos la cara. Conrad había vuelto a coger el móvil y grababa más de cerca. Me di cuenta de que se había desnudado del todo. Tenía la polla dura, más discreta que las nuestras, y se la estaba pajeando despacio.

—Esto querías, ¿no? —le dijo a ella—. Dos rabos grandes y negros para ti.

Ella sonrió con malicia, lo miró y asintió apenas, sin soltar la polla que tenía en la boca. Luego cambió y se metió la mía. Las dos pollas estaban ya duras del todo. La mía era más gruesa que la de Robert. Nos miramos. Sin hablar, nos movimos para que dejara de chupar.

La tumbamos boca arriba. Robert le bajó la minifalda y el tanga de un tirón y se los quitó.

Yo me puse de rodillas a un lado de su cabeza, de modo que solo tenía que girar la cara para tenerme al alcance.

Robert le abrió las piernas y empezó a comerle el coño.

Ella cerró los ojos y gimió. Él le metió los dedos mientras la lamía.

Le sujeté las dos muñecas con una mano y se las clavé contra el colchón, por encima de la cabeza.

Con la otra le metí la polla en la boca y empujé.

Se le marcó en la mejilla. Ella no se apartó.

Tenía los pezones completamente erectos.

Respiraba por la nariz, rápido, y el cuerpo se le tensaba cada vez que Robert le metía los dedos.

Le solté las muñecas. Ella bajó enseguida, me chupó los huevos con la lengua plana y luego el tronco, y volvió a metérsela entera en la boca.

Mamaba con hambre, aferrada a la base, los ojos cerrados.

El trabajo de Robert se notaba en cómo se le tensaban las piernas y en los gemidos que se le escapaban.

Robert se incorporó sin sacar la mano. Vi el clítoris hinchado, brillante, y el coño con el pelo muy corto, cuidado. Miré la mesilla y cogí uno de los condones grandes.

—Estos me sirven.

Robert se colocó al otro lado de su cabeza.

Ella giró la cara, le agarró la polla y se la metió en la boca sin soltar del todo la mía con la otra mano.

Me puse el condón y me situé entre sus piernas, sentado sobre los talones.

Le abrí los labios con los dedos y escupí sobre el clítoris.

La saliva le resbaló. Le di varios golpes con la polla, dura, pesada.

Ella arqueó la espalda y soltó un sonido ahogado alrededor de la polla de Robert, como si le hubieran dado una descarga.

Conrad se había acercado con el móvil. Se pajeaba despacio y se puso de rodillas en la cama, justo al lado, casi rozándome el muslo. Lo miré.

—Graba esto.

Le di otro par de golpes y empecé a entrar. Ella sacó la polla de Robert de la boca y giró la cara hacia nosotros. Levantó la cabeza para mirar cómo se le abría el coño alrededor de mi polla.

—¿Te gusta ver cómo te la meto?

—Sííí —dijo, y se llevó dos dedos al clítoris.

Conrad se estiró hacia la mesilla y me pasó el gel sin dejar de grabar. Lo miré un segundo.

—De frambuesa.

Ella soltó una risa corta, rota. Eché un chorro sobre la parte de la polla que todavía no había entrado. El gel estaba frío. Empujé. Ella se agarró con una mano a la polla de Robert y con la otra a las sábanas, los nudillos blancos. El cuerpo se le tensó.

—Ufff… Dios, me abre.

Lo dijo mirando a su marido, con la voz tomada. Yo seguí entrando, despacio, hasta el fondo.

Empujé hasta entrar del todo. Los huevos se me aplastaron contra ella. Me quedé así, clavado, empujando como si quisiera llegarle al estómago. Me encantaba notar cómo se le contraía el coño alrededor.

Ella estaba en tensión, mirándome. Me dejé caer apoyando los brazos rectos a los lados de su cuerpo para clavarme más.

Ella gimió. Robert le giró la cara con una mano y le metió la polla en la boca.

Ella la aceptó. Empecé a bombear, despacio al principio, con ritmo, mirando cómo mamaba a Robert mientras se tocaba el clítoris y yo la follaba.

Robert miró a Conrad.

—Hoy tiene doble ración.

—Ella encantada —dijo Conrad—. Ya lo ves.

Aumenté el ritmo. Cada embestida la clavaba más contra el colchón.

Ella no dejaba de mamar, los ojos cerrados, suspirando y gimiendo con la boca llena.

Le di una clavada seca y dura y me quedé quieto.

Ella se tocó más fuerte. El cuerpo se le tensó, tuvo un espasmo y empezó a temblar.

Se corrió con la polla de Robert todavía en la boca.

Yo volví a follarla duro, a través del orgasmo.

Ella se contraía alrededor de mi polla, temblando, los sonidos tapados por la verga.