Marcus (Corneadores nº 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

El brazo ya no llevaba venda. Los puntos seguían ahí, se notaban cuando flexionaba, pero la herida había cerrado lo suficiente para moverlo sin que tirara demasiado.

Habían pasado varios días desde lo de la rampa.

Seguía yendo con cuidado al ducharme y al vestirme, pero en la pista no iba a dejar de jugar por eso.

A los cuarenta y cinco, esas carreras ya no salían gratis; se notaba en las piernas y en cómo el aire tardaba un poco más en volver.

Lancé desde la línea de tres. El balón salió limpio y entró sin tocar el aro. Robert, en el equipo contrario, se giró hacia sus compañeros mientras yo volvía a mi campo. Me gustaba picarlo así, verle ponerse en modo sargento solo para provocarme.

—¡Joder, tíos! —gritó, con esa mezcla de cabreo y cachondeo que usa cuando quiere tocarme las pelotas—. ¡No dejéis que el viejo se acerque a tirar, que hoy tiene el día! ¡Dadle en la puta herida del brazo si hace falta!

Me reí sin parar de correr. El brazo me latía un poco por el gesto del tiro, nada que no pudiera aguantar.

—Cuidado con el viejo —le dije—, que ahora va a por ti.

El otro equipo sacó de fondo. Avanzaron, se pasaron el balón y se lo dejaron a Robert en la esquina.

Él dribló hacia el centro, se frenó y saltó para lanzar.

Yo salté con él. Llegué más alto. Le puse la mano en el balón de lleno, un tapón limpio que se oyó en toda la pista.

El impacto me recorrió el brazo hasta el hombro, pero no solté.

Robert cayó de culo al suelo mientras yo recogía el rebote y salía disparado hacia la canasta contraria.

Casi no había nadie delante. Llegué solo, salté y machaqué con las dos manos.

El aro tembló. Noté el tirón en los puntos al bajar, breve, y aterricé con cuidado.

—¡Toma, viejo! —grité.

Me quedé debajo del aro con las manos apoyadas en las rodillas, respirando fuerte. Las piernas me pesaban más de lo que quería admitir. Miré hacia el lateral y levanté la mano.

—Cambio —dije—. Que ya no estoy para estas carreras.

Robert se estaba levantando y me señaló.

—¡No huyas!

Salí de la pista mientras otro compañero entraba. Cogí la botella de agua del banco, bebí y señalé a Robert con el dedo. El brazo me latía bajo la piel, pero seguía entero.

—Luego vuelvo, nene.

Él se rio y negó con la cabeza mientras volvía a su posición.

***

Entramos en los vestuarios entre risas. Unos seguían comentando el partido, otros ya hablaban de otra cosa.

El olor a sudor y a desodorante se mezclaba con el vapor que salía de las duchas.

Fui a mi taquilla, me desnudé del todo y cogí la toalla.

Robert ya estaba dentro, avanzando desnudo hacia una de las duchas.

Le di un latigazo con la toalla en el culo.

—¿Qué te ha parecido el viejo en acción?

Se rio y se frotó donde le había dado.

—En algún salto de esos te vas a partir las piernas.

—Y tú tendrás que cargar conmigo hasta el hospital.

—Te llevaría a rastras.

Nos reímos. Él se metió bajo el chorro y yo ocupé la ducha de al lado. El agua salía caliente. Nos enjabonamos en silencio un momento, el ruido de las otras duchas y de las voces de fondo llenando el espacio.

—¿Qué haces el sábado? —preguntó Robert, bajando un poco la voz.

—No lo sé. ¿Por qué lo preguntas?

—¿Sabes la pareja esa que frecuento últimamente?

Me reí.

—¿Cuál? Porque cada vez me dices que tienen una fija diferente.

Él también se rio.

—Bueno, me gusta repetir con algunas. La última con la que he estado varias veces.

—Bueno, qué les pasa.

—Quieren que lleve a un amigo.

Levanté las cejas.

—¿Y se lo dices a un cuarentón como yo?

—Tienes más polla que un poni viejo. A tu edad, eso cuenta.

Me reí.

—A ti tampoco te falta rabo, y tampoco eres un crío.

—Bueno, mira. Si te apetece, el sábado hay plan.

—¿Cómo son?

—El tipo es simpático. Tienen experiencia, aunque él se corta un poco más que ella, pero es agradable. Ella tiene cuarenta y tantos, pero no me lo ha dicho exacto —se rio—. Le calculo tu edad más o menos y se conserva muy bien. Además, tiene ganas siempre.

—¿Están en la web de PlaySwingers o algo para ver cómo es?

Salimos de la ducha y cogimos las toallas. Mientras nos secábamos, Robert asintió.

—Sí. Luego te paso el nick por WhatsApp y los buscas. Si me dices que sí, les pasaré el tuyo para que echen un vistazo a tu perfil. Por lo que me han dicho, les interesa conocer a alguien más.

—Me lo pienso.

Fuimos hacia las taquillas caminando, las toallas alrededor de la cintura.

—Te lo piensas, no —dijo Robert—. Lo que quieres es ver cómo es ella antes de decir algo.

Me reí.

—Es que tú te lo follas todo y yo soy más selectivo. No confío en tu criterio.

Sacamos la ropa de las taquillas y empezamos a vestirnos.

—Ya verás que está buena —dijo él.

Cuando terminamos de vestirnos, Robert se giró hacia mí.

—¿Tomamos una cerveza antes de salir?

—No. He quedado.

—¿Con quién?

—Con nadie.

Se rio.

—Sé que la teniente se va contigo en tu coche.

—Le estoy ayudando a buscar coche. No conoce a nadie aquí.

—Marcus el caballeroso. ¿Ya te la has follado?

—Joder, tío. No todos somos como tú.

Soltó una carcajada.

—Vamos, no me jodas. ¿Te la has follado o cuándo has previsto hacerlo?

—No está en mis planes.

Salimos al exterior. El aire de fuera se notaba más fresco después del vapor de los vestuarios.

—Ya, ya —dijo Robert—. Bueno, me acerco al pabellón de suboficiales a tomar algo antes de irme. Que vaya bien la búsqueda de coche y, si la teniente quiere uno más, avísame. Ya sabes que estoy dispuesto.

Me reí y seguí caminando hacia el parking. Sin volverme, levanté la mano a modo de despedida.

***

Acababa de comer algo y me senté delante del portátil.

Lo encendí, miré el teléfono y vi el mensaje de Robert con el nick de la pareja: DualPlay.

Entré en PlaySwingers. Tenía varios mensajes pendientes.

Los ignoré y busqué el nick. Doce verificaciones, de parejas y de chicos solos, incluida la de Robert. Todas muy positivas.

Abrí las fotos. No había caras, solo cuerpos. Ella era atractiva, con un cuerpo natural y cuidado para su edad. Las tetas también eran naturales. Las fotos estaban bien hechas, sexis. En un par reconocí a Robert, aunque no se le viera la cara, follándola. Me reí por lo bajo.

Miré el perfil en conjunto. Solo había un par de fotos en las que junto a ella aparecía alguien, también sin cara. Me dio la impresión de que era el marido. De los que disfrutan más viéndola que follándola.

Volví a las fotos y puse en pantalla completa una en la que se veía a Robert follándola.

Reconocí el cuerpo. Ella estaba abierta de piernas y en primer plano, el culo y los huevos de Robert con la polla clavada en la mujer.

Saqué el móvil, enfoqué el culo de Robert y le contesté por WhatsApp con la foto: Ok, diles mi nick para que vean mi perfil.

Por mí, el sábado hay plan. Envié el mensaje.

Abrí uno de los mensajes que tenía en la web. Antes de poder leerlo, sonó el WhatsApp. Era Robert: Veo que me has reconocido pronto; eso es que me miras con interés. Me reí y contesté: Reconocería ese culo negro entre un millón. Él respondió con un emoji de risa.

Seguí en la web. Tenía varios mensajes sin abrir.

Cuando iba a pinchar en el primero, me abrieron un chat en directo.

Sara-Carlo: Hola, buenas, nos gustaría conocerte.

Cerré la ventana un segundo y vi que había entrado otro más mientras tanto.

Siempre había parejas buscando un tercero, y más si el tipo tenía lo que yo tenía.

Miré la lista de mensajes pendientes. El brazo me tiraba un poco al apoyar el codo.

Apagué la pantalla sin contestar a ninguno. Ya decidiría después.