Capítulo 15
Estaba alineando el actuador de la rampa cuando la llave resbaló.
Llevaba ya un rato con las dos tuercas de arriba sueltas y la inferior, la que queda pegada al marco, se resistía más de lo normal.
Había purgado lo que podía, pero el cilindro todavía tenía un resto de presión; se notaba en el vástago, que no se dejaba centrar del todo cuando lo empujaba con la palma.
Apoyé el antebrazo en el borde del hueco para hacer más fuerza y giré.
La llave resbaló sobre la tuerca aceitada justo cuando el vástago se movió un par de centímetros hacia dentro, más de lo que yo esperaba.
El marco me pilló el brazo de un tirón. Sentí el corte limpio antes de verlo.
Solté la herramienta, me aparté y miré. La sangre salía oscura y se mezclaba enseguida con el aceite que ya tenía en la piel.
No era profundo, pero tampoco era un rasguño. El borde del metal había abierto bien.
Bajé de la plataforma y fui a los aseos del hangar.
Bajo el grifo, el agua se llevó el aceite y la mayor parte de la sangre.
Cuando cerré y me sequé con papel, el corte se veía más claro: unos cuatro centímetros, los bordes separados lo justo para que no se fueran a juntar solos.
Abrí el botiquín de encima del lavabo, me eché yodo, me puse una gasa y la fijé con esparadrapo.
Encima, me vendé el brazo. Mientras lo hacía, pensé que con un poco de suerte se cerraría, pero al terminar de apretar la venda, ya sabía que no.
Necesitaba puntos. Me lavé las manos, me quité la camiseta de trabajo y me puse una limpia de la taquilla.
El brazo me tiraba al moverlo, nada grave, pero lo suficiente para no seguir con la rampa.
Oliver estaba junto a la mesa de herramientas, con una orden de trabajo abierta. Me acerqué y le enseñé el brazo.
—Me he cortado con el marco de la rampa —dije—. Voy al hospital a que me lo miren. Creo que necesita un par de puntos.
Él levantó la vista y miró la venda un segundo.
—¿Quieres que te lleve?
—No. Cojo la furgoneta.
Asintió y volvió a los papeles. Salí, cogí las llaves del vehículo de servicio y conduje hasta el hospital. El brazo me latía un poco con el movimiento del volante. Aparqué delante de urgencias y entré por la puerta lateral, la que da directa a la sala de espera.
Me acerqué al mostrador. Había una cabo sanitaria detrás, con la pantalla del ordenador encendida y una lista abierta.
La sala estaba bastante llena para esa hora: soldados sentados, un par de civiles de la base, alguien de pie junto a la pared.
Esperé mi turno sin moverme del sitio. Llevaba la camiseta militar de diario; el rango se leía claro en el pecho.
Cuando me tocó, la cabo levantó la vista y me reconoció enseguida.
—Buenos días, sargento mayor. ¿Qué le ocurre?
Le expliqué el corte de la rampa, le enseñé la venda y le entregué la tarjeta militar. Ella tecleó un momento, miró la pantalla y asintió.
—Le llamarán de enfermería —dijo—. Pero va a tener que esperar un rato. A estas horas suelen estar con las curas y en urgencias solo hay un enfermero.
Asentí y pregunté más o menos cuánto.
—Mínimo media hora.
Resoplé por la nariz, pero volví a asentir.
Me aparté del mostrador y fui hacia las sillas de la sala de espera, las que quedan de frente.
Me senté en la primera que vi libre. A dos asientos había un soldado tosiendo sin parar, la mano delante de la boca y los ojos medio cerrados.
Me levanté y me cambié de sitio, más hacia el fondo.
Con un poco de suerte, no me llevaba de regalo lo que tuviera.
Iban llamando gente, pero con cuentagotas.
Uno entraba, pasaban varios minutos, salía otro.
El reloj de la pared avanzaba lento. Cuando miré el mío, ya había pasado más de media hora.
El brazo me tiraba bajo la venda y la silla de plástico se me clavaba en la espalda.
Empecé a notar el agobio de estar ahí parado sin hacer nada.
En eso vi pasar a Vega. Llevaba bata blanca sobre el uniforme y caminaba con la mirada baja, como si fuera pensando en otra cosa.
Al cruzar por delante de la sala de espera, levantó la vista, me reconoció y me saludó de lejos: una sonrisa leve y un movimiento corto de barbilla.
Le correspondí con el mismo gesto. Ella siguió y entró por una de las puertas del pasillo.
Cinco minutos después salió otra vez. Esta vez se dirigió directamente hacia donde yo estaba sentado.
Me levanté cuando se acercó.
—Buenos días, teniente.
Ella sonrió con esa media sonrisa que pone cuando el rango sobra, pero hay gente alrededor. La sala de espera seguía llena y el protocolo se notaba en la distancia que mantuvo.
—Buenos días, sargento mayor. ¿Qué le ocurre?
—Nada grave. Me hice un corte trabajando en una reparación y necesito unos puntos. Por suerte, no me voy a desangrar, porque parece que tengo para un rato de espera.
—Sí, esta hora es bastante complicada —dijo ella—. Déjame que haga una llamada, a ver si puedo ayudarte.
Se apartó unos metros, sacó el móvil y habló bajo. No alcancé a oír nada. Al cabo de unos segundos volvió y señaló el pasillo de enfrente.
—¿Ves ese pasillo de allí? En cinco minutos ve allí y entra por la puerta siete. Es justo la que se ve a la izquierda.
—Muchas gracias por la ayuda. Le debo una.
Se rio, corta.
—Tú harías lo mismo por mí.
Sonreí de lado.
—Sin duda.
—Nos vemos ahora.
—Vale.
Se dio la vuelta y se fue por el pasillo. La vi alejarse con la bata blanca abierta sobre el uniforme. Incluso así se le marcaba el cuerpo al caminar. Sacudí la cabeza para quitarme la idea de encima. No era el sitio.
A los cinco minutos me levanté, fui hasta la puerta siete y llamé con el nudillo. Entré. Era una sala de curas: camilla, banqueta, armarios de instrumental, el olor a alcohol y a desinfectante de siempre. Vega estaba sentada delante de un ordenador.
—Con permiso.
Levantó la cabeza y sonrió.
—Pasa, Marcus. Siéntate en esa banqueta y pon el brazo sobre la camilla.
Asentí y lo hice. Ella miró la pantalla un momento.
—Veo que estás al día con la vacuna del tétanos, así que no será necesaria.
Se acercó, se puso a mi lado y rio por lo bajo.
—Dale a la palanca para bajar un poco la banqueta. Eres tan grande que quedas muy arriba.
Me reí y bajé el asiento hasta que el brazo quedó a su altura.
Ella se puso los guantes, cortó la gasa que yo me había puesto y retiró el esparadrapo.
El corte se veía limpio bajo la luz. Empezó a limpiarlo con gasas y desinfectante.
El antiséptico picó. Trabajaba cerca; notaba el calor de su cuerpo a través de la bata y el roce ocasional de su antebrazo contra el mío.
Tenía las manos pequeñas y precisas. Mientras me desinfectaba, pensé que no dudaría en follármela si ella quisiera.
La polla se me movió solo de tenerla ahí, inclinada sobre mi brazo, con la coleta cayéndole hacia un lado.
Veintipocos, primer destino, yo con cuarenta y cinco. En la base la diferencia se notaba.
Me puso tres puntos de los que se caen solos. Los noté tensar la piel, uno detrás de otro. Después colocó el apósito y lo fijó.
—Si ves que todo va normal, no necesitas volver —dijo—. Si te molesta o ves algo raro, vuelve para echar un vistazo.
Asentí. Ella seguía cerca. Mientras terminaba de colocar el apósito, comentó, como de pasada, que estaba mirando coche de segunda mano y que quería dejarlo solucionado esa misma semana.
—Yo estoy encantado de llevarte en el mío siempre que lo necesites —dije.
Me miró un segundo, con esa misma media sonrisa de antes, y asintió despacio antes de volver a la mesa del ordenador.
Me levanté de la banqueta. El brazo me tiraba un poco con los puntos, pero nada que no pudiera manejar.
—Muchas gracias de nuevo —dije.
—Trata de no hacer esfuerzos con ese brazo —respondió ella—. No se te abran los puntos.
—Vale, doctora. Por cierto, salgo a la misma hora que el otro día. ¿Te llevo?
—También saldré a esa hora. Vale, genial, si no te importa.
—Y si quieres, puedo acompañarte a ver coches. Algo de motores sé.
Se rio levemente y asintió.
—Vale. No estaría mal que me echaras una mano.
La miré y sonreí. Mientras se quitaba los guantes, pensé que más de una mano le echaría.
Salí de la sala de curas y volví por el pasillo hacia la salida. El brazo vendado me pesaba poco. Afuera, el sol de la base pegaba en el asfalto del aparcamiento.