Capítulo 14
Me quité el condón y, aunque estaba vacío, lo anudé por costumbre. Christopher había bajado el móvil. La pantalla se apagó.
—Ha estado bien.
Lo dijo como quien cierra una cuenta, con la voz más fina de lo que quería.
Ella todavía no había recuperado el aliento.
El pecho le subía deprisa, las piernas todavía abiertas sobre el tatami azul.
Él se tumbó a su lado y se acercó a besarla.
Ella respondió, un segundo, sin buscarlo.
Estaba en otra cosa. En volver a respirar.
Yo seguía duro. El cuerpo no había terminado, y la habitación tampoco tenía pinta de haberse vaciado. Dudé un instante. A lo mejor para ellos sí había acabado.
—¿Tenéis prisa? Pensaba coger otro condón.
Ella giró la cara hacia mí.
—No tenemos prisa. ¿Te has corrido?
—No. Me cambio de condón. Manía mía.
Sonreí.
—Se me rompió uno y desde entonces, cambio.
Se rio, todavía corta de aire.
—No me extraña, con esa polla que tienes. Por mí podemos seguir un poquito más.
Christopher se incorporó sobre un codo. La cara se le contrajo, no de enfado. De alguien a quien le cambian el final.
—Ah, bueno. Yo pensaba que ya estaba.
Ella le sonrió.
—¿Quieres venir tú un poquito?
Él bajó la vista sin darse cuenta. La polla se le había quedado blanda contra el muslo.
—Bueno. Creo que ahora no estoy muy a tono. Como pensaba que ya habíamos terminado.
Yo ya tenía el pantalón a mano. Saqué otro condón, lo abrí y me lo puse. La polla no había bajado. Ella miró eso, no a mí, y volvió a él.
—Bueno. Pues si se te pone dura, avisas.
Me arrodillé en la cama. Ella había juntado las piernas por el descanso, no por un no. Se las abrí con las manos y no las cerró. Al contrario. Las dejó caer, y cuando me puse encima, me buscó la espalda con las palmas, calientes, todavía temblando.
Christopher se apartó unos centímetros. El teléfono volvió a encenderse. Se puso de rodillas en el colchón, incorporado, y empezó a grabar otra vez. El encuadre le temblaba un poco.
Ella lo miró, sonriendo.
—Si estuvieras menos pendiente de grabar, igual te ponías antes.
Notó la punta. Giró la cara para quedarse frente a mí, me apretó la espalda y abrió más las piernas. Entré. El gemido le salió grave, de dentro, de quien acaba de notar que la llenan otra vez y el cuerpo todavía está sensible del primero.
El coño me apretó y el vientre se le pegó al mío. Los pezones, duros, se me clavaban en el pecho. Bajó las manos por mi espalda hasta las nalgas y allí se quedaron, atrayéndome, para que no me saliera. Los muslos se le abrieron y me cerraron dentro.
Me dio un chispazo. La polla se me hinchó más, sin haber salido. No era solo ella. Era la cara del novio, a un lado, con el teléfono, viéndolo. El aliento de ella me daba en el cuello, caliente, corto.
Clavado dentro, me incorporé lo justo para dejar espacio entre los dos.
Antes se había tocado, y se le notaba que le gustaba.
No hizo falta decirle nada. Se chupó los dedos mientras yo empezaba a moverme, y bajó la mano al clítoris.
Se tocó al ritmo, yo follándola, ella con la otra mano todavía en mi nalga para no perderme.
Casi salía del todo, el glande le rozaba la entrada, y volvía a metérsela despacio, para que el cuerpo le recordara el grosor antes de pedirle más.
Ella tenía los ojos entrecerrados y la cara un poco girada hacia el hombro.
Se tocaba al ritmo, no detrás de mí. El chapoteo tardó en oírse.
Cuando el ritmo subió, se oyó. Húmedo, claro, cada vez que la polla le salía y le volvía a entrar. La música de fondo no lo tapaba.
Christopher seguía de rodillas al borde de la cama, con el teléfono en alto.
Ella no lo miraba. Yo sí, un instante. Crucé la mirada con él y vi la mueca.
Ya no tenía la expresión del que graba creyendo que dirige.
Eran celos. A mí me daba igual. Le sonreí, leve, y en la siguiente embestida entré más hondo. Volví a ella.
El murmullo se le escapó sin componerlo, pegado a mi cuello.
—Qué bueno. Ufff. Qué polla tienes. Qué bueno. Qué bueno.
Aceleré. Ella se tocó más rápido, los dedos resbalando, y a ratos perdía el clítoris y lo volvía a encontrar.
Le bombeé más. Abrió los ojos, levantó la cabeza y miró hacia abajo, entre los dos cuerpos, a mi polla negra entrando en su coño.
Se quedó en eso. Noté cómo se le contraía, un apretón corto, y la respiración se le fue.
—Así. Así. Así. Oh, Dios. Así.
Le di una clavada y me quedé quieto, dentro, hasta el fondo. Las piernas le temblaron contra mis costados. Se corrió tocándose, sin retirar la mano, la voz rota contra mi boca.
—Me corro. Dios, me corro.
El coño me absorbía apretando. La miré mientras se corría. Cuando pasó la primera oleada y ella todavía temblaba, volví a follármela, fuerte, y el gemido se le hizo más hondo.
—Ooooh. Me muero. Qué bueno. Ooooh.
Dejó de tocarse. Los espasmos le seguían en el vientre. Me dejé caer un poco más sobre ella, empotrándola, y se lo dije al oído, lo bastante alto para que el novio no pudiera hacerse el sordo.
—¿Me corro dentro o fuera?
—Donde quieras. Donde quieras.
Aceleré. Ella seguía gimiendo, como si el orgasmo no se le hubiera ido del cuerpo.
Salí de golpe. El aire le dio en el coño abierto.
Quedé de rodillas entre sus piernas, me quité el condón y me masturbé un instante, mirándola.
El primer chorro le cayó en el vientre, espeso, blanco, caliente.
Ella bajó la mano al coño, tapándolo. El segundo le cayó en la mano y otra vez en el vientre.
—Ufff. Joder.
Me miró desde la almohada. Los ojos le brillaban. La cara se le había transformado con la follada, y en la mueca había una picardía que en la barra no estaba. Christopher no había bajado el teléfono. Esta vez el encuadre no se le había caído.
Ella se miró la mano. El semen le brillaba en los dedos y en el vientre, y no se limpió enseguida. Christopher seguía de rodillas, grabando ese plano como si fuera el que había venido a buscar. Pasó un segundo de más.
—Ya —dijo ella. Esta vez no sonreía—. Apágala.
No se lo pidió en broma. Él tardó. Bajó el móvil. La pantalla se apagó y se quedó con el teléfono en la mano, sin saber qué decir. «Ha estado bien» ya lo había usado.
Me quité el segundo condón, lo anudé y busqué los pañuelos. Le dejé unos en el vientre. Ella se limpió despacio, mirándolo a él, no a mí. En un estante había spray y más papel. El club pensaba en eso. Yo no dije nada. Me vestí. La polla todavía pesaba, pero el cuerpo ya había terminado.
Christopher se puso el bóxer de espaldas. Ella se abrochó el vestido, se calzó y se pasó la mano por el pelo. Al mirarlo, iba más suelta que al entrar en la habitación. Él no levantó la vista.
Abrí la puerta. La música de abajo entró un momento. Nadie dijo la próxima vez. Salí el último, con la llave en el bolsillo, y no miré si él todavía llevaba el teléfono en la mano.