Capítulo 13
Se agarró con las dos manos, como si necesitara sujetarla para creerla, y se la metió en la boca. No entera. Lo que le cabía. Cerró los ojos y mamó despacio, la lengua trabajando el glande, y en la comisura se le dibujó una sonrisa. Era de alguien que se oye a sí misma y no se reconoce.
Le puse la mano en la cabeza y la dejé ahí. Sin empujar. El pelo le olía al club, a humo dulce y a su propio sudor. Abrió los ojos, levantó la cara y se encontró con los míos. Le sonreí. Ella no apartó la boca.
Sacó lo que había podido tragar. Un hilo de saliva le quedó en el labio.
Lamió el tronco, bajó a los huevos, despacio, y volvió al glande como si ya supiera el camino.
Sabía mamar. No era la primera polla que tenía en la boca, aunque fuera la primera de ese tamaño.
Eso se nota en la muñeca, no en el discurso.
Christopher se había quedado atrás, de pie, con el móvil a la altura del pecho.
Lo acercaba a la cara de ella y lo retiraba, para no tapar.
Con la otra mano se tocaba por encima del bóxer, sin sacársela.
En la cara se le mezclaban el morbo y el susto.
Ya tenía delante lo que seguramente se había corrido imaginando, y todavía no sabía si podía mirarlo.
Le retiré la polla de la boca. Ella respiró por la nariz, los labios hinchados.
Le solté el sujetador y le bajé el tanga por los muslos.
Quedó desnuda en la luz azul. La tumbé. El colchón cedió.
Le besé el vientre, las ingles, la cara interna de los muslos y bajé al clítoris.
El coño estaba depilado, hinchado, ya abierto.
Se lo comí despacio. Ella gimió contra el techo y agarró las sábanas. Las piernas se le abrieron solas.
Ya no era la de la barra. Esa decía que le cortaba. Esta empujaba la pelvis hacia mi boca.
Christopher se subió a la cama. Se había quitado el bóxer.
El móvil seguía grabando. Se puso a un lado de ella y le acercó la polla a los labios, mientras yo no levantaba la boca del coño.
Ella giró la cabeza, se la sujetó y chupó un poco, sin ritmo.
Enseguida se le fue la atención a lo que le estaba haciendo yo.
La polla de él se le quedó en la mano, olvidada.
Me incorporé. Ella abierta, el pecho subiéndole. Él de pie junto al colchón, desnudo. Se la vi entera: mediana, muy delgada, dura. No dije nada. No hacía falta. Le puse una mano en la cadera y la giré.
Ella entendió y se puso a cuatro patas, las rodillas separadas, la cabeza vuelta hacia atrás para no perdernos.
Me coloqué detrás y se la restregué entre las nalgas, caliente, sin entrar. Le pasé la mano por delante y le encontré el clítoris. Ella empujó un poco contra los dedos.
Miré a Christopher.
—Tío, tráeme los pantalones. Llevo condones allí.
Tardó un segundo de más.
—Ve a buscar tú tus pantalones.
Sonreí, sin salir de detrás de ella.
—Joder. Mira lo que tengo entre manos.
Se le bajó la voz de golpe. Miró el culo de ella, el móvil, a mí, y asintió como si acabara de recordar que la noche la había pedido él. Fue a por los pantalones y los dejó en la cama.
—Hay condones también allí —dijo, señalando el bol transparente.
—No me resultan cómodos. No me cabe bien la polla. Prefiero los míos.
Ella sonrió hacia atrás, con la cara ya de otra. Nos veía a los dos: yo abriendo el envoltorio y a su novio con el teléfono.
—Apaga la cámara.
Me puse el condón y le apoyé el glande en la entrada. Estaba mojada. Ella miró a Christopher, entre la queja y la risa, y bajó la voz.
—Va. Graba si quieres, pero después lo borras.
Empujé. El grosor le entró despacio y ella soltó un gemido profundo, la piel de los brazos erizada, la cabeza a punto de caer sobre el colchón. No salí. Esperé a que el cuerpo la aceptara.
Empecé a moverme lento, fuera casi hasta la punta y dentro otra vez, sin buscar el fondo del todo.
Ella respiraba por la boca. En ese tramo no se acordaba de la cámara, ni de la vergüenza, ni de él.
Solo del tamaño. Le abrí las nalgas con las manos y seguí, poco a poco, hasta notar que ya no se cerraba.
Aceleré un poco. Ella tensó la espalda y levantó una mano, sin llegar a apartarme.
—Uf. Para, para. No entres tanto. Joder, se nota muy profunda.
Paré, dentro.
—Tranquila. Ya ha entrado, que era lo difícil. Lo otro es coger el ritmo.
—Despacio.
Volví más corto. Christopher se había quedado en el lateral, callado, la cara seria. El pulso le temblaba en la muñeca del teléfono. Ya no daba órdenes. Respiraba deprisa.
Le acaricié el clítoris sin cambiar el ritmo. Ella gimió, empujó hacia atrás y encontró el movimiento. Colaboraba. Giró la cara hacia él. Sonreía. Los ojos le brillaban.
—¿Esto querías ver?
—Sí.
—¿Te gusta ver cómo me folla con ese pedazo de polla?
A Christopher le costó la voz.
—Sí. Me gusta. ¿Y a ti?
—Me encanta. Me encanta cómo me llena.
Entré un poco más. Ella se rio, y la risa se le cortó en una mueca.
—Espera, espera. No tan fuerte.
—Tranquila. Vamos despacio.
Salí. Le puse la mano en la espalda y la hice bajar hasta que la mejilla le quedó en el colchón. El culo se le quedó en alto, abierto, y la luz azul le marcaba la columna. Respiraba por la boca. Christopher, a un lado, no había bajado el teléfono.
—Así entra mejor. Ya verás.
No discutió. Abrió un poco más las rodillas y giró la cara hacia él, no hacia mí.
Volví a ponerle el glande en la entrada y empujé despacio. El condón no quitaba el calor. Ella apretó las sábanas y soltó el aire cuando mi polla le pasó el punto en el que antes había pedido que parara. Esta vez no pidió. Aguantó, con la frente contra el colchón, hasta que los huevos le tocaron.
—No estoy acostumbrada a ese calibre, como puedes ver.
Lo dijo hacia Christopher. Sonreí, sin contestar todavía. A él se le abrieron los ojos, como si la frase no fuera sobre mí. Como si le hubiera medido la polla delante de los dos.
—No pasa nada. Tengo experiencia.
Ella tenía la cara hundida en la sábana y aun así se le vio la sonrisa. Los ojos le brillaban.
—¿Ves? Tiene experiencia. Y me va a dejar abierta. Después no voy a querer otra cosa.
Christopher tragó.
—Qué zorra eres.
Empecé a moverme con más peso. No a golpes. Un ritmo que ya no era el de acostumbrarla. El colchón cedía. Ella metió una mano debajo del vientre y se buscó el clítoris, los dedos torpes al principio y después seguros. Cada vez que yo entraba, la mano se le quedaba un segundo quieta.
—¿Querías que fuera zorra? Pues mírame.
Le bombeé más hondo. Ya no se cerraba. Estaba empapada y acompañaba mis movimientos; el sonido se mezcló con el tecno de fuera. Entrecerró los ojos. La voz se le bajó, ronca, cerca de correrse.
—Mira. Mira, cornudo. Mira cómo me folla.
Christopher no contestó. El teléfono le temblaba un poco. Con la otra mano se la cogió y empezó a masturbarse despacio, desnudo, como si tuviera miedo de acabar antes de verlo todo.
Le abrí las nalgas con las dos manos. En esa postura el ángulo era otro. Se la encajaba hasta el fondo y ella ya no pedía que saliera. Gemía contra la sábana y empujaba hacia atrás, poca cosa, lo justo para no perder el ritmo.
—Ufff. No pares. Así, no pares. Así.
Aceleré. El sudor me bajaba por el pecho y le caía en la espalda. Ella giró más la cara, para que él le viera la boca abierta, y la voz se le quebró del todo.
—Oh, Dios. Así. Dame así. Fuerte. Dame. Fuerte.
Se la empotré. El orgasmo le llegó en las caderas, no en un grito. Tembló, subió y bajó, y el coño me apretó fuerte mientras yo seguía dentro. Gruñó, grave, animal, sin teatro.
—Ooooh, sí. Oooh, me corro. Joder, me corro.
Siguió unos segundos, la cara contra el colchón, hasta que los brazos le aguantaron otra vez. Se incorporó sobre las palmas, las rodillas todavía abiertas, respirando como si hubiera corrido una maratón. Yo me quedé dentro, quieto, sin empujar. Notaba los últimos espasmos.
Resopló y miró a Christopher.
—Ha sido brutal.
Sonreí. Él no. La miraba como si la escena se le hubiera adelantado a la cabeza. La polla se le había bajado. El teléfono seguía en la mano, más bajo, grabando el colchón y una rodilla.
—Apaga eso ya.
No sonó a orden. Sonó a alguien que se acuerda de lo que había pedido y ya no tiene fuerza para repetirlo.
Me retiré despacio. El condón brillaba. Ella se giró, se tumbó boca arriba y buscó aire, las tetas subiéndole, el pelo pegado a la sien. Me miró. Christopher seguía de pie, con el móvil en la mano. La pantalla apuntaba al colchón y a una rodilla.