Marcus (Corneadores nº 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Pasaron unos minutos. La cerveza sin alcohol ya no sabía a nada. En la pista no quedaba nadie, y las tres parejas de los sofás seguían a lo suyo.

Christopher bajó las escaleras solo. No miró alrededor. Vino hacia mí y se sentó en la banqueta de al lado, como si llevara un rato pensándolo y ya no quisiera pensarlo más.

—Si quieres, te invitamos a la zona de camas.

Lo dijo claro. Sin bajar la voz.

—¿Y ella está de acuerdo?

—Sí. Le daba corte bajar. Está arriba. No hay nadie.

—Si os sentís más cómodos, podemos cerrar la puerta de una de las habitaciones pequeñas.

—Podría estar bien.

Asentí. Llamé al camarero. Le comenté al oído en dos palabras cómo estaba el asunto. Sonrió lo justo, abrió un cajón y me dejó la llave. Me la guardé y le choqué la mano. Christopher lo vio y no preguntó.

—Vamos.

Subimos. Ese tramo lo había hecho muchas veces, y aun así iba con expectación. No tenía claro si aquello iba a acabar en algo.

Al llegar arriba, miré el pasillo.

—¿Dónde está?

—Ahí, al fondo —dijo Christopher—. Entre las dos habitaciones con camas. En esa que tiene unos sofás.

Asentí. Entramos.

Samantha estaba sentada en un sofá, mirando una pantalla grande con vídeos musicales. Se había quitado la cazadora. El vestido corto seguía ahí. Al vernos, se incorporó un poco.

Sonreí.

—Arriba hay otra sala en la que solo sale porno.

Se rio.

—No, no. Así está bien.

Los miré a los dos.

—Muchas gracias por invitarme a subir.

Me senté cerca de ella, dejando sitio. Christopher se sentó al otro lado. Quedó en medio.

—Podéis estar tranquilos. No haremos nada que no os apetezca hacer.

Se miraron. Ella habló primero.

—Gracias.

—Bueno —dijo él—. Tenemos curiosidad por probar algo, y nos has parecido simpático.

—Genial. Vosotros también a mí. Un día con poco movimiento es bastante adecuado para probar cosas. Y la verdad es que los clubes, cada vez, son más de copas que de sexo.

Ella se rio.

—Pues él me lo pintó como si en estos sitios hubiera una orgía continua.

—A ver —dijo Christopher—. Yo he leído cosas.

Me reí.

—La gente cada vez se lo monta más en privado. Pero hay días y días. También según el club. En fin. ¿Sois matrimonio?

—Novios —dijo ella—. Bueno, vivimos juntos desde hace un año.

—Muy bien.

Christopher se aceleró.

—A ella le atraía probar con un moreno.

Ella lo miró, contrariada.

—O a ti más verme.

Me reí abiertamente.

—Bueno, bueno. Moreno soy. O mejor dicho, negro. O, afinando más, mestizo.

La miré a ella.

—¿Y qué te atraía de probar?

Se le notó la vergüenza.

—Bueno. A solas se pueden hablar cosas, y eso. Pero ya hacerlo real… pues igual es una locura.

—Ya estamos aquí —dijo su novio—. Y se puede hacer, si quieres.

—No sé. Esto me corta mucho, la verdad.

Sonreí.

—Mira. Si te parece, dejamos que fluya un poco. Cuando tú quieras, dices stop y se para todo. Tu pareja quiere, no nos ve nadie y no nos conocemos de nada.

Me miró y asintió, leve. No se echó atrás. Se quedó donde estaba, un poco más cerca.

Sin dejar de sonreír, me quité la camiseta. Christopher soltó el aire al verme el torso desnudo.

—Joder. ¿Haces pesas?

—Algo de deporte.

Le cogí una mano con suavidad y la llevé hasta mi pecho, acercándome un poco.

—Puedes tocar. No pasa nada.

Sonrió y me tocó. Yo le acaricié la mejilla con el dorso de la mano. Al otro lado, el novio respiraba más rápido. Estaba más nervioso él que ella.

Le acaricié los brazos y bajé hasta los muslos, despacio, por encima de la tela, hasta las rodillas cubiertas con las medias. Sonreí. Me desabroché el cinturón y el pantalón sin sacármela y le cogí una mano.

—Creo que tenías curiosidad.

No apartó la mano. Dejó que se la guiara, y cuando el calor le llegó a la palma, cerró los dedos. Sin levantarnos, guié su mano por dentro del pantalón hasta que me tocó la polla. Ella miró hacia donde había entrado la mano.

—Hostias. Madre mía.

Christopher, detrás, preguntó en voz baja.

—¿Es grande?

No le respondió. Me miró a mí.

—Joder. No había tocado algo así nunca.

—Pues si tú quieres, hoy te vas a desquitar.

Le cambió la cara de golpe. Una mirada de zorra. Se pasó la lengua por el labio de arriba y no dijo nada. Tampoco sacó la mano. Ya no hacía falta que se la sujetara. La movía suave, despacio, reconociéndola.

Me acerqué un poco más, casi de rodillas en el sofá.

Ella con una mano dentro del pantalón y la otra en mi pecho.

Le besé el hombro. El cuello. Detrás, Christopher le acarició la nuca y la besó.

Después le metió una mano por dentro del vestido y se lo levantó.

Medias completas. Un tanga debajo. Le metió la mano entre las piernas y la acarició.

Ella entornó los ojos y se dejó hacer. Suspiró, suave, sin soltarme.

Christopher, desde atrás, susurró.

—Estás empapada.

Ella no dijo nada. Yo sonreí.

—Me va a reventar el pantalón.

La miré a los ojos.

—Si quieres, pasamos a una de las habitaciones de camas. A la pequeña de aquí al lado. Llevo la llave y nadie nos molestará. Todo lo que ocurra quedará en secreto.

Me miró y asintió.

—Vale. Vamos.

Sacó la mano del pantalón. En los asientos había cajas de pañuelos. Saqué un par y se los di. Llevaba la mano húmeda.

—Gracias.

Sonrió.

—Veréis que hay condones, pañuelos, incluso espray para limpiar y esas cosas.

—Sí. Ya lo vimos.

Pasamos los tres. Cerré la puerta. La luz era azulada, baja. Había dos colchones unidos, como un tatami. En un rincón, perchas, una papelera, un bol con condones y una cruz para atar que parecía más de atrezo que de uso. La música llegaba suave, un tecno comercial, animado, sin tapar las voces.

Ella se puso frente a Christopher. Él la acarició y le besó el cuello.

Yo me coloqué detrás y le pegué el pecho a la espalda.

Les sacaba a los dos bastante altura. Pasé las manos por delante, hasta cogerle las tetas, y le besé la nuca.

El vestido llevaba unos botones gruesos delante.

Christopher empezó a soltarlos hasta abrirlo.

Ella gimió con las caricias de los dos y llevó una mano atrás, a tocarme la polla por encima del pantalón. Christopher le quitó el vestido. Quedó con los botines, el sujetador, las medias y el tanga.

—No son las medias más sexis —susurró—. Pero no pensaba que esto llegara a suceder.

Él la besó en la boca.

—Pues ya ves.

Le pasé una mano entre las piernas, por delante, sobre las medias. Ella se las bajó. Le dejamos sitio. Se quitó los botines y las medias, y se quedó con el sujetador y el tanga.

Me desnudé del todo. Se giró hacia mí, miró la polla y soltó el aire.

—Joder. De verdad es increíble.

Me acerqué, le besé el cuello.

—Eres preciosa.

Volvió a tocármela. La guié hasta la cama y se sentó, sin oponerse. La polla le quedó delante de la cara. Christopher, al lado, también se había desnudado. Solo el bóxer. Tenía el teléfono en la mano, encendido, y había empezado a grabar.

—Normalmente en un club no se puede grabar. Pero estamos solos.

Ella me la masturbaba suave, delante de la cara, y lo miró a él.

—Apaga la cámara.

No la apagó. El teléfono siguió en alto. Yo lo vi. Ella también.

—Chúpasela —dijo su novio—. Que lo estás deseando. Pónsela dura del todo.

Ella miró la polla. Después subió hasta encontrar mis ojos y dijo, riéndose:

—Esto no me cabe en la boca ni en ningún sitio.

—Hoy vas a descubrir que te cabe más de lo que habías imaginado.