Marcus (Corneadores nº 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

El viernes me senté en una de esas tabernas con dardos y jarras, la pantalla enorme al fondo. Pedí una hamburguesa y una cerveza. El partido iba mal desde antes de que me trajeran el plato. No me importaba de qué liga fuera. Importaba que los míos estuvieran perdiendo.

Cuando pitaron el final, le di un golpe a la mesa. El teléfono vibró.

Robert: Ya te dije que os íbamos a ganar. Me debes cincuenta pavos.

—Joder con el puto Robert.

Apuré lo que quedaba, pedí la cuenta y miré el reloj. Fuera, la noche estaba fría. Viernes. Coches, gente que iba y venía, un local con la puerta abierta y la música saliendo a la acera. Me subí las solapas de la cazadora y eché a andar.

Unos diez minutos. Una calle con varios sitios. Donde yo iba parecía un pub, pero no era exacto: luz baja, el nombre en la puerta. Club Tres de Picas. Entré.

En la entrada me conocían. La chica de la mesa me hizo el descuento habitual, sin decir la cifra, y me tendió una llave de taquilla.

—¿Está animado?

—Un poco flojo. Aunque algunas veces estas noches son las mejores.

Me reí.

—Bueno. Ya se verá.

Dejé la cazadora en el guardarropa y pasé a la zona común. Tenía razón. Poca gente en los sofás y una pareja en la barra, con la música baja. Pensé que esa noche no me comería nada.

Me acerqué y pedí una cerveza. El camarero levantó la vista y sonrió.

—Marcus.

Miré el local. En un sofá del fondo, un habitual levantó la barbilla.

Se la devolví. En la pista, una pareja bailaba mal.

Ella iba bebida. Él intentaba mantener la compostura y miraba alrededor, sin que yo supiera si buscaba gente o si le daba vergüenza.

Panza, unos sesenta. Ella, por el estilo.

No eran de allí. A lo mejor era la primera vez.

Miré el reloj. Habituales, copas, poca cama.

Entraron dos parejas riéndose, recién llegadas.

Muy jóvenes. A ellas les eché poco más de veinte.

Ellos, un poco por encima. Sonreí. No iban a hacer nada.

Habían entrado a explorar. Pidieron copas.

Las chicas me miraron de reojo, cuchichearon y se rieron.

Yo también sonreí. Los cuatro se fueron a la pista.

Fue entrando gente, despacio. Más de mediana edad que jóvenes.

La mayoría, de la casa. Se saludaban como en un club de amigos.

A mí, la cabeza o la mano. Al final no había mucha gente, pero había movimiento.

Pedí otra cerveza, esta vez sin alcohol.

La luz seguía baja. Parejas charlando. Otros se metían por los pasillos.

Yo sabía hasta dónde podía ir. Zonas comunes, sí. La de las camas, solo si una pareja me invitaba.

Miré otra vez a la pista. De las dos chicas jóvenes, la rubia no me quitaba el ojo mientras bailaba. Me recordó a Vega. Rubia, bajita, flaca, las tetas prominentes, cara de inocente y una malicia al mirar. Sonreí. No quería líos. Si querían algo conmigo, ya vendrían a hablarme.

Entró un tipo solo, recién llegado de la calle. Miró el local y, al verme, sonrió. Nos chocamos la mano.

—¿Cómo está la cosa?

—De viernes.

Se rio. Siguió mi mirada hasta las dos chicas de la pista.

—Qué ricas. ¿Cómo han caído esas corderitas por aquí?

—Están tonteando con los novios. Seguramente son ellos los que no se atreven a entrar del todo.

—Pues como alguno se despiste, esas acaban hoy bien folladas.

Me reí.

—No creo que tarden en largarse. Pero quién sabe.

—¿Has lanzado la caña?

—Siempre la tengo a punto.

Pidió una copa.

—Voy a saludar por ahí. Nos vemos, tío.

Otra vez la mano. Se fue hacia los sofás.

En eso entró una pareja. A ella le calculé treinta y algo.

A él, un poco más. Vestido corto, cazadora de cuero.

Él, vaqueros y cazadora. Casuales. No fueron a la barra.

Se quedaron junto a una columna, cerca de la entrada.

Ella le hablaba al oído. Él sonreía y le ponía la mano en la espalda, empujándola un poco hacia dentro, sin forzarla.

No eran de allí. Ni siquiera de esto, o muy poco. Ella quería y le daba vergüenza. Él tenía ganas de que entrara. Buena señal.

Él le dijo algo al oído. Ella asintió. La cogió de la mano y avanzaron hasta la barra. Se sentaron en dos banquetas, a unos metros de mí.

Los habituales los miraron más que a las dos parejas jóvenes. A esos cuatro no los tomaban en serio. A estos sí. Cuerpo de quien ha venido a algo, aunque todavía no sepa a qué.

Él llamó al camarero y pidió dos copas. No llegué a oír cuáles.

Parecía el más decidido de los dos, y aun así, novato.

Ella miraba de soslayo, más vergüenza que otra cosa.

El camarero les dejó un ron con cola y un gin tonic.

Les preguntó algo. Él sonrió y contestó.

Cuando acabó de servirles, siguieron hablando, ella igual de nerviosa.

El camarero se acercó a mi esquina, secando vasos. Me miró, discreto.

—Novatos.

Sonreí lo justo.

—Ya veo.

Entraron tres parejas desde la calle. La media andaba por los sesenta.

Habituales, se veía de lejos. No venían a cazar.

Venían contentos, de celebración o de viernes.

Ellas iban provocativas, poco acordes con la edad, y les daba igual.

Me miraron con descaro y me saludaron con la barbilla, como si me conocieran.

Sonreí y les devolví el gesto. A lo mejor me habían visto alguna noche. Yo a ellas no las había mirado mucho.

Ocuparon un tramo de barra y pidieron. La pareja nueva se desplazó hacia mí para dejarles sitio. Los veteranos lo agradecieron con la cabeza. Quedaron bastante cerca. Las tres parejas de habituales hablaron con el camarero con confianza, se rieron, cogieron las copas y se fueron a unos sofás.

La pareja nueva se quedó a mi lado. Ella parecía contrariada.

—Aquí solo hay gente mayor.

—Qué va —dijo él—. Mira en la pista. Hay unas parejas superjóvenes. Y el tío de detrás no es viejo.

—El tío de detrás es el de seguridad.

Sonreí y le di otro sorbo a la cerveza.

—Además no hay mucha gente —dijo ella—. Estará más animado el sábado.

Él miró hacia la barra, como si fuera a preguntar algo, y el camarero no estaba. Se giró hacia mí.

—Perdona. ¿Los viernes siempre está así?

Los dos me miraban. Me tomé un segundo. Sonreí lo justo.

—No vengo desde hace un tiempo. Pero el viernes no se llena.

—Perdona, tío. Pensábamos que trabajabas aquí.

—No pasa nada. ¿Primera vez por aquí?

—Estuvimos en otro club hace unos meses, pero solo tomando una copa. Y bueno, sí. Primera vez aquí.

Ella me miró con vergüenza y sonrió.

—Aquí también se puede venir solo a tomar copas, si es lo que se quiere.

Él sonrió.

—Ya. Bueno. Supongo que en general la gente viene a algo más.

Señalé con la barbilla a las tres parejas de los sofás, que seguían riéndose.

—Hay de todo. Aquellos están de copas.

En la pista, las dos parejas jóvenes se estaban poniendo el abrigo. A punto de irse.

—Otros vienen a curiosear. En fin. Hay de todo.

—Ya, claro.

—Por cierto. Me llamo Marcus.

Le alargué la mano.

—Yo soy Christopher. Ella, Samantha.

Me acerqué y le di un beso en la mejilla.

—Encantado.

Volví a mi sitio. Ellos se giraron un poco más hacia mí.

—¿No os han ofrecido enseñaros el local, en la entrada? Suelen hacerlo con la gente nueva.

Dijo ella:

—Sí, nos lo han ofrecido. Nos pareció mejor movernos por nuestra cuenta.

—Eso está muy bien. Yo os lo enseñaría, pero los tíos solos no podemos pasar a algunas zonas, salvo si nos invita una pareja.

—Sí —dijo ella—. Eso lo hemos leído en internet.

Al menos había leído ella también. No era solo idea de él.

—¿Y qué buscáis aquí? ¿Conocer parejas?

—No lo hemos planteado del todo. Parejas o, bueno, ver posibilidades.

No lo tenía claro. O sí, y no quería decirlo delante de ella.

—Si queréis curiosear, el sitio no es muy grande. Por esas escaleras se sube a las camas: hay una sala grande y dos más pequeñas. Por allí hay un pasillo francés, pero estaba cerrado la última vez que vine y sigue igual.

Se miraron. Ella se quedó un segundo más en la escalera. Él sonrió.

—Pues casi nos has hecho el tour tú.

Se rieron los dos. Yo también. Él se giró hacia ella y le dijo algo que la música no me dejó oír. Ella asintió. Volvió a mí.

—Muchas gracias, tío. Nos vamos a curiosear un poco, a ver el sitio.

—Ha sido un placer.

Ella se levantó y me saludó con la mano, un poco cortada. Los vi cruzar la pista y asomarse a la sala de los sofás. Volvieron sobre sus pasos y subieron las escaleras hacia la zona de las camas.

Tenía buen culo.

Los vi desaparecer por las escaleras. Christopher iba detrás. Ella se había quedado un segundo mirando hacia arriba antes de subir.

Él se había imaginado muchas cosas. Se le notaba.

Lo que no sabía era qué haría cuando dejara de imaginárselas y tuviera que verlas de verdad.

Sonreí y terminé la cerveza.