Marcus (Corneadores nº 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

El banco de press ya me conocía. Ciento diez kilos. Oliver detrás, las manos cerca de la barra por si tenía que sujetarla. Bajé el peso hasta el pecho y lo subí. Otra. Los brazos me temblaban lo justo para no decirlo.

—Vale —dijo él—. Suelta.

Dejé la barra. Seguí tumbado, el pecho subiendo. Por eso no la vi yo primero.

—Joder —dijo Oliver, bajito—. Lo que entra por ahí.

Me incorporé.

Anna. Pelo negro en moño, pantalón corto de chándal ceñido, top. Cuerpo de quien corre de verdad. Cruzó hacia las cintas sin mirarnos.

—Cómo está Anna —dijo Oliver.

—La han ascendido a cabo. Está preñada. En unos meses se le va a notar.

—No jodas. ¿Cómo sabes eso?

—Me lo dijo su marido.

Me levanté. Oliver ocupó el banco. Robert se había acercado sin hacer ruido. Lo había oído todo. Señaló con la barbilla hacia la puerta.

—Atentos.

Entró la teniente Vega, la coleta rubia, los ojos azules, no muy alta. El vientre plano le hacía el top más ajustado en las tetas. Cruzó como si el gimnasio fuera un pasillo más.

Los tres miramos. Ella no.

—Brutal —dijo Oliver—. ¿Es nueva?

—¿No te han hecho la revisión?

—¿Qué revisión?

—La médica.

—Todavía no. En breve.

—Pues si tienes suerte, quizá te la haga ella.

—¿En serio? ¿Esa muñeca es enfermera?

—Médico. Teniente.

Robert, sin bajar la voz del todo:

—Ya se ha enfrentado con la polla de Marcus.

Oliver dio un respingo. La barra le tembló.

—¿Qué?

Miré a Robert. Serio. La mueca, de guasa.

—No seas chismoso.

Oliver no iba a soltarlo. Se lo di yo, corto.

—Se equivocó de vestuario. Entró mientras me cambiaba.

—¡Mira qué bien! —Oliver sonrió—. Ya te conoce.

No contesté. Ella se subió a una cinta, la coleta moviéndose, el paso ligero, y nosotros disimulando mal.

—Bueno —dijo Robert—. Tiene novio.

—¿En la base?

—No. También es del ejército. Piloto.

—Una pija con un pijo —dijo Oliver—. Normal.

Lo miré a Robert.

—¿Y tú cómo te enteras de esas cosas?

—Me lo dijo ella. En la revisión.

—A mí apenas me habló. Lo justo.

Oliver empujó la barra. La voz le salió con el esfuerzo.

—Normal. Le diste miedo.

Robert se rio por lo bajo. Yo no le seguí. Cogí la toalla del banco y me sequé el cuello. En la cinta, Vega seguía corriendo, el vientre plano, el top apretándole el pecho. Tuve la sensación de que era de mirar y no tocar.

—Bueno, yo me voy ya.

—Me quedo un poco más —dijo Oliver.

Robert asintió, sin moverse del banco. Me despedí de los dos y salí por la puerta que tenía al lado. No pasé junto a la cinta.

En la ducha el agua salió fría un segundo y después caliente. Me enjaboné el pecho, los brazos, la polla. La miré como revisión rutinaria. Todo en orden. Me sequé, me vestí de civil y me colgué la tarjeta del cuello. La bolsa, al hombro. Salí al pasillo.

Antes de la entrada al gimnasio estaban las máquinas de vending. Agua, zumos, algo que no era comida. Busqué las monedas y pulsé. La botella se quedó a medias, encajada. Maldije y le di un golpe en el lateral. Cayó.

—Contundente.

Me giré. La teniente Vega, todavía con la ropa del gimnasio, esperando turno. El flequillo pegado a la cara. El top húmedo pegado a las tetas. Sudada.

—Hola, teniente.

—Hola, sargento mayor. Iba a sacar agua. Espero que no se me atasque. Yo no puedo reparar la máquina a su estilo.

Me reí.

—Espero, por si necesita ayuda.

Recogí la mía. Ella se acercó, buscó en el bolsillo del pantalón y no encontró.

—Joder. No sé dónde he puesto las monedas. No me llega.

Saqué una.

—No se preocupe. Yo llevo.

La metí. Ella pulsó. La botella cayó a la primera.

—Gracias. Cuando nos veamos de nuevo, se lo devuelvo.

—No es necesario, teniente.

—La mía no se ha atascado.

—La máquina no se atreve con usted.

Nos reímos. Le dio un trago. Yo también.

—Salvo que llevemos el uniforme, puedes tutearme. Y omitir lo de teniente.

—Vale. Gracias. Igualmente.

Bebimos.

—¿Cómo va la adaptación al nuevo destino?

Sonrió.

—Bien. Bueno, en realidad, salvo el tiempo de instrucción, este es mi primer destino. El trabajo en el hospital no es muy distinto al de uno civil.

—Lo imagino. Aunque al salir te encuentras una base militar, no la calle.

—Sí. Eso es lo más chocante. Me aseguré de tener una vivienda fuera antes de llegar. Tengo un piso alquilado en el pueblo de al lado. Casi toda la base vive por allí.

—Yo también.

—Qué casualidad. Tiene un poco de todo, y sales de este ambiente.

—Eso es importante.

Miró el reloj mientras sonreía.

—Bueno, Marcus. Un placer charlar contigo. Me voy a duchar, que el último bus pasa en media hora y todavía lo pierdo.

—Si quieres, te llevo. Yo voy ahora.

Me miró un segundo.

—No quisiera entretenerte.

—Puedo esperar unos minutos mientras te cambias. No es problema.

—Vale. Me ducho y me cambio en cinco minutos.

—No pasa nada si son diez.

Se rio y se fue hacia su vestuario.

—Ahora vengo. Y gracias.

Asentí. La vi alejarse: el paso rápido, la coleta, las piernas, el culo. A mitad de pasillo iba a abrir la puerta y giró un poco la cabeza. Sonreía. Sabía que la estaba mirando. Yo también sonreí, como si no.

Me senté en una de las sillas de plástico, junto a las máquinas, y le di un trago al agua. Tiene novio, piloto, y aun así se ha girado. Joder, qué buena está.

Tardó un poco más de lo que había dicho, pero no demasiado. Ya venía por el pasillo. Vaqueros ceñidos, camiseta de manga larga, un chaleco. El pelo húmedo, otra vez en coleta.

—Eres rápida.

—No quería que estuvieras esperando.

—¿Nos vamos?

—Vale.

Justo al girarnos se oyó una voz a la espalda.

—Hasta mañana, sargento mayor.

Reconocí a Robert antes de volverme. Oliver iba con él. Los dos con cara de qué cabrón.

—Hasta mañana.

Vega también se había girado. Sonrió.

—Hasta mañana, chicos.

Salimos del edificio y caminamos hacia el aparcamiento. El aire le movía el pelo mojado.

—¿Muchos años de servicio?

—Demasiados. Prefiero no contarlos. A tu lado me siento viejo.

—No tienes nada de viejo.

Sonreí.

—Gracias. El pelo todavía lo llevas mojado. Con este aire se te va a quedar tieso.

—Peor sería perder el bus y llegar andando.

—Por eso está el coche. Mira, allí.

Llegamos. Entramos. Ella miró el techo, las rodillas, a mí.

—Te queda un poco pequeño el coche.

Me reí.

—Aunque algo parezca que no cabe, todo es ponerse. Al final, entra.