Marcus (Corneadores nº 2) Capítulo 9
48%

Capítulo 9

Los miré. Mila estaba boca abajo, desnuda, la cara girada hacia mí, la mano todavía en las nalgas de su marido. Elías, con el pasamontañas, tenía la cara contra la sábana y el culo en alto. Yo de pie, desnudo, estiré la mano y cogí un condón nuevo.

Sonreí. La miré a ella.

—¿Le entraría?

—Aguantaría —dijo Mila—. No le han metido una tan grande que yo sepa. Aunque tiene por ahí algún dildo con el que yo no me atrevo.

—No es lo mío. Gracias igual.

Le dio otro azote.

—Baja el culo de zorra, que no te va a follar.

Elías se incorporó y se puso de pie junto a la cama. Giré a Mila, le abrí las piernas y me puse de rodillas entre ellas, sentado en los talones. Sonreí al marido.

—Ven. Tú también juegas.

Se puso a mi lado. La tenía medio dura.

—Cógela. Prepáramela.

Titubeó. Me agarró la polla. Acercó la cara al coño de su mujer y me la mamó. Unos instantes. La máscara contra el muslo de ella.

—Ponme el condón.

Me lo puso con la boca. Gemí. Mila, desde las almohadas:

—Lo hace bien, ¿eh?

No contesté.

Elías me sujetó la polla ya preparada, le abrió los labios del coño con una mano y con la otra golpeó mi glande contra el clítoris de su mujer. Mila dio un respingo.

—Ufff, qué cabrón.

—El cabrón enmascarado.

Los tres nos reímos. Yo, todavía entre sus piernas:

—Voy a follármela.

Él asintió y me la puso en la entrada. Empujé. Empecé a metérsela. Mila soltó un oooooh largo, el cuello atrás, las manos aferradas a mis brazos.

—Ábrele bien las piernas.

Se subió a la cama. La jaula casi le rozó la cara. La cogí de los tobillos. Él me relevó y se los sujetó. Quedó abierta del todo, los muslos blancos tensos, el coño tragándome poco a poco.

—Perfecto. Ahora me toca a mí.

No me fui. Me quedé ahí, de rodillas, mirando cómo desaparecía. Apretada y caliente. La llave le golpeaba el pecho. Elías no sabía si mirar o bajar la boca. Se quedó con las piernas de ella en las manos, la máscara a un palmo de donde yo entraba.

—Míralo —le dijo ella, la voz ya otra—. Míralo cómo me la mete.

Empecé a moverme. No a golpes, todavía. Hondo. Las manos en los muslos. Los huevos chocándole cuando llegaba al fondo. Ella gemía abierto, sin teatro. El marido tragaba. Se le oía bajo la tela.

—Más —dijo Mila—. No pares. Quiero notarla mañana.

Se lo di más rápido. La cama se movió. Elías tuvo que sujetar más fuerte los tobillos para que no se le cerraran. La jaula le golpeó el muslo a ella. Tenerlo ahí, a un palmo, me ponía.

Mila se llevó una mano al clítoris. La otra le buscó la pierna a Elías y se la agarró. Yo seguí. El ruido era el de siempre cuando está bien: carne, cama, el aire de ella.

—Lame —le dijo, sin mirarme—. El muslo. O lo que pilles. No te quedes ahí parado.

Él bajó la cara. La lengua fuera. Yo no paré. Cada embestida se la acercaba y se la quitaba. Mila se rio un segundo y se le quebró.

—Así. Joder. Así.

Aceleré. Los pezones duros. El pelo rubio en la almohada. Ella le empujaba la cabeza más abajo, hacia donde yo salía y entraba.

—Me voy —dijo—. No pares. Me voy.

Echó la cabeza atrás, giró la cara y le mordió el muslo. O se lo chupó. Las dos cosas. Se corrió temblando, un gemido ronco, el coño cerrándosele entre contracciones. No salí. Seguí hasta que las piernas se le pusieron blandas en las manos de él.

No aguanté. Salí, me quité el condón y me corrí sobre el coño y el vientre. Blanco en los labios, en el monte, un hilo hacia el ombligo. Ella seguía gimiendo del orgasmo.

—Ufff, qué bueno, joder. No podía más.

Me miró sonriendo y me agarró la polla. Me la pajeó despacio. Las últimas gotas le cayeron encima.

Me levanté a por una toalla. El sudor me tapaba la cara.

—Ven —dijo Mila, mirando a su marido.

Él sabía lo que tocaba. Ahora el que miraba era yo.

Se puso de rodillas en el suelo. Ella se arrastró hasta el borde, las piernas abiertas, las nalgas fuera de la cama. Empezó a lamerle. A chupar la leche que le había dejado. La máscara contra el vientre, la lengua ancha, sin dejar nada.

Ella le puso las manos en la cabeza, crispadas sobre la tela, y lo empujó al coño. Él no paró. Saliva, semen, los jugos de ella. Le metió dos dedos y la folló con ellos mientras seguía lamiendo el clítoris.

Ella se corrió otra vez, más corta, las piernas cerrándosele en la nuca. Él hizo un sonido y se movió de un modo que pensé que también se había corrido, con la jaula puesta. O solo era el placer. No lo supe. No se la miré. No hacía falta.

Cuando acabaron, dije:

—Voy a la ducha.

Bajo el agua pensé que ya era suficiente. Al menos para mí.

Me sequé. El espejo de un baño que no era el mío. La misma cara. Me puse el pantalón y salí.

Mila estaba en la cama, la tele encendida, la sábana hasta la cintura.

—Elías está en el otro baño.

Se levantó. Yo recogía la camiseta.

—Me voy en breve.

Pasó a mi lado y me dio un beso en el hombro.

—Me ducho un momento. Estoy pegajosa.

—Vale.

Me vestí del todo y me fui al salón. Elías salió con chándal, camiseta y zapatillas, el pelo húmedo.

—¿Una cerveza?

—Espero a que salga Mila y me marcho.

—Sin problema. Te da tiempo.

—Claro. Sí. Una cerveza.

Volvió con dos botellines. Sin decir nada, los chocamos. Nos sentamos en el sofá.

Mila salió recién duchada, el pelo todavía mojado, el mismo chándal que él. Miró a Elías.

—¿A mí no me has puesto nada?

—No sabía lo que ibas a tardar.

Fue a la cocina y volvió con una copa de blanco. Se sentó entre los dos.

—¿Has estado bien?

—Estupendamente. ¿Y vosotros?

—Genial —dijo él.

—Muy bien —dijo ella—. Para repetir cuando quieras.

Elías asintió.

—Ya veremos de volver a quedar.

—Espero que no te haya molestado nada —dijo él.

Iba por lo de haberse ofrecido. Lo entendí.

—En absoluto. Cada pareja es un mundo.

—Así es —dijo Mila.

La miré.

—La próxima, el culo que no se salva es el tuyo.

Se rio.

—Ufff. Con ese misil, no sé yo.

—Eso dice ahora —dijo Elías—. Después no quiere que se la saquen.

Me reí. Dejé la botella en la mesa y me levanté.

—Bueno, chicos. Me voy. Ha sido un placer. Espero repetir.

—Y nosotros.

En la puerta, un beso en la mejilla a ella y un abrazo. A él, la mano. Salí. Los vi en el umbral, despidiéndome.

Sonreí. Hacía un momento la estaba reventando. Ahora parecía que me iba de casa de mi tía.