Marcus (Corneadores nº 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

El vestido de flores estaba en el suelo, al pie de la cama.

Debajo, Mila llevaba sujetador negro, tanga y medias con liguero.

Nada más. Yo, desnudo del todo, sentado y recostado contra el cabecero.

Ella de rodillas en el colchón, entre mis piernas, una mano en la polla, masturbándola despacio, la boca recorriéndome despacio hasta el glande.

Le pasé la mano por el pelo rubio. Sabía hacerlo. No era prisa de novata. Era una mujer que se toma su tiempo y te deja claro que la polla le gusta.

El marido estaba al otro lado de la cama. Desnudo. La máscara le cubría la cabeza: solo ojos y boca. La jaula, a la vista. No se acercaba. Miraba.

Mila apartó los labios. Un hilo de saliva le resbaló por la barbilla. Lo miró a él sin soltarme el rabo.

—Mira lo que me van a meter. No hemos visto muchas tan grandes, ¿verdad? No sé si te dejará probarla. Sé que estás deseándolo.

Él tragó. Se le vio aunque llevara máscara. Yo no dije nada. La mano seguía en el pelo de ella.

Volvió a bajar la cabeza. Se la metió más, un sonido húmedo, las mejillas hundidas, las medias contra el colchón.

El liguero le cortaba la piel blanca. Los tatuajes se le movían con el cuello.

Cuando le llegaba al fondo de la garganta, se le escapaba un ruido por la nariz y no se apartaba: se quedaba quieta y volvía.

Paró un poco, la polla contra la cara, y se rio.

—Está muy dura. Se te pone todavía más cuando me oyes hablarle, ¿eh?

No contesté. Se me notaba.

Se la llevó otra vez a la boca, más lenta, la lengua plana, y con la mano libre se bajó un poco el tanga y se tocó. Elías se inclinó, sin bajar del todo. Los ojos entre la máscara no se apartaban.

Se tocó, se sacó los dedos brillantes y me sujetó la polla con ellos. Se la acercó a la boca de él. No lo llamó. Lo dejó mirar. Unos segundos de más. El hambre se le veía en la boca.

—Ven. Despacio. Huele.

Se acercó de rodillas. La jaula le golpeó el muslo. Me lamió el glande, titubeando, y Mila le sujetó la nuca.

—Así. Ábrela. Eso. Esta polla negra ya sabe a mi coño.

Cerré los ojos. Se la tragaba más profundo que ella. Lo dejé. Mila se puso a un lado, la mano en la base, mirándonos de cerca.

—Joder… mírala. Toda esa polla. Y tú con la jaula. Te está matando, se te ve.

Él hizo un ruido. Seguí recostado. Cuando tuve bastante, se la saqué de la boca, sin brusquedad. Estuve tentado de acabar en su garganta. No.

—Lo tienes bien entrenado.

—Le vuelve loco comer rabos, sobre todo si son como el tuyo. ¿Verdad, cariño?

Su cariño no respondió. No hacía falta.

Mila se quitó el tanga. El coño depilado, abierto, brillante.

Se quedó con las medias y el sujetador y se sentó a horcajadas, no para clavársela: para restregársela por los labios, adelante y atrás, hasta que noté la mano de él sujetándomela, mientras ella se alzaba lo justo para que su marido me rozara la verga contra el coño.

—Trae un condón —dijo, la voz ya quebrada.

Se levantó. Cogió uno de los míos. Volvió a jugar con ella mientras Mila cerraba los ojos y gemía. Me lo puso con la boca. Pocas tías me lo han puesto tan bien como este cabrón.

Ella se alzó. Él me guio hasta la entrada y Mila fue bajando. Apretada, caliente. Un gruñido hondo. No de quien no le cabe: de quien la quiere toda y la está notando.

—Joder… espera. Un segundo.

Se la quedó dentro, quieta, la llave colgada del cuello golpeándole el pecho.

Respiró. Después empezó a moverse ella. Circular, despacio, hasta que se acostumbró, y entonces ya no.

Yo la cogí de la cintura y le di. La cama crujió.

Elías se había quedado a un palmo, de rodillas, la máscara a la altura de donde yo desaparecía dentro de su mujer.

—Míralo —le dijo ella, hacia abajo—. Míralo cómo me abre.

Pidió más duro. Se lo di. Le cogí el pelo y la cabeza se le fue atrás. Me la follé así, de abajo arriba, las tetas delante, el sujetador torcido, las medias contra mis muslos. Mila pedía y se dejaba en la misma embestida.

—Lame —le ordenó.

Elías desapareció de mi campo de visión. Noté el roce al ponerse detrás del culo de ella, que rebotaba contra mí. De pronto, un respingo: la boca, la lengua en los huevos. A Mila se le rompió la voz.

—Como un perro. No pares.

Ella ya conocía esa lengua entre las nalgas con un rabo dentro.

—Así, joder, así, más duro, dame más, me voy a correr, dame más, me voy a…

No acabó. Se dejó caer sobre mi pecho, los pezones clavados, las caderas locas, los dientes en el hombro, un gruñido bajo y sucio. Levanté la cabeza. Él tenía la cara entre las nalgas de su mujer.

Mila se dejó caer a un lado. Mi polla salió de ella. Elías, que había estado lamiéndola por detrás, quedó de rodillas entre mis piernas. En los ojos se le veía la duda: si atreverse a volvérmela a comer. No le di tiempo. No era lo que quería.

Me quité el condón y lo tiré.

—Qué buen rabo tienes, cabrón —dijo Mila, abriendo los ojos, incorporándose—. Voy un momento al aseo. No empecéis sin mí.

—¿Quieres algo de beber? Hay cerveza, cola zero, agua…

—Una cola zero. Gracias.

Volvió con la lata. Seguía con la máscara y la jaula. La dejó en la mesilla. Tuvo que apartar la foto de la boda. Ellos dos. Un poco descolorida.

Abrí la lata. El primer trago. Mila volvió desnuda del todo, sin medias.

—¿Te cuida bien?

—Estupendamente.

Se sentó a mi lado, me quitó la lata y bebió.

—¿Preparado para otro asalto?

—Siempre.

Cogí un condón nuevo y lo dejé a mano. Ella se acercó a gatas y me agarró la polla, que se había bajado un poco.

—Vamos a poner esto otra vez en marcha.

—Tranquila. Va rápido.

Elías se sentó cerca, sin estorbar. Miraba cómo se la tragaba ella.

Le puse una mano en la cabeza. Me cabía en una. Le follé la boca. Miré al marido. Su mirada iba de los labios de ella a los míos. Me daba morbo que me viera hacerlo.

Ella se aferró a mis piernas y se dejó usar. La saliva le bajaba por el cuello y por el pecho. Los pezones, duros. Se la saqué. Tosió. La cara húmeda, los ojos también.

Me puse el condón nuevo, con calma. Los dos me miraban.

La giré a cuatro, el culo alto, la cara contra el colchón, ladeada hacia él. Le abrí las nalgas con una mano. Con la otra me puse en la entrada.

—¿Quieres ponérsela tú?

No hizo falta repetirlo. Se acercó. Me la sujetó. La miraba mientras me pajeaba despacio, recreándose.

—Ponla, cabrón —gruñó ella entre dientes.

Cuando la tuvo en la entrada, se la clavé de un golpe. Hasta que los huevos le chocaron. Gritó contra el cojín. La espalda se le encorvó.

Me quedé dentro, empujando. Una mano en la parte baja de la espalda, para empinársela otra vez. El pelo le tapaba la cara.

—Le ha entrado toda de golpe —dije.

—Fóllala. Reviéntala —dijo Elías.

Le cogí el pelo, le levanté la cabeza. Boca entreabierta. Ojos vidriosos.

—¿Has oído a tu marido? Quiere que te reviente.

La otra mano en la cadera. Salí casi del todo y me hundí de golpe. Un gemido y un quejido. Empecé así: lento, golpes secos, dentro hasta el fondo y fuera despacio para entrar de una.

Elías se puso delante. Ella lo agarró de la máscara y lo besó por el agujero cada vez que yo llegaba.

—Dile lo que te estoy haciendo.

Él me miró, las dos manos en la cara de su mujer. Solté el pelo y le abrí las nalgas con las dos manos.

—Dile lo que te estoy haciendo.

Un manotazo en el culo.

—Me está reventando —dijo ella—. La tiene muy grande. Joder, cariño, no puedo…

—Sí puedes —dijo él, y me miró—. Dale sin compasión. Dale duro.

Se lo di. Fuerte y hondo. Elías amortiguaba los golpes contra el cuerpo de su mujer.

—Así, no pares, dale así.

Mila chilló. Noté líquido caliente resbalarme por los muslos. El coño me aprisionó. El gruñido se le volvió bajo y sucio. Me quedé dentro, pegado a ella.

—Oh, Dios. Me muero. Qué fuerte. Qué fuerte.

La cara contra las sábanas. Los últimos tirones. Delante, el marido la miraba. La mano sobre la jaula. Más envidia que otra cosa.

Me salí. Me quité el condón.

Él le dijo algo al oído que no oí y se tumbó a su lado, también boca abajo. Mila giró la cara.

—¿Te gustaría follártelo?

Le dio un cachete en las nalgas. El culo de Elías, lampiño, en alto. No me miraba. La cara en el colchón. La jaula contra la sábana.

La foto de la boda seguía apartada. La lata, a medio beber. Mila me miraba. Él no.

El menú había cambiado. Ella esperaba respuesta. Yo no dije nada.