Capítulo 7
La dirección era un bajo con un patio pequeño y una maceta que nadie había retirado por el frío. Las seis de la tarde. En la calle todavía noviembre; dentro olía a casa de verdad: comida de mediodía, un resto de incienso, humedad de toalla. Nada de Airbnb.
Llamé. Abrió Elías. En las fotos no se le notaba tanto la altura. A mí no me llegaba. Camiseta blanca, pantalón de estar por casa, tatuajes en los antebrazos y esa sonrisa de quien no sabe si dar la mano o un abrazo y acaba dando la mano. Simpático, nervioso por debajo.
—Marcus. Pasa, pasa. Si quieres, deja las botas, pero no hace falta. Esto es un campo de minas, ya lo verás.
Detrás salió Mila. Alta, rubia de las que no vienen del bote.
Piel blanca, un vestido de flores que era casi una bata y le quedaba mejor que un vestido de salir.
Tatuajes en el brazo, otro que se le adivinaba en el escote cuando se movió.
Cuarenta y tantos. Barriga que no escondía.
Bonita, de las que cuando se ríen se les enciende la cara.
El salón era de vivir. Sofá grande, una manta, estantería con libros y con cosas. En la pared, fotos: ellos dos en una playa, un perro, gente alrededor de una mesa, una niña en una esquina que no miré de más. No pregunté. Ellos no dijeron nada. Mejor.
—¿Cerveza? —dijo Elías—. Hay también vino, si te va. Mila se va a pillar un blanco, ya avisa.
—Cerveza.
Mila se sirvió el vino y se sentó con un pie debajo, como en su sitio de siempre.
Elías dejó la botella y se quedó un segundo de más de pie, hasta que ella le hizo un gesto y se sentó en el otro extremo.
Yo en el medio sin estar en medio. El vaso frío.
El vestido de ella, al moverse, dejaba ver más muslo del que el vestido prometía.
Tenían un aire propio. De gente que ha decidido cómo vestirse y cómo tener la casa y no está pidiendo permiso. Un poco hippies, sin comuna ni guitarra. A mí me daba igual. Miraba.
Los primeros minutos fueron de sábado: el tráfico, que el barrio por la tarde se quedaba quieto, que habían pensado en bajar a un bar y al final les apetecía más esto. Después, sin mucho preámbulo, Mila fue a lo que había que ir.
—Llevamos años en esto —dijo, girando la copa—. Clubs, intercambios, playas donde el bañador sobra. Al principio quedábamos con parejas casi cada mes. Ahora menos. Nos quedan las amistades y algún sábado en un local, pero lo que de verdad nos pone es quedar con hombres. En casa.
Elías asintió, como si llevara tiempo oyendo esa frase y le siguiera valiendo.
—A los tíos solos a veces les cuesta entrar en el mundillo. A ti, con ese cuerpo, no te deben faltar proposiciones.
—Hay semanas de todo.
Mila sonrió, como si le gustara que no me pusiera a contar.
—Tenemos amigos en común —dijo Elías—. Janet y Tony. Cuando nos contactaste, vimos que tenías su verificación y se lo comentamos a Tony. Él nos dijo: «Es un buen amigo y una máquina sexual». Sin adornos.
Me reí y negué con la cabeza.
—Son tremendos. Con ellos no hay fiesta a medias. Nos conocemos desde hace tiempo. Son buena gente.
—Janet me avisó de que ibas al grano —dijo Mila—. Se nota. Mejor. A mí me cansa el tío que necesita tres cafés para decir si le gusta lo que ve.
Se rio. El vino le dejó un brillo en el labio y se lo quitó con el dedo. El cordón del cuello se le movió. Había una llave. Todavía no había dicho de qué.
La conversación la llevó al sexo ella sola, porque Mila no hablaba de «el ambiente».
Hablaba de follar. Que le gustaba que la empotraran fuerte, que le dieran caña, que al día siguiente al sentarse se acordara.
Que se aburría si cada dos minutos le preguntaban si estaba bien.
Que cuando había un hombre en aquella casa, quería que se la follara de verdad, y que su marido lo viera. Las dos cosas. No una.
—El último que vino era mono —dijo—. Educado. Buen rabo. Y blando. Me la metía como si fuera a romperme. Yo le dije que más. Me miró mal. No volvió. Menos mal.
—Hace ya tiempo cambié mi manera de pensar —dijo, más baja—. Tuve un problema de salud serio. No me gusta hablar de aquello. Ahí entendí que la vida son dos días. Desde entonces viajamos cuando podemos, trabajamos lo justo y follamos como si mañana no hubiera mundo.
Elías asintió. No hice más preguntas.
—Entiendo.
Mila bebió. No se quedó ahí. En el mismo aliento empezó a contarme una noche en una casa que no era aquella, dos tíos grandes que la habían puesto contra la encimera y no le habían preguntado nada, y cómo volvieron ella y Elías en el coche callados y se echaron a reír al llegar.
Lo contaba alegre, sin bajar la voz ni buscar una reacción. Tenían un punto alocado.
—¿Y a ti? —preguntó ella—. ¿Te va que el marido mire? ¿Que participe? ¿Que sea sumiso?
—Me va que estemos todos bien. Lo demás se ve sobre la marcha.
—¿Has estado con gente rara?
—Con todo tipo. Unos graban, otros no. Sumisos, sumisas, parejas novatas. Un poco de todo. Me da igual mientras ella quiera que la folle.
No seguí. A Mila le valió. Se recolocó en el sofá y el vestido se le abrió otro palmo. La llave le golpeó el pecho.
—A mí me gustan las cosas con intensidad. Que duela un poco de gusto. Que me hablen sucio si sale. Que me cojan el pelo. No siempre. Cuando toca.
—Vamos. Que te va duro.
Se rio con la garganta.
—Sí. Duro. Que no me traten como si me fuera a romper. En cambio, él… —Volvió la cara hacia Elías—. Hace tiempo que descubrió que le gustan ciertas cosas. Muy concretas. Más que el resto. ¿Verdad?
Elías se rio por lo bajo. Se le notó el apuro.
—Verdad.
—Levántate y enséñale a Marcus lo que quiero decir.
Titubeó medio segundo. Dejó la cerveza, se levantó y se bajó el pantalón lo justo para mostrar la jaula.
La polla iba enjaulada. Candado pequeño. Metal. Debajo, el cuerpo de oficinista, tatuado, de pie en su salón a las seis de la tarde, con las fotos de familia a la espalda. Miré sin juzgar.
Mila se tocó el cordón y levantó la llave.
—Esto lo abro yo. Cuando quiero. A veces lleva días. A veces se lo quito para que se corra mirándonos. Según.
No me sorprendió. En el chat ya había dicho que le gustaban ciertas cosas. Verlo era otra. El metal. El silencio del salón. Elías, de pie, sin saber qué hacer con las manos.
—Ya.
Ella se inclinó hacia la mesa, sacó un pasamontañas negro del cajón inferior y lo dejó al lado de la copa.
—Le gusta comer pollas más que a mí. Lo dice él, no lo digo yo para humillarlo. Le pone. Solo le dejo si se pone esto. Si no, mira. Con esto, se arrodilla y chupa.
Elías tragó. No se subió el pantalón. Ella no se lo pidió.
—Leímos que no eras bi —siguió Mila, más cerca—. ¿No te va nada de eso? Porque si te corta o no te gusta, él mira y nada más. No pasa nada.
Lo miré a él. La miré a ella. La jaula. La llave contra la piel blanca. El vestido. Las ganas que se les veían sin teatro.
—Sobre la marcha se va viendo. En el momento, si se arrodilla y abre la boca, ya se verá.
A Mila se le cambió la sonrisa. Se acercó por el sofá, me puso la mano en el muslo, encima del pantalón, y la dejó ahí, caliente, los dedos un poco hacia dentro.
—Ponte eso y vamos a la habitación —le dijo a Elías, sin dejar de mirarme.
Él cogió el pasamontañas. Las manos le temblaban lo justo para que se notara. A mí se me había puesto dura del todo. La cerveza se quedó a medias.
No metí la mano bajo su vestido.
Ya estaba dentro de la casa. El resto era cuestión de quitarse el pantalón.