Capítulo 6
Dos días después tenía cita a media mañana en el hospital de la base. Reconocimiento anual. El de siempre.
Analítica con el enfermero. Pensé que tenía más cara de charcutero que de sanitario.
No tuvo mucha habilidad ni la buscó. Me dejó el pliegue del codo palpitando y una tirita que no pegaba.
Me senté a esperar al médico con la manga subida y cara de no haberme enterado.
En la pared, un cartel de donación de sangre y otro de no usar el móvil. Usé el móvil igual. Nada nuevo. Cerré.
—Pase, sargento mayor.
Era la nueva. La del vestuario. Bata blanca sobre el uniforme, el pelo recogido.
La consulta olía a alcohol y a lejía. Una camilla, un carro con parches, el aparato de la tensión, la pantalla del electro ya encendida.
—¿Me siento aquí, teniente?
—Ahí. Camiseta fuera. El pantalón también. Déjese la ropa interior.
Me quedé en slip y me senté en el borde. La camilla se me quedó estrecha, como todas. Ella miró la ficha. O eso parecía. El slip negro no disimulaba gran cosa. Nunca lo había hecho. Ella ya lo sabía. Yo sabía que lo sabía.
—Cuarenta y cinco años. ¿Fumador?
—No.
—¿Alguna molestia? Dolor de pecho, mareos, falta de aire al hacer fuerza.
—Ninguna.
Asintió y me puso el manguito en el brazo izquierdo. El velcro. El aparato empezó a apretar. Los dedos, fríos. Se le veían las uñas cortas, de quien no las lleva largas para no romper un guante.
—Presión y pulso correctos.
Anotó algo. Yo la miraba. Rubia. Joven. La piel de quien lleva poco tiempo aquí: todavía no había aprendido la cara de la base, la de no mirar demasiado, la de no preguntar nada que no esté en el parte. El uniforme debajo de la bata le quedaba nuevo. El rango también.
—Túmbese.
Me tumbé. El papel crujió bajo la espalda. Sacó los parches y fue poniendo por el pecho, uno a uno, el gel frío. Se inclinó. Tardó medio segundo más de lo necesario en el último, el que queda más abajo. El pelo le olía a champú. La bata se abrió un poco y se le vio el escote.
El slip se me marcó más. Ella tenía el parche entre los dedos y no dijo nada.
La perdí de vista. Noté algo frío en los tobillos.
—Déme la mano.
Algo me pinzó un dedo.
—Su pulso se ha elevado. ¿Está nervioso?
—Tenerla cerca no me lo pone fácil, teniente.
Ella no dijo nada.
Me quedé quieto, mirando al techo. Se oía cómo tecleaba. El electro pintaba rayas. Mi pecho subía y bajaba. Ella respiraba cerca.
—Hecho.
Se acercó otra vez. No tuvo ninguna delicadeza al quitar los parches. El del pecho se llevó pelo. No me quejé.
—Siéntese en la camilla, sargento. Ya veo que hace deporte.
La miré.
—Siempre que me es posible, teniente. Me gusta estar fuerte.
El color le subió un poco a las mejillas. No la ayudé. Tampoco hacía falta.
Se puso a mi espalda.
—Respire normal. No hable.
El fonendoscopio estaba frío. Lo apoyó y lo movió despacio. Una vez. Otra. Yo quieto. Ella también lo intentaba. La bata me rozó el brazo. El slip, a milímetros de su cintura, seguía marcando lo que había que marcar.
Se puso frente a mí y me auscultó el pecho.
—Coja aire.
La miré a los ojos. Ella a mí. Un instante. Bastó.
—Bien.
Sacó el martillo.
—Pierna derecha.
Golpe. La pierna saltó. El muslo le quedó cerca.
—La izquierda.
Otro golpe. Ella mantenía la cara profesional. Yo veía el resto. La bata le quedaba justa. Le dibujaba las tetas.
—Puede vestirse. Los resultados de la analítica estarán en unos días. Si sale algo, le avisamos. Por lo demás, apto.
Me puse la camiseta. Después, el pantalón. Las botas. Ella ya estaba de cara a la pantalla.
—Teniente.
—Sargento mayor.
Salí.
En el vestuario, Robert estaba en el banco, el café de máquina.
—¿Y el médico?
—Apto.
—¿La rubita?
—La teniente.
—Ya.
Sonrió lo justo. No siguió. Mejor. En este sitio, lo que se cuenta en voz alta acaba en el parte.
Abrí la taquilla. El teléfono estaba en la chaqueta. Un aviso de Telegram. Solo una línea de vista previa.
Pareja007.
No lo abrí allí. Me vestí del todo y salí. El aire de noviembre me sentó bien después de la lejía.
***
Llegué a casa por la tarde. Me duché. El brazo tenía un bulto por culpa del charcutero. Me acordé de la rubita: los dedos fríos y el parche de abajo.
Me sequé y fui a la cocina desnudo. El piso no era frío. En la ventana de enfrente estaba la vecina. Me vio de cintura para arriba, lo que permitía ver la ventana. Levanté la cerveza un milímetro. Seguí.
Abrí Telegram.
Hola. Soy Elias, de pareja007.
Debajo, una foto. Me sonaba a la principal del perfil. Ella en el borde de la cama, las piernas abiertas, una mano entre ellas. El anillo se veía. Luz de tarde. Otro marido fotógrafo.
Escribí:
Buena foto. Me ha gustado mucho vuestro perfil. No tengo problema para desplazarme.
Él, casi enseguida:
Tu perfil también nos gusta. No somos de perder el tiempo con mensajes. Tenemos disponibilidad los fines de semana. ¿Eres bi?
El fin de semana me va bien. No soy bi.
A ella le pone someterme un poco y algo de juego. Por ejemplo… usar mi boca con los dos y cosas así…
Eso era cosa suya. A mí me daba igual.
Me gusta que ella lo pase bien. Y que tú estés. Si te acercas, lo vamos viendo.
Lo mandé así. Sin adornarlo. Si no les vale, que no contesten.
Llegó un audio. Ella. Veinte segundos. La voz más grave de lo que esperaba. Una risa corta.
—Hemos visto tus fotos. Me gusta mucho tu perfil. ¿Cómo te va este sábado?
Al fondo, el marido:
—Dile que si no puede el sábado, el domingo.
Ella volvió a reírse. Se le oía cerca del micro, como si tuviera el teléfono en la mano y a él detrás.
Después, otra foto. De rodillas. De cuello para abajo. La camiseta subida. Tetas de mujer de cuarenta y tantos. Barriga. Piel real. Fecha y hora, para que se viera que era de ahora.
Me gustó más esa foto. Parecía más real.
Se me puso dura. Me quedé un momento con la pantalla.
Pensé en ella. En el marido al otro lado.
Esperaba que a los dos les fuera a gustar verme la polla.
No me importó. Follarme a la esposa y tenerlo de rodillas, la boca abierta, me pone.
Ya he conocido a unos cuantos. No me iba a sorprender.
Sábado por la tarde, sin problema. ¿Tenéis sitio?
Sí. No te preocupes. Perfecto. Vamos hablando hasta el sábado.
Sonreí.
Vale.
Cerré Telegram.
Me quedé en el borde de la cama. La polla, dura. El armario tenía espejo de cuerpo entero. Me puse delante y me la empecé a tocar.
Me iría de puta madre que me reconociera ahora la rubia.
Seguí excitado. Cogí el móvil, me hice una foto y la mandé por Telegram, sin texto. La polla, la mano, el espejo. Sin cara. Como ellos.
A ella le iba a gustar. Él se haría una paja en el baño. O no. Me daba igual. El sábado a quien iba a follarme era a su mujer.