Capítulo 4
El panel no quería cerrar. La ranura del tornillo estaba comida y el destornillador se me iba. Noviembre también se nota en el hangar: el metal frío, el aliento un segundo visible cuando abres la compuerta de servicio.
—Si lo fuerzas, se rompe —dijo Robert, desde el otro lado del fuselaje.
—Si no lo fuerzo, no cierra.
—Filosofía de sargento mayor.
Le pasé la llave. La cogió. El mismo Robert de la pista. El mismo de otras noches, cuando no hay tornillos. Aquí no se habla de eso. Aquí hay orejas.
Cerró él. De un golpe seco, bien.
—Tienes ojeras —dijo, sin mirarme.
—Dormí poco.
—Ya.
Sonrió lo justo para que lo viera yo y nadie más. En este turno somos doce. Dos sabemos qué significa dormí poco cuando el otro lo dice así. El resto aprieta tuercas.
Oliver pasó con una caja y no se detuvo.
—El de las diez os espera. No está en el papel.
—Nunca está en el papel —dije.
Me limpié las manos en el trapo. El cuerpo notaba la noche. No la dolorida: la usada. Las caderas, la palma, un tirón bajo en la espalda de tenerla a cuatro. En el hangar eso no se nombra. Se carga.
A media mañana hubo que sacar un gato y levantar el morro lo justo para mirar un registro. Oliver juraba. Robert no. Yo tampoco. En esto no se habla de más: se oye el metal, se oye al de la torre por el altavoz, se oye a alguien tirar una llave.
El café de la máquina sabía a quemado, como siempre. Robert se quedó a mi lado, el vaso demasiado pequeño para sus dedos.
—El sábado hubo ruido en el grupo —dijo bajo.
—No miro el grupo salvo que no tenga plan.
—Por eso te lo digo ahora. Había un par de propuestas. No contestaste.
—Será que tenía plan.
Robert bebió.
—A algunos les gusta más cuando no contestas. Así hay más para ellos.
No contesté.
Volvimos al avión. El vuelo de las diez era un transporte. Revisión de rutina, la que se pone urgente cuando alguien más arriba se acuerda de que existe. Grasa. Cable. Una luz que no encendía y encendió a la tercera.
A las doce el capitán asomó la cabeza, vio que estábamos donde teníamos que estar y desapareció. Eso es un buen día.
Comimos en el banco de siempre, el tupperware de Robert mucho más ordenado que el mío. Habló de un filtro que no llegaba. Yo no hablé de nadie.
—La nueva del hospital —dijo de pronto—. Vega. ¿La has visto?
—De lejos.
—Oficial. Médico. El capitán está contento de tener médico de verdad y no al de siempre.
—Ya.
Robert me miró de reojo.
—Te conozco.
—Aquí no.
—Por eso te lo digo.
A las catorce, duchas.
El vestuario de hombres huele a humedad vieja y a desodorante barato. Taquillas que no cierran del todo. Yo al fondo, como siempre: más espacio. Me quité el mono, las botas, el resto. La ducha caliente. El agua esta vez sí era agua. Se me fue la noche por el desagüe, o eso quería.
Salí. Toalla en la mano. Todavía no me la había puesto.
La puerta se abrió hacia dentro.
No era Robert. No era Oliver.
Teniente. Rubia. Ojos azules. El pelo recogido con prisa. El uniforme de sanitaria todavía nuevo, de los que no han sudado un verano aquí. Veintitantos. Cara de haber terminado la carrera ayer y haberse puesto el rango esta semana.
Me vio entero. Un segundo. El que no se puede fingir.
—Hostia.
Se dio la vuelta. La nuca roja.
—Perdón. Creí… el cartel.
—El cartel está.
—Ahora lo he visto.
No me tapé de golpe. Tampoco me quedé exhibiendo. Me puse la toalla. Ella no se había ido. Hablaba hacia la pared de taquillas.
—Buscaba a Martínez. El de radiología. Me dijeron que estaba en el gimnasio.
—Estos son los vestuarios y aquí no está.
—Ya.
Media sonrisa que no llegó a cuajar. Todavía de espaldas.
—Soy la teniente Vega. Todavía no conozco la base.
—Sargento mayor Marcus.
—Si ve usted a Martínez, dígale que le estoy buscando.
—A sus órdenes.
Se fue sin girarse. La puerta se cerró con el golpe de siempre, el que no respeta rangos.
Me sequé. Veintitantos. Médico militar. El color se le subió de verdad. Apetecible.
Me vestí. El pensamiento se quedó ahí, en la taquilla, donde hay que dejarlo.
En la salida del polideportivo me la crucé a los diez minutos. Ya con el gesto compuesto. El rango en el pecho, todavía sin rayar.
—Sargento mayor.
—Teniente.
Ni el cartel ni la toalla. Un saludo de pasillo. Se le veía el trago en el cuello. A mí se me había quedado la imagen y no iba a hacer nada con ella. No aquí.
***
Por la tarde, el avión ya estaba listo. Robert se lavó las manos en el mismo fregadero.
—He conocido a la nueva médica.
—Vega. Está muy buena.
—No se te escapa una.
—Suelo estar atento a las novedades. ¿Cómo la has conocido?
—Se ha equivocado de puerta y ha entrado al vestuario.
—¿Estabas sin ropa?
—Ni la toalla.
—Me gustaría haberle visto la cara —dijo, palmeándome la espalda.
No le seguí el juego. Él se rio por lo bajo y se acabó.
—Es oficial, Marcus. Tú suboficial. Ni se te ocurra.
—No se me ocurre.
Era verdad. En la base no se me ocurre. Fuera, el mundo es otro. Aquí hay reglamento, hay gente que habla, hay un capitán que asoma la cabeza. Vega se va a enterar de cómo funciona este sitio sin que yo se lo explique.
El teléfono lo había dejado en la chaqueta, en la percha. Lo cogí al salir.
Dos mensajes. Los dos de Hans.
El primero, de las siete de la mañana:
He editado los videos. Luego te paso uno.
El segundo, a mediodía:
Solo está disponible 24 horas.
Debajo, un enlace.
No lo abrí. Se quedó ahí, esperando.
Robert salió detrás de mí, el petate al hombro.
—¿Cenamos?
—Hoy no.
—Como quieras. Si la teniente se pierde otra vez, avísame. Le dibujo un mapa.
—Robert.
—Ya.
Sonrió. Se subió a su coche y salió disparado, como siempre.
Me encajé en el mío. Las rodillas. La base en el retrovisor hasta que dejó de ser una base y fue solo un manchón, otra vez.
Paré a comprar pan. Un sobre de fiambre. En la cola, una mujer me midió y apartó la vista. Estoy acostumbrado. Me da igual.
En casa, el silencio era el de siempre. Uniforme en la silla. Comí de pie, sobre la encimera. El cuerpo pedía cama y pedía otra cosa. La otra cosa tenía enlace.
Me senté. Pensé en Vega un segundo, el pelo rubio recogido, el hostia. Pensé en Clau a cuatro. Las dos imágenes no se mezclan bien. Una es trabajo. La otra ya era pasado.
El dedo encima. El silencio.
No lo abrí. Me fui a la ducha.