Capítulo 3
Seguí dentro. El condón caliente. Ella debajo, las piernas todavía blandas del antes, el coño apretando a oleadas, como si el orgasmo no hubiera acabado de irse.
Hans no había bajado la cámara. La mano le seguía temblando. El pecho le daba un salto pequeño cada vez que yo empujaba.
Eso. No el discurso. Eso. Un hombre más bajo, más blando, sujetando el objetivo mientras su mujer me tenía hasta el fondo. Yo encima. El peso. El sitio. La diferencia de cuerpos no había que nombrarla. Estaba en la cama.
Clau abrió los ojos.
—Más fuerte.
Se lo di. Más hondo. El golpe húmedo contra ella. Las medias, el liguero, los muslos abiertos. Una esposa así, las rodillas fuera, el marido a dos pasos con la cámara, y ella sin taparse.
No pensé en Linda. No pensé en la base. Pensé en lo que tenía delante. En cómo ella me miraba un segundo y después buscaba a su marido, como si necesitara que él viera lo que le estaba pasando.
La vi encontrarlo. La vi no apartar la cara.
Ahí se me puso todavía más dura.
La tele seguía con la música suave. Encima, el sonido de follarla. El de ella. El mío, bajo.
Me incorporé un poco, las manos en la parte de atrás de sus rodillas, y la abrí más. Entré de otra forma. Gruñó. No dijo que parara.
Él se acercó. Bajó el objetivo al sitio donde el condón desaparecía y volvía. Se le oía la respiración. Corta. De hombre que había escrito un perfil seguro y ahora no sabía qué hacer con las manos aparte de grabar.
Yo sí sabía.
Llevo años en camas así. Novatas, veteranas, maridos que se corren en los calzoncillos a la tercera embestida y maridos que no parpadean. Hans parpadeaba. Y seguía grabando. Las dos cosas a la vez. El chat se le había acabado. Quedaba esto.
A veces me pregunto qué ven. Un cuerpo. Un tamaño. Un tío que no se asusta de la cámara y no les pide que le expliquen su matrimonio. No es poco. Tampoco es una vida. En la cama no me duele. Me pone.
Clau se tocó el clítoris otra vez, torpe, con prisa. Le aparté la mano.
—Yo.
Me bajé, sin salirme del todo, y le froté con el pulgar al ritmo de las caderas. El coño se le puso imposible. El cuerpo le iba por delante.
—Joder —dijo ella. Ya no se reía.
La giré.
Un movimiento. La puse a cuatro, de cara a él.
El pelo le cayó hacia delante. El culo alto.
Las medias. Le metí la polla de nuevo, despacio, porque hipernovata sigue siendo hipernovata aunque se acabe de correr, y cuando estuve dentro la agarré de la cadera y empecé a follármela así, mirando a Hans por encima de su espalda.
Él no dijo nada. La cámara le bajó y se le olvidó un segundo. Me vio. Vio a su mujer. Vio dónde yo acababa y ella empezaba.
Tenerla yo. Que él esté. Que no se vaya.
Clau echó la cara atrás.
—Así… así.
Se lo di más fuerte. El sonido cambió. Más carne. Más cama. El culo le temblaba cada vez que yo llegaba al fondo. Le di una palmada seca, no para hacer daño: para que su marido lo metiera en el plano. El ruido llenó el cuarto.
—Otra —dijo ella.
Se la di.
Hans dio un paso a un lado para no perder el encuadre y se le vio el pene marcado, torcido en la tela, sin sacar. Su mujer no parecía interesada. Yo tampoco.
Le agarré el pelo y le levanté la cara, sin apretar de verdad.
—Dile algo.
Ella tragó.
—Me la está metiendo toda —dijo, a Hans, con una risa rota que se le acabó en gemido.
Eso también. No el teatro. Que se lo diga a él. Que el marido lo oiga de su boca.
Pensé, en un flash, en las otras. En Laura, sí. En cómo se abre cuando ya no le extraña el tamaño. En cómo Clau todavía extrañaba cada centímetro y aun así empujaba hacia atrás, buscando.
Dos clases de mujer. La que ya sabe lo que viene y la que todavía se sorprende. La misma cama de siempre, de este lado.
Dura tres minutos. Después se apaga. Ahora no se había apagado.
—Mírale —dije.
Clau levantó la cara. Tragó saliva. Ella no cerró los ojos.
Se corrió otra vez así, a cuatro, un gemido suelto, el coño cerrándoseme alrededor a tirones. Las rodillas se le aflojaron. La sujeté. Seguí. Poco. Lo justo para no sacarla del golpe.
Cuando el temblor bajó, la volví a tumbar. Boca arriba. El pecho rojo. Los pezones todavía duros. Me puse entre las piernas otra vez y entré de una.
—Dime dónde quieres que acabe.
Me miró. Miró a su marido. Volvió a mí.
—Dentro.
Asentí.
La follé para correrme. Más peso. Más constancia. Sin olvidar que era su primera vez con alguien como yo y sin tratarla como de cristal. Ella se agarró a mis hombros. Hans se acercó a la cara de ella, la cámara casi encima.
Casi me adelanté. Lo corté. Tres embestidas más lentas, hondo, y entonces sí.
Me corrí con un gruñido bajo, todo el cuerpo adelantado, el condón llenándose dentro de ella. Me quedé clavado un segundo. El pulso en la polla. El de ella, alrededor.
Ella dejó salir el aire como si hubiera estado conteniendo más que el orgasmo.
Después salí.
El aire de la habitación era otro. La música de la tele, de pronto, se oía demasiado.
***
Al baño. Condón a la basura. Agua fría en la cara. En el espejo: el mismo de siempre. Rapado. Grande. Una marca de uñas en el hombro.
El subidón ya se estaba yendo. Con el agua se va siempre.
Volví.
Hans se había sentado en el borde de la cama. La cámara en la rodilla, como si de pronto pesara. Clau estaba contra él, desnuda de cintura para arriba, las medias todavía puestas, una mano en el muslo de su marido sin mirar lo que hacía.
Parecían una pareja. Lo eran. Conmigo en medio del cuarto, todavía sin vaqueros.
Me vestí sin prisa. No para darles una lección. Porque si te vistes de golpe, parece que huyes, y si te quedas desnudo, parece que pides otra.
—¿Estás bien? —preguntó Hans. A ella. La voz más baja que en el umbral.
—Sí.
Una sonrisa pequeña. Cansada. De verdad.
Me abroché el pantalón. La toalla del antes seguía en el suelo. El vestido negro, también.
Clau se levantó y se metió en la camisa de él, la primera prenda que encontró. Le quedaba grande. Se le vio el cuello. El pelo deshecho.
El marido me miró. Todavía rojo.
—Gracias. Por todo.
Asentí.
Siempre llega. El gracias. Como si les hubiera arreglado un grifo. A veces pienso eso: que busco exactamente lo que ellos buscan. Un cuerpo. Un tamaño. Un tío que les muestre lo que quieren ver en ellas. Y que yo también lo busco, así que nadie engaña a nadie.
Otras veces, en el pasillo, se siente más seco. Hoy todavía no. Hoy tenía el sabor de ella en la boca y el temblor de él en la cabeza.
—Si queréis repetir, avisad.
Ella se acercó. Me dio un beso en la mejilla, corto. Olía a sexo y a su pelo.
—Te escribimos.
—Vale.
El marido alargó la mano. Esta vez seca. Ya no sudaba. La apreté.
Bajé las escaleras solo.
Noviembre. El frío de la calle después de esa luz roja. El coche pequeño. Las rodillas. El teléfono en el asiento, boca abajo.
Arranqué.
En el retrovisor, el edificio era un edificio. Dentro, una mujer que acababa de follar por primera vez con un tío como yo, y un marido que iba a ver el vídeo antes de dormir, o no iba a atreverse.
La adrenalina se acabó en el segundo semáforo.
Quedaba el cuerpo. El hambre. La habitación del hotel.
Aparqué. Subí. La tarjeta. El colchón que había tocado la noche anterior, solo mío.
Me duché hasta que el agua salió fría. En la cama, el teléfono.
Un mensaje de Hans. Demasiado pronto, o justo a tiempo.
Ha sido una locura. Clau está en la ducha. Te escribo luego.
No contesté.
Apagué la pantalla. El techo. Las manos detrás de la cabeza.
Mañana vuelta a la realidad.
Esta noche, el eco de ella diciéndole a él que se la estaba metiendo toda. Eso me duró más que el recuerdo de sus caras.