Capítulo 2
Por la mañana recorrí el pueblo sin entrar en nada. Comí en un sitio normal. Volví al hotel y dormí un rato.
A las cuatro escribí a TwoSailors: En una hora estaré listo.
Contestaron al poco: Ok. Me pasaron la dirección.
Bajé. El coche lo dejé dos calles más arriba. El frío de noviembre ya no era el de la víspera: se había quedado.
El edificio era de los de siempre. Portería pequeña. Marqué el timbre que me habían indicado.
El portero automático pitó y la puerta cedió. Subí andando. Tercero. La puerta del fondo estaba abierta un palmo.
Hans.
Más alto de lo que parecía en la foto. No tanto como yo. El mismo gesto de la rodilla, ahora de pie, la mano no sabiendo si alargar o no.
La alargó.
—Marcus.
—Hans.
Estaba sudada. Nervioso. Normal.
La apreté un segundo y la solté.
Había poca luz. Persianas bajadas. Las lámparas del salón a media potencia, como si alguien hubiera bajado el interruptor a propósito. Intimidad de manual. O vergüenza. A veces es lo mismo.
Seguí a Hans.
Clau estaba en el sofá. Vestido negro, corto, de ese terciopelo que pilla la poca luz y no la devuelve. Media melena, castaño oscuro. Guapa. Más que en las fotos. El cuerpo se le veía.
Hans, de perfil, era otra cosa: rubio, poco pelo, la coronilla despejada. Ni flaco ni gordo. Sin músculo a la vista. Sin acento.
Ella se levantó.
Dos besos. El olor de ella, cerca.
—Clau.
—Marcus.
Me miró con esa espera que no se disimula. Me quedé en ella. A Hans no lo aparté. Tampoco era el centro.
Sonreí. Miré el salón.
—Estoy en un hotel. Podríamos haber ido a mi habitación. Esto es de alquiler.
—Sí —dijo Hans—. Lo reservamos el otro día. Nos daba menos corte que ir a lo tuyo.
Me reí.
—Vale. Espero que se os pase el corte. Os pago la mitad. O lo que digáis.
—No —dijo Clau—. Tú ya te has desplazado. Has pagado el hotel.
—Como queráis.
Hans se adelantó un poco.
—Daniel y Laura nos hablaron muy bien de ti.
—Son amigos. Los conocí cuando eran novatos, como vosotros. Hemos coincidido más de una vez. Laura es puro fuego.
Clau se rio.
—Bueno, nosotros más que novatos… hiper novatos.
La miré.
—¿No habéis estado con nadie?
—No —dijo Hans—. No hemos quedado con nadie de la web. No tenemos experiencia en esto.
Miré a Clau.
—¿Os apetece?
—Sí —dijo ella—. Nos apetece.
Un silencio corto. El que tiene que haber.
—¿Nos sentamos? —dijo Hans.
—¿Os importa si me doy una ducha?
—No —dijo Clau—. Claro. Esa puerta, a la izquierda. El baño.
Cerré la puerta.
No necesitaba la ducha. Casi nunca la necesito a estas horas. Con las parejas nuevas, o cuando la presentación se queda a medias, sí. El agua parte la tarde en dos. Cuando sales, ya no estás de visita.
Me quité la ropa y la dejé doblada sobre la tapa. El agua caliente. Sin prisa y sin quedarme.
Salí con la toalla a la cintura. El agua todavía se me escurría por el pecho. La toalla bajaba de más. No la subí.
El marido me recorrió de arriba abajo y apartó los ojos hacia la lámpara, como si la lámpara importara. Ella no apartó los ojos.
Ahí se acabó la visita.
—Listo.
Clau me miraba desde el sofá. Hans tenía una cámara en la mano, dándole a los botones.
Sonreí, la toalla todavía a la cintura.
—A ti también te gusta grabar. Como a Daniel.
—Ha puesto otra en el dormitorio —dijo Clau.
A Hans se le subió el color. Se rio, apurado.
—Bueno. Para inmortalizar el momento.
Me puse delante de ella. Le tendí la mano. Se levantó.
—Después de todo el trabajo de tu marido, habrá que darle algo bueno que grabar.
Sonrió. No apartó la mano.
—¿Me enseñas cómo es esa habitación?
Miró al pasillo.
—Está ahí.
La llevé de la mano.
La habitación era de alquiler: cama, una tele colgada con música sonando y la pantalla en negro, lámparas con pañuelos rojos que Hans había puesto encima. Ambiente de primera vez.
—Qué bien. Me gusta.
La cogí de la cintura y la apreté contra mí. El terciopelo, el calor de ella, la toalla entre los dos. Al borde de la cama.
Las manos por los muslos, la boca en el cuello. Ella inclinó la cabeza y se apretó un poco más.
Subí las palmas por debajo de la falda corta.
Hans se acercó por detrás, se pegó a ella y bajó la cremallera de la espalda. El vestido cayó. Lencería negra. La giré. Quedó de frente a Hans. Yo pegado a su espalda. Las manos por delante, sobre la piel.
No habló. Miró a Hans con la cara ya cambiada.
Él se alejó unos pasos y levantó la cámara.
Miré al objetivo mientras le besaba la nuca.
La mano de Clau buscó detrás, encima de la toalla, y me palpó. Apretó.
Le quité el sujetador. Cayó. La toalla se fue con él.
Me agarró a ciegas. Se le notó en los dedos el tamaño antes que en la cara.
—Madre mía.
Sonreí. Metí la mano por delante del tanga. El calor me mojó los dedos antes de que yo decidiera nada. El coño caliente, abierto a medias.
Se giró. Me vio.
—Joder. Qué fuerte.
No dije nada. La mano en el hombro. No se resistió. Se sentó en el borde de la cama.
La polla le quedó delante de la cara.
Le puse la mano en la cabeza. Sin apretar. El pelo se resbalaba entre mis dedos.
Sabía lo que tenía que hacer.
Empezó a lamerla. La levantó y me chupó los huevos, la cara torcida hacia Hans. Después se metió la polla en la boca. Solo la punta. La sacó. Se rio.
Miró hacia arriba. Miró a la cámara.
—Esto no me cabe en la boca.
Volvió a reírse.
Sonreí. Seguí en su cabeza con una mano. Con la otra le llevé la polla otra vez a los labios. La volvió a meter. Hasta donde podía. Despacio. Recreándose.
Hans no parpadeaba. La cámara un poco más baja, como si se le hubiera olvidado el encuadre.
La sacó otra vez.
—¿Esto le entra a Laura?
Me reí, desde arriba.
—Le pasaba como a ti. Le costaba. Ahora ya no.
Me miró desde abajo, la boca brillante.
—¿La acostumbraste?
—Contribuí a que le entraran grandes.
—Mmm.
Hans se acercó con la cámara.
Lo miré para ver su reacción. Le temblaba el pulso. El bóxer se le marcaba. Estaba duro.
Clau era otra cosa: el cuerpo trabajado, el vestido ya en el suelo, la boca ocupada.
Volví a ella.
De fondo, la música suave de la tele. Encima, el sonido de su saliva, el de la polla al entrar y al salir.
Se la saqué de la boca. Le costó dejarla ir.
La empujé suave, la palma en el hombro. Se tumbó boca arriba y se subió hasta tener el cuerpo entero en la cama.
Me puse entre sus piernas. Le bajé el tanga. Quedó con las medias, el liguero y nada más.
Le mordí la ingle despacio y dio un respingo. Le besé el vientre, le aparté los labios y le chupé el coño, primero un dedo y después dos. Gimió y abrió más las piernas.
Los pezones, duros.
Por encima de su vientre vi la cara: no me miraba a mí. Miraba a su marido.
Seguí hasta que el cuerpo se le adelantó a la vergüenza. Entonces me incorporé.
El pantalón estaba en la silla. Saqué un condón.
—Nosotros también hemos traído —dijo Hans.
—Los míos ya los conozco.
Me lo puse. Volví a la cama, entre sus piernas. Me miraba esperando.
Le metí la punta despacio. Gruñó. Resopló.
Me dejé caer poco a poco. Las piernas abiertas, el coño apretando, abriéndose a duras penas.
—Ooooh…
Un gemido hondo. Roto.
—Despacio —susurró.
Entré del todo. Me quedé ahí. Dentro.
Empecé a moverme. Levanté el cuerpo; ella debajo, las piernas abiertas. Poco a poco. El condón, el calor, el apretón de cada vez que salía y volvía a entrar.
Se lamió los dedos y se los llevó al clítoris. Lo rozó despacio, a su aire, mientras yo la follaba.
Tenía los ojos cerrados.
Le acerqué dos dedos a la boca. Giró la cara y los lamió como si fueran otra polla.
Hans se acercó con la cámara. No lo miré de frente. Lo vi bajar el objetivo al sitio donde me clavaba en su mujer. Después se apartó y buscó la cara de ella. El bóxer se le marcaba más.
Los pezones, duros del todo.
Empecé a bombear más rápido y más hondo. Gruñó sin quejarse; las caderas le respondían y la mano no se le paraba en el clítoris.
Me dejé caer un poco sobre ella.
—Sigue. Por favor, sigue.
La tenía al borde. Lo noté en cómo se le cerraba el coño y en la mano que ya no acariciaba: apretaba.
Seguí. Mismo ángulo. Más constante.
Gimió suelto. Se movió debajo. Se empezó a correr conmigo dentro, encima. Espasmos. Las piernas abiertas, luego alrededor de mí, el talón en la espalda.
No paré.
—¿Así?
—Sí, sí. Así.
El cuerpo se le había puesto blando y tenso a la vez. El post le temblaba en los muslos. Seguí follándola con más peso, más contundencia, sin olvidar que era la primera vez que alguien así la tenía abierta. Hans tenía la cámara quieta, los ojos fijos en el sitio donde yo entraba.
El condón, el golpe húmedo. Ella ya no miraba a nadie.