Marcus (Corneadores nº 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

El frío de noviembre empezaba a notarse en las manos y no en el resto. Se estaba bien.

El coche era pequeño para mí. Siempre lo había sido. Encajé las rodillas, arranqué y rodé hasta la barrera.

El de turno cogió la acreditación, la miró lo justo y me la devolvió.

—Adelante, sargento mayor.

Asentí y la barrera subió.

En el teléfono tenía el navegador. Una hora y media. Un pueblo grande, o una ciudad pequeña: lo bastante para no cruzarme con nadie de la base. No había estado nunca. Tampoco me importaba.

Me gusta conducir. Más cuando por delante hay dos días en los que nadie va a decirme sargento.

El asfalto estaba seco. El cielo, bajo. Dejé la base atrás hasta que en el retrovisor dejó de parecer una base.

Iba solo y me sentía bien.

Muchas veces estaba mejor haciendo planes así que metiendo a alguien de la base. En el trabajo ya compartíamos suficiente: el turno, la grasa, las duchas, las mismas caras. Los días libres, si podía, no.

Miré la carretera y el reloj. Las diecisiete y quince.

Conocía más sitios de los que me habrían tocado por vivir. No por turismo. Por follar. Al final, el mapa se te llena de habitaciones.

Seguí.

El reloj no se había movido tanto cuando se me cruzó el otro dato. Hoy Britney cumplía diez.

Hacía casi un año que no la veía.

Unos días atrás Linda había escrito: Me caso de nuevo.

Yo: Espero que no le hagas lo que me hiciste a mí. Enhorabuena igualmente.

Ella: Él no desaparecerá meses.

Yo: Es mi trabajo. Ya da igual. Cuida de mi hija.

No había habido más. No pensé más durante un buen rato. Solo en conducir.

Vi un área de servicio a la derecha y entré sin darle vueltas. Pedí un café en la cafetería y me senté en una silla demasiado estrecha.

Marqué. Llamada internacional.

Nadie contestó. Miré el reloj: las seis. Volví a marcar y tampoco.

Abrí WhatsApp.

He llamado para felicitar a Britney. Por favor, dile que le he llamado. Dile que papá espera que tenga un muy buen cumpleaños. Debería recibir hoy, si no ha llegado ya, el regalo que le envié.

Apuré el café, pagué y volví al coche.

El navegador marcaba cuarenta minutos. Arranqué.

La carretera, otra vez. El teléfono sobre el asiento, boca abajo.

***

El tipo de la recepción me dio la tarjeta. Subí. La habitación olía a limpio y a nada. Por el precio, estaba bien.

Apreté el colchón con la mano. Iba a ser cómodo.

Teniendo hotel, era absurdo no usarlo. Las parejas nuevas suelen preferir elegir su propio sitio. Ofrecer la habitación era suficiente, aunque no la fueran a aceptar.

Miré el reloj. Dejé la mochila encima de la cama y salí.

El ascensor bajó vacío. Fuera ya era de noche, de esa noche temprana de noviembre que llega cuando todavía parece tarde.

Había un bar a media calle. Entré.

No era grande. La conversación bajó medio tono, el tiempo justo para medir. Alto. Ancho. Fuera de escala para esas mesas. Estaba acostumbrado. Me daba igual.

Me senté en la barra. Pedí una cerveza.

Abrí Telegram. El último mensaje del hilo seguía ahí: Ok, hasta el sábado.

Escribí:

Ya estoy en vuestra ciudad. La habitación es grande y parece discreta. Si no os queréis complicar, con eso es suficiente. Ya me diréis algo. Nos vemos mañana.

Apuré la caña. Pedí otra.

El teléfono volvió a encenderse. Linda.

No hemos oído el teléfono. Estábamos en el cumpleaños. Le ha gustado el regalo.

Debajo, un audio.

Lo pulsé.

La voz de Britney, más niña de lo que recordaba y más mayor de lo que estaba preparado a oír:

—Gracias por el regalo. Adiós.

Un cuchicheo al fondo. Ella otra vez, más baja:

—Es que no sé qué más decirle.

Se cortó.

Le di un trago a la cerveza nueva.

La camarera dejó un cuenco pequeño delante de mí. Llevaba una chapa con el nombre en el pecho.

—Gracias.

Sonrió.

—No te he visto nunca por aquí.

—Quizá he estado y no me recuerdas.

Me miró un segundo más.

—Me acordaría.

—Tengo cara de no pasar desapercibido. No es un logro.

Se rio.

—¿Juegas al baloncesto o algo?

—Ahora mismo, a esto —dije, y levanté la caña.

—Eso no cuenta.

La mirada le duró un poco más de lo necesario. No hice nada con ella.

—¿Hay algún sitio para cenar por aquí?

—Sí. Hay varios.

—Uno llega.

Marie señaló con la barbilla hacia la calle.

—A dos minutos. No es bonito, pero se come bien.

—Me sirve.

—¿Vas solo?

—Sí.

—Entonces mejor. Los viernes se llena.

—Marie.

—¿Hmm?

—Gracias.

—De nada. ¿Y tú?

—Marcus.

Se quedó un instante apoyada en el extremo de la barra y se fue al otro lado. Miré su culo. Seguí con la caña.

Abrí PlaySwingers. Tres mensajes sin leer. Uno era una pareja que ya conocía: no. Otro, un marido que escribía demasiado bien. Tampoco.

Entré en el perfil de TwoSailors.

Ella miraba a cámara. El pelo recogido, la sonrisa de quien ya ha decidido algo y todavía no lo ha dicho en voz alta.

Él la miraba a ella. Las caras estaban pixeladas.

En una foto se les veía en un barco, de espaldas.

En otra, ella de pie, él sentado, la mano de él en su rodilla como si todavía estuviera aprendiendo dónde ponerla.

El texto del perfil lo había escrito él. Se notaba. Seguro. Limpio. El tono de quien ya se ha oído decir esto en voz alta y le ha gustado cómo suena.

Me recosté en la barra. La caña estaba a medias.

Cerré la aplicación. Dejé unas monedas.

—Gracias, Marie.

—De nada.

Salí.

El frío había subido. Me cerré la chaqueta.

El sitio estaba a dos calles. Pedí un bocata y una cerveza y me senté de cara a la puerta, porque en los sitios pequeños no hay otra forma de sentarse cuando mides lo que mido.

Una pareja en la mesa de al lado hablaba bajo. La mujer me miró una vez. El marido, dos. Seguí con el bocata.

Mañana tenía una cita. Todavía no era nada.

Pagué. Volví al hotel a pie, sin prisa. El teléfono no había sonado.

La recepción estaba casi vacía. El mismo de antes levantó la vista y me saludó con la cabeza. Subí por las escaleras.

En la habitación dejé la chaqueta sobre la silla. Me duché. Pantalón corto. Camiseta. La cama que había tocado por la tarde.

Apagué la luz.