Marcus (Corneadores nº 2)
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Prólogo
Notaba el sudor resbalarme por la espalda y por el pecho. La respiración no terminaba de entrarme. Llevábamos un rato —no sabría decir cuánto— y las piernas ya pesaban de verdad.
No podía notarse.
Cuando naces así de grande, la gente deja de preguntarte si estás cansado. Espera que aguantes. Que puedas con esto también. Yo me había acostumbrado a darles la razón.
El otro cuerpo chocó contra el mío. Piel caliente con piel caliente. Tensa. El mismo esfuerzo, el mismo sitio, sin aire en medio. Un hombro en mis costillas. Una respiración en la cara.
Aguanté el choque. Empujó de nuevo y volví a aguantar, aunque esta vez me costó más de lo que habría dejado ver. Bajé el peso, metí el hombro y me impuse porque podía, no porque me quedara mucho.
Perdió el sitio. Cayó de espaldas delante de mí, el pecho subiéndole demasiado deprisa, la ropa pegada.
Pitaron y alguien gritó falta. Levanté los brazos.
Me tendió la mano desde el suelo. Tiré de él.
Robert se puso en pie, todavía resoplando.
—¿Cómo va a ser falta mía con este armario delante?
Oliver llegó cruzando la cancha, sin camiseta de juego, el mono atado a la cintura.
—Ha entrado un vuelo. El capitán nos quiere en el hangar.
Asentí. Cogí el balón y lancé desde donde estaba. Tocó el aro y se salió.
—Se acabó. Oliver, ve tirando. Nosotros en diez minutos.
Miré a Robert.
—Ducha y salimos.
—Joder, Marcus. Ayer tuve guardia.
No levanté la voz.
—Sargento.
Se le acabó la sonrisa.
—Voy.
La toalla estaba en el banco y debajo el teléfono, con dos avisos. No los abrí. Lo cogí y eché a andar hacia las duchas.