CAPÍTULO 57
Elegirte, aun con miedo
Blue
L lamar a su puerta ha sido un acto reflejo. Uno peligroso. Uno que llevo días, semanas, evitando.
Porque cuando Aaron abre y me observa como si no esperase encontrarme entiendo que he venido a confirmar algo que ya sabía: huir no ha servido de nada. Ni a él ni a mí.
Entro en su casa con una broma tonta en los labios y el corazón en la garganta.
El rellano se queda atrás, pero el vértigo no.
Nunca lo hace. Aaron está nervioso, se le nota en los movimientos, en cómo evita mirarme demasiado rato seguido.
Me ofrece té, y acepto porque necesito tener algo entre las manos para que dejen de temblarme.
Eso no va a ser posible. No lo es desde que lo conocí.
Es esto.
El amor es esto.
Me siento en su sofá y observo el lugar con una familiaridad que me asusta. Podría enumerar cada objeto con los ojos cerrados. Podría señalar dónde cruje el suelo, dónde entra la corriente de aire. Podría decir, incluso, dónde nos hemos tocado.
Cuando empiezo a hablar, no lo hago del todo consciente. Las palabras salen solas, como resultado de todo lo vivido hoy. Todo el día ha sido una pista que llevaba hasta aquí. Hasta él.
Le cuento cómo me di cuenta. Cómo lo vi. Cómo siempre estuvo ahí, y él escucha paciente. Siempre lo hace de esa forma. Siempre está ahí, el chico bueno que nos escucha, que nos presta atención, que nos tiende la mano cuando la necesitamos.
«Los detalles, lo que de verdad importa en esta vida son los detalles».
¿Qué más necesitas, Blue?
Tengo miedo. Un miedo antiguo. Uno que conozco bien.
Él se acerca y no invade. Nunca invade. Se coloca frente a mí con nuestras rodillas tocándose, y entiendo, de pronto, que no es el miedo a él lo que me paraliza.
Es el pasado.
—Derek también se fue —pronuncio en voz alta.
Hace tanto tiempo que no lo hago, que no lo menciono, que no se lo cuento a alguien, que me siento extraña con ese nombre saliendo de entre mis labios. En su día lo pronunciaba con ilusión, con alegría, con felicidad, porque para mí ese nombre iba de la mano del futuro. Del amor.
Niego en repetidas ocasiones. No, nunca fue de la mano de nada de eso.
—¿Sigues…? Es decir. —Carraspea—. Nunca he querido preguntar sobre ello. Me has hablado de tu familia, pero nunca de él. Del padre de Juniper.
—Su padre soy yo —sentencio—. Él intervino en el proceso, eso es evidente.
—Suelto una risilla carente de humor—. Sin embargo, la persona que engendra y desaparece, la que no cría, la que no acompaña, la que no consuela y no ama…
No —niego en repetidas ocasiones—, no es su padre.
—Me percato más pronto que tarde de que no duele en absoluto verbalizar esto. No como yo pensaba.
»Hubo un tiempo en el que sí, en el que me lamía las heridas cuando mi hija se dormía, cuando ni siquiera sabía caminar, cuando no dormía ni tres horas seguidas, en las que pronunciar ese nombre me hacía daño, aunque no lo quisiese.
Sin embargo, con el paso del tiempo, dejó de hacerlo.
Porque me di cuenta de que lo que dolía no era que me hubiese roto el corazón, eso era imposible porque no era suyo.
Lo que de verdad me lastimaba era el abandono.
Y no solo a mí, sino a esa niña que había nacido y que llegaría el momento en el que preguntase por su padre y yo tendría que contarle la verdad.
»Ya ves. —Aparto la mirada y observo mi propio reflejo en el cristal del salón.
Aaron clava la vista en el mismo sitio y me sonríe con calidez.
Hogar. A una sonrisa se le puede llamar de esa forma, ¿verdad?
—. Mi hija me ha dado muchas lecciones de vida.
Nunca ha preguntado por él. Nunca ha querido saber por qué se fue o por qué en el cole sus compañeros de clase tienen un padre y una madre.
Siempre he sido suficiente para ella —explico tragando con fuerza.
La bola que tengo en la garganta se hace cada vez más pequeña, más invisible. Supongo que eso es lo que sucede cuando decides abrirte y dejar entrar a otra persona, a pesar del miedo.
—¿Por qué dices que te ha dado muchas lecciones de vida? —pregunta.
Nuestras miradas se encuentran una vez más y me sabe a poco, es por eso por lo que extiendo la mano y las suyas las envuelven como siempre.
Protegiéndome de todo y de todos y lo hace sin que apenas te des cuenta.
Eso es lo que ha hecho Aaron: respetar nuestros tiempos, el mío.
Nuestros espacios, el mío. Nuestro miedo, el mío.
Porque Aaron no llegó para enseñarme a vivir, llegó para no exigirme hacerlo de otra forma. Para quedarse cuando yo solo sabía poner normas, para no empujar cuando lo fácil habría sido hacerlo, para entender que amar no siempre es avanzar rápido, sino avanzar juntos.
—Oh, te va a gustar esto. No es que no esté feliz de estar aquí, de haber dado un paso al frente, pero debes saber que no es mérito mío, capitán, esto es cosa de esa niña que sabe cómo dar en la tecla exacta para que algo haga clic en tu cabeza.
Aaron alza una ceja inquisitivo.
—¿Estás diciendo que has venido porque Juniper ha hecho de celestina? —Está entre maravillado y estupefacto.
—Sí. Bueno, tu culazo tiene algo que ver en todo esto, pero sobre eso podemos debatir en un rato.
Cuando te haya confesado que te quiero, ya sabes.
—Los ojos del capitán de los Wild Warriors se abren, presa de la sorpresa—.
No nos adelantemos, Maddox, que eres de lo más impaciente.
—Le propino un par de golpes en el pecho y, cuando está a punto de abrir la boca, me acerco y poso el dedo índice sobre sus labios.
— Male. —Esa es su forma de decirme «vale».
—Al principio intenté contactar con él —prosigo—.
Pensé que necesitaba tiempo, que quizá estaba asustado porque el embarazo nos pilló por sorpresa a todos.
Le escribí. Lo llamé. Le mandé mensajes que nunca respondió.
Durante semanas. Meses. Hasta que entendí que no era miedo.
Era desinterés. —Aaron no se mueve. No me toca. Me deja espacio incluso para esto.
»Y seguí adelante —susurro sin más—. Por Juniper. Siempre por ella. Aprendí a ser fuerte porque no tenía alternativa. Aprendí a no necesitar a nadie porque nadie iba a venir. Y de ahí nacieron mis normas. No fue un simple capricho. Fue supervivencia.
Cuando Aaron dijo que las normas protegen , sentí un escalofrío. Porque no se lo he explicado nunca. Porque lo ha entendido sin que yo lo dijera. Porque se fija en los detalles, los interioriza y los comprende. Me comprende hasta ese punto.
—Sí —admito dando voz a mis propios pensamientos—.
Protegen. Y por eso me alejé de ti. Porque contigo no me sentía protegida.
Contigo me sentía vulnerable porque eras la primera persona con la que había empezado a fantasear con mandarlo todo a la mierda, Aaron.
Contigo empezaba a imaginar. Y eso era peligroso.
Lo miro. A los ojos. Con todo el miedo expuesto.
—¿Era?
—No te adelantes, capitán, deja que sea yo la que haga la entrada estelar.
Ya sabemos que tú eres el príncipe de los medios de comunicación, pero esta vez es mi oportunidad.
—Me echo el pelo hacia atrás y me encanta que me guiñe el ojo y me siga el juego—.
Si me rompes el corazón, sabré recomponerme.
Ya lo he hecho antes. Ahora bien, si le haces daño a Juniper…
—Niego con la cabeza—. No sabría cómo vivir con eso.
No sabría cómo cuidar de ella, porque yo tengo fuerzas para intentar seguir adelante.
Estaré rota y no podré sobreponerme, es probable que nunca pueda haber nadie más, nadie que no seas tú.
Sin embargo, esa niña… —añado mientras señalo hacia la puerta—, esa niña te adora.
Así que sí, te quiero, Aaron, y también te odio muchísimo.
Veo cómo boquea porque no se esperaba para nada esta confesión por mi parte.
—Vaya. —Sigue alucinando—. No sé cómo interpretar esta declaración. ¿Tengo que salir corriendo o debo besarte hasta robarte el sentido? —tantea, y yo me carcajeo.
—Te quiero porque has sabido estar sin que nadie te lo pidiese, porque te has ido abriendo hueco poco a poco, porque nos has respetado, nos has cuidado y has hecho que mi carga sea menos mía y más de los dos.
Y lo has hecho sin que nadie te lo pidiese.
Y te odio…, te odio porque todo eso que llevaba por bandera me parece una auténtica estupidez si estás tú en mi vida.
Es probable que el miedo nunca desaparezca, pero si estás tú, Aaron, se vuelve distinto, más pequeño, más manejable, más irreal —finalizo.
Le aprieto la mano con fuerza, soltarla sería volver atrás. Haría que todo esto desapareciera.
»No quiero vivir pensando solo en lo que puede salir mal —confieso con la voz un poco rota—. Estoy cansada de sobrevivir. —Levanto la cabeza y lo miro de verdad—. Te quiero, Aaron —admito al fin—. Con miedo. A pesar del miedo. Incluso con miedo. Te quiero y te elijo.
Aaron no añade nada. Sus ojos me recorren despacio, como si estuviera memorizando partes de mí que no quiere olvidar. No hay prisa en su mirada, no hay sorpresa, no hay huida. Solo presencia. Esa forma suya de quedarse que nunca ha hecho ruido, pero que siempre ha estado.
Sigue sosteniéndome la mano y pienso que quizá el amor sea eso, alguien que no la suelta cuando empiezas a decir en voz alta lo que más te ha dolido. Alguien que no necesita prometer porque ya está cumpliendo.
Me doy cuenta entonces de que el miedo no se ha ido. Sigue ahí, quieto, observando desde algún rincón del pecho. Solo que ya no lo ocupa todo. Ya no dirige mis pasos. Ya no decide por mí.
Durante años he vivido convencida de que amar era exponerse a perder. De que entregarse significaba quedarse sin red. Y ahora entiendo que no. Que la red existe cuando alguien se queda debajo, sin pedirte que saltes, solo asegurándose de que, si lo haces, no caerás sola.
Aaron no me salva. Nunca lo ha hecho. Me acompaña.
Y eso es infinitamente más valioso.
Apoyo la cabeza en su hombro y respiro. No porque todo esté bien, sino porque por primera vez no necesito estar en guardia. No necesito anticiparme a la caída. Puedo quedarme quieta. Puedo confiar en este instante sin exigirle eternidad.
—¿Ya puedo hablar? —pregunta en voz baja antes de besarme el pelo.
—Por favor. —Alzo la vista y lo observo.
—Yo también te quiero. Solo por si no te quedó claro antes, cuando lo dije.
—Mmmmm, no, no me ha quedado muy claro. Tienes que hacerlo mejor, capitán.
Me encanta esa sonrisilla de chico malo que me regala. Este chico ha sido todo un descubrimiento, como un bombón relleno de licor, extremadamente dulce por fuera y del todo intenso e inesperado por dentro.
—¿Te he dicho ya que me van los retos?
—Mmmm. —Dudo de nuevo—. No me suena de nada —suelto juguetona.
Aaron se carcajea y me sujeta por la nuca. Su mirada y la mía se encuentran.
—Tal vez sea cuestión de demostrarlo.
Y me encanta que empiece arrancándome los pantalones.