EPÍLOGO
Aaron
Seis meses después…
E stoy sentado en el suelo de su habitación, rodeado de lápices de colores y hojas arrugadas que Juniper ha tirado por todas partes.
Está sentada frente a mí, con la lengua por fuera de la comisura de los labios, concentrada en su libreta.
Las letras que dibuja no parecen eso, algunas están al revés, otras torcidas, otras no son reales, son inventadas.
—Mira —me pide, levantando la hoja con cuidado—, vamos a jugar al juego de las letras del banquillo.
Es imposible no sonreír ante cómo pronuncia las palabras y cómo su escritura parece un rompecabezas.
—Ese me lo sé —apunto acercándome a ella.
—Claro, ¡si te lo has inventado tú! —exclama—. ¿Te acuerdas de las normas?
Niego para que ella me las recuerde, me gusta cuando lo hace.
—Cada letra es una jugada o una posición —explica, mordiendo el lápiz—. La A es ataque superrápido, la D es defensa imposible y la G es golazo que nadie se espera.
—¿Y?
Muerde todavía más el lápiz. Su famosa paleta ya ha salido del todo. Ahora le faltan otros dientes.
—Y que mete Aaron Maddox —grita y hace un movimiento con su mano derecha como si el tanto lo hubiese marcado ella también.
Miro los garabatos y un par no tienen sentido para mí, pero para ella son fáciles de interpretar.
—¿Y las letras que no entiendo? —pregunto, apuntando hacia un símbolo que parece una mezcla entre una Q y un dos.
Juniper se encoge de hombros y sonríe, orgullosa.
—Esas son las más divertidas —me indica—.
Me las invento en el momento. Esta —me explica mostrándome un zigzag raro— es la Z de zarpazo espectacular.
Nadie sabe qué es, pero es increíble. Es que el dragón tiene zarpas y garras y quiero que él también juegue.
—Me señala el cuento que tantas y tantas veces hemos leído.
Se ríe y apunta algo más en su hoja, y no puedo evitar hacerlo yo también. Cada letra que inventa, cada combinación rara, convierte algo tan simple como dibujar en un juego completamente nuevo para ella. Uno que disfruta y con eso es suficiente.
—Toc-toc —pronuncia Blue, que se cuela en la habitación.
Se queda apoyada en el marco de la puerta y nos observa desde allí.
—¡Mamá! Estamos jugando al juego de las letras del banquillo —le explica cuando nos observa.
Blue, mi Blue, se acerca con ese pelo negro azulado que tanto me gusta y con esa actitud chulesca que tanto me pone. Es una mujer increíble.
—¿Y quién va ganando el juego? —pregunta mientras se arrodilla para observar las hojas como lo he hecho yo con anterioridad.
—Nadie, mamá, en este juego todas las letras empatan.
Blue sonríe a su pequeña antes de alzar la vista y guiñarme un ojo. Seis meses, ¿ehh? No os hacéis una idea de las cosas que han cambiado. O no, quizá no tanto, tal vez solo se han colocado en su lugar.
—Bueno, me temo que ese juego tendrá que esperar porque han comenzado a llegar los invitados y tenemos un cumpleaños que celebrar. Siete años, te haces mayor y ya falta poco para que te emancipes —ironiza mi chica.
Juniper se pone en pie de un salto y corre hacia el salón de la que ahora es nuestra casa. Una casa que compartimos y que estamos llenando de recuerdos. Estoy casi convencido de que lo mejor está por venir. Siempre está por venir.
—¿Has escondido ese champú caro, capitán?
Nos ponemos en pie y alargo un brazo hasta que la sujeto por la cintura y la atraigo hacia mí. Bajo la cabeza y aspiro su olor, así es como debe de oler un hogar. A ella. A vida. A futuro.
—Por supuesto, no quiero que Asher se ría de mí. O algo mucho peor, que me lo robe. —Me carcajeo.
Blue me coloca las manos sobre los hombros y nuestros labios se encuentran. Nunca me canso de ella, de esto. De nosotros dos.
—¡Mamá! ¿Por qué tardáis tanto? Tengo hambre —grita Juniper cerca.
—Después, Maddox. Tu cuerpo y el mío tienen una celebración que llevar a cabo después —me promete.
Se gira y contonea esas caderas a su antojo y antes de salir de la habitación saca el teléfono del bolsillo de la falda vaquera que lleva puesta y escribe con celeridad. Se da la vuelta y me guiña un ojo.
Blue:
Nada.
Una única palabra que no necesita explicación porque habla por sí sola.
Gruño de pura frustración porque tendré que sonreír, comer, beber y brindar sabiendo que esa mujer que me hace perder la cabeza no lleva nada bajo esa prenda que me muero por arrancar.
Salgo de la habitación con la esperanza de que los invitados se marchen en cinco minutos.
Le pongo mala cara a mi hermano cuando me cruzo con él, le gruño a Kai cuando me pide que me apunte a esas clases de baile a las que acude con Evan e incluso Be, que es el que menos habla de todos, parece que hoy se ha tragado un payaso.
¿Es que nadie tiene casa propia, joder?
Blue se acerca con una bandeja de sándwiches y comienza a repartirlos fingiendo que es una niña buena. Qué bien se le da interpretar ese papel.
—Maddox, te noto tenso, ¿sucede algo? ¿Quieres contármelo? —me pregunta provocándome.
Siempre se le ha dado bien llevarme al límite, y a mí siempre se me ha dado todavía mejor dejar que lo haga porque me encanta esa faceta suya. En realidad, todas sus facetas me quitan el aliento.
—Voy a saborear todas y cada una de las veces que supliques por mi polla, Blue. Y cuando creas que no puedes más, cuando pienses que esa es la última vez que vas a correrte, volveré a enterrar la cara en ese coño que chorrea por mí.
Veo cómo traga con fuerza y también distingo ese desafío reflejado en su mirada, porque le gusta que le hable así y le gusta mucho más cuando cumplo mis promesas.
Se aleja sin más, repartiendo más sándwiches como si mis palabras no hubiesen causado ningún estrago en ella. Joder, y yo apenas puedo caminar.
Nota mental: nada de erecciones en cumpleaños infantiles.
El resto de los invitados llega. Esta vez vienen muchos compañeros del cole de Juniper, incluso Troy. Ahora parece que se han hecho buenos amigos, a pesar de que yo siempre que me cruzo con él le recuerdo que lo vigilo. No se lo toma a mal, se ríe porque cree que estoy bromeando.
No lo hago.
Pasamos el resto de la tarde entre globos, risas, canciones infantiles y una cantidad indecente de juegos. Cuando ya ha comenzado a caer la noche, empiezo a ver la luz al final del túnel.
—¿Desde cuándo no te gustan los cumpleaños infantiles? —pregunta mi hermano cuando se sitúa a mi derecha en la cocina.
Carson sigue repartiendo comida. Vamos a estar alimentándonos a base de sobras durante semanas.
—Sí que me gustan. —Mi afirmación sale más bien como un gruñido.
Es entonces cuando mi hermano ata cabos y se carcajea frente a mí, lo hace señalándome con el dedo índice y todo.
—Vaya, ya lo entiendo.
—No, joder, no entiendes nada.
Se ríe una vez más y se queda ahí, a mi lado, observando la estancia sin más, con la mirada perdida y los pensamientos lejos de aquí.
—Oye… —Rompe el silencio y se coloca de lado. Yo hago lo mismo. Cuando me fijo en su semblante, noto cierto nerviosismo en él—. Hay algo que quiero contarte y algo que quiero pedirte.
En otras circunstancias, me tensaría porque de Ash puedo esperar cualquier cosa.
—Claro.
—Quiero… —Carraspea, alza la vista y mira hacia el techo.
Yo, por inercia, hago lo mismo—. Voy a pedirle a Cassie que se case conmigo —suelta, y una sensación de orgullo me invade por completo—.
Me gustaría que fueses mi padrino si ella decide aceptar.
Eres la única familia que tengo, la única de sangre, quiero decir.
—Y aparta esos ojos tan azules como los míos y repasa toda la estancia.
Xavier, que no deja de abrazar a Sloane.
Noah, que baila con Gillian en un lateral a pesar de que la música que suena es infantil.
Carson y Maddie, que tienen las manos unidas porque esa es su forma de afrontar la vida, juntos.
Cassie, que está con Blue gesticulando por vete a saber qué.
Alguna maldad seguro. Cuando se percatan de que las estamos observando, ambas paran de hablar y alzan una ceja.
Yo niego para que Blue entienda que necesitamos este instante de intimidad—.
Eres mi hermano, el mejor regalo que me pudo hacer la vida y quiero que estés a mi lado en todo momento, como siempre has hecho.
—Yo… —Es mi turno de carraspear.
—Puedes llorar si quieres.
Sé que está intentando bromear para aliviar la tensión y se lo agradezco, sin embargo…
—Joder, Ash.
—Es probable que hayamos tenido que superar mil y un baches.
Que el remordimiento y la culpa nos acompañase durante mucho tiempo.
Que Prescott nos haya jodido en infinidad de ocasiones, pero, si echo la vista atrás, no cambiaría nada porque en todos mis recuerdos, los bonitos, los peores, los mejores y los regulares, en todos estás tú.
Y quiero que sigas formando parte de ellos.
—Joder, sí, claro que sí.
Asher y yo nos encontramos a mitad de camino y nos fundimos en un abrazo fraternal.
Lo sé, ¿vale? Sé que la culpa es un peso intangible que se instala dentro y comparte raíces con el miedo. Sé que no se ven, son invisibles a los ojos de cualquiera y, a pesar de ello, hacen tanto daño o más que una herida que lleva puntos.
Hemos aprendido a dejar atrás ciertas cosas o, simplemente, a convivir con ellas. Hemos avanzado, madurado, caído y nos hemos levantado también. Porque en eso consiste la vida, en ensayo y error. Y aquí estamos, un puñado de personas imperfectas que no buscan la perfección, solo la felicidad.
—Vale, vale, ya está. Guárdame el secreto y rezo para que lo hagas mejor que Juniper.
—Que…
—Se lo conté hace meses y la misma noche se lo largó a Blue.
Alzo la mirada y la encuentro. Me guiña un ojo. Ya lo sabía. ¡Ya lo sabía!
Niego y sonrío. Es malvada.
«Y leal. Y preciosa. Y tuya, joder».
Mi hermano se marcha y me deja a solas de nuevo.
Sí que tiene razón, puede que la sombra de Prescott Maddox siempre nos ronde, pero esta vez seremos nosotros los que decidiremos si permitimos que nos quite la luz o si avanzamos buscando un árbol mejor bajo el que cobijarse. Una familia, la que hemos ido formando.
—¡Ha llegado la tarta! —grita Sloane, que la acerca.
Todos los niños se sitúan alrededor de la misma y la ovacionan. Sí, es de su cuento favorito, porque ahora Juniper no quiere ser una villana principesca, quiere ser una villana de verdad. Y estoy segura de que cualquier cosa que se proponga la conseguirá.
Porque no es diferente, es especial.
—Vamos a soplar las velas. —Cassie comienza a encenderlas una por una, hasta llegar a la séptima.
Busco a Blue, y ella me localiza a mí, se acerca y se sitúa justo delante. La envuelvo entre mis brazos y apoyo la barbilla en su hombro.
—Lo he apuntado en la lista —le susurro para que entienda que no me ha hecho ni pizca de gracia su secretito.
Ella suelta una risilla porque noto que su cuerpo tiembla entre mis brazos.
—Ahora que sé lo larga que es esa lista solo tengo ganas de verla —suelta con ese descaro que la caracteriza.
Le pellizco el costado, y se retuerce.
—¡Ya está! —grita Cassie.
—Recuerda pedir un deseo —le digo desde mi sitio.
Juniper alza la mirada, me sonríe con descaro y sopla. Se parece tanto tantísimo a su madre…
—¿Cuánto tarda en cumplirse un deseo de cumpleaños? —pregunta a nadie en particular.
Blue y yo nos acercamos.
—Depende. Cuanto más importante, más pronto se cumple.
Juniper da saltitos en la habitación.
—Entonces se tiene que cumplir ya porque es el deseo más importante del mundo.
—Ah, ¿sí? —inquiere Blue, que se echa hacia adelante para sujetar la tarta, levantarla y llevarla hasta la cocina y comenzar a preparar porciones que repartiremos entre los invitados.
—Sí, porque he pedido que Aaron sea mi papá. Y no hay nada que desee más que eso.
Blue se gira con tanta rapidez que casi se le cae el pastel.
—Esto me lo quedo —cuenta Xavier, que nos ayuda.
Ha escuchado la conversación porque me sonríe con cariño antes de asentir.
—Parece que sí que vas a pertenecer a la familia de forma oficial —rumia Noah y entonces me suena el teléfono en el bolsillo del pantalón.
Me arrodillo frente a Juniper y Blue lo hace también.
—Cariño —suelto—, no hay nada que desee en el mundo más que ser tu padre. —Porque es así, porque esta niña es mía, aunque no lleve mi apellido.
—Entonces, ¿puedo llamarte papá?
Trago con fuerza.
—Por supuesto.
Juniper se gira y comienza a gritar que soy su padre.
—¡Papá! —suelta aplaudiendo justo antes de lanzarse a mis brazos.
Cuando giro la cabeza, mi chica, mi futura mujer, la madre de mi hija, tiene lágrimas en los ojos, y no, no pienso pedirle que no llore. Nunca le pediré que no demuestre sus sentimientos sea de la forma que sea. Ya sabéis, lo que tenga para darme lo aceptaré.
—Te quiero mucho —suelta Juniper cuando se separa.
Blue y yo nos quedamos ahí, en el suelo, con el corazón a rebosar de amor. Del que tenemos por dar, del que hemos decidido entregarnos libremente.
El teléfono vuelve a sonar una, dos, tres veces y entonces lo saco.
Me han incluido en el chat de grupo.
Xavier:
Bienvenido, capitán.
Noah:
¿Puedes conseguir entradas mejores que las que nos ha dado tu hermano?
Suelto una carcajada.
Cassie:
Ha sido tan bonito…
Ash:
Qué asco dais.
Xavier:
Que alguien reenvíe la foto de los huevos peludos, por favor. Es su bautizo oficial.
Noah ha abandonado el grupo.
—¿Qué?
—No preguntes —suelta Blue antes de escribir.
Blue:
Los de Aaron son perfectos. Me caben en la mano. Y en la boca.
Alzo la mirada, y la muy pérfida no se ruboriza ni nada. Se limita a guiñarme un ojo antes de adjuntar una imagen de un gato egipcio.
Ash ha abandonado el grupo.
Cassie ha abandonado el grupo.
Gillian ha abandonado el grupo.
—¿Ves, capitán? Así es como se hiere la sensibilidad de esa panda de jovenzuelos.
Suelto una carcajada antes de tenderle la mano.
—Vamos.
—¿A dónde me llevas? —pregunta.
—A herir tu sensibilidad —suelto sin pudor alguno—. Y a recordarte qué partes de mi cuerpo te caben en la boca.