CAPÍTULO 55
Lo que sí importa
Blue
J uniper va sentada atrás, con las piernas cruzadas sobre el asiento y la frente apoyada en la ventanilla mientras callejeo en dirección a casa.
Afuera, la noche ha caído y la ciudad se ha ido convirtiendo, poco a poco, en estelas de luz desdibujadas y en manchas y borrones.
Hay ruido, hay bullicio, todo a mi alrededor se agita, de la misma forma en la que lo hace mi interior.
—Asher me explicó hoy que no estuvo bien pegarle a Troy —pronuncia de pronto mi hija, sin mirarme directamente—. Y también me ha dicho que entiende por qué lo he hecho.
Aprieto un poco más el volante ante su sinceridad y no solo eso, lo que representa la misma, lo que la ha llevado al límite para responder de esa forma.
—Asher suele entender muchas cosas —contesto sin más, evitando mostrar lo mucho que me afecta.
—Me ha contado que a veces los adultos se dan cuenta tarde de las cosas. —Esa frase me atraviesa—. Y que tal vez mis profesoras son unas imbéciles, pero que a partir de ahora estarán mucho más pendientes de sus errores e intentarán mejorar. De la misma forma en la que yo me esfuerzo cada día, mamá.
—Juniper… —empiezo, sin embargo, no sé cómo continuar.
Mi hija se gira un poco hacia mí. No del todo, solo lo justo para que nuestras miradas se encuentren en el retrovisor.
—Hoy le pedí perdón a Troy por haberle pegado el otro día.
Aaron tenía razón y la profe también, las cosas no se arreglan a golpes.
Aunque Asher asegura que sí y que ayuda a descargar tensión.
No entiendo bien lo que quiere decir, la verdad, pero sí sé que no me sentí mejor cuando le pegué.
—Trago saliva—. Es que… no me gusta ser diferente, mamá.
No me gusta que me señalen porque soy la que lee raro, la que lo hace como un bebé. No me gusta nada de eso.
El semáforo se pone en rojo. Me detengo y tomo aire.
—No eres diferente, Juniper. Solo lees más despacio.
Nadie es igual al otro ni toma las mismas decisiones o lo hace de la misma forma.
No se nos caen los dientes a la vez, tampoco gateamos el mismo día, ni siquiera nuestra primera palabra es la misma.
Lo bonito de ser nosotros es lo diferentes que somos de todos los demás.
Juniper se encoge de hombros, mi argumento no parece haberla convencido para nada, aunque lo he dicho no para consolarla, sino para que entienda que lo que nos hace únicos somos nosotros mismos y nadie más.
Observo cómo niega en repetidas ocasiones.
—No quiero ser diferente. Solo quiero que paren de señalarme.
Solo quiero ser normal. Como cuando estoy con Aaron, él me hace sentir normal.
A Aaron no le importa si tardo en leer o en escribir, si me equivoco.
Siempre me sonríe. Por eso escribí esa tarjeta para la caja de logros, porque Aaron me hace sentir bien.
Me hace sentir especial. ¿Y a ti, mamá?, ¿cómo te hace sentir?
No sé qué responder. Ni siquiera sé cómo enfrentarme a esa pregunta. No me atrevo a sincerarme a pesar de que es mi hija la que está a poca distancia y me observa con esperanza. Tomo aire con fuerza y avanzo por las calles, de nuevo en silencio.
Cuando llegamos a nuestro apartamento, le enseño el puzle que le he comprado hoy, y me sonríe antes de tirarse al suelo y abrirlo.
—Mamá —suelta de pronto—, ¿puedo contarte algo sin que te enfades?
Se ha quitado las zapatillas y ha repartido las piezas por el suelo.
—Claro, cariño, ya sabes que yo no me enfado. Salvo que los adultos digan cosas que no deben.
—¿Como lo de las bromas sexuales?
Me carcajeo. No se le va a olvidar nunca.
—Por ejemplo.
Comienza a separar las piezas de los bordes. Ya hemos aprendido e interiorizado cuáles son las formas en las que podemos montar nuestro puzle.
—Creo que tú también estás cansada. —Me quedo quieta, con una ficha entre los dedos. El pulso se me acelera y alzo la vista para clavarla en Juniper. Ni siquiera me mira, cosa que agradezco, porque no me gustaría que viese la forma en la que me tiemblan las manos en este instante.
»De ser fuerte —añade—. De protegerme todo el rato. —El aire se me queda atascado en los pulmones.
»Puede que… —Juguetea con un par de piezas, las cambia de forma y sitio. No les presta atención—. Quizá a veces actúas como yo cuando no quiero leer delante de todos, mamá.
—¿A qué te refieres, Juniper?
—Que te escondes, mamá. Como hago yo cuando hay que leer, que aparto la vista y me hago pequeñita.
Dejo las piezas del puzle y tomo asiento a su lado. Ella apoya su cuerpo en el mío.
—¿Crees que me escondo?
Asiente.
—A lo mejor es porque tú también tienes miedo de hacerlo mal —se aventura alzando la mirada—. O porque también tienes miedo de que te hagan daño como yo cuando leo.
Cierro los ojos un segundo.
—Todos tenemos un poco de miedo. El miedo nos hace ser prudentes.
Juniper se apoya en mi brazo.
—¿Qué significa ser prudente?
—Nos hace ir con pies de plomo en la vida.
—Ahhh, por eso tienes tantas normas, porque eres prudente.
—Exacto. —Le acaricio el pelo con ternura—. Dando pequeños pasos, pero firmes, conseguimos sufrir un poco menos.
—Mamá. —Extiende la mano y es ella la que me acaricia la mejilla—.
Tú siempre me dices que no pasa nada por tener miedo.
—Abro los ojos—. Y también aseguras que no puedo dejar de intentarlo solo porque me salga mal.
Que tengo que seguir adelante y que algún día pensaré en todo lo que he trabajado y luchado y me sentiré orgullosa de mí misma.
Como la princesa de mi cuento, mamá, que al principio tiene miedo a montar a lomos del dragón y al final se convierte en su mejor amiga.
Si no lo hubiese intentado, si se hubiese dejado llevar por el miedo, nunca habría podido convertirse en una villana principesca.
Hubiese sido infeliz. ¡No hubiese habido cuento! —grita llena de decepción.
Y esta es la lógica de una niña de seis años, la que le está dando una tremenda lección de vida a su madre. Una lección brutal e implacable.
Se me quiebra algo por dentro.
—Mamá —susurra—, no quiero que estés sola.
La abrazo. Fuerte. Demasiado fuerte. Como si pudiera meterla dentro de mí otra vez.
—No estoy sola —le aseguro, aunque mi voz no suena del todo convencida.
—A veces sí —responde llena de convicción—. Desde que Aaron llegó sonríes más y estás más guapa. Además, has dejado de decir que los chicos son unos capullos y dejas que Aaron te bese, mamá. Y te gusta. —Me separo lo justo para mirarla—. Hasta la sopa te sale mejor —asegura.
Se me escapa una risilla.
—Eso es porque Aaron me ayuda, ¿verdad?
—¡Claro! —exclama ella emocionada antes de guardar silencio de nuevo y ponerse seria una vez más—. No me gustan las normas, mamá, sobre todo cuando esas normas consiguen que no pase nada bonito. —Esa frase. Esa maldita frase.
»Mamá —recita una vez más tendiéndome una de las esquinas del puzle—. No me gusta ser diferente, pero no pasa nada si lo soy y tampoco pasa nada si te saltas las normas, sobre todo, si eso te hace feliz —pronuncia.
La estrecho de nuevo contra mi cuerpo, lo hago con tanta fuerza que deja escapar el aire con un resoplido insano.
—Te quiero, mamá.
—Yo más.
Se queda callada unos segundos y, cuando se aparta, me limpia una lágrima que se me ha escapado.
—¿Mañana puedo llevar el libro que me regaló Aaron al cole?
—Claro.
—Aunque lea despacio.
—Aunque leas despacio.
Sonríe justo antes de arrodillarse de nuevo y centrarse en el puzle.
Me incorporo y me dirijo hacia la cocina no porque tenga hambre, sino porque necesito algo de espacio para procesar lo que me acaba de decir mi pequeña.
—¿Qué te apetece cenar?
—¡Quiero sopa! —grita ella emocionada—. Quiero la sopa que hace Asher. —Vaya, qué novedad esa—. ¿Puedes pedirle que me traiga un poco?
—¿No has tenido suficiente con las horas que ha estado contigo hoy?
Ella niega.
—Asher es divertido. Y creo que quiere casarse con la tía Cassie.
Me giro al escuchar esas palabras.
—¿Cómo dices?
—Upsss. —Se lleva la mano a la boca al darse cuenta de que ha contado algo que no debía—. Aaron también hace una sopa deliciosa, podrías pedirle que baje. Ya no viene cada noche, y lo echo de menos.
Me acerco hasta ella y me arrodillo.
—Le pediré que baje si me cuentas ese secreto —musito.
—¿Un secreto tuyo por uno mío? —Su pregunta me saca una sonrisilla.
—Un secreto tuyo por uno mío.