Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

En la diana

Aaron

L as sigo a cierta distancia desde que salieron de la cafetería. No solo porque tenga miedo de que me descubra, sino porque me apetece observar cada reacción genuina. Acercarme demasiado podría romper el equilibrio frágil de este día que no me pertenece en absoluto.

Caminan sin rumbo durante un rato, perdiéndose por calles tranquilas donde el ruido del centro se diluye.

Blue gesticula en exceso mientras cuenta alguna historia que no logro escuchar desde los metros que nos separan para pasar desapercibido.

Exagera partes o se detiene a mitad de frase para señalar algo que le ha hecho gracia.

A ratos va en medio, a ratos se queda atrás, en ocasiones observa el cielo.

No parece tener prisa y siento que he conseguido parte de mi propósito.

Eso es justo lo que buscaba cuando hablé con Cassie y le pedí que me ayudase a organizar este día.

En un principio, mi intención era ser yo el que lo pasase con ella, el que disfrutase de cada comentario mordaz, de su tacto, de esa energía que vibra y danza entre nosotros cada vez que estamos juntos, de sus sonrisas.

Embeberme de cada detalle por ínfimo que fuese solo para recordarme que esto… , esto es el amor.

En un cruce se paran a discutir qué camino tomar.

No parece una discusión real, más bien una excusa para reírse y llevarse la contraria una y otra y otra vez.

Cassie y Blue han pasado gran parte del trayecto cogidas de la mano o bien han entrelazado los brazos formando un frente unido y provocando que los viandantes tengan que apartarse para dejarles paso.

Ni siquiera reparan en los gestos de desagrado que algunos les dedican o de las miradas cómplices de varias amigas que las observan con anhelo.

En cambio, yo sí. Yo sí que me fijo en todo eso, es la ventaja de ser un invitado pasivo o algo por el estilo.

Tras ese paseo, entran a almorzar en un local pequeño que he reservado previamente.

Comparten platos. Se inclinan unas sobre otras para probar lo que ha pedido la de al lado.

Blue se limpia los dedos en una servilleta de papel y sigue comiendo, sin ese cuidado constante de no mancharse, de no molestar, de no ocupar espacio.

En un momento dado se echa hacia atrás en la silla y cierra los ojos un segundo, como si el simple hecho de estar llena fuese un lujo.

Después hay tiendas. Cosas innecesarias.

Objetos que no son para nada imprescindibles.

Entra en una, sale sin comprar. En otra se prueba unas gafas absurdas y se mira en el reflejo del escaparate.

Hace una mueca. Se ríe. Se las quita y las deja en su sitio.

Sale con una bolsa pequeña tras haber comprado un puzle nuevo para armar en casa con Juniper.

Y por fin llegan a la siguiente actividad.

Me encuentro apoyado contra la pared de ladrillo del local de lanzamiento de hachas.

Una actividad del todo diferente y de lo más extraña, lo sé.

Cuando estuve organizando el día, quería que fuese algo distinto.

Desayunar está bien, pasear por la ciudad sin necesidad de controlar el tiempo también lo está, pero ¿esto?

Esta es de esas cosas que nunca te esperas hacer.

No sabéis la de bromas que tuve que soportar por parte de mi hermano o de Art, que me aseguraba que lo que quería era quitármela de encima en vez de conquistarla.

Les lancé varias miradas inquisitivas que no dieron resultado alguno.

¿Qué le vamos a hacer? A esos dos les encanta reírse de mí por separado y cuando están juntos… también.

El aire huele a metal y madera vieja. Desde dentro llegan golpes secos, rítmicos, y alguna exclamación que se cuela cuando se abre la puerta.

Cassie, Blue y Sloane entran juntas, hablando a la vez, casi pisándose las unas a las otras cuando lo hacen.

Yo me quedo fuera un instante más, aguardando y manteniendo la distancia para que no me pille.

Me pregunto si he ido demasiado lejos. Si este tipo de plan casa con ella o si solo encaja con la idea que tengo de lo que necesita.

La observo a través del cristal antes de tomar asiento en otro sitio, desde donde puedo verla sin ser visto. Cassie no tarda mucho en levantarse e ir al baño y yo la sigo poco después.

—¿Qué tal todo? —pregunto con nerviosismo.

—Está saliendo a pedir de boca. Nos lo estamos pasando genial.

—Cassie está apoyada en la pared del baño, ya esperaba que yo fuese detrás.

Les he ido enviando algún que otro mensaje.

Sloane no ha respondido a ninguno, Cassie ha sido la encargada de ir poniéndome al día—.

Esta mañana estuvo a punto de sospechar algo, cuando me enviaste el mensaje, y yo respondí.

—Ladea la cabeza—. Sloane lo resolvió rápido contándonos que está loquita por los huesos de mi hermano. —Sonríe con presunción.

—¿Xavier? —cuestiono con escepticismo.

—No, a ver, ¿qué otro hermano podría ser? —Me temo que, si pudiese, me daría una colleja. Una merecida, perdonadme, son los nervios—. ¿Todavía no te has dado cuenta de que Noah besa el suelo por el que pisa Gillian?

También es verdad.

—Pues…

—Ya, ya, estamos todas impactadas porque Xavier haya tenido tanta suerte al encontrar a alguien como Sloane.

Siento una mezcla de estupefacción y felicidad, también una pizca de coraje por no ser capaz de vengarme de mi propio hermano a pesar de que se puso en un modo sobreprotector del todo innecesario.

—Se alza de hombros—. ¿Qué le voy a hacer?

, soy demasiado buena persona y no le guardo rencor alguno.

A él no, a tus padres sí —señala y alza el dedo índice para hacer hincapié en eso.

Que no me recorra un escalofrío cuando los menciona es una buena señal.

—Todos lo hacemos. —Compartimos un par de miradas cómplices y entonces se acerca y me da un abrazo.

—Aaron, eres un buen tío. Un tío increíble que está demostrando sin palabras y con hechos que está enamorado de mi amiga.

Nadie había hecho esto por ella nunca. —Sus pensamientos se pierden en la pared que hay enfrente, como si pudiese ver la mesa desde allí cuando es imposible hacerlo—.

Nadie las ha defendido de esa forma en la que tú lo hiciste y me siento muy feliz de que hayas llegado a su vida.

Cabeceo afirmando, sintiendo que el corazón me retumba contra el pecho por la verdad que encierran sus palabras.

Ni siquiera recuerdo cuándo me di cuenta de que estaba enamorado de ella, tal vez haya sido algo innato, quizá haya surgido sin más.

O puede que se fraguase poco a poco, que ese sentimiento se enraizase en mi pecho como la certeza tranquila de un lugar al que siempre se vuelve, incluso antes de saber que uno estaba perdido. Antes de saber que lo necesitabas.

—Ellas se merecen esto. Cualquier cosa.

Cassie me sonríe de forma cálida, se ha dado cuenta de que he incluido a Juniper en la ecuación porque cuando pienso en Blue, cuando lo hago, es imposible que esa pequeñaja no aparezca también. Porque la adoro. Las quiero muchísimo a las dos. A lo que forman juntas. A la familia que representan.

—Sí, sí que se lo merecen, pero nadie ha sido capaz de quedarse. De elegirlas. De darles todo lo que se merecen y más. Así que gracias…

Dicho esto, se cuela en el baño, y yo regreso a mi lugar, desde donde puedo observarlas a mi antojo. No hay mucho más que añadir y tampoco podemos excedernos en la conversación para no levantar sospechas.

Encuentro a Blue rígida mientras le explican las normas.

Asiente demasiado rápido, con ganas de hacerlo bien, decidida a comportarse como la alumna más aplicada de la clase.

Coge el hacha con las dos manos y la sostiene con torpeza, sin saber muy bien dónde colocar los dedos.

No es su terreno. Se le nota y, a pesar de ello, no se retracta.

Cassie no tarda en llegar, y el instructor le explica la actividad a ella también. Sloane es la que más emocionada parece.

—Voy a imaginar que es la cabeza de mi exmarido —suelta, y varios de los presentes se parten de risa al escucharla—. ¿Qué? Vosotros no sabéis lo que he tenido que soportar durante años —rumia.

Blue le coloca los dedos en el hombro y los aprieta. Es su forma de darle consuelo.

Se sitúan en posición y por turnos. Su primer lanzamiento es tímido. El hacha cae antes de tiempo y rebota contra la madera con un sonido seco y poco impresionante. Ella se tapa la boca con el antebrazo y se ríe, sacudiendo la cabeza.

—Dios, con lo buena que soy, ¿cómo es posible que se me esté dando tan mal? —pregunta.

—Tal vez el truco está en imaginar que golpeas a alguien a quien odias.

Me encanta poder escuchar desde aquí sus conversaciones. La falta de luz en los asientos me facilita mucho las cosas.

—Yo voy a imaginar que es Prescott Maddox. —Se gira para guiñarme un ojo sin darse cuenta de que Blue la sigue con la mirada.

Coloco frente a mí la carta de bebidas y, gracias a eso, me salvo por los pelos.

Cassie clava el hacha en la madera, aunque no se acerca ni por asomo al centro.

Le grabo un vídeo y saco varias fotos y se las envío a Asher. Coloco el teléfono sobre la mesa y sigo observando.

El segundo lanzamiento no va mucho mejor.

Observa a sus amigas, encoge los hombros, pidiendo perdón por no ser buena en esto tampoco. Ese gesto me atraviesa durante unos instantes. El de disculparse incluso cuando no hay nada que perdonar.

—Concéntrate, piensa en alguien a quien quieras ver muerto —apostilla Sloane.

—Joder, tampoco hay que pasarse, ¿no? —replica Cassie.

—Vale, vale —se disculpa—. Piensa en alguien que te haga sufrir o que te haya hecho daño. Sé una chica mala. De las chicas malas, la peor —le propone.

—Eso sí que se me da bien —sentencia Blue, que tantea el hacha calculando el peso y las dimensiones. Si hasta parece una profesional.

Se coloca en posición y es en ese tercer intento en el que cambia algo. No sabría decir si es la postura, la forma en la que separa los pies o simplemente que deja de pensar. O que en la diana se dibuja algún rostro de veras.

Lanza el hacha con más decisión y esta vez se clava.

No en el centro, pero lo bastante cerca como para que todas aplaudan.

Blue se queda inmóvil un segundo, sorprendida, y luego se gira hacia sus amigas con una sonrisa abierta, casi infantil.

Una sonrisa de orgullo. Suelta aire. Mucho aire.

Como si llevase años guardándolo en el pecho.

El siguiente lanzamiento no es cuidadoso.

Es brusco. Hay rabia en el movimiento, cansancio, algo acumulado que no ha tenido por dónde salir.

El golpe suena más fuerte. El hacha se hunde en la madera y esta vez no hay risa inmediata.

Hay silencio. Los hombros le pesan. La mandíbula se le afloja.

Durante unos segundos resulta más ligera.

Da la sensación de que, poco a poco y con cada lanzamiento, se despoja de una capa más. De un peso invisible que la oprime.

Sonrío con orgullo. No sé lo que esperaba al organizar esta actividad, sí sé, en cambio, que lo único que quería es que se sintiese libre.

Me quedo donde estoy, observando la escena desde la distancia, aceptando que este día no es para mí.

Que mi papel es mirar, proteger sin tocar, querer sin reclamar.

Es entonces cuando me doy cuenta de que la imagen que me devuelve es la de una chica que se siente viva. Desordenada. Real.

Y entiendo que, a pesar de que nunca sepa que estuve aquí, aunque nunca lo nombre, este es el tipo de amor que quiero ofrecerle: el que organiza la libertad y luego se aparta para no estorbar.