CAPÍTULO 53
Que alguien me lo explique
Blue
T odavía estoy procesando el hecho de que mis amigas me hayan secuestrado. No en el sentido literal de la palabra, no nos alarmemos, pero es evidente que colarse en mi casa sin previo aviso cuando me disponía a recoger y limpiar a fondo… no estaba programado en mi jornada.
Vale, nada de mentiras, iba a pasar la mañana tirada en el sofá lamiéndome las heridas y procesando lo que pasó ayer en el colegio.
Con Aaron. Nada que tampoco sepáis, vaya.
Puede que incluyese la repetición de algún partido porque, ya puestos a regodearme en la mierda, al menos hagámoslo mejorando las vistas.
—¿Se puede saber dónde me lleváis? Y, por encima de todo, ¿qué estáis tramando?
A lo que íbamos. Estaba yo tan tranquila en mi casa, intentando recrearme en lo sucedido ayer, cuando irrumpieron cual vendaval en mi humilde morada, me pidieron que me cambiase de ropa y que lo hiciese rápido porque estaban muertas de hambre.
No puse pega alguna, no cuestioné nada en absoluto porque mi estómago estaba de acuerdo con la idea de un desayuno en condiciones, algo que no fuesen cereales integrales con leche de avena, que era lo que tenía en mente.
Tampoco me resultó mala idea salir de casa y dejar de darle vueltas a las cosas porque estaba empezando a hacerme preguntas.
Muchas preguntas.
De hecho, estaba cuestionando mis propias decisiones y, por encima de todo, las normas, joder y eso era inamovible. Así que sí, salí de allí sin poner pega alguna hasta ahora.
—¿Cuánto tiempo hace que no tienes un día para ti? —pregunta Cassie al volante.
Me observa por el retrovisor con una mezcla de emoción y esperanza. ¿Por qué debería mostrar ese tipo de sentimientos? ¿Y por qué siempre ha sido tan transparente para mí?
—Pues… —Dudo unos instantes.
—Blue, cariño, si respondes de esa forma, ya sabes lo que significa —interviene Sloane.
Sí, sí que lo sé, significa que hace mucho, tanto que apenas lo recuerdo.
—¿Y el trabajo? ¿Y Juniper? ¿Y las responsabilidades?
Sloane se gira de nuevo y clava su mirada en mí antes de guiñarme un ojo con suficiencia.
—Todo solucionado.
—¿Cómo que todo? Define «todo» —insisto.
Tengo una hija y compromisos, me parece increíble pasar un día con mis amigas, claro que sí. Por supuesto que sí. Lo que no me apetece tanto es perder mis empleos y acabar de patitas en la calle.
—Relájate y disfruta.
«Relájate y disfruta», dos palabas sencillas que no están del todo permitidas en mi vida.
Soy madre, tengo muchas cargas y muchas obligaciones, mucho peso que sostener y siempre tengo que anticiparme a lo que pueda suceder antes de que lo haga.
No es una de mis normas, ni siquiera entra dentro de ellas, se trata de ser razonable y consecuente.
De protegernos y cuidarnos. En resumidas cuentas, lo que implica la vida del adulto.
—Vale. —Lo intentaré, es lo que quiero decir.
Quince minutos después, llegamos a lo que supongo que es nuestra primera parada.
Cassie encuentra aparcamiento tras dar un par de vueltas y nos apeamos.
Sloane y Diddy caminan a la par, están hasta sincronizadas.
Sloane le pregunta sobre su trabajo con los Artic Foxes, y ella le explica que está muy contenta a pesar de que echa de menos a los Wild Warriors y Dios sabe que tiene razón.
La cafetería está en una calle tranquila de Mount Pleasant, de esas donde los edificios bajos conviven con árboles jóvenes y bicicletas apoyadas en cualquier farola sin candado ni nada.
La fachada no llama la atención por lo grande que es, sino por lo cuidada que está.
La madera es clara y en ella reposa un rótulo sencillo pintado a mano.
También hay dos mesas pequeñas en la acera, aún húmedas por el rocío de la mañana.
En el cristal del ventanal hay plantas colgadas y una pegatina que anuncia café de especialidad y repostería casera, sin más pretensiones.
Desde fuera se intuye el interior. Luz cálida y un ambiente acogedor. Es de esas cafeterías en las que te quedarías a vivir o, en mi caso, de esas en las que no me importaría trabajar.
Sloane se adelanta un par de pasos y nos abre la puerta, con una reverencia ensayada y todo.
—Señoritas —reza.
Cassie y yo sonreímos y nos damos la mano cuando entramos.
Dentro huele a café recién molido, a pan recién horneado y a mantequilla caliente.
El espacio es acogedor sin ser diminuto, con paredes en tonos neutros, estanterías de madera repletas de tazas desparejadas, tarros de cristal y una barra larga desde donde se observa trabajar al chico que prepara bocadillos a la plancha con unos cascos más grandes que dos panes de hamburguesa.
Un poco más allá, y bordeando las ventanas, hay mesas pequeñas y redondas, pensadas para que todos se vean las caras mientras desayunan o se toman un café tardío, y también un banco junto a la pared con cojines de lino que invitan a relajarse.
No suena música alta, solo algo suave, casi imperceptible, que acompaña el murmullo bajo de otras conversaciones.
La carta es breve y cuidada. Café filtrado, lattes con leche de avena o almendra, chocolate caliente espeso…
En una vitrina refrigerada esperan los dulces.
Cruasanes de mantequilla, bollos de canela aún tibios, banana bread con nueces…
También hay opciones saladas como tostadas de pan artesanal con aguacate machacado, huevo poché, queso crema, salmón ahumado y cuencos pequeños de yogur con fruta y granola casera.
Pedimos un poco de todo. Café caliente para todas, aunque Diddy se decanta por una variedad más suave, y Sloane y yo, por un sabor más intenso.
También elegimos una tostada de aguacate para compartir, pancakes esponjosos con sirope y fruta fresca, y un bol pequeño de yogur, que llega adornado con semillas y miel.
Todo servido en una vajilla bonita y rústica, ningún plato es igual al otro.
—Guauuuu —pronuncia Cassie asombrada al ver las raciones, no solo lo bonitas que son, sino la cantidad que traen.
—¿Verdad? —pronuncia Sloane.
—¿Por qué estáis tan sorprendidas si habéis sido vosotras las que habéis elegido este sitio?
Ambas intercambian un par de miradas y sonríen.
—Claro, claro —rumia mi mejor amiga.
—Es que es la primera vez que venimos —pronuncia Sloane antes de empujar la taza en mi dirección y llevarse la suya a los labios. Debe de estar riquísimo porque suspira.
El teléfono de Cassie suena y lo saca de inmediato. Escribe con una sonrisilla en los labios y cuando termina lo bloquea y lo coloca boca abajo. El teléfono de Sloane también vibra, como si ese mensaje le hubiese llegado a ella también.
Alzo una ceja sin entender nada. ¿Me están ocultando algo o qué? Me dispongo a preguntar. Sin embargo, me quedo a medio camino porque Sloane toma la iniciativa y de qué manera.
—Tengo que contaros algo importante y trascendental.
Diddy se lleva la tostada a la boca y se mancha la comisura con aguacate. Aun así, suspira de placer.
—Esto está buenísimo. Pidamos otra —propone sin remordimiento alguno.
Todas asentimos y soy yo la que alza la mano para llamar a la camarera.
Hago un barrido por la cafetería de nuevo.
Hay muchas parejas y también bastantes personas solas.
Al fondo hay un tío que está leyendo un periódico, concentrado, y en la mesa de al lado hay otro chico con un libro apoyado sobre la mesilla, debe de estar encantándole porque no deja de sonreír mientras señala el texto con el dedo para no perder el hilo.
Ese detalle me recuerda a Aaron y a la forma en la que le indicaba a Juniper cómo seguir en la misma línea mientras estaban sentados en el suelo de mi casa leyendo su novela favorita.
—¿Y bien? ¿Tengo que prepararme para una boda o algo similar? —ironizo regresando al presente, a mis amigas y a la conversación.
Sloane niega con rotundidad.
—Ya me casé una vez y salió mal. El matrimonio no está hecho para mí —sentencia ella y la verdad es que no parece nada receptiva con el asunto.
—No digas esas cosas —la anima Diddy, que coloca una mano sobre la de Sloane—. Muchas veces es el tío y no la boda.
—¿Estás intentando que me case?
No sé por qué, pero mi mirada se desvía una vez más a la mesa del fondo. El chico del libro sigue allí, ha sacado el teléfono y está fotografiando escenas. Sonrío, me encantaría saber qué es lo que le ha llamado tanto la atención.
—¿Con mi hermano? Por supuesto. —No duda.
—¿Ya le has contando a Sloane cómo se comportó Xavier cuando conociste a Asher? —La señalo—. Cassie estaba esperando el momento para devolvérsela —explico—. Por lo que veo, ha cambiado de opinión.
Mi mejor amiga se bebe lo que le queda de café y sujeta la cuchara para comenzar a dar buena cuenta del cuenco de yogur con frutas y miel.
—Lo he hecho porque es ella. Soy una chica blanda. No me van las venganzas y menos si es contigo.
—¿Es un piropo? —ironiza Sloane.
—Ajá —rumia con la cuchara en la boca—. Además, intuyo que eso que nos quieres contar tiene que ver con Xavier, ¿o me equivoco?
Diddy y yo nos mantenemos en silencio, expectantes.
—Me gusta tu hermano —suelta sin andarse por las ramas—. Y tu amigo. —Me apunta en esta ocasión a mí—. No esperaba eso, ¿vale? Ya podéis fustigarme.
Diddy y yo intercambiamos una mirada y las comisuras de nuestros labios se ensanchan sin remedio.
—Dinos algo que no sepamos. —Es la respuesta que le doy justo antes de golpear mi puño con el de mi mejor amiga.
—¡Qué guay! Vamos a ser cuñadas. —Extiende la mano para chocarla—. Y tú y yo. —Dirige el dedo índice hacia mí—. Pues lo que sea porque de parentescos no es que vaya del todo bien.
Trago con fuerza para evitar responder porque me duele hacerlo. No porque no vayamos a ser familia, es evidente que ya lo somos, sino por lo culpable que me siento por no estar siguiendo a mi corazón y eso…, eso no me había pasado nunca.
Hasta Aaron.