Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

Puño y fuerza

Blue

—¿B lue Langley? —pregunta una voz que intenta sonar tranquila—. Soy la directora del centro. Ha habido un incidente con Juniper.

La palabra «incidente» se abre frente a mí como un abanico de posibilidades y, en todas ellas, la cosa acaba mal.

—Soy yo, sí.

—No voy a extenderme por aquí, me gustaría que viniese a la escuela. Y que pudiésemos hablar con calma.

Una calma que en este instante no siento en absoluto.

—Voy para allá —aseguro.

Me pongo en marcha sin dudar, abro la puerta de la despensa y salgo. Xavier y Sloane se ríen en la barra, ambos con un café que estoy segura de no haber preparado. No hay muchas mesas ocupadas y me dirijo hacia ellos sin dudar.

—Tengo que irme.

Sloane debe de ver la ansiedad reflejada en mi semblante porque lo que hasta hace nada eran risas se convierte en ceños fruncidos.

—¿Qué sucede? —intercede Xavier poniéndose en guardia.

—Juniper. El cole. No sé mucho más.

—Voy contigo —se ofrece.

Niego porque no quiero que Xavier pierda la oportunidad de pasar tiempo con ella y porque puedo con esto. Sola. Yo sola.

Me giro con la intención de ponerme en marcha y me choco contra un muro de músculos. Las manos de Aaron, ambas, se sitúan en mis mejillas, lo que me hace alzar la vista.

—Voy contigo y no es un ofrecimiento. —Desvía la mirada hacia Xavier, tiene la mandíbula rígida y los ojos son puro fuego.

No puedo decirle que no. No quiero decirle que no y debería hacerlo.

Pocos minutos después, Aaron atraviesa las calles de Vancouver.

Los nudillos blancos le relucen alrededor del volante.

Repaso mentalmente cada mañana, cada despedida, cada «todo irá bien» que le he pronunciado sin estar segura de ello.

Juniper no es conflictiva. Juniper es sensible.

Observadora. Juniper se esfuerza el doble para que nadie note que leer le cuesta.

El edificio del colegio aparece frente a mis ojos demasiado rápido, Aaron no se molesta siquiera en aparcar bien y, sin que se haya parado el motor, me apeo y corro hasta la entrada.

El capitán de los Wild Warriors me sigue sin dudar, sin abrir la boca, sin señalar nada.

Entendiendo mi intranquilidad y respetando mi estado anímico.

Y ese…, ese es un gesto tan bonito… Que esté aquí lo es.

La secretaria me recibe con una sonrisa profesional que no consigue tranquilizarme ni una pizca.

—Soy Blue Langley y me han llamado hace unos veinte minutos. Tengo una reunión con la directora del centro.

—Está en la sala de orientación —dice—. Y el otro niño también.

¿El otro niño?

Camino por el pasillo con el corazón golpeándome las costillas. Las paredes están llenas de dibujos infantiles y frases optimistas que interpreto en este instante como una broma cruel.

—Por aquí, por favor —indica la secretaria apuntando una puerta al fondo.

Aaron camina a mi lado. Ni delante ni detrás. A mi lado. Como si supiera con exactitud dónde colocarse para sostenerme si me vengo abajo.

Entramos juntos y en completo silencio.

La sala de orientación es pequeña y demasiado luminosa.

Juniper está sentada en una silla con los pies colgando, balanceándolos con nerviosismo.

Tiene la espalda recta y la barbilla alta, es la postura que adopta cuando intenta ser valiente sin saber muy bien cómo conseguirlo.

Tiene un pequeño rasguño en la mejilla y los nudillos enrojecidos.

A su lado, y junto a otro niño, hay una mujer que no reconozco. Lo primero en lo que reparo es en lo guapa que es, lo bien peinada que está y en que esa expresión tirante que diviso desde aquí no augura nada bueno.

Clava su mirada en Aaron y sonríe al reconocerlo. La directora y la tutora nos esperan frente a la mesa.

—Blue, gracias por venir tan rápido —saluda la directora—. Podéis sentaros.

Me acerco a Juniper y le acaricio el pelo antes de ocupar la silla que hay a su lado. Aaron se sitúa de nuevo a mi derecha. Me estremezco cuando su rodilla roza la mía y no la aparta. Me agito mucho más cuando se echa hacia adelante para guiñarle un ojo a Juniper.

—¡Has venido! —susurra mi hija llena de emoción.

—Por supuesto que sí, peque.

La directora carraspea y todo vuelve al silencio incómodo del principio

—Vamos a explicar lo ocurrido —empieza la tutora—. Esta mañana, durante la clase de Lengua, se ha producido un altercado físico entre Juniper y otro alumno.

«Altercado físico».

Sí, suena horrible.

—Mi hijo solo estaba bromeando —interrumpe la otra madre—. Los niños son así. Pero ella —añade y me mira de arriba abajo antes de clavar la vista en mi hija con desprecio— reaccionó de una forma violenta.

Siento cómo la sangre me sube al rostro.

—Mi hija no es violenta —respondo, conteniéndome—. Algo tuvo que provocar eso.

—Lo que pasa —continúa la mujer con el mismo tono con el que hablaría de una muñeca de trapo y no de una persona con sentimientos— es que, si un niño tiene dificultades, debería aprender a gestionarlas.

Dificultades.

Aaron se remueve en el asiento, sin embargo, no abre la boca, se limita a apoyar los antebrazos en la mesa y a entrelazar las manos. El gesto es tranquilo, pero algo en su postura consigue que el ambiente de la sala cambie por completo.

—Perdone —interviene—. ¿Está diciendo que el problema es que Juniper no lee como los demás?

La madre frunce el ceño.

—Estoy diciendo que lo que ha ocurrido no es responsabilidad de mi hijo —asevera.

—No le he preguntado eso —la interrumpe Aaron, con toda la serenidad que le cabe en el cuerpo—. Le he preguntado si cree que la dislexia justifica que otros niños se rían de ella.

La tutora intenta intervenir cuando se percata del tono firme y de su porte a la defensiva. Yo sigo asimilando la situación. Estoy en shock .

—¿Y usted es…? —pregunta la directora.

Estoy casi convencida de que lo sabe, aun así…

—Aaron —es toda la respuesta que facilita. Sin apellido, sin explicaciones.

—Aaron, entendemos tu postura, pero…

—No —asevera él sin levantar la voz—. No la entienden. Porque, si lo hicieran, no hablarían de un golpe ignorando que muchas veces es un mecanismo de defensa.

La directora se aclara la garganta una vez más.

—Aquí no toleramos ningún tipo de violencia —asegura.

—Perfecto —asiente Aaron—. Entonces tampoco tolerarán las burlas ni los comentarios jactanciosos hacia niños que son diferentes y que necesitan tiempos de aprendizaje distintos, ¿o me equivoco?

Me giro hacia Juniper. No me está mirando a mí. Lo está observando a él.

Aaron aprovecha el silencio que se ha instalado en la sala para levantarse y arrodillarse frente a ella. Quedando a su altura.

—Juniper —pronuncia con voz suave—, ¿puedes contarme qué pasó? Solo a mí. Yo sí te voy a escuchar.

Mi hija aprieta los labios. Observo cómo duda. Cómo las palabras se le atascan antes incluso de intentar salir.

—Se… se rieron, varios niños lo hicieron —susurra—. Siempre lo hacen porque leo raro, porque me confundo y voy despacio.

La frase se queda suspendida en el aire, y a mí se me quiebra el corazón. Ya lo sabía.

—¿Qué te dijeron? —pregunta él con calma.

Juniper baja la mirada. Juguetea con el borde de la manga.

—Que leo como un bebé. Que siempre me equivoco. Que soy tonta. Que no leo bien.

La brecha se hace cada vez más grande y las lágrimas acuden a mis ojos.

Aaron no reacciona con rabia. No aprieta la mandíbula. No sube la voz, se acerca un poco más a mi hija como si, de pronto, fuese a compartir un secreto con ella.

—Escúchame bien, ¿vale? —le dice—. Leer despacio no te hace tonta.

Te hace constante. Equivocarte no te hace menos lista, te hace valiente.

Y seguir intentándolo cada día eso es algo que muy poca gente sabe hacer.

—Juniper alza la cabeza—. Tú no lees mal —continúa—, lees diferente.

Y eso no es un defecto, es una forma distinta de ser increíble.

Eres una edición limitada. —Mi pecho empieza a temblar—.

Y, si alguien no sabe verlo —añade—, el problema no eres tú.

El problema es de ellos, que no son tan inteligentes como creen ser.

Juniper parpadea rápido hasta que al final comienza a esbozar una sonrisa. Al principio tenue, de esas que pasan inadvertidas hasta que acaba siendo tan tan grande que todo dentro de mí se recoloca.

—Gracias por contármelo —concluye él.

Nada más.

No la felicita. No la condena. Refuerza su autoestima.

—Y, entonces… —interviene la directora con cautela, porque ya que está contando lo que ha sucedido, pues quiere toda la versión, y yo, de paso, también—, ¿qué hiciste?

—Le pegué —cuenta Juniper con total sinceridad.

Silencio.

—¿Por qué? —pregunta la profesora.

—Porque no paraba de meterse conmigo y porque el tío Asher lo arregla todo a puñetazos y, como estoy cansada de que me traten así, quise utilizar su técnica. ¡Y funcionó!

La directora suspira, y a mí se me escapa una sonrisa. Debo decir que a la otra madre no le hace tanta gracia. La mano de Aaron se sitúa sobre mi muslo y no sé qué pretende conseguir con eso, no obstante, a mí me reconforta.

—Entiendes que no podemos permitir ese tipo de reacciones, ¿verdad?

Aaron se incorpora despacio.

—¿Pararon cuando se rieron de ella? —pregunta—. ¿Alguien intervino antes de que todo llegase a ese punto?

—Bueno…, no, pero…

—Entonces el problema no empezó con el golpe —contrataca—. Empezó antes. —Se hace otro silencio—. ¿Qué medidas se habían tomado para protegerla? —continúa—. Porque, por lo que entiendo, esto no es nuevo.

La directora baja la mirada, abochornada. Muy bien, me parece genial que se sienta así porque este es su centro.

—Habíamos observado ciertas dinámicas…

—Y no hicieron nada —concluye Aaron por ella

No es una acusación. Es un hecho constatado.

—Mi hija no necesita que le enseñen a agachar la cabeza —pronuncio con la voz rota—. Necesita un entorno seguro.

—Y lo tiene —responde la tutora—, pero también necesitamos que en casa se refuercen ciertos límites.

Ahí.

Ahí es donde me rompen.

—¿Insinúa que no soy buena madre? —pregunto.

—No he dicho eso.

—Sí lo ha hecho —interviene Aaron con firmeza—.

Y es injusto. —Se gira hacia ambas—. Blue es una madre presente, implicada y agotada de tener que demostrarlo de forma constante.

Una madre que trabaja muchas horas fuera de casa, que al llegar deja todo para pasar tiempo con su hija, para tirarse en el suelo con ella y hacer puzles, para leer cada noche.

Una madre que se deja la piel por ella y ni se os ocurra decir lo contrario —replica—.

Si Juniper reaccionó así fue porque ningún adulto de este centro —recalca— actuó antes.

La madre del otro niño se levanta de golpe.

—Esto es absurdo.

—Nadie acusa a su hijo —añade Aaron—. Exigimos responsabilidad. Y respeto. Y esto no quiere decir que vea con buenos ojos la violencia, porque no lo hago. —Clava la vista en mi hija—. No lo hago. —Y ella cabecea afirmando.

La directora se frota las sienes.

—Propondremos un plan de actuación…

—Y una disculpa —añade él—. Juniper la merece —continúa—. Y Blue también, por lo que acabáis de insinuar sin tener la menor idea de nada. Porque no estáis presentes como lo estoy yo, cada día. Cada noche. Porque yo las veo. Las veo de veras —repite y reitera clavando su mirada en la mía.

La sala se queda en silencio.

Juniper estira la mano y busca la mía, y yo se la aprieto fuerte.

—No quiero que me traten así. No quiero que nadie me llame tonta.

—Por supuesto que no y no vamos a permitir que nadie lo haga. Juniper se va a disculpar con su compañero, y él —continúa mientras lo señala— va a hacer lo mismo con ella. Y el colegio se comprometerá a tomar medidas o tal vez sea yo el que tenga que llevar esto a otro sitio.

La amenaza queda implícita y flota en el ambiente. La tutora y la directora se tensan ante sus últimas palabras y tragan saliva. Es un desafío en toda regla y ¿a ver quién tiene el valor de enfrentarse al capitán?, porque este chico que está aquí actúa como el líder nato que es.

Y lo hace por nosotras, por nadie más.

Joder…

Cuando salimos del colegio, el aire frío me golpea la cara y todavía me tiemblan las manos.

—¿Y bien? —pregunta girándose y clavando la vista en mi hija—. ¿Qué te apetece hacer, peque?

Huir. No querer lanzarme a sus brazos. No querer quedarme para siempre en ellos.

—Comer helado y ver un partido de los Wild Warriors. Ahhh, y lavarme el pelo con ese champú tan caro que tienes —propone Juniper decidida.

Aaron asiente, y yo también lo hago. Cuando se dispone a avanzar hacia el coche, le sujeto de nuevo la mano, y él desliza la mirada por mi brazo hasta llegar a donde mis dedos encierran su muñeca.

—Gracias —musito.

—No estás sola.

Esa es su respuesta y me atraviesa como un puñal porque empiezo a pensar si no es verdad.