Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

Una montaña rusa

Blue

M e he asegurado de que hoy los jugadores no estuviesen deambulando por aquí.

Lo he hecho aposta, porque no quiero tener que cruzarme con Aaron.

Ya sé, ya sé, podéis tacharme de todas esas cosas que se os pasan por la cabeza y prometo no tenerlo en cuenta, como tampoco se lo he tenido en cuenta a Noah, que me llamó a primera hora de la mañana, o a Xavier, que lleva unos cuarenta minutos apostado frente a la barra del Truenorth Ice Dome con esa sonrisilla tan suya, tan petulante que, en otras circunstancias, no me despertaría sentimiento alguno.

Sin embargo, con el mal humor que tengo en estos últimos días, solo enumero distintas formas de esconder un cadáver sin ser pillada.

—¿Es que no tienes trabajo o qué?

Xavier me escruta con la mirada unos segundos y lo hace como el hermano mayor que es. Todos sabemos que es un sabueso protector y que está aquí, en parte, porque quiere ver a Sloane, sí, y en su mayor medida porque necesita saber que estoy bien.

Y lo estoy.

No, no lo estoy en absoluto.

—Por supuesto que tengo trabajo, soy un tío de lo más ocupado, pero todo eso puede esperar si mi hermana —dice mientras me señala para que no quede duda alguna sobre ello — no está pasando por su mejor momento.

Sigo teniendo bolsas biodegradables y sigo siendo tu coartada o confidente si lo necesitas.

—Se me llenan los ojos de lágrimas porque estoy sensible y también enfadada.

Soy como una maldita montaña rusa de emociones.

»Oye… —Se pone de pie y recorre la distancia para colarse dentro de la barra y estrecharme entre sus brazos.

Apoyo la mejilla en su hombro y me consuela.

Nada de un par de palmadas de ánimo, de esas impersonales, Xavier me acaricia con extrema dulzura.

Al final Sloane va a tener razón y este chico es cariñoso y atento.

Una faceta del todo desconocida cuando de romance se trata—.

No pasa nada, ¿vale? No lo haremos sufrir, una muerte rápida y listo.

Suelto una risilla contra su pecho y escucho cómo el suyo se sacude antes de separarnos.

—Estamos incumpliendo varias normas de trabajo. En primer lugar, no puedes estar en este lado de la barra porque está destinado para uso exclusivo de sus trabajadores y, en segundo lugar…, no se me ocurre nada más. He perdido todo mi ingenio.

Xavier no se molesta en hacerse el ofendido, mucho menos en sentirse insultado de veras, se limita a acariciarme la mano con ternura.

—Nos la sudan las normas, las reglas y todas esas mierdas —indica.

Ojalá…, ojalá fuese de esa forma—. Además, estoy saliendo con la chica de Recursos Humanos, ¿recuerdas?

Seguro que, si sucediese algo, podríamos esconderlo en algún cajón, justo donde está toda la información sobre el capullo de Prescott Maddox, que sigue siendo el dueño del equipo a pesar de lo imbécil que es.

Ese tío tiene que tener armarios y armarios llenos de información clasificada.

Las comisuras de los labios se me alzan, sí, está claro que necesitaba de ese humor ácido que caracteriza a este chico.

—¿Estás saliendo con Sloane?

Alzo las cejas porque la otra noche, tras mi monólogo, no se tocó el tema en cuestión, nos limitamos a beber, a comer y a ver reposiciones de documentales de ballenas. Sí, así de patética me siento. La otra opción era ver partidos de la NHL, y no, gracias.

—¿Me lo preguntas de veras? ¿Acaso no fuisteis mi hermana y tú la que organizasteis ese paripé? —Hace círculos con un dedo antes de girarse y dirigirse hacia su butaca una vez más.

—¿Y sigue siendo eso? —tanteo.

Alza una ceja.

—¿De qué hablas?

—¿Sigue siendo solo un paripé?

Xavier aparta la vista y otea el espacio, no sé si lo hace porque espera que Sloane aparezca de un momento a otro o simplemente lo utiliza como excusa para ganar tiempo.

—No lo sé, no sé lo que es para ella, Blue.

—¿Y para ti? —Me acerco, flexiono los codos y apoyo el mentón sobre las manos.

—A mí me gusta. —Cierra los ojos y los aprieta como si fuese un placer culposo. Como si se hubiese dedicado a robar nabos de un campo en medio del Valle del Fraser y a venderlos en el mercado negro.

—Oye… —Xavier abre los ojos y me observa unos instantes de más.

—¿Qué? ¿No te vas a meter conmigo? ¿No me vas a llamar gilipollas o a asegurarme que no soy lo suficientemente bueno para esa chica?

Niego en repetidas ocasiones.

—Lo que voy a hacer es gritar a los cuatro vientos que te has pillado de una mujer que se acaba de divorciar y que es la caña. La recaña, si eso existe.

—Apuesto a que no.

—Yo también lo apuesto. —Sonrío.

—Escucha… —Xavier se acerca un poco más—. No se lo cuentes, ¿vale? No quiero asustarla, no quiero que se acojone, porque Sloane me ha hablado de él, de Richard, y era un tío…

—Espera, espera, espera… —Me incorporo y extiendo una mano frente a nosotros—. ¿Cuántas veces habéis quedado?

—Pocas.

—¿Pocas para ti o pocas de verdad? —Ni siquiera necesito que responda a esa pregunta porque está más que claro que su semblante es suficiente—. Vale.

—A lo que me refiero es a que ese tipo la agobiaba, no le daba su espacio, tampoco la cuidaba como se merece y yo… —¿Eso que se ve ahí son unas mejillas sonrojadas? Por favor, ¿se puede ser más tierno? ¡Es Xavier!

Cojo el teléfono, que lo tenía guardado en el bolsillo del delantal, y le saco una foto.

—¡No serás capaz!

Blue:

Mirad qué mono es cuando se enamora.

—Vale, has sido capaz.

El teléfono no tarda en sonar, y Diddy es la primera en responder.

Cassie:

Estoy tan orgullosa de él. Ya sé que dije que me vengaría, pero es imposible hacerlo porque adoro a Sloane y adoro la pareja que hacen.

—Mira lo que has conseguido, mi hermana está planificando una boda. Apuesto a que está llamando a mi madre y están eligiendo el color de las flores.

—¿Estás pensando en boda, Xavier? —Mi pregunta le horroriza y ese gesto también lo inmortalizo y, ¡cómo no!, lo envío al grupo.

Blue:

Su reacción cuando he mencionado la palabra «boda».

Xavier:

En teoría, lo he dicho yo primero.

Cassie envía un par de caras sorprendidas.

Cassie:

¿Puedo ser la dama de honor? Porfa, porfa, porfa.

—Mira lo que has hecho. Estarás orgullosa.

—Muchísimo —concluyo.

Xavier:

¿Puedo ser yo tu dama de honor cuando te cases?

Cassie:

¡Claro que sí!

Asher:

Ni de puta coña.

Alzo la vista y dejo una frase sin terminar de escribir porque por la puerta de la cafetería entran Sloane y Aaron.

Ambos sonríen y, si no me hubiese visto eclipsada por su presencia y por el golpe en el pecho que recibo cuando me permito disfrutarla a pesar de que sé que no debería, me hubiese regodeado en la mirada que Sloane le dedica a Xavier y a los tres tipos de sonrisa que le regala cuando poco a poco descubre que está aquí, en el estadio, y lo mucho que le gusta eso.

Sin embargo, pasan a un segundo plano. No me fijo en cómo se acerca, en la forma en la que se abrazan como algo más que amigos o en el beso que Xavier le da tan cerca de la comisura de los labios que podría ser indecente y debería haber inmortalizado.

Me limito a quedarme quieta, a observar a Aaron, a maravillarme con lo guapo que está y al calor que me recorre el cuerpo. A emitirle órdenes a mi cerebro que se empeña en correr hasta donde está, lanzarse a sus brazos y pedirle que, por favor, no me suelte.

Que no nos suelte.

Así que lo que hago es huir hacia la despensa y cerrar la puerta, apoyar la espalda contra ella y recuperar el aliento y la compostura.

Bajo la vista hasta el teléfono, que sigue recibiendo mensajes porque Noah acaba de llegar y la está liando, enviando ropa interior masculina sexi para que Xavier se la compre para cuando Sloane deje que le haga cosas indecentes.

Estaría bien poder reaccionar, estaría todavía mejor ser capaz de soltar mis comentarios mordaces porque esto es lo que necesito y, a pesar de ello, no puedo hacerlo. Solo pienso en él, que está al otro lado. A una pared de distancia.

—Blue…

Demasiado cerca y demasiado lejos.

—Estoy haciendo… ¡inventario! —¿Inventario? ¿Y esa voz? ¿Por qué hablas con ese tono tan extraño?

Suelta una risilla.

—Abre, prometo no morderte.

¿Y qué sucede si quiero que lo hagas?, ¿si quiero que me muerdas?

Eres una mujer valiente, una mujer que protege a los que ama…

Abro la puerta y mi mirada se rinde ante la suya.

—¡Bu! —suelta.

Unos centímetros y ya está. Un par de pasos y su piel tocará la mía. Un pelín más y nuestros labios se encontrarán. Venga, que sabes que anhelas eso…

Y es por esta clase de cosas que me he negado a verlo, porque mi cuerpo se resiste a hacer lo correcto y mi cerebro todavía más.

—Yo…

El teléfono me vibra entre los dedos, no una ni dos, ni siquiera tres veces, así que bajo la vista porque sé que no es un mensaje. Esta vez no.

—Juniper —pronuncio y tiemblo—. Es del colegio de Juniper.