Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

No todo es blanco o negro

Blue

—B ueno, parece que las cosas se han puesto feas, ¿no? —Los brazos tatuados de Asher se posan sobre la mesa de la cocina. Ni siquiera sé quién lo ha invitado porque, desde luego, no he sido yo.

—Cállate, Maddox.

—Uhhh —ironiza, y a alguien a quien no quiero señalar le han dado ganas de repartir hostias—. Alguien por aquí está de muy mal humor y no soy yo.

Por supuesto que no es él, porque la sonrisilla que me regala lo demuestra.

—Me alegra que cagues confeti. —A ver si va a ser el único que sabe utilizar la ironía como arma de destrucción masiva.

—Mamá ha dicho una cosa muy fea. —Sí, mi hija está pendiente de todo—. Se lo voy a contar a Aaron cuando venga a casa. ¿Cuándo vendrá, mamá?

Me quedo atónita ante su pregunta. Estos días he tenido excusa cuando preguntaba por él, era tan sencillo como explicarle que esta semana le tocaba jugar los partidos fuera de nuestra ciudad. Ahora que Asher está aquí, y que el resto del equipo también, no me está resultando tan fácil.

—Eso, ¿cuándo vendrá?

—¿Quieres seguir usando tu cosita para mear? —lo amenazo.

—Los chicos tienen pene —sentencia mi hija—. La profe en el cole nos lo ha explicado, nos ha contado que tenemos que respetar la intimidad de los compañeros y no entrar al baño cuando vayan. No es que yo quiera entrar al baño cuando van, no me gusta el olor a caca.

—A nadie le gusta ese olor, Juniper —sentencia Diddy, que sigue sentada con mi hija, montando un puzle.

Cierro los ojos porque lo veo aquí, ahí, a su lado. Armando puzles, leyendo cuentos, viendo partidos de otros equipos o dibujos animados. Cenando sándwiches, porque se me da de pena cocinar, u observando a mi hija como si la quisiese.

Como si la quisiese de verdad.

«No decaigas, no cedas, lo haces por ella, para que nadie le rompa el corazón. Para que no sufra otra pérdida. Para que nadie la deje porque ya nos han abandonado, todos lo hacen y siempre acabamos siendo dos. Solo nosotras dos».

—Esa niña es demasiado lista, no sé a quién puede salir.

Le señalo la entrepierna y retuerzo la mano para que nos entendamos. Asher no se lo toma a mal, al contrario, suelta una carcajada, consiguiendo que mi hija aparte la vista del puzle y la centre en nosotros dos.

—A su madre.

—Claro, claro… A su madre.

—Mira, Terremoto Maddox —lo pronuncio con inquina, para que entienda que sé de lo que habla y también que sé leer entre líneas y que no pienso dejar que me juzgue porque lo hago por ella. Las normas protegen—, puede que no estés de acuerdo con mi decisión, pero ¿sabes qué?

—¿Qué?

—Nadie te ha pedido tu maldita opinión.

Asher, dueño y señor de todo, para sorpresa de nadie, rodea la mesa y se sitúa a mi izquierda. Me quita el cuchillo con el que estaba cortando verdura y rueda la tabla, acerca la olla y me empuja con su hombro. De golpe y porrazo se hace con la estancia, no sé siquiera por qué me sorprendo.

—Es lógico, pero ¿sabes qué? —No respondo, porque no quiero escucharlo—.

Me da igual, te la voy a dar porque soy así de filántropo.

—Claro que sí. Claro que sí—. Te entiendo, ¿sabes?

Entiendo lo que haces, por qué lo haces, y me parece adorable.

De hecho, en otras circunstancias, me pondría de rodillas y te besaría los pies…

—¿Y qué te lo impide? —le pregunto con actitud chulesca.

Mi amiga sigue jugando con Juniper, escucho cómo la niña le pregunta por Aaron, y ella cambia de tema con la intención de no responder. Trago con fuerza.

—No me gusta el olor a mierda. Tampoco el de los pies sudados —apunta y señala hacia mis calcetines.

—Ja, ja.

—Ahora en serio, Blue, siempre te he tenido por una tía valiente, una mujer que puede con todo y se enfrenta a cualquier adversidad que se le presente.

No esperaba que mi hermano, precisamente mi hermano, que es una persona admirable, leal y honrada como jamás he conocido, fuese capaz de conseguir que te comportases como una cobarde.

—No soy…

—Guárdate tus excusas. Insisto. —Alza una mano frente a mí para darle más énfasis a sus palabras—.

Lo entiendo, de verdad, y lo hago porque yo actué de la misma forma, porque prefería sacrificarme para que ella fuese feliz, para que conociese a alguien que estuviese a su altura, alguien que de verdad se mereciese su amor y no alguien que jodía todo lo que tocaba —la forma en la que pronuncia esas palabras y el dolor implícito en ellas me ablanda.

Es todo fachada, nunca hay que fiarse de las apariencias porque la realidad, la puta realidad, es que engañan.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión?

Asher aparta la vista y una sonrisa enorme le adorna la cara. No me cabe la menor duda de que está loquito por mi amiga y que conste que me alegro mucho por ellos.

—Ella. Cassie lo hizo.

—Es testaruda.

—Lo es. Y yo soy un puto cabrón con suerte por haberla conocido. No me la merezco, Blue, aun así, no pienso dejar que se vaya. No pienso hacerlo porque ella me hace feliz. Ella me hace querer ser mejor persona. Cada puto día.

—Aaron también me hace feliz. —Las palabras se escapan de mi boca sin pedir siquiera permiso. Solo salen, como esa clase de verdades que tienen que ser pronunciadas porque, si no lo hacen, explotas.

—Lo sé. Y tú a él. No sigas siendo la mártir.

—En esta ecuación no estoy solo yo, Ash. —Apoyo las caderas en la encimera y me cruzo de brazos, bajo la vista hasta esos calcetines que ni por asomo huelen mal—. Juniper es mi prioridad. Ya lo sabes. No quiero que sienta que todos la abandonan.

Ash suelta el cuchillo y se coloca de lado, por un instante veo a ese jugador de hockey polémico y frío, al provocador nato, al que desafía a cualquiera que se le pone por delante.

—Ya… ¿Y si no te abandonan?

La pregunta se queda suspendida en el aire, pesada e incómoda. Se me clava donde más me duele porque no es una acusación, es una posibilidad. Y las posibilidades son peligrosas cuando llevas demasiado tiempo sobreviviendo a base de certezas duras.

Abro la boca para responderle con otra pulla, con un muro, con cualquiera de las mil defensas que me sé de memoria, solo para que, al final, no salga nada.

Porque la verdad es que no lo sé.

Porque estas últimas noches me he preguntado si no estaré exagerando, si no estaré castigándolo a él por errores que no ha cometido. Si proteger a Juniper no se me habrá ido de las manos hasta convertirse en una jaula demasiado estrecha para todos.

Miro a mi hija. Está concentrada con la lengua fuera, intentando encajar una pieza del puzle que claramente no va ahí. Insiste. Frunce el ceño. No se rinde. Nunca lo hace.

¿Y si me equivoco?

¿Y si esta vez no es como las otras? ¿Y si Aaron no se va? ¿Y si soy yo la que lo empuja antes de que pueda quedarse?

El miedo me muerde por dentro. No es miedo a perderlo a él. Es miedo a verla a ella romperse. A ver cómo espera a alguien que deja de venir. A recoger pedazos que ya he tenido que juntar demasiadas veces.

—No puedo permitirme el lujo de comprobarlo —murmuro al fin, más para mí que para Asher.

Levanto la vista y me encuentro con sus ojos. Ya no hay ironía. Ni burla. Solo comprensión y empatía.

—Blue…

—No —lo corto, negando con la cabeza—. No es cobardía. Es supervivencia. Es saber que, pase lo que pase, ella va a tenerme a mí. Siempre. Sin dudas. Sin peros.

Trago saliva. El nudo en la garganta no se va. No se ha ido ni un solo segundo en estos últimos días.

—Juniper no se merece preguntarse por qué alguien deja de elegirla —añado—. No se merece despedidas a medias ni promesas vacías. Si tengo que ser yo la que se quede sola para que ella no vuelva a sentirse abandonada, entonces lo haré.

Porque ya lo he hecho antes. Y porque sé que puedo hacerlo otra vez.

Asher suspira con extrema lentitud. Está aceptando que nada de lo que diga puede hacerme cambiar de idea.

—Eres una jodida cabezota.

—Lo sé.

—Y aun así… —Esboza una pequeña sonrisa—. Ojalá alguien me hubiese querido así cuando era crío.

No respondo porque no hace falta.

Juniper alza el puño, triunfante, enseñándonos la pieza por fin encajada.

—Mamá, ¡mira! —exclama, orgullosa—. No era esa, era otra. Pero al final encajaba.

Le sonrío y se me contrae el pecho.

Sí. A veces hay que probar mil piezas. A veces duele equivocarse.

Sin embargo, ahora mismo no puedo permitirme el error.

Me mantengo firme. Por ella. Porque mi hija no se merece que la abandonen. Y, mientras dependa de mí, eso no va a pasar.