CAPÍTULO 48
Algo pasa
Aaron
E l estadio de los Wild Warriors huele a hielo recién pulido y a café matutino. Alzo la vista hacia la cafetería intentando descifrar si Blue trabaja hoy y si está al otro lado de ese cristal como otras tantas veces solo para darme cuenta de que no, no está ahí.
Sin público todo suena distinto. Las cuchillas mordiendo la pista, el golpe seco del disco contra las bandas, las órdenes del entrenador rebotando en lo alto como si el techo las devolviera con mala leche, todo eso tiene otro sonido o quizá sea mi interpretación de cada cosa porque sé que algo no va bien.
Lo sé desde hace días. Desde hace casi una semana, la semana que llevo fuera de casa.
—¡Aaron! —me grita Donahue percatándose de mi diatriba interna.
Me coloco en el círculo central y flexiono los dedos dentro del guante.
El disco cae y me concentro una vez más en lo que hemos entrenado.
Le doy un pase limpio a Kai, que se abre a la izquierda con esa facilidad insultante que tiene.
Asher arranca por la derecha, igual que una mecha recién prendida, y no hay nadie capaz de pararlo.
Me siento orgulloso cuando noto que la jugada fluye, aunque yo no lo haga con ella, porque es evidente que una parte de mí no está en este estadio. Está con ella.
Sacudo la cabeza e intento centrarme una vez más.
En la siguiente transición fallo el pase.
Apenas un centímetro, lo justo para que el disco se escape, y Caleb tenga que bajar a cubrir.
No dice nada. No hace falta. Él sabe tan bien como yo que no suelo fallar pases así, solo intercambia una mirada conmigo y alza una ceja inquisitivo bajo ese casco.
No, no le he contado nada. Tampoco a Asher.
—¿Estás con nosotros o tienes la cabeza en otra parte? —me suelta mi hermano al frenar delante de mí, levantando una nube de hielo.
Aprieto la mandíbula.
—Concéntrate —le digo sin alzar la voz y comienzo a patinar para que no siga haciendo preguntas.
Kai se acerca, apoyando el stick en el hielo y regalándome una sonrisa de mediador emocional. Esto es justo lo que necesitaba… Nótese la ironía.
—Vaya, esa ha sido una respuesta muy de «no quiero hablar del tema». ¿He acertado, capitán?
Le hago una peineta mientras me alejo todo lo posible de ellos sin contestar ni entrar en detalles. Ya habrá tiempo para eso. Me ajusto el casco y pido el disco otra vez. Porque si algo sé hacer es seguir adelante, aunque todo se me esté removiendo por dentro.
Entrenamos bajo presión, tal y como Donahue lo planifica todo cada semana.
Ben detiene disparos imposibles con la misma calma de siempre, igual que cuando revisa un partido desde el sofá de su casa, con esa entereza que lo caracteriza y que todos idolatramos.
Esa que se supone que yo también tengo. O tenía.
Caleb y Miles cierran líneas, sólidos, fiables.
El equipo funciona. El hielo nos entiende.
Yo no.
Cada vez que levanto la cabeza, mi pensamiento se me va al mismo sitio: a Blue. A su silencio. A cómo últimamente esquiva mis miradas igual que un rival bien entrenado. No es que me ignore del todo. Es peor aún. Está, sí, solo que no conmigo.
—¡Más intensidad! —grita el entrenador desde la banda.
Obedezco. Siempre obedezco. Acelero, empujo, marco el ritmo. Liderar es eso, que nadie note la grieta a pesar de que es visible si prestas atención.
Asher me observa en una de las pausas, con ese gesto suyo que mezcla burla y preocupación. Me conoce demasiado bien. Caleb también. Incluso Kai, que ha dejado de buscarme las cosquillas.
El resto del entrenamiento es más o menos similar. Ellos están centrados y activos, dan pases certeros y se compenetran, y yo no doy pie con bola.
Nadie menciona nada mientras Donahue nos recuerda, observándome directamente, que tenemos que dar el cien por cien de nosotros mismos en el partido de mañana.
Tampoco Caleb ni Asher pronuncian palabra alguna cuando nos metemos bajo el agua caliente ni cuando el vestuario se vacía, y yo finjo que tardo más que el resto de mis compañeros en preparar la mochila solo para no cruzarme con ninguno de ellos.
Sin embargo, cuando pongo un pie en el garaje, mi hermano y mi mejor amigo están esperando al lado de mi coche, ambos apoyados en la carrocería del mismo con los brazos y las piernas cruzadas.
—Ya era hora. —Caleb observa el reloj y alza una ceja—. Me debes dinero, ha tardado más de lo que dijiste.
—Era un cálculo aproximado —contrataca mi hermano.
—Aproximado o no, desembolsa la pasta.
—Ma alegra que estéis de tan buen humor y que hagáis apuestas a mi costa —ironizo abriendo el maletero para dejar la mochila.
Me cuadro frente a ellos, que se hacen a un lado y me dejan subir al coche. Una vez dentro, respiro y dejo de hacerlo cuando ambos toman asiento dentro del vehículo. Asher, a mi lado, y Caleb, detrás.
—¿Qué pasa? ¿No tenéis medio de transporte o qué?
—Lo que queremos saber es lo que te sucede a ti.
Arranco el motor y me dirijo sin dudar a nuestra cafetería. El primer lugar que se me pasa por la cabeza, cómo no, es el Tide&Toast. Sin embargo, decido girar y cambiar de dirección e ir al Slam Dunki Deli. A pesar de que no es día de partido, es el mejor lugar para distraerme.
Nadie rompe el silencio hasta que tenemos frente a nosotros un par de botellines de agua y tres wrap de pollo a la plancha con ensalada. Lenna se ha ocupado de ello y no nos ha añadido salsas para no incumplir nuestra dieta previa al partido.
—¿Y bien? —tantea mi hermano justo antes de darle una mordida a lo que será nuestra cena.
—Ocurre algo. —Una respuesta escueta. Dos palabras y ambas llenas de confusión y dudas.
—¿A qué te refieres? —inquiere mi mejor amigo.
Ambos se han sentado frente a mí con la clara intención de observar y analizar cada una de mis respuestas, las verbales y las no verbales.
—Blue me contesta a las llamadas, me contesta a los mensajes…
—¿Entonces? —Mi hermano alza una ceja sin entender qué es lo que sucede.
—Está rara. Distante. Trabaja casi todas las noches y, siempre que hablo con ella, busca excusas para cortar la llamada.
—Lo que le pasa es que está agotada de tanto trabajar, Aaron, no le des más vueltas.
Ignoro las palabras de Caleb, que mira de nuevo la hora, y clavo la vista en Asher.
—¿Cassie te ha contado algo? —indago.
Los labios de mi hermano forman una fina línea. Responda lo que responda, ya sé que sabe algo.
Suspira.
—Vale. Sí, sé cosas que no puedo compartir contigo y no me pongas en esa encrucijada.
Doy un golpe en la mesa.
—¡Lo sabía, maldita sea!
—¿Hablas en serio? —pregunta Caleb.
—Cassie y yo no tenemos secretos. Además, cuando llegamos supe que algo iba mal. Lo noté. Es una de las condiciones del club de los enamorados, ¿recordáis?
Cabeceamos de forma afirmativa porque lo tenemos del todo presente, vaya que sí.
Suelto el wrap y lo dejo en el plato. De pronto me he quedado sin apetito y me dedico a observar por la ventana. No sé qué es lo que he hecho, si he ido demasiado rápido, si he sido muy intenso, si…
—Deja de darle vueltas a esa cabecita tuya —rumia mi hermano, que coloca una mano sobre la mía para atraer mi atención—.
Solo tienes que darle tiempo. Blue tiene una vida complicada.
Mientras que todos los demás decidíamos lo que queríamos hacer, lo que queríamos ser o a qué nos queríamos dedicar, ella era madre. Criaba a una hija y lo hacía sola.
—Joder, es una tía cojonuda —sentencia Caleb.
Asher asiente, y yo también, porque lo es. No me cabe la menor duda.
—¿Qué es lo que debo hacer? No quiero perderla. —Mi voz suena tal cual os imagináis, es una mezcla de frustración y desasosiego.
—Solo sé tú mismo, Aaron —me aconseja mi hermano.
Caleb asiente y vuelve a llevar la vista hacia el reloj.
—¿Se puede saber qué pasa? ¿Tienes médico o algo así?
El susodicho alza la vista y no se le ve nada incómodo con mi pregunta.
—O algo así —repite él sonriendo. Hacía semanas que no sonreía de esa forma—.
Mira, yo no soy el más indicado para dar consejos porque mi vida era un caos absoluto, porque no sabía qué era lo importante y cómo compaginarlo todo, hasta que abrí los ojos.
Blue es una buena tía, una mujer increíble y lo que tiene es miedo.
Miedo a todo lo nuevo. Miedo al futuro, miedo a lo que pueda pasar y a lo que no.
Tu hermano tiene razón: sé tú mismo, mantente firme y ten claras tus prioridades. ¿Sabes lo que quieres?
—A ellas. —No hay dudas. Nunca las hay cuando de Blue y de Juniper se trata.
El pecho de mi hermano se hincha de orgullo porque ambos sabemos que este es otro paso importante. Y porque rendirse ya no es viable. Un día lo fue, sin embargo, eso se acabó. No pienso hacerlo, no con las personas que me importan. A las que quiero.
—¿Seguro que tú no sabes nada? —tantea Ash, que palmea a Cal en la espalda.
—Me he levantado… feliz.
Abro los ojos, sorprendido, es imposible que no sepa leer el gesto porque Ash muestra uno parecido al mío.
—Llegamos ayer…
—¿Y? Un día lleno de oportunidades, ¿no te parece?
Mi sonrisa y la de Ash se ensanchan de pronto.
—Me parece —respondo.
Dicho esto, nuestro amigo se incorpora, se limpia las manos con una servilleta y nos observa cuan alto es.
—Hazme caso, lucha por lo que quieres, demuéstrale que estás dispuesto a estar ahí para ella y que, pase lo que pase, no va a estar sola.
Porque todos aquí sabemos que el amor no se trata solo de palabras, se trata de gestos, del día a día y de los detalles, que son los que marcan la diferencia.
Y, ahora que he repartido mi filosofía —añade y nos estudia unos segundos sin perder el buen humor—, me marcho.
Ya sabéis, hay que retirarse cuando has dejado el listón bien alto.
Mete las manos en los bolsillos y abandona la cafetería con paso firme y actitud distendida.
—¿Tú también te has dado cuenta? —pregunto.
—¿De que no ha pagado su parte? —responde mi hermano.
Asiento y niego a la vez.
—Ha dicho que su vida era un caos absoluto. En pasado. —Asher mira por la ventana también, observa cómo se aleja en busca de un taxi probablemente.
—Está poniendo todo en su lugar y esta vez lo está haciendo bien.
—Está enamorado de Jackie —matizo.
Mi hermano me da la razón todavía con la vista perdida en las calles de Vancouver.
—Es una suerte que nosotros también sepamos lo que es eso, ¿verdad?
Suelto una risilla nasal a la vez que las comisuras de los labios se me elevan.
—Lo que de verdad es una suerte es que ellas nos elijan.
Ash clava la mirada en mí y ladea la cabeza. No voy a permitir que mi mente divague sobre las distintas posibilidades, sobre si saldrá bien o mal, ni voy a proyectar un futuro en el que Blue y Juniper no estén en él.
Porque, pase lo que pase, no me voy a alejar de ellas.
No me voy a ir a ningún lado.
Nunca.