Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

El primer paso, la primera norma

Blue

—¿Q ue has decidido hacer qué? —Mi amiga se pasea por mi casa como hice yo hace tantos y tantos meses atrás, cuando todavía no había empezado a trabajar para los Wild Warriors, aunque ya había conseguido el empleo, y cuando Ash todavía no había decidido trastocar su vida al completo. Qué irónico todo, ¿verdad?

—Dejarlo.

—¿Dejarlo? —Ni confirmo ni desmiento—. ¿Dejarlo? —insiste por si no la he escuchado la primera vez. Por supuesto que lo he hecho.

Sloane, por el contrario, sigue sentada en el suelo, con las piernas extendidas y moviendo los dedos dentro de unos calcetines amarillos que, de todas todas, me parece que combinan con su personalidad.

¿Quién iba a decirnos, hace unas cuantas semanas atrás, que dos amigas iban a convertirse en tres?

«Y que te ibas a enamorar».

—Dejarlo —confirmo para que no haya ni un ápice de dudas.

Le he dado muchas vueltas a la cabeza en estos días en los que no he visto a Aaron.

El equipo juega fuera y esa ha sido mi excusa para marcar distancia.

Y digo esa porque no se me ha ocurrido ninguna otra.

Y porque, puestos a ser honestas, no podría haberlo hecho si lo tuviese cerca de mí.

Porque es una tortura. Aun así, me ha llamado cada día, me ha enviado mensajes, y yo me he limitado a darle respuestas escuetas, a coger todos los turnos posibles en el cáterin solo para mantener mis noches ocupadas y no tener que mentirle diciéndole que trabajo mientras me devano los sesos en casa.

Ahora me devano los sesos en el trabajo.

Y también cuando salgo del mismo.

¿Qué es peor? Al menos no he mentido.

Esta es mi primera noche libre en seis días y es una del todo necesaria porque sé que Aaron llega mañana. Sí, he seguido cada maldito partido, cada puñetera entrevista y cada movimiento de los Wild Warriors porque soy así de masoca. Me lo he buscado sola.

«Las normas protegen, Blue. Lo hacen, no te sientas mal. Estás pensando en ella. En lo más importante para ti. No hay nada de malo en eso».

Y, si es así, ¿por qué coño no me consuela?

—¿Has dejado a Aaron? —tantea Sloane y levanta la mirada—.

¿Me lo puedo quedar entonces? —Alzo el dedo corazón y le regalo una peineta.

Que dé gracias a que no la he amenazado de muerte porque se me pasa por la cabeza hacerlo—.

Vale, esa es toda la respuesta que necesitamos.

Y tampoco lo quiero para mí. —Porque ya tiene a Xavier y lo sabemos.

—¿Se puede saber por qué tienes todo tirado?

Porque mi vida es una mierda absoluta.

—Porque llevo seis días trabajando sin parar y doblando turno.

—¿Tan mal vas de dinero?

Eso también.

—Es para no pensar. Mantener la cabeza ocupada es el primer paso para acallar las voces que le gritan que es una gilipollas de manual.

Vale, eso no ha dolido nada de nada.

—Que sepas que voy a poner una queja a Recursos Humanos por acoso.

—No te acoso —se defiende Sloane porque, si hay alguna duda, ella ha sido la artífice de esas crudas palabras.

—Pues por mal comportamiento. Mala actitud o lo que sea.

—Ponla. La jefa de Recursos Humanos de esa cafetería soy yo. —Se señala con los pulgares y acompaña ese gesto con un movimiento de los dedos de los pies.

—Maldita sea —sentencio cayendo en la cuenta de que tiene razón.

—Vamos a recapitular —intercede Diddy.

Por eso llevo seis días sin abrir el pico y sin explicarles cuál fue mi decisión.

No fue el sexo, no vayamos a pensar en ello.

Fue lo que vino después. Las caricias, los arrumacos, la manera en la que Aaron me llevó a la ducha y compartió conmigo confidencias, la forma en la que nos vestimos y nos metimos juntos en la cama y cómo me dormí sobre su pecho sintiendo que estaba en el lugar indicado y con la persona adecuada.

Y eso es una red flag en toda regla.

—Recapitulemos —apunta Sloane, que me tiende un botellín de cerveza. Miradla, para eso sí que se incorpora.

—¿Lo has dejado porque estás enamorada de él? —Diddy me conoce.

Sloane, por el contrario, alza una ceja.

—Vaya, yo me divorcié justo por lo contrario —ironiza, y a mí no me hace maldita gracia.

—Sí.

—Eres más tonta de lo que pensaba —murmura mi amiga, que no se anda por las ramas—.

Y nunca he tenido esa clase de concepto de ti, créeme.

Siempre te he tenido por una persona cabal y racional.

Hasta hoy. —Me señala, y Sloane cabecea afirmando—.

Se me ha caído un mito. —No hay ni un solo ápice de ironía en las palabras de mi amiga.

No, no lo hay. Solo sinceridad pura y dura.

—No lo entiendes. —Antes de siquiera defenderme, le doy un largo sorbo a la cerveza.

Lo mismo aquí está la solución a los problemas: en darme a la bebida.

«Sabes que ese es un pensamiento ridículo. Como toda tú estos últimos seis días».

—Pues explícamelo —sentencia Diddy, que se acerca y se sitúa frente a mí—. Explícanoslo porque ninguna de las dos lo entendemos. —Apunta a Sloane, que sigue tirada en el suelo. Parece feliz y la odio por ello.

—¿Por qué tienes esa sonrisilla de sabelotodo en la cara? ¿Acaso hay algo que no me estés contando?, ¿algo relacionado con Xavier?

Todas sabemos que esto no es más que un pobre intento de desviar la conversación.

—No pensamos contarte nada porque ya sabemos lo que estás intentando hacer. Evitar los temas turbios no van a conseguir que dejen de existir.

Me siento ridícula, más aún, frente a estas dos chicas que están aquí, por mí, brindándome apoyo, y yo no hago más que esquivar una conversación, convirtiéndome en una inmadura de tomo y lomo.

Dejo el botellín de cerveza sobre la mesa sin posavasos, cosa que consigue que a Diddy le palpite la vena de la frente, y me dejo caer en el suelo al lado de Sloane.

—Tengo miedo —lo suelto sin más porque las tiritas hay que arrancarlas así, de una, para que duela menos—. No solo por mí, por Juniper.

Alzo la vista y lo que me encuentro es la cara de desconcierto de Sloane, que no entiende nada, y la empatía reflejada en el semblante de mi mejor amiga, porque ella lo comprende todo.

Las piezas del rompecabezas encajan por fin en su cabeza.

—Aaron no es Derek —murmura.

—¿Quién es Derek? —intercede Sloane, que extiende las piernas una vez más.

—El padre de Juniper.

—Ah. —Sí, ah.

—Y sé que Aaron no es Derek, pero eso no hace que deje de darme miedo lo que pueda suceder.

—Joder, Blue. ¿Por qué has dejado que te tache de tonta? ¿Por qué no me has parado? —esta última pregunta se la lanza a la nueva incorporación al grupo.

—Porque yo también pensaba que lo era hasta que he intuido que hay algún trauma de por medio y he decidido guardar mi sarcasmo para cuando hablemos de Xavier.

—Así que hay que hablar de Xavier.

Ella asiente.

—Ese no es el tema. —Cassie me sujeta por la barbilla y mueve los dedos para encontrarme una vez más con su mirada.

—No hagas eso, ¿vale? No me hagas sentir vulnerable. No me juzgues. Ya lo hago yo.

Mi amiga suaviza la presión de los dedos, como si temiera romperme, y esboza una sonrisa triste, de esas que no juzgan, solo acompañan.

—Eh —susurra—, no estás rota por tener miedo. Estás siendo valiente por pronunciarlo en voz alta. Y aquí nadie va a exigirte nada que no estés preparada para afrontar. Ni hoy ni nunca.

Los ojos se me llenan de lágrimas ante esa declaración de intenciones. Es mi amiga, me quiere y va a apoyarme pase lo que pase. Así que me armo de valor y abro esa grieta que me empeño en mantener cerrada a cal y canto para dejar entrever esa parte que hace que sea más frágil.

—¿Qué pasará si se acaba?, ¿si seguimos adelante y luego Aaron se marcha?

, ¿qué pasará con Juniper cuando eso suceda?

No tengo miedo de mí, ¿me dolerá? Por supuesto.

¿Me romperá? Está claro. Sin embargo…, ya no va de mí, de lo que sienta Blue.

Desde que Juniper nació, ella es mi prioridad.

Que sea feliz lo es, evitarle daños innecesarios lo es.

Ya tiene bastante con sus dificultades en el cole, con las piedras y los baches que tiene que esquivar día a día como para que su madre añada un dolor más a esa lista de problemas.

No lo superará, chicas. —Y las observo a cada una con el corazón encogido dentro del pecho—.

No puedo permitirme el lujo de que Aaron se cuele en nuestras vidas, de que llegue como un rayo de sol a ella para luego marcharse y dejar consigo las nubes que amenazan tormenta.

No puedo hacerle eso a mi hija, no puedo permitir que sufra por mi egoísmo, por pensar en mí y en lo que Aaron me hace sentir.

No puedo hacerlo. —«No puedo». La frase me quema en la garganta y se me escapa en un sollozo que no consigo contener.

Me encojo sobre mí misma, rodeándome las rodillas con los brazos, como si así pudiera proteger lo único que de verdad importa.

»Si alguien tiene que perder, que sea yo —murmuro con la voz rota—. Ya sé cómo se sobrevive a eso. Sé cómo se recompone una después de que le fallen. Pero Juniper no. Ella confía con todo lo que tiene, sin red, sin reservas. Y eso…, eso es lo que más miedo me da.

Las lágrimas me corren por las mejillas sin permiso, calientes, silenciosas, empapándome el rostro a su paso. Me siento desnuda, expuesta, he dejado al descubierto una herida que nunca terminó de cerrar. Porque es de esa forma.

—Prefiero quedarme con la duda, con el «y si», con este nudo en el pecho, antes que verla mirarlo como a un héroe y tener que explicarle por qué ya no está —añado, negando despacio con la cabeza—.

Prefiero ser yo la que se rompa en silencio, la que se trague el miedo y siga adelante, a que sea ella la que aprenda, demasiado pronto, que las personas que te hacen sentir a salvo también se van.

Levanto la vista hacia ellas, buscando aire, buscando algo que me sostenga.

—Soy su madre —susurro—. Y, si protegerla implica renunciar a lo que podría hacerme feliz, entonces…, entonces no es una renuncia. Es el precio que tengo que pagar por evitarle daño alguno, por mantenerla a salvo.

Porque las normas protegen, que no se nos olvide eso.