Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

El poder del miedo

Blue

—B ésame —le pido en un arrebato de valentía.

No es solo el hecho de lo que Aaron hace por nosotras, es lo que me hace sentir cuando lo tengo cerca.

El miedo y la vulnerabilidad son conceptos muy peligrosos, demasiado quizá, sobre todo, cuando sabes lo que es tocar el cielo para, poco después, caerte de bruces sobre él y perder eso que llamabas felicidad, y ahí es cuando todo se quiebra y cuando esos dos sentimientos se sitúan a la cabeza del resto dejándote sin respiración.

Sin esperanza.

Una noche. Dos o tres, ¿recordáis? Si esta fuese nuestra última noche, querría que sus labios fuesen el lugar donde todo termina.

—No tienes que pedirlo, Blue.

—Soy una chica mala con buenos modales, ¿recuerdas? —Hago mención a nuestra última vez, cuando me dijo eso, justo eso, cuando me preguntó dónde habían quedado mis buenos modales, y yo le respondí suplicando por su polla.

Aaron ladea la cabeza y me regala una sonrisa increíble, una que pienso atesorar pase lo que pase. Una sonrisa que guarda muchos matices y demuestra muchas cosas.

—¿Alguna vez te han dicho lo increíble que eres?, ¿lo divertida, lo ingeniosa y lo tremendamente valiente, Blue?

Trago saliva y actúo de esa forma que tan arraigada tengo sin tener en cuenta que esas dos preguntas se cuelan dentro de mí por ese pequeño hueco por el que Aaron se ha abierto paso para ponerlo todo patas arriba.

—No, no lo han hecho porque no es necesario que lo hagan, yo sola lo sé.

Sola: esa es la palabra clave de todo. De mi vida. De mi historia.

Aaron chasquea la lengua y se inclina, estudiándome. Su mirada desciende poco a poco, de una forma tan suave y sutil que siento cómo me quema con cada vistazo que echa.

—A propósito —sentencia apuntando hacia mis pantaloncitos.

Los mismos de ese día que me colé en su casa y lo espié tras la puerta del baño—.

Lo has hecho a propósito —matiza, y sonrío ladina.

Sabe qué dirección ha tomado mi cabeza y qué recuerdo tengo más que presente—.

Ya puedes quitártelos. —Los señala con el dedo índice, y sigo su orden sin dudar.

Porque quiero esto.

Porque necesito esto.

Porque lo necesito a él.

—No veo la hora de que grites mi nombre cuando te corras —añade, y casi trastabillo ante la indecencia de ese comentario.

Nunca: esa es la respuesta más rápida y fácil que podría daros si me preguntáis cuándo me acostumbraré a lo sucia que tiene la boca el capitán de los Wild Warriors. Y tampoco será fácil hacerlo porque no te esperas que sea de esa forma en absoluto.

Cuando le dije, tantas semanas atrás, que parecía tener setenta años por lo recto, cabal y meticulosamente ordenado que era, no tenía ni idea de la cura de humildad que me iba a dar en otros sentidos.

Puede que Aaron sea el tío más riguroso y organizado que existe, pero en temas sexuales es el más guarro que he conocido. Y que conoceré.

Lleno mis pulmones de aire en un vano intento por recuperar el aliento ante sus palabras y su proximidad.

Pasea el dedo índice por mi brazo con extrema lentitud como si necesitase encender cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

Apuesto a que esa es su intención, a que siempre lo ha sido: darme algo que nunca nadie pudiese entregarme.

Ni siquiera me da tiempo de soltar alguna broma o chascarrillo que rompa la tensión sexual que se ha instalado entre los dos porque, cuando abro la boca con la intención de hacerlo, su lengua ya se ha colado entre mis labios y juguetea con la mía. Se funden. Me saborea.

Me consume.

—Joder, Aaron —es la única réplica que puedo hacer justo antes de abalanzarme de nuevo a por él.

Su respuesta se limita a un gruñido que electrifica el ambiente.

—Estás deseando que te toque. Que te lama. Que te deje inservible, ¿verdad? —¿Para qué asentir si ya lo sabe?—. Y yo voy a darte lo que quieras porque eso es lo que hacemos los buenos chicos: callarles la boca a las chicas malas con su polla.

Como si sus palabras no hubiesen sido suficiente para mis oídos, me estampa contra la pared que hay al lado de la ventana de la calle. No, no nos hemos movido de aquí.

Giro la cabeza y observo la calle. El deambular de las personas que pasan por allí en dirección a sus casas, a su trabajo o a tomarse la última copa. Lo que sea.

—Pueden vernos —rumio en voz alta tras caer en la cuenta de ello.

—Ah, ¿sí? —Aaron se hace a un lado y sujeta la pequeña cortina blanca con ribetes azules. Mi color favorito. El tono de sus ojos. El color del cielo en un día de verano. El de la libertad del mar.

—¿Qué haces?

—Abrirla bien para que nos vean. Para que vean cómo te follo contra este cristal. Para que todos sepan que ese coño es mío. Que esa boca es mía. Que tú también lo eres. Y, ahora, ponte de rodillas, Blue.

Lo hago sin dudar. ¿Cómo iba a negarme a algo así? Intento olvidarme de que mi hija duerme a pierna suelta en esa habitación y de que es posible que todo el barrio me vea el culo desnudo esta noche.

Aaron gira la cabeza y observa el pasillo con detenimiento, parece haber llegado a la misma conclusión que yo y que estamos comportándonos como un par de desvergonzados.

Me reiría porque no le veo el problema. De hecho, en este instante y con lo excitada que estoy, cualquier cosa es una ventaja.

—Cuando duerme, nada la despierta —le explico.

Aaron asiente y lleva los dedos al ojal de su vaquero. Tres botones que observo cómo desabrocha y, con cada uno que suelta, mi centro se contrae de anticipación.

Cuando su polla queda por fin libre, y se yergue frente a mí, suelto un jadeo.

—Abre la boca —me pide y en cada una de esas tres palabras va implícito un punto de exigencia, una orden, porque al capitán de los Wild Warriors le gusta tener el control y a mí, en cierto modo, me gusta cederlo.

Su rostro se ensombrece mientras hago justo lo que me pide. No me muevo. Permanezco desnuda de cintura para abajo, con las manos apoyadas en los muslos y la boca abierta para él. A su merced.

—Qué boca tan sucia y apetecible tienes.

—Asiente satisfecho y me acaricia la barbilla unos instantes antes de alzarla para comenzar a penetrarme poco a poco.

Con suavidad—. Así —me anima—. Justo así —insiste cuando la sigue introduciendo.

Lo hace con suma lentitud, llevándome al límite, desatando a esa bestia que ruge en él y que anida en mí—.

Mira qué bien lo haces, mira cómo te la tragas toda.

—Noto que tengo la boca llena, no solo porque Aaron tiene una polla grande y gruesa, sino porque ha entrado del todo—.

Seguro que puedes acogerme un poco más, ¿a que sí?

—me pregunta y se detiene, esperando una respuesta afirmativa por mi parte.

Yo me limito a asentir—. Claro que sí, claro que puedes, porque tú puedes con todo —me recuerda.

Sé que, aunque parezca que no lo estoy llevando al límite, es pura fachada. Tiene los muslos rígidos y el abdomen se le contrae con cada movimiento que hace. Quiere follarme la boca, y yo quiero que lo haga.

—¿Bien? —me pregunta cuando ha llegado hasta lo más profundo de la garganta. Confirmo de nuevo con un leve cabeceo—. Bien —matiza esta vez afirmando—. Ahora voy a follarte esa boquita que tienes, y tú vas a aceptar cada embestida que te dé hasta que tengas arcadas, ¿me has escuchado?

Joder.

Joder. Joder. Joder.

Ni siquiera tengo que darle mi beneplácito porque hace justo lo que me advierte.

Las comisuras de los labios se me llenan de saliva cuando se mueve de forma frenética.

Aguanto cada embestida mientras observo cómo Aaron pierde el control y se desata.

El único ruido que hay en esta habitación es el que llega desde la calle y el que hace su polla cuando se introduce entre mis labios.

No he escuchado sonido más erótico que este en mi vida.

—No tienes suficiente, ¿verdad? Claro que no, porque sé justo lo que quieres, lo que deseas, y yo voy a dártelo.

Como una marioneta: me trata como si fuese eso, justo eso, una muñeca que maneja a su antojo porque en un abrir y cerrar de ojos me ha puesto en pie y ha pegado mi torso a esa maldita ventana.

—Todos van a contemplar cómo te retuerces con cada embestida, Blue. Cómo vas a gritar mi nombre y a suplicar por más. Y pienso dártelo porque yo también tengo unos modales exquisitos. Abre esas piernas para que pueda follarte.

Ni siquiera espera a que mi mente asimile la información, se limita a meter la suya entre las mías y a separarlas.

—¿Estás lista?

—Por favor —la súplica sale de mi boca a modo de respuesta—. Por favor, Aaron, necesito…

—Shhh —me chista como hizo aquella noche en el bar antes de conseguir que me corriese con sus dedos. O en la despensa de la cafetería antes de besarme hasta perder el sentido.

Y, por si fuese poco, frota la polla contra mi entrada para tentarme como solo él sabe.

Me va a dejar inservible. No solo esta noche, de por vida.

—Necesito más —finalizo a pesar de que me haya pedido que guarde silencio.

—Por supuesto que necesitas más —concede con chulería—. Y yo voy a dártelo.

Mi cuerpo vibra de anhelo cuando me la mete solo un poco. Apenas la punta. Intento rotar las caderas para ir en su busca, pero me sujeta la cintura con firmeza para impedirme que me mueva.

—Las manos sobre el cristal, Blue —murmura mientras me libera del agarre, se deshace de mi camiseta y me despoja del sujetador—.

Así, perfecta. Desnuda y mía. —Embiste un poco más, recompensándome por portarme bien y por seguir sus normas, las que él marca y yo me limito a seguir—.

Y recuerda que solo puedes gritar mi nombre.

Observo mi reflejo en el cristal y me devuelve la imagen de una mujer que no parezco yo.

Estoy excitada, tengo la frente perlada de sudor y varios mechones de pelo se me pegan a la misma y, aun así, me siento más libre que nunca, más irreverente, más yo y menos la chica que piensa en todos los demás antes que en ella.

La que se deja manejar por el chico…, por el chico del que…

Por Aaron.

—Joder —murmuro cuando de una sola acometida me llena por completo.

—¿Y ahora? ¿Qué se supone que debo hacer ahora?

Su reflejo es el de un puto adonis. Su semblante es fiero y rígido y su sonrisa es la propia de alguien que sabe que tiene el control de la situación y se siente encantado con ello. Y no me importa en absoluto que sea de esa forma, no me importa para nada cedérselo a él.

—Moverte —le propongo y lo hago con fingida inocencia. Tanta que él sabe que no es más que una careta, una fachada.

—Sí, eso me dice tu cuerpo. —Se acerca y me muerde la oreja—. Tu coño empapado. Toda tú.

Porque me lee. Porque me comprende. Porque me conoce.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral cuando pasea el dedo índice por ella.

—Aaron… —suplico una vez más. Dos si fuese necesario. No me importaría llegar a una tercera.

Sin embargo, como si entendiese mi ruego y supiese que estoy al límite, comienza a embestir. Intento sujetarle los brazos, y él se aparta de inmediato saliendo de mí.

—De eso nada —contrataca—. Las manos en el cristal y las piernas abiertas o pararé.

Jadeo porque sé que es más que capaz de cumplir su amenaza. Sigo su orden al pie de la letra y observo a la gente que hay fuera.

—¿Y si nos ven? —pregunto—. ¿Y si alguien se da cuenta de lo que estamos haciendo aquí?

Aaron deja escapar una risa ronca que me eriza el vello de la nuca, de la espalda, de los muslos.

—Entonces será una suerte, porque verán lo que te estoy haciendo sabiendo que nunca podrán tenerte como te tengo yo.

—Joder —gimo al pensar que pueda ser cierto, que nos vean desde la calle, que vean cómo me folla a su antojo. Cómo imploro por más, cómo grito su nombre cuando me corra tal y como me ha pedido.

—Te gusta eso, ¿verdad? Te gusta que todos sepan que eres mía, que es mi polla la que quieres dentro, ¿a que sí?

Me coloca sus dedos alrededor del cuello y aprieta a la vez que me penetra con una intensidad abrumadora. Dejo escapar un gemido, mezcla de esa posesión a la que me somete y de esa seguridad abrumadora que posee. Es el capitán, el capitán de todo. De mí misma.

Sigue apretándome el cuello y también la cintura. Observo en el reflejo cómo su mirada está clavada en la mía, estudiando mis gestos, analizando lo que me gusta, lo que me da placer, sometiéndome y disfrutando de ello.

—Sí, me gusta —aclaro sin ponerlo en duda ni por un segundo.

—¿Y esto? ¿Te gusta esto?

Me embiste hasta el fondo, y esa mano que apretaba desciende hasta situarse en mi clítoris y la mueve sobre él.

—Sí, joder, claro que me gusta.

—¿Y esto? —pregunta rotando las caderas sin dejar de estimularme con el dedo.

Estoy sobrepasada de estímulos. Siento la piel ardiendo, las mejillas encendidas, el sudor resbalándome por la espalda y el pecho henchido.

—Creo que… —Ni siquiera puedo articular una sola palabra—. No puedo… —Qué patética soy.

—Sí que puedes y lo harás, con mi nombre saliendo de esa boca de escándalo.

Abro los ojos y simplemente me dejo llevar. No necesito mucho más para llegar al orgasmo. Me sacude casi sin previo aviso y sí, es su nombre el que grito. No podía ser el de otra persona porque solo hay cabida para él y solo él.

—¡Aaron!

Encuentro su sonrisa reflejada en el cristal y me dejo llevar. Hasta que siento que saca la polla, me empuja por los hombros y me pide que me ponga de rodillas. Lo hago sin dudar.

Se coloca la mano alrededor de la polla y se masturba a la vez que posa el pulgar en mis labios.

—Chúpalo.

Me acerco con la intención de hacer lo que me pide y tragármela por completo. Aaron da un paso atrás, vuelve a poner el pulgar entre mis labios y repite su orden.

—Chúpame el dedo como si fuese mi polla.

Lo hago mientras observo cómo se la toca frente a mis ojos. Sé que su orgasmo está cerca por los espasmos en el abdomen, por la rigidez en las piernas o por lo tirante que tiene los muslos.

El primer chorro me salpica en el pecho, el segundo me empapa las tetas y el tercero me cae sobre los muslos.

Sonrío con el pulgar aún entre mis labios. Aaron también lo hace.

—¿Todo bien por ahí arriba? —le pregunto provocándolo.

Su sonrisa se ensancha y niega. Me pongo rígida porque no entiendo a lo que se refiere.

Ese mismo pulgar que segundos antes estaba en mi boca se pasea por mi pecho y luego esparce parte de su semen por mis labios.

—Ahora sí. Ahora sí que está todo bien por ahí abajo.

Es oficial, sexta norma: tened cuidado porque, cuando menos os lo esperáis, el alumno supera al profesor.