CAPÍTULO 44
Indescriptible
Aaron
—T engo una cosa para ti —le explico a Juniper una vez cruza el umbral de la puerta de mi casa. Lo prometido es deuda y le dije que esta noche podríamos ver una peli en mi tele, que, según ella, es gigante.
También me preguntó en el coche, mientras veníamos de camino, si podía lavarse el pelo con mis jabones caros, y Blue soltó una risilla de suficiencia. Es malvada. Malvada y maravillosa, joder.
—¿Una sorpresa? ¿Una sorpresa? —insiste por segunda vez como si la primera no hubiese sido suficiente.
Blue avanza hasta llegar al salón, se descalza y toma asiento en el sofá, colocando una pierna bajo su muslo y dejando la otra extendida al frente. Me gusta que se sienta como en casa aquí conmigo.
—Exacto. Tienes que esperar con mamá en lo que yo voy a buscarla —recito mientras me pierdo por el pasillo en dirección a mi habitación.
Escucho cómo ellas siguen hablando y cómo Blue le pide que no sea ansiosa, cosa que es evidente que no va a suceder.
La encuentro sobre la cama porque allí la dejé preparada y regreso sobre mis pasos con ella escondida tras la espalda. Juniper comienza a dar pequeños saltitos en el mismo sitio a la vez que los acompasa con palmadas.
—¿Qué es? ¿Qué es? ¿Qué es? —repite de forma constante.
—Bienvenido a mi mundo —arguye Blue, que se ha colocado de lado y también apoya la mejilla sobre el puño. Nos observa con atención.
—Encantado. —Hago una reverencia, y Juniper aprovecha para rodearme e intentar quitarme el regalo.
—Juniper, ¿qué hemos hablado sobre tener paciencia?
Ella se alza de hombros dando a entender que las normas y el decoro le importan tres pepinos.
—Que es importante tener paciencia. —Blue asiente satisfecha—. Excepto cuando hay regalos, entonces no. —Juniper amplía su sonrisa y por ella se le ve esa paleta que ya ha empezado a aparecer. Hasta hace poco, solo tenía un hueco.
—No puedo culparla de que sea como su madre.
Su madre ladea la cabeza y sonríe de nuevo. Su pelo, rebelde como su dueña, le cae sobre el hombro y se le queda apoyado sobre el pecho. ¿Me he quedado embobado observándola? Ni siquiera sé por qué me sorprende. A ti tampoco debería.
—Aaron. —Se impacienta y comienza a dar pequeños pisotones frente a mí.
No lo demoro más, extiendo el pequeño paquete que he envuelto —o lo he intentado—, y Juniper lo sujeta con decisión. Ni siquiera me ha dejado pronunciar palabra alguna y ya ha arrancado el papel y lo ha tirado a su lado.
Blue suelta una carcajada.
—Bienvenida a mi mundo —repite como una autómata.
—¿Qué es esto? —me pregunta Juniper con la caja entre los dedos.
Me dejo caer al suelo y extiendo las piernas cuan largas son.
Blue se levanta y se sitúa a mi derecha, con las suyas dobladas y los talones apoyados en el culo.
Se me va la vista hasta esa zona una vez más, porque sí, ha decidido que es un buen día para volver a ponerse esos pantaloncitos, y yo he decidido que es una noche increíble para volver a arrancárselos.
No, no he dejado de pensar en eso.
Carraspeo y el brillo malicioso en el gesto de Blue me da una pista de que sabe hacia dónde se han dirigido mis pensamientos.
—Es una caja de logros —explico.
Juniper la mueve y revisa cada cara de la caja.
Es rectangular, no muy grande, del tamaño justo para que le quepa entre las manos sin que tenga que forzar los dedos. También me he asegurado de que no pese mucho y que tampoco parezca que está a punto de romperse. El cierre es imantado y hace un clic suave cuando lo prueba.
En la tapa está su nombre escrito con letras de distintos tamaños, mayúsculas, minúsculas y de diferentes colores. Ninguna se parece demasiado a la otra, pero juntas encajan. No hay florituras, ni letras raras que se retuerzan. Es fácil de leer. Incluso de lejos, porque esa era la intención.
Pasa el pulgar por la J y sigue cada línea con el dedo.
—Es bonita —dictamina.
Por dentro, el fondo es claro, liso, sin dibujos que distraigan.
Varias tarjetas gruesas descansan en un lado, cada una con un dibujo grande en la parte superior: una estrella torcida, una taza humeante, un rayo, una bici…
Abajo, frases cortas, pocas palabras, mucho espacio en blanco.
Espacio para escribir. Espacio para ella.
En el otro compartimento hay fichas de colores, pequeñas, redondas, como las de un juego de mesa. Juniper las hace tintinear al mover la caja y sonríe cuando emite el sonido.
—¿Y esto? —pregunta, sacando una amarilla.
—Eso también cuenta —le digo—. No todo hay que escribirlo.
Blue se inclina un poco hacia adelante, llena de curiosidad. Veo cómo entiende algo sin que nadie lo diga. No pregunta, solo observa.
La pequeña vuelve a meterlo todo dentro con cuidado, como si la caja ya tuviera normas propias, y la apoya sobre sus piernas.
—Entonces… —Alza la vista—. ¿Para qué sirve esta caja?
Sonrío.
—Es una caja donde puedes guardar todos tus logros, los pequeños pasos que has ido dando y en los que quizá no has reparado. Por ejemplo…
Tomo un trozo de papel, cojo un lápiz de color rosa con purpurina, lo apoyo en el suelo y escribo con letra legible. Cuando he terminado lo extiendo y se lo entrego. Blue se inclina hacia adelante para leerlo ella también.
—Hoy —titubea y lee despacio—. Hoy —repite y se queda pensativa.
Pasan varios segundos. Muchos segundos en los que no abrimos la boca, porque hay que dejarle su espacio, darle su tiempo, no presionarla ni señalar lo mucho que tarda en leer o si le cuesta hacerlo—.
¿Es una b? —Asiento y coloco el dedo sobre otra palabra para ayudarla a centrar la atención en ella y que no pierda el hilo—.
Hoy has po… —vacila de nuevo. Blue clava la mirada en mí y veo en ella el rastro de la preocupación.
Es normal, lo entiendo, pero todo va a salir bien.
Sé que Blue no es muy amiga de ese tipo de frases.
Yo sí. Porque confío, porque soy positivo, porque voy a estar aquí para que ellas, las dos, se apoyen en mí y no se sientan solas.
Nunca más—. Hoy… has… po… pudio … con la… d.
Blue interviene.
—¿La qué?
—La… b.
—Hoy has podido con la b —repito yo y señalo el resto. Juniper baja la vista, sé que lucha contra esa parte que quiere rendirse—. Queda lo mejor de todo. —Y eso la motiva a continuar.
— Etoy … Es… est… estoy…
—Muy bien. —Le revuelvo el pelo.
—Es… toy… orgu… lloso. Estoy or… orgu… orgullo… orgullo… orgulloso.
—¿Lo ves? Esta caja es para que nunca jamás se te olviden las cosas buenas. Para recordarte que puedes, que siempre siempre vas a poder porque eres una villana principesca, y esa clase de chicas puede con todo lo que se le ponga por delante —sentencio lleno de convicción.
Noto la caricia sin siquiera haberla esperado. Es Blue, su mano se sitúa sobre la mía, que está en el suelo. La recorre despacio, con ligereza, como si quisiera quedarse allí para siempre. El pecho se me calienta y algo dentro de mí se relaja y se estremece al mismo tiempo.
Juniper inclina la cabeza, concentrada en la caja, en la nota que acaba de leer, en mis palabras. Los hombros le tiemblan un poco y sé que está sonriendo. Toma otra tarjeta en blanco y la frota entre los dedos con extrema lentitud, midiendo cada trazo que va a poner.
—¿Yo también puedo escribir algo? —pregunta con cierta timidez.
—Por supuesto. —Asiento satisfecho—. Es tu caja de logros. Puedes escribir cosas importantes, cosas que te hagan sentir bien. Ahí dentro solo puede haber cosas buenas, cosas que te hagan sonreír.
Es mi turno de inclinarme y de colocar ambos pulgares sobre la comisura de sus labios y ensancharle la sonrisa. No me cuesta demasiado porque Juniper es la niña más vivaracha que conozco.
La observo mientras cierra los ojos un momento y cuando los abre se pone manos a la obra.
Blue me mira a mí y luego a su hija. Los ojos le brillan. Por un instante todo el mundo desaparece. Veo la ternura y el orgullo mezclados con algo tan intenso que me cuesta identificar qué es. Sus labios se curvan en una sonrisa apenas contenida y un hilo de emoción hace temblar su mandíbula.
—Gracias —murmura cuando me observa una vez más.
Se inclina hacia adelante y apoya las manos en mis muslos antes de darme un beso. No un beso cualquiera, es un beso completamente nuevo. Lleno de palabras que nunca serán pronunciadas y de gestos que dicen más que cualquier otra cosa.
De cariño. De respeto. De vulnerabilidad.
Y yo se lo devuelvo de la misma forma y del todo diferente. Es un beso que encierra verdades.
«Estamos juntos en esto y en lo que quieras».
«No tienes por qué hacerlo sola».
«Te quiero».
Desvío la mirada hasta la pequeña, que se muerde la lengua mientras termina su trabajo.
«Os quiero».
—¡Ya está!
Blue se coloca a mi lado y enreda la mano en mi antebrazo a la vez que apoya la cabeza en mi hombro.
—Aaron me gusta mucho —leo en voz alta.
Juniper cabecea afirmando en varias ocasiones.
—Y es verdad. Nada de mentiras —sentencia—. Recuerda las normas —explica, y mi cabeza vuela a aquel viaje en el coche en el que les conté lo que hacía mi padre. Parece que ha pasado mucho tiempo—. Es tu turno, mamá.
Le tiende una tarjeta, y Blue la sujeta sin dudar. Coge de entre todos los lápices uno de un tono azul índigo y esconde la tarjeta en la palma de la mano.
—No vale mirar, no seáis tramposos.
Juniper se levanta y se recuesta en mi costado. Bosteza y se enreda el dedo en pequeños mechones, como hace siempre que tiene sueño y que empieza a sentirse cansada.
—Vale. Ya lo tengo. —Extiende los brazos y los aleja para que leamos la nota.
—A… A… Mmmm… mí… A mí…
—Muy bien —la animo estrechándola todavía más contra mí.
—A mí tam… tam… ¡también! —Ladea la cabeza sin entender—. ¿A ti también qué, mamá?
Blue sonríe, y yo…, yo soy un completo imbécil cuando me percato.
—A mí también me gusta Aaron.
Juniper se acurruca contra mi costado, con los dedos enredados en mi camiseta, y exhalo con ella pegada a mi cuerpo. Blue me aprieta la mano, apoyando la cabeza en mi hombro, y siento cómo el mundo se reduce a nosotros tres. A este instante.
La tarjeta queda sobre la caja, siendo testigo de lo que hemos compartido.
Blue me regala un beso suave en la mejilla, sin prisa.
Juniper, por el contrario, suspira satisfecha, confiada y tranquila, y por un segundo todo encaja.
Nosotros, aquí, juntos, en un silencio que no precisa de más porque es todo lo que necesitamos.
Es absolutamente perfecto.
Y es nuestro.