Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

El capi

Blue

¿Q uién ha monopolizado la conversación de camino a casa de los Caldwell? Imagino que podéis haceros una idea, teniendo en cuenta lo que habla mi hija.

—Muy bien, peque, luego, cuando lleguemos a casa, nos sentaremos a escribir un poco, ¿te apetece? —le pregunta Aaron.

Y antes de que digáis nada, no, no me ha pasado desapercibida la forma en la que se refiere a mi casa. O a la suya. El hecho en sí es que nos incluye a ambas en la ecuación.

—¿Podemos hacerlo en tu casa? Pintar en tu casa es genial porque es más grande que la nuestra.

—Mi hija coloca la pierna derecha detrás de la izquierda y hace exactamente lo mismo con las manos para luego mover la cintura de un lado a otro y hacerle ojitos al capitán de los Wild Warriors. Lo tiene justo donde quiere.

—Por supuesto. Mi casa es tu casa. —Aaron alza la vista y busca mi aprobación—. Siempre que mamá esté de acuerdo.

—A mamá le gusta tu casa. Cuando viajas, y le dejas tu llave, sube a revisar que todo esté en orden.

Maldita sea.

—Eso no quiere decir que le guste mi casa, sino que es una mujer responsable.

—Bueno —titubea mi hija, que no quiere darse por vencida—. Le gustas tú y tu casa. —Y con esa frase, concluyente y lapidaria, se echa a correr en dirección a la puerta de los Caldwell y nos deja a solas a los tres. Sí, sí, a los tres: a Aaron, mi bochorno y a mí.

—Espero que no te tomes en serio todo lo que suelta por la boca mi hija porque ni siquiera me gustas tanto. Solo un poco. —Muestro un pequeño espacio entre el dedo índice y pulgar para que nos entendamos—. Ese poco, para ser mucho más exactos.

Aaron extiende un brazo y me rodea por la cintura, ahí, frente a todos, sin dudar, sin ponerse colorado, sin importarle nada que no seamos nosotros.

Nada que no sea yo.

—No me molesta —niega en repetidas ocasiones y me quedo embobada por la forma en la que esos mechones rebeldes se mueven con total libertad—. A mí me gustas mucho mucho muchísimo. Eso compensa con creces.

No puedo evitar que una sonrisilla se me dibuje en el rostro. ¿Por qué siempre tiene que decir este tipo de cosas? ¿Por qué tiene que ser tan buen chico? Tan atento, cariñoso y cercano. ¿Por qué me lo pone cada día más complicado?

—Tienes respuesta para todo.

Aaron asiente sin dudar.

—Tengo la respuesta perfecta —me contradice y a su vez me da la razón—. Vamos, antes de que te bese a mi antojo y empiece a gustarte cada vez más y más y no puedas esconderlo. —Me guiña un ojo y avanza lleno de confianza por el camino que lleva hasta la vivienda de los padres de Diddy.

Yo me quedo allí plantada unos segundos de más, recuperándome de su descaro y de lo mucho que me gusta ese chico y todas sus versiones, hasta las más vulnerables. Sobre todo, las más vulnerables.

—¿Vienes o piensas seguir mirándome el culo? —pregunta sin siquiera girarse.

Refunfuño, porque no tiene remedio.

—Te estás buscando esa mordida, pillín.

Aaron se gira y se lleva los dedos a los labios. Labios, que, por cierto, me resultan tan apetecibles…

—¿Estás hablando con mi culo?

Me acerco hasta donde está y me sitúo a su altura.

—A él le gusta, es un buen chico, como el dueño. No habla a menos que se lo pidan. Es educado.

—¿Educado? —inquiere sin perder el buen humor—. Es un culo.

Llevo mis dedos hasta él y lo pellizco.

—Podría ponerle nombre. Ya sabes… El capi —suelto de primeras.

Aaron alza una ceja, tan impactado como yo por el cariz que está tomando la conversación.

—¿El capi? —repite, divertido—. Suena a que manda más que yo.

Su mano ha vuelto a buscar mi cintura y no contento con eso, me estrecha de nuevo entre sus brazos.

—No te equivoques —replico—. También acepta diminutivos. El Capitán Glúteo cuando se pone serio, el Sargento Melocotón los domingos y… —Hago una pausa dramática—. el Almirante Cachete cuando camina así, creyéndose irresistible.

Aaron suelta una carcajada que le sacude los hombros.

—Esto se nos está escapando de control.

—¿Estás seguro? —insisto—. Porque aún no he terminado. Está el Señor Pompis, el Duque del Vaivén, Don Cachete Primero de su Nombre —enumero.

—Para —me pide riéndose—. Vas a conseguir que le pida un autógrafo.

—Oh, créeme —añado, inclinándome para susurrarle—, tiene club de fans. Y soy la presidenta. Estoy barajando preparar carteles en su honor y abrirle una cuenta de Instagram para darle el lugar que se merece —bromeo.

Aaron niega con la cabeza, rendido, y vuelve a echar a andar llevándome consigo.

—Venga, presidenta —me provoca—, antes de que le pongas corona y tengamos que presentarlo oficialmente en la cena.

Lo sigo sin pensarlo, sonriendo como una tonta, porque hay conversaciones que no deberían tener sentido y, aun así, lo tienen todo.

—Estoy segura de que Maddie no está en contra de poner un cubierto más. Sobre todo, si es para él.

—¿Vas a dejarlo ya? —me pregunta empujando su cadera contra la mía.

—En la alineación, ¿Donahue lo tiene en cuenta?

Es más… —En esta ocasión soy yo la que se lleva los dedos a los labios y los golpeo con ellos—.

Asher se ha adueñado de un número que no le corresponde, el ochenta y ocho le viene genial al Sargento Melocotón —explico—.

Y tengo argumentos de peso que me respaldan en mi…

Aaron me besa. Acalla mis argumentos, mis palabras, mis desvaríos y mi cordura o la escasez de ella, según se vea, con sus labios y, ¡oh, Dios mío!, no sabía que me apetecía tanto un beso hasta que me lo ha dado.

—¿Es una forma de distraerme?

—¿Funciona?

—Espera, no lo tengo del todo claro.

Tiro de su chaqueta de cuero y acerco su cuerpo al mío una vez más hasta que nuestras respiraciones se entremezclan, nuestras lenguas se encuentran y el mundo se reduce a ese punto exacto en el que su boca reclama la mía sin pedir permiso.

Y, aunque lo hiciese, estoy más que convencida de que se lo daría sin dudar.

El beso nace lento solo para engañarnos, porque enseguida se vuelve profundo, cargado de una intención que me recorre la piel en forma de descarga.

Aaron me sostiene por la cintura, firme, como si temiera que pudiese escaparme, y yo le respondo aferrándome a su chaqueta, a él, a la forma en que su presencia lo llena todo.

Su lengua roza la mía con una seguridad que estremece, que promete sin decir nada, y mi respiración se quiebra contra sus labios.

Hay calor, hay urgencia contenida, hay una chispa que prende y no se apaga.

Me besa con la familiaridad de quien me conoce desde siempre y, al mismo tiempo, con el asombro de quien acaba de descubrirme.

Con la determinación de memorizar cada gesto, cada reacción.

Ajeno a padres, a cenas y a caminos que recorrer, porque solo existe este instante suspendido en el que mi corazón late desbocado y mis piernas amenazan con ceder.

Cuando se separa apenas un centímetro, su frente descansa contra la mía.

—Ahora sí —murmura—. Creo que ya has ganado la discusión.

Sonrío sin aire en los pulmones, todavía temblando.

—No —le contesto—. Eso sí, acabas de empezar otra.

Y tiro de nuevo de su chaqueta buscando ese contacto que me sabe a poco.

—¿Ves? Por eso le gustas a mamá, porque ella nunca besa a ningún chico. Ahí tienes la prueba —resuelve mi hija con toda la intención del mundo.

—¡Juniper! —grito avergonzada.

—¿Qué? No lo ha visto nadie. Salvo Maddie, Carson, la tía Cassie, Ash y el tío Noah.

—Yo también os he visto comeros los morros —suelta Xavier, que está apoyado en el marco de la puerta de la entrada, mientras que el resto nos observa desde la escalera del porche.

«Tierra, trágame».

—Ha sido un buen beso —sentencia Noah—. Los de Gillian son mejores, pero os daré un notable.

—¿Un notable? —cuestiona Aaron, que, lejos de estar abochornado como lo estoy yo, parece más que satisfecho y se regodea en que nos hayan pillado.

Le pellizco el costado porque es lo primero que encuentro. Ni se inmuta.

—¿Eres de piedra o qué? —indago señalando esa parte que le tiene que doler, no he sido precisamente cuidadosa.

Aaron ladea la cabeza y le da la espalda a la familia al completo. Me observa con fijeza.

«Aaron, trágame».

—Tal vez luego puedo explicarte lo que tengo duro como una piedra.

Y con las manos en los bolsillos, una actitud del todo despreocupada y acompañado de algún que otro silbido, avanza hasta que se acerca a todos y reparte besos y abrazos, mientras que yo me quedo allí plantada, recuperándome del shock .

¿En qué momento hemos cambiado los papeles? Es para una amiga.