Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Y para mí no tengo

Blue

—N adie dice que hayas perdido a tu mujer por no amarla, la has perdido porque dejaste de demostrarle que la elegías.

Si quería meterse en la boca del lobo, solo tenía que pedirlo.

Caleb se queda perplejo porque creo que se esperaba cualquier cosa excepto esto.

—No me mires así, ¿vale? Tú has sido el que me ha pedido sinceridad.

—Ya, ya —sentencia él—, solo que no esperaba tanta. —Aparta la vista de mí y busca consuelo en Aaron. ¿En serio?—. El problema es el hockey , el cansancio, la escasez de tiempo…

Ya, ya, claro. El problema es cualquier cosa menos la raíz propia del problema. Eso también suele pasar, es lo típico: buscar excusas y justificaciones sin enfrentarse del todo al problema.

Sí, ya me conozco esa parte de la historia y se repite más de lo que pensamos.

Chasqueo la lengua con desaprobación y eso hace que deje de hablar y se centra de nuevo en mí. Aaron me guiña el ojo como si no le importase que le vaya a dar a su amigo una dosis de honestidad. Y, ojo, que él la ha pedido, ¿no? Intentaré portarme bien.

O todo lo bien que se puede.

—El problema es el silencio cómodo, Caleb —corto y asevero—. Tu mujer no se fue porque le fallases un día, créeme, se fue porque le fallaste un poco cada día y lo que era un grano de arena se convirtió en una montaña enorme y difícil de escalar —concluyo.

Caleb abre la boca y no lo hace sorprendido, sino espantado. En su semblante se dibuja una mueca de horror y sé a ciencia cierta que es por mi culpa.

—No… no lo había visto de esa forma.

Busca consuelo en Aaron, que está sentado a su lado y que tiene toda su atención puesta en mi hija. No sé si está buscando su aprobación o alivio. O una vía de escape para huir de aquí tras lo que le acabo de soltar. O todo a la vez, ¿quién sabe?

—Escucha, Caleb, ni siquiera nos conocemos, ¿vale?

No tendría por qué estar soltándote este tipo de cosas y puedes pedirme que me calle, porque es tu vida, es tu relación y son tus decisiones.

Yo solo soy una mera espectadora. Ahora bien, si de verdad quieres un consejo, el de alguien a la que también han abandonado —susurro porque no quiero que Juniper sea consciente de mis palabras, ella no tiene por qué verme de esa forma.

Quizá algún día le explique lo que sucedió, cómo de doloroso fue todo y lo tremendamente sola que me sentí, pero ese día no es hoy.

Ni mañana. Tampoco lo será pasado. En este instante, solo quiero que sea feliz y que tenga una infancia que recuerde con cariño, una que yo no tuve.

Trago con fuerza porque es difícil de digerir, todo lo es—, no busques excusas ni justificaciones.

Si de verdad la quieres tanto como dices, deja de regodearte en la miseria y actúa.

—Ya lo había decidido —suelta y sus palabras, por un instante, me dejan confusa—.

Ash, Aaron y yo lo hemos hablado, Blue, y sé que las palabras se las lleva el viento.

Sé que es mi culpa y asumo todas las consecuencias.

Sé que no hice lo suficiente por estar y que Jackie tiene toda la razón al haberme dejado.

No estaba cuando llegué —repite como un mantra a pesar de que eso ya me lo había contado.

La bebida que le preparé sigue frente a él sin tocar, fría, como sus emociones, como las mías ante lo que me explica—.

Y sé que me quiere, Blue, lo sé, lo siento aquí.

—Se lleva la mano al pecho—. Y también sé que no me la merezco.

Por eso no he hecho nada, no he ido a buscarla.

Porque tengo miedo de que sea del todo definitivo.

Porque si la veo y no me perdona, si no me habla, sé que será el fin y no puedo enfrentarme a eso.

No estoy listo. No lo estoy —repite e insiste.

Me creo todas y cada una de sus palabras, no solo por la desesperación que transmite cuando las verbaliza y les da voz, sino por lo roto que se siente. La postura, su semblante, el tono, las arrugas de la frente, el color de la piel. Es sincero.

—No te voy a decir que todo va a salir bien.

—Sé que Aaron me observa cuando suelto estas palabras porque son las que ha pronunciado él con anterioridad.

Desvío la mirada, y él asiente, no se enfada, no discrepa, me deja ser yo con todas las de la ley.

Le sonrío, y él me devuelve el gesto—. No te puedo engañar y tampoco creo que tengas que hacerlo, eres mayorcito.

—Le palmeo la mano que está sobre la barra—.

Mi consejo es que no la busques hasta que sientas que eres digno de ese amor, de su amor.

Y si Jackie regresa, si Jackie te elige, será porque reconoce ese cambio en ti, esa promesa de futuro y no porque te deba nada o porque tú se lo debas a ella.

»No entregues migajas porque eso ya lo ha tenido.

En el amor es todo o nada. No hay término medio.

Y sí, dolerá, y sí, te equivocarás, y sí, el miedo se colará entre tus decisiones, pero todo eso, cada caída, cada arrepentimiento, cada segundo de incertidumbre se convertirán en un precio pequeño cuando es por amor.

Porque amar de verdad es lanzarse al vacío con los ojos abiertos, es dar segundas oportunidades, aunque tiemble el corazón, es aprender de los errores y comprender que nada de lo vivido se desperdicia si al final el corazón elige con fuerza y autenticidad a quien realmente importa.

Caleb no aparta la vista de mí como si mi reflexión le hubiese pillado con los pantalones bajados.

—¿Qué? Yo también tengo sentimientos, no soy un témpano de hielo.

Aaron se incorpora y se coloca justo frente a mí. Extiende una mano y me acaricia la mejilla. Me sorprendo ladeando la cabeza para intensificar mucho más el contacto, para buscar su piel, para que la mía se regodee en lo bien que sienta cuando me toca.

—Eres perfecta, Blue —sentencia frente a su mejor amigo, a mi hija, que sonríe con suficiencia. A todos los que estén dispuestos a observar la escena e interpretarla a su antojo.

A Prescott Maddox, que acaba de cruzar la puerta de la cafetería y observa la escena con repulsión.

Y, a pesar de ello, me regodeo en las sensaciones y me maravillo con ellas porque quizá sea una insensata por hacerlo o esté cometiendo el error de mi vida.

No obstante, también me siento vulnerable y también necesito de ese contacto. Del suyo, para ser más específicos.

—Gracias por ser así de honesta conmigo —carraspea Caleb tendiéndome la bebida que ha quedado ahí sin probar—. De veras que agradezco que me hayas abierto los ojos.

—Vaya, gracias. —Aaron retira la mirada antes de que mi hija le tire de nuevo de la sudadera y él le sonría con calidez.

Estoy oficialmente pillada por este chico, ¿vale? ¿Contentas?

—No es eso, no te lo tomes a la tremenda —razona Caleb, y Aaron niega en repetidas ocasiones.

—Solo estaba tomándote el pelo. Está más que claro que Blue ha explicado todo mucho mejor. Sobre todo, porque ella sabe lo que es perder.

Sí, lo sé. No le he contado esa historia, no le he hablado de Derek y, aunque él tampoco ha preguntado, es bastante consciente de mis circunstancias y de mi situación. Y la respeta. Y no solo eso, me da a valer, cosa que nunca nadie ha hecho por mí.

No es solo la caricia, es la forma en la que siempre me impulsa, la manera en la que me da mi lugar, haciéndome sentir que de verdad merezco esa corona de la que habla cuando me llama reina. Orgulloso de mí. De cada paso. De cada decisión y de cada error enmendado.

—Bueno, dicho esto, no doy consejos de forma gratuita, así que lo añadiré a tu lista.

—¿Mi lista? —inquiere Caleb sin entender nada. Aaron, por el contrario, suelta una sonora carcajada porque sabe que estoy bromeando—. ¿Qué lista?

—La lista de consejos que nadie me ha pedido y que yo te he dado y por la que cobro.

—Yo tengo una lista de esas —sentencia Aaron.

El comentario va dirigido a su mejor amigo y, sin embargo, su mirada no se aparta de la mía cuando lo verbaliza en voz alta.

—Una lista muy muy larga —añado para que quede constancia—. Larguísima, de hecho —bromeo y la doble intención es evidente.

Aaron me guiña un ojo, y Caleb frunce el ceño.

—¿Estáis haciendo bromas sexuales?, ¿en serio?

—Mamá, ¿qué son bromas sexuales? —pregunta Juniper incorporándose y dejando caer más colores sobre la barra.

Si las miradas matasen, Caleb sería una mancha en el suelo.

—Son comentarios tontos que hacen los adultos y que provocan que mamá tenga ganas de empujar a alguien dentro de un volcán. Un volcán imaginario —respondo con dulzura para evitar la conversación incómoda.

—¡Qué divertido! ¿Crees que se quemarán el culo? —responde Juniper con una sonrisa torcida.

—Por supuesto que se quemarán el culo. ¿A que sí, Caleb?

—El culo y la lengua —responde él entendiendo a lo que me refiero y no es otra cosa que, si sigue por ese camino, el volcán dejará de ser imaginario para convertirse en real.

—Mamá es muy divertida, Caleb. Siempre suelta frases ingeniosas. De mayor quiero ser como ella. Quiero ser la chica más ingeniosa que existe y quiero que me gusten los chicos, porque a mamá no le gustan. Salvo Aaron —repite y vuelve a hacerlo en ese tono que de secreto no tiene nada.

—Ah, ¿sí? —pregunta el capitán de los Wild Warriors sonriente—. Vaya, qué información más interesante.

Apoyo el peso del torso sobre la barra y le pongo la mano sobre la mesa.

—¿Qué te ha dicho mamá sobre los secretos?

—Que los secretos son como las patatas fritas —responde Juniper inclinándose sobre la barra también.

Tengo que enseñarle lo que significa mantener el pico cerrado y no dejar a su madre en evidencia—, si intentas guardarlas todas, acabas con las manos pegajosas y con mucha hambre por no habértelas comido.

No es eso lo que tenía en mente.

—No me refiero a eso, Juniper —intervengo, intentando cortar un poco la locura—. Me refiero a que hay cosas que no se dicen a todo el mundo.

—Ah, ya entiendo —añade con una sonrisa torcida, sujetando de nuevo los lápices de colores.

Por lo que veo, han dejado de lado al dinosaurio y están en proceso de creación de un oso.

O lo que parece un oso—. Como cuando prometes que vas a hacer dieta, y luego te comes el chocolate a escondidas y finges que no has sido tú, sino la tía Cassie.

¿Qué?

—¡No! —Le sonrío entre divertida y estupefacta por su ejemplo—. No me refiero a eso y no me como el chocolate a escondidas y culpo a Diddy.

—Sí que lo haces. —Me señala con su minúsculo dedo y mucho me temo que la que se quiere tirar por el volcán soy yo—. Mamá, claro que sí. No digas mentiras porque te va a crecer la nariz.

—Sí —apuesta Aaron, que se pone de su lado—. Es evidente que te va a crecer la nariz.

—¿De qué lado estás tú? —lo increpo.

—Del de ella. Porque me va a contar todos esos secretos sobre lo mucho que te gusto.

Juniper, para mi bochorno, asiente con efusividad. Me juego lo que sea a que está disfrutando de esto sin saber en realidad lo vergonzoso del asunto.

—Mucho mucho —le explica—. Ve tus partidos en casa, te busca en el estadio y habla con la tía Cassie sobre ti —le explica y no solo eso, se regodea.

Encima todos la observamos entre encantados y maravillados porque lo suelta con tanta naturalidad que me dan ganas de comérmela de un bocado. En el buen sentido, claro.

—Señorita. —Alzo un dedo y la señalo con él—. No vas a tener postre en una semana.

Juniper, lejos de lo que podáis pensar, aplaude encantada.

—¡Bien! —grita una vez más—. Porque mamá cocina de pena.

He creado a un monstruo. Y no puedo sentirme más orgullosa de ello de lo que me siento.