CAPÍTULO 40
Consejos vendo…
Blue
T res días. Tres días han pasado desde que Aaron y yo…, en fin, ya sabéis a lo que me refiero. Tres días en los que ninguno de los dos ha hecho mención alguna a ese acto en sí ni tampoco hemos intentado repetir, y no será por falta de ganas, al menos, en mi caso.
Tres días en los que ha venido a cenar cada noche a casa, en los que le ha leído a Juniper e, incluso, ellos dos han armado un puzle gigante en el salón mientras Asher me daba indicaciones para mejorar mi sopa.
Sí, he tenido que admitir, no sin cierta reticencia, que da asco absoluto.
Debo reconocer que los consejos de ese chico han funcionado.
¿Quién lo iba a decir? Bueno en la pista, bueno para mi amiga y buen cocinero.
Esto mejor no se lo contéis porque ya sabemos cómo de grande es su ego…
Observo a mi hija, que está sentada en una de las mesas de la cafetería del Truenorth Ice Dome con un cuaderno para pintar frente a ella.
Ha desperdigado por la mesa varios lápices de colores y, a su derecha, tiene un libro, el que le regaló Aaron y que se ha convertido en su favorito, el de esa villana principesca con la que mi hija sueña cada día. Estamos en esa fase, sí.
Poco a poco la cafetería se ha ido llenando, síntoma de que el entrenamiento ha terminado y de que todos los jugadores se han ido directos al vestuario y a las duchas.
Aparto la mirada del cristal desde el que se observa la pista y también aparto ese pensamiento sobre duchas y colarme en ellas.
Porque sí, Aaron tenía razón, lo hice porque sabía que dentro estaría él.
Y me apetecía muchísimo. Lo de que soy una chica mala ha quedado claro, ¿verdad?
—Hola. —El chico que se sienta frente a mí no es otro que Caleb Wright, el primer defensa y asistente del capitán.
Y uno de los mejores amigos de dicho capitán para ser más precisos.
He hecho bien los deberes, no sabéis la de cosas que se cuentan en las noticias, algunas mentiras y otras tantas verdades.
Lleva la sudadera del equipo, aunque va vestido de manera informal.
—Hola, Caleb, ¿qué te pongo?
Intuyo que ese alzamiento de cejas se debe a mi efusividad. No sé por qué, pero este chico me cae bien.
En realidad, todos los chicos del equipo con los que he hablado, bien porque se hayan pasado a beber algo, a saludar o simplemente hayan tomado asiento en algunas mesas a compartir bromas entre ellos, me han parecido bastante majos.
Incluso Asher, que ya sabemos la reputación que tiene y, al final, no es del todo real.
Ya se lo dije a Diddy en su día, no hay que creerse todo lo que se rumorea por ahí.
—¿Es muy tarde para pedir algo con café? —cuestiona extendiendo los brazos frente a mí.
Los tiene tatuados, no como los de Ash, que no hay un solo centímetro de piel que no esté cubierto de tinta, pero sí que tiene algunas líneas y tribales.
—Nunca es tarde para el café. Ni pronto para el alcohol.
—Le guiño un ojo y me pongo manos a la obra.
No me ha pedido nada en concreto, aun así, lo tengo claro al instante.
Trabajar en hostelería tiene esa ventaja, eres consciente de lo que nunca falla en cuanto a sabores se refiere—.
Y, dime, ¿qué tal el entrenamiento de hoy?
—Bien. Donahue es un hueso duro de roer —explica, eso sí, lo hace con cariño y con respeto. Asher y Aaron siempre hablan maravillas de él.
Caliento el café y la leche junto con un poco de leche evaporada y comienzo a darle forma a la bebida. Busco varios granos de café enteros para decorar y ralladura de limón.
Cuando poso la bebida frente a él, Caleb abre los ojos, sorprendido.
—Tiene buena pinta —sentencia.
—¿Acaso lo dudabas? —Me llevo una mano al pecho y me hago la ofendida—. Hieres mi corazón.
—Yo… —titubea—. Lo…
—Te estaba tomando el pelo —corto antes de que se le suban los colores.
—Aaron siempre me ha dicho que eres de lo más intensa —me explica y aparta la mirada cuando se percata de lo que acaba de soltar y de las implicaciones que tiene.
—Ah, ¿sí? Conque habéis hablado de mí, ¿eh? —recito como una damisela en apuros, todo ficción, vaya—. ¿Y qué más dice de mí el capitán de los Wild Warriors?
Caleb duda unos instantes y no sabe si se ha metido en la boca del lobo y, por encima de todo, cómo escapar de ella.
—No deberías ir aireando mis secretos, Cal, los amigos no hacen esa clase de cosas.
Y así es como se me corta la respiración y como, de paso, me quedo sin información.
—Ya casi lo tenía. —Apunto a Caleb y le sonrío condescendiente.
—Asher tiene razón. —Me señala.
—¿Se puede saber por qué todos hablan de mí a mis espaldas? —inquiero.
No estoy nada ofendida, a ver, todos sabemos, con noticias o sin ellas, que estos tres chicos son buenos amigos y es normal que compartan confidencias porque yo también lo hago.
—No hay nada que tengas que saber —agrega Caleb y la mentira flota en el aire.
—Ah, ¿no? —Le quito la bebida y la guardo bajo la barra—. Repite eso de nuevo, jovencito —lo reprendo sin perder el buen humor.
Aaron y yo cruzamos una mirada y por un instante me enfado por ser del todo incapaz de leer lo que esconde bajo esos ojos azules como el cielo. No como el hielo, porque los suyos no son fríos ni distantes, son limpios y cercanos. Etéreos y afables.
Preciosos.
—No deberías jugar con ella, es una chica de armas tomar —indica Aaron.
Ha tomado asiento al lado de Caleb y le palmea la espalda con esa cercanía propia de dos personas que comparten más que trabajo. Le sonrío porque me gusta esa camaradería que existe entre ellos. Entre todos.
—No creas todo lo que se cuenta por ahí —recito en voz alta, y Aaron aparta la vista de su amigo para clavarla en mí—. En el fondo, todos mostramos una parte minúscula de lo que somos y tendemos a esconder lo que realmente nos hace mostrarnos humanos y vulnerables.
Aaron me observa unos segundos que se convierten en mucho tiempo.
Es maravilloso cómo me pierdo en sus ojos y cómo mi cabeza piensa en cosas que quizá no debería estar siquiera considerando.
Como, por ejemplo, ¿por qué me apetece tanto besarlo?
Cuando me guiña un ojo, suspiro como una auténtica lerda.
Caleb, en cambio, exhala a su lado y baja la vista. Algo le sucede porque, de pronto, ese buen humor se esfuma. Tal vez haya metido la pata.
—Mamá, he pintado… ¡Aaron! —grita mi hija cuando lo ve y se lanza a sus brazos sin dudar.
Por un instante me quedo perpleja por su reacción, no porque me sorprenda porque es de dominio público que mi hija siente devoción absoluta por este chico, sino porque por un segundo, uno muy pequeño, me planteo cómo sería esto siempre, esta vida, en la que Aaron esté con nosotras, en la que reciba a mi hija con los brazos abiertos, como ha hecho sin siquiera pedir permiso para ello, y en cómo sería no sentirse sola cada día y en cada paso.
Luchar codo con codo con alguien que te respalde cuando crees que te fallan las fuerzas para ello.
—Hola, peque, ¿cómo te ha ido hoy? —pregunta él y nos ignora por completo cuando se arrodilla frente a mi hija.
—Bien, mamá lleva todo el día buscándote.
La he pillado mirando los entrenamientos, pero no se lo cuentes porque se enfadaría.
Se supone que no le gustan los chicos, y ¿sabes qué?
—murmura o eso cree ella porque aquí, entre tú y yo o entre tú y yo y todos los presentes, no sabe susurrar—.
Tengo la ligera sospecha de que tú sí que le gustas.
Aparto la vista en cuanto la de Aaron se alza y me busca con ella. No, no pienso reconocer eso y no pienso dejar que observe cómo de colorada me estoy poniendo, así que… los ignoro. Lo hago, a pesar de que todo mi cuerpo grita que me lance a sus brazos y lo bese de una maldita vez.
Y le pellizque el culazo que le marcan esos pantalones, eso también.
—Entonces… ¿Cómo te va la vida? —Me centro en Caleb y en la pregunta tan ridícula que le acabo de formular para evitar llevar mi mirada hasta esos dos.
—Pues mejor hasta que me has quitado mi bebida —rumia él, y las comisuras de los labios se me alzan antes de devolvérsela.
—Para que digan que soy una chica mala. —Empujo el vaso y su contenido sin derramar ni una sola gota del mismo.
—Se te ha olvidado que previamente me la has robado, ¿no? —ironiza.
—Puestos a olvidar —tercio—, me temo que empezaste tú al dar cierta información para luego recular.
Caleb se encoge de hombros como si mis argumentos fuesen tan pobres como una sopa sin fideos.
Aaron y Juniper toman asiento a nuestro lado y por fin puedo estar pendiente de lo que hacen. Por lo visto, mi hija ha traído su cuento porque le gusta leerlo en su compañía.
«Me estoy metiendo en un buen lío. Uno de los gordos, joder».
—Podemos leer cinco minutos y después dibujar. He estado practicando —le explica a mi hija, que, con cada nueva palabra que pronuncia, su sonrisa se ensancha más y más. Y la mía. Y la mía también.
—Vale.
Juniper aplaude emocionada y se baja de un salto de la butaca para correr en busca del libro que estaba pintando y de todos los lápices de colores que estaban desperdigados por la mesa.
—Se te dan bien los niños —pronuncia Caleb en ese lapso de tiempo.
Aaron alza la vista y me observa.
—Diría que se me da bien todo. ¿A que sí, Blue?
Pongo los ojos en blanco porque no pienso afirmar eso. Es evidente que se le da bien todo.
—Y a ti, ¿te gustan los niños? —tanteo observando a Caleb.
Baja la vista y observa el suelo una vez más. O quizá sea a las zapatillas. Cruzo de nuevo una mirada con Aaron y, por lo que encuentro en ella, algo me asegura que he metido la pata.
—Lo siento —me disculpo porque no soy nadie para meter el dedo en la llaga.
—No te preocupes. —Caleb sacude la cabeza—.
Me encantan los niños, la verdad. —Entonces, ¿cuál es el problema?
Hasta donde sé, está casado. O eso es lo que se cuenta en las noticias —.
Jackie y yo no estamos pasando por una buena época —me explica alzando la vista.
Me observa esperando… No sé lo que está esperando.
—No pasa nada —lo consuela Aaron al darse cuenta de que me he quedado perpleja—. Todo va a salir bien —suelta a modo de consuelo.
Abro la boca con la firme intención de preguntar qué es lo que sucede.
Sin embargo, en última instancia la cierro porque, ¿quién soy yo para meterme donde no me llaman?
Ya sé que soy un tanto cotilla, es evidente que lo soy, eso sí, con mis amigos, y Caleb me cae bien, pero no está dentro de ese grupo.
—Ya estoy aquí —interrumpe mi hija—. He traído todo lo necesario.
Aaron vuelve a centrar la atención en Juniper, y le preparo lo mismo que le he servido a Caleb a pesar de que no lo ha pedido.
Me centro en eso y no en que ese chico está haciendo reír a mi hija, tampoco en que le está explicando cómo suenan dos consonantes que se unen o en todas las veces que le dice que lo está haciendo bien y que está orgulloso de ella.
Ni en que parece del todo sincero en cada una de esas frases.
Demasiado sincero.
—Jackie me ha dejado —suelta Caleb y lo hace con la vista clavada en mi pequeña y en Aaron.
No sé por qué lo confiesa o por qué no lo hace.
Sin embargo, lejos de quedarme confusa, y que conste que lo estoy, me acerco y coloco una mano sobre la suya porque a mí también me han dejado.
A mí también me han abandonado y sé lo mucho que duele eso—. Y es mi culpa.
Estas últimas cuatro palabras me cortan la respiración. Me planteo un sinfín de situaciones y en todas ellas pienso en si este chico que parece adorable a los ojos de cualquiera puede ser uno de esos capullos que las matan callando. Frunzo el ceño y rompo el contacto.
—Vamos a dibujar letras, ¿te apetece?
—¡Sí! —responde Juniper.
—No es lo que piensas —intercede Caleb.
Ha leído mi expresión, ¿soy esa clase de chicas que muestran todo lo que sienten o solo con los tíos que rompen corazones?
—Yo no pienso nada.
Sí que lo hago.
Y, antes de que pueda hacer algo que me haga sentir culpable y de que me arrepienta por comportarme como una necia, Caleb me explica todo mientras observa a Aaron dibujar un dinosaurio a partir de una letra D mayúscula.
Cosa que es evidente que le sale de pena y que parece ser que la única que se da cuenta de ello soy yo. Y eso que ha estado practicando…
—Así que la he perdido por ser un completo gilipollas que no se daba cuenta de lo que tenía frente a sus ojos. Porque la quiero, ¿vale? La quiero más que a nada —sentencia.
Aprieto los labios porque lo primero que se me pasa por la cabeza es que, en efecto, es culpa suya. No sé qué espera de mí. Tal vez Caleb busque a alguien que le dé un par de palmaditas en la espalda como ha hecho Aaron. Sin embargo, yo no puedo hacer esa clase de cosas porque he sufrido por amor.
—Vale. —Es toda la respuesta que proporciono.
—¿Vale? ¿Eso es todo? Te tenía por alguien de armas tomar y no por…
Coloco una mano sobre la barra y doy un golpe más fuerte de lo esperado, lo que atrae la atención no solo de Caleb, sino de Aaron.
Juniper es la única que sigue pendiente del dibujo que está haciendo el capitán de los Wild Warriors y está centrada en eso.
No la culpo, para mí también es una distracción y una muy mona, pero…
—¿Quieres sinceridad? Pues allá voy.