CAPÍTULO 39 #2
—De eso nada —rumia y cada palabra suena a promesa. A promesa por cumplir como ha hecho en todas las ocasiones en las que me ha dicho algo—. Primero tendrás que pedírmelo y hacerlo con educación.
Ladeo la cabeza y lo contemplo. No puede ser cierto, este chico no puede estar jugando conmigo como lo hace. Es imposible, de hecho. Y sí, su sonrisa, la arrogancia que encierra, me demuestra que está desesperado por follarme y también que no lo va a hacer hasta que se lo pida.
El aire se espesa a nuestro alrededor mientras nos retamos con la mirada. Es un duelo de voluntades por saber quién de los dos la tiene más grande y es evidente que, en este caso, Aaron gana por goleada.
Y sí, es un eufemismo que nos viene de perlas.
—Aaron…
—Sí, Blue, con educación. Vas bien —me recuerda y, a la vez, golpea con la polla mi entrada, dándome a entender cuál será el premio si lo hago como quiere. El problema es que justamente quiero hacerlo como quiere y sin replicar.
»¿Dónde han quedado esos modales? —Acerca la polla hasta mi coño y juguetea con ella. La introduce un poco, tan poco que temo haberlo imaginado—. Tal vez sea yo el que tenga que recordártelo. Se pide por favor. —Tira de sarcasmo y eso…, joder, cómo me pone eso—. Ahora tú —me insta.
Cierro los ojos, respiro con fuerza y bajo la vista hasta donde nuestros cuerpos se unen. Está esperando a que le dé paso para hacerme lo que sea.
—Qué poca vergüenza tienes, Maddox —sentencio, lo hago intentando mostrarme firme, aunque por dentro todo me pide que suplique y que lo haga sin dudar, sin sonrojarme, sin amedrentarme.
—Por favor, Aaron —me recuerda manteniéndose firme en su cometido.
Nunca me había sentido como con Aaron: tan llena de lujuria, tan obscena, tan deseada, tan ansiosa. Es como si tuviese un animal despierto bajo la piel, consciente de que él es la única jaula que deseo y el único peligro al que estoy dispuesta a acercarme.
Entonces lo hace de nuevo, solo que esta vez va un paso más allá y la introduce todavía un poco más.
—Sé lo que estás haciendo —lo reto.
—¿Sí? —la entierra y contengo un jadeo. Y ese es solo el comienzo porque mi cuerpo me pide que clave los talones en ese culo que se gasta y lo empuje hasta lo más profundo de mi ser—. ¿El qué?
—Provocarme —finalizo.
Y ese es mi juego. Siempre ha sido el mío. Siempre ha sido el mío con él.
—No sé de qué me hablas.
Alzo una ceja y entonces, sin esperar a que suplique, me la mete hasta el fondo.
Dejo escapar un jadeo, y Aaron me acaricia la mejilla en un gesto que parece recompensarme por portarme bien y acogerlo.
Sus dedos descienden por mi mandíbula, por el pecho, por el abdomen hasta colocarse sobre el clítoris.
Los mueve sobre él con maestría, reconociendo mi cuerpo, aprendiendo lo que me gusta, lo que me arranca suspiros, gemidos y lo que me eriza el vello.
—Aaron —suplico.
—¿Sí?
No se mueve, permanece quieto, con la polla en mi interior y jugando conmigo.
—Tú ganas —finalizo—. Por favor.
—¿Por favor qué, Blue? —Abro los ojos, ¿es que no ha tenido suficiente?—. Vas a tener que ser más específica porque no entiendo bien lo que quieres decirme.
Suelto una carcajada de lo más irónica y, cuando eso pasa, empuja dentro de nuevo, ahogando mi pésimo intento de sarcasmo.
Me rodea un pecho con la mano y me aprieta el pezón. Cierro los ojos.
—Por favor, fóllame —suplico porque es lo único que me viene a la cabeza. Súplica tras súplica. Ruego tras ruego. Imploro tras imploro.
Es entonces cuando el demonio se desata y cuando sus caderas se mueven sin dudar, como un toro embravecido que observa la arena, midiendo la distancia, sabiendo que cuando cargue contra su presa no habrá forma de esquivar el impacto ni de fingir que no lo deseaba.
—Joder, Aaron, joder —grito mientras me embiste sin piedad.
Acerca sus labios a los míos y coloco las piernas sobre su culo, justo como quise hacerlo antes, y lo espoleo a que continúe.
No para ni un segundo, no se detiene. Me deleito con todos y cada uno de sus movimientos, los fieros y los tiernos, sus acometidas y sus manos deslizándose por mi piel, por mis brazos, por mis muslos, por mi espalda.
Sus caderas golpetean contra mi centro provocando un sonido húmedo y perturbador.
—Eres preciosa, Blue —susurra mordiéndome la oreja.
Me siento como si estuviese a punto de coronar la montaña más alta jamás escalada. Mi cuerpo está convencido de que este es el mejor lugar en el que podría pasar la noche, la vida entera, si lo quisiese. Y, antes de que ese pensamiento tome fuerza y poder, sacudo la cabeza y me concentro de nuevo.
Una noche. Dos. Tres.
—Más adentro —le pido—. Por favor.
Y mi ruego eclipsa todo lo demás. A él, a mí, a las sensaciones, a la ternura, porque puede que esté follándome a su antojo, pero en el fondo…, en el fondo hay algo que me grita que no es solo sexo y que con él nunca podría ser solo eso.
—Aaron.
—Mi nombre —me recuerda—. Solo mi nombre.
Y le doy lo que me pide. Grito su nombre una y otra y otra vez y, cuando estoy segura de que esto es más que perfecto, lo escucho.
—Nunca —sentencia. No lo entiendo, no sé a qué se refiere y no pregunto.
Saca la polla y me mancha el abdomen con su corrida.
—Nunca —repite en voz alta antes de volver a metérmela y sellar esa promesa con su miembro.