CAPÍTULO 39
Subiendo al cielo
Blue
M e suena que hay un tipo por ahí que canta sobre experiencias religiosas, no me lo tengáis en cuenta porque está más que claro que, cuando estoy cachonda, todo mi intelecto y mi ingenio desaparecen.
O puede que sea un efecto por culpa de la quinta norma de Aaron Maddox, porque sí, está demostrando con creces que si no tienes nada mejor que decir… En fin, ya sabéis.
Me aferro a su pelo mientras su lengua y sus dedos se acompasan.
—Joder, sí.
—Mi nombre —me recuerda y sopla sobre mi centro.
Las sensaciones me abruman. ¿Cuánto tiempo hace que no tengo sexo? ¿Cuánto tiempo hace que deseo que sea él el que me haga estas cosas?
Mucho. Demasiado, si me lo preguntas. Y es probable que me arrepienta de haber bajado las defensas y permitirme eso.
Aaron tiene razón, siempre he sido yo la que marca las normas y las pautas, y por una vez, por esta vez, quiero que sea otro el que tome las riendas y decida por mí. Que haga algo por mí. Sentirme cuidada, protegida y… deseada. Y Aaron lo consigue, lo consigue de veras.
—Eso es, Blue, ábrete para mí. Empápame la cara —me pide, y yo cumplo con lo que se me ordena porque no hay otra cosa que pueda hacer.
Mi mente ha colapsado y ha decidido que esto es una buena decisión, de hecho, ha pensado que es la mejor decisión que ha tomado nunca y no tiene intención de echarse para atrás.
Hoy no.
Uno de sus dedos se cuela en mi interior, y pongo los ojos en blanco cuando lo curva de una forma casi perfecta que me hace ver las estrellas. Sí, las experiencias religiosas existen y van todas de la mano del capitán de los Wild Warriors.
—Joder, sí —jadeo cuando vuelve a curvarlo y encuentra ese punto que me hace levitar—. Joder, sí —repito porque considero que no ha sido suficiente, y Aaron parece sumamente satisfecho y de acuerdo, porque no solo es su dedo el que me hace estremecer, sino lo que hace con esa lengua.
Vaya con el chico tímido y apocado, ¿quién coño lo diría?
—Mi nombre —me recuerda una vez más sin saber que he perdido la cuenta de las veces en las que lo he gritado en la soledad de mi habitación, en mi cabeza, cuando me tocaba pensando en él, en sus dedos dentro de mí tras aquella noche en el bar o tras el beso en la cafetería del estadio o tras esa conversación telefónica que no dejo de recordar.
Ahora, después lo de esta noche, voy a seguir haciéndolo.
Porque apuesto a que Aaron Maddox no solo quiere comerme el coño, sino dejarme inservible para otro.
Y eso es del todo posible…
Todos y cada uno de los músculos se le marcan cuando contrae el cuerpo para penetrarme y las sombras de la iluminación de la habitación se proyectan en su rostro intensificando la humedad que tiene en la barbilla. Mi puñetera humedad.
—¡Aaron! —gimoteo porque sé que ya llega, lo siento, lo noto, lo percibo—. ¡Aaron! —grito.
En esta ocasión no me recuerda de qué forma tengo que correrme porque ambos sabemos que será su nombre y solo su nombre el que salga de mis labios.
El clímax me recorre las caderas y le agarro del pelo, tirando de él, cuando me penetra hasta el fondo con dos dedos a la vez que me presiona el clítoris más intensamente con la lengua para alargar el orgasmo.
Y no conforme con eso, sigue chupando y lamiendo.
Disminuye el ritmo y la presión, pero sigue ahí, como si lo disfrutase incluso más que yo, como si lo necesitase mucho más que yo.
Poco a poco comienzo a relajarme, tal vez este sería un buen instante para soltar algún comentario de esos míos, un chascarrillo que rompa el momento y que no me haga plantearme lo bien que me siento aquí, con él, a su lado. Lo bien que encajamos y lo mucho que llevo deseando esto.
A pesar de que todo en mí grita que lo haga, que marque una nueva norma, una muy conocida, y que deje bien claro que esto es solo sexo y que no puede ser nada más que eso porque las normas protegen, no consigo que nada salga de mi boca.
Que mi cuerpo, ahora laxo y satisfecho, se mueva, recoja esas prendas húmedas y me despida con un movimiento de dedos porque este chico sigue siendo un buen chico.
Bajo esa fachada de malote en el plano sexual, tiene un corazón de oro y lo ha demostrado día a día.
Con sus mensajes, con sus visitas, en las cenas de los Caldwell, en todo eso que le carcome por haber actuado mal con Asher, en los libros que le compra a Juniper, en los puños apretados cuando le cuento cosas del colegio, en cómo me cuidó la noche en la que me sentía sola, enferma e indefensa…
Es un buen chico. Uno de esos que nadie en su sano juicio dejaría escapar, ¿verdad?
Bajo la mirada y enredo los dedos en sus mechones.
Esto me gusta, sí, esto me gusta demasiado.
Así que me permito disfrutar de ello, de este instante compartido, sin sentir remordimientos, de haber bajado las defensas solo por un día.
Quizá dos. Tres. No más. Y me agacho para besarlo como me apetece hacerlo porque esta Blue que toma decisiones hoy no piensa en el futuro y se limita a disfrutar del presente, pues, por una vez en la vida, me lo merezco. Joder, claro que me lo merezco.
Derramo en ese beso todo ese anhelo y frustración, y Aaron lo recibe sin pedir nada a cambio.
Percibo mi sabor en él cuando nuestras lenguas se entrelazan y me deleito en sus manos recorriéndome las costillas, subiendo por los brazos hasta situarse en las mejillas y presionar todavía más sus labios contra los míos como si tuviese miedo a que me evaporase de un segundo a otro.
—Se te dan bien las palabras, capitán —rumio—. Sin embargo, debo decir que también se te da bien follarme con la boca —agrego.
La sonrisa ladina que me regala solo intensifica la excitación.
—Es un placer complacerte.
Asiento mientras le tiro del pelo y le muerdo los labios. Me incorporo de nuevo y localizo mis prendas, que siguen en el mismo lugar en el que las dejé. Sobre las suyas, mojadas.
—Ha sido un placer —respondo alejándome y nada me cuesta más que eso.
Escucho cómo chasquea la lengua y a la misma vez siento cómo me sujeta la muñeca con una mano. Desvío la mirada de las prendas y la poso sobre esos ojos de color azul que parecen un faro en la oscuridad marcando el camino de regreso a casa.
—No hemos terminado, Blue —me recuerda.
«Vas a correrte en mi boca y, antes de que hayas terminado de pronunciar mi nombre, voy a meterte la polla tan adentro que no podrás caminar en días».
Boqueo como una principiante cuando a mi mente acuden esas palabras y la promesa que me hizo.
Su sonrisa se ensancha, como si supiese en lo que estoy pensando, lo que estoy recordando, y entonces se levanta.
Aparto la vista y recorro su cuerpo de nuevo, por el placer de hacerlo, por la anticipación de lo que se avecina.
Su polla vuelve a estar dura como una piedra y se me hace la boca agua de nuevo.
—¿La quieres dentro de ti? —inquiere.
Por favor, ¿qué clase de pregunta es esa?
—¿Es una trampa?
Niega a modo de respuesta y entonces sonríe todavía con más presunción.
—Y yo que pensaba que eras el chico bueno —lo provoco.
—Y lo soy —sentencia él—. Pero hasta las almas más puras pueden volverse locas si tienen cerca algo que les gusta. Y, créeme, tú no solo me gustas…
La afirmación flota en el aire, entre los dos, como una promesa y una frase inacabada.
Una que no me planteo interpretar porque hoy no quiero pensar en el futuro.
No quiero a esa Blue aquí, en esta habitación, frente a este chico esta noche.
Quiero a la mujer y no a la madre. A la irracional y no a la sensata.
Quiero a la chica que no piensa en las consecuencias y no la que planifica cada detalle para que no le hagan daño.
Para que no vuelvan a abandonarla.
—Túmbate en esa cama, abre las preciosas piernas y deja que te folle como te he prometido.
Me ruborizaría, de veras, sin embargo, mi cuerpo anhela eso que promete. Los pezones se me endurecen y, cuando paso por delante de él para hacer justo lo que me pide, le araño el pecho y me muerdo el labio.
Aaron reacciona y la polla le da una sacudida.
—¿En qué piensas? —me pregunta.
—En lo guapo que eres, en el culo que tienes y en lo grande que es. —Le señalo el miembro y bajo la mano hasta que lo rodeo.
Las aletas de la nariz se le ensanchan y cierra los ojos cuando inhala.
Cuando los abre, sé que lucha contra esa parte que quiere follarme sin pensar, sin dudar, sin preliminares.
Sin entender que ya hemos tenido más que suficiente, que es hora de que actúe y se deje llevar, que salga el chico malo que encierra dentro, y para eso estoy yo: para recordarle cómo lo quiero, cuándo lo quiero.
Así que, en vez de tumbarme en la cama, lo empujo. Cae y rebota, sonríe y yo también lo hago.
—¿Vas a montarme? —pregunta sin apartar la mirada de mi cuerpo.
Me alzo de hombros cuando gateo hasta él.
—Bueno, a los vejestorios de setenta años hay que ayudarlos un poquitín, ¿no crees?
Ladea la cabeza y me observa confundido hasta que rememora esa conversación que mantuvimos ya hace muchas muchas semanas.
Y, cuando lo hace, suelta una sonora carcajada.
No me lo esperaba, la verdad, no esperaba que lo recordase, y aquí estamos, entendiendo que este chico se fija en todos y cada uno de los detalles y tiene en cuenta todas y cada una de las conversaciones como si… , como si yo le importase de veras.
Se incorpora con la rapidez de un buen jugador de hockey , me sujeta una mano y tira de mí hasta que caigo sobre él.
—Joder —jadeo al chocarme contra lo que parece un muro de hormigón de músculos. ¿Es eso siquiera posible? Pues resulta que sí—. Estás duro como una piedra.
Bajo la vista para comprobar que todo, absolutamente todo, lo está.
Aaron, por si fuese poco, se rodea el grueso miembro con los dedos y empieza a acariciárselo. Me humedezco los labios de pura anticipación y llevo una mano hasta él con la intención de sustituir la suya.
Niega y me empuja hasta colocarme boca abajo y situarse entre mis piernas.