CAPÍTULO 33
Nada
Aaron
«S i adivinas lo que hay debajo, te dejo mirar».
Las palabras de Blue se cuelan por el auricular del teléfono y, no contentas con eso, se fijan en mi cabeza y me impiden seguir siendo una persona racional.
Sí, ese es el efecto que Blue causa en mí.
Es como abrir una ventana en mitad de un incendio: entra aire, pero también aviva las llamas.
Me deja sin aliento y me recuerda que, por mucho que intente controlarlo todo, hay cosas o personas que nacieron para poner patas arriba todo a su paso.
—¿Te he dejado sin palabras, capitán? —tantea al otro lado.
Su tono de voz es pura provocación o quizá sea que se me han frito las neuronas al imaginar su cuerpo desnudo.
Desnudo frente a mí para que haga con él todo lo que quiera.
Y, creedme, he tenido mucho tiempo para pensar en lo que haría. En cómo lo haría. En lo indecente que serían todas esas cosas y lo mucho que disfrutaría de cada una de ellas.
—¿Y en este instante? ¿Qué llevas puesto en este momento?
El jadeo es leve, apenas imperceptible, sin embargo, estoy tan concentrado en ella que sí que lo escucho. Ese ruidito me acompañará cada noche de aquí en adelante.
—Una camiseta.
—¿Nada más?
—¿Por qué quieres saberlo? ¿Acaso vas a venir a quitármela?
—suelta una risilla condescendiente. Condescendiente y malvada.
Porque ambos sabemos que a ella le encanta este juego, le encanta marcar el ritmo y dictar las normas—.
No sé si lo sabes. —Escucho ruidos al otro lado—.
Pero estás demasiado lejos. Y es una pena. Una verdadera lástima.
Sí, sí que lo es.
—Tienes razón. —Me la juego. Todo o nada. Ahora o nunca. Saltar o quedarme. Apostar o perder. Cruzar o huir—. Estoy lejos y, a su vez, no lo estoy.
—¿Qué…?
—Cierra los ojos —le pido sin titubear—. Es una orden —agrego sin vacilar. Hoy no.
—Capitán…
—Blue, no te lo estoy pidiendo por favor, no te estoy pidiendo permiso, te estoy diciendo lo que debes hacer, y tú simplemente lo haces.
Otro leve jadeo que me eriza el vello del cuerpo y es todo lo que necesito para entender que le gusta esto tanto como a mí.
—¿Aaron…?
—Segunda norma… Los chicos buenos no pedimos las cosas dos veces —la interrumpo para que entienda de lo que hablo, a lo que me refiero.
No estoy jugando, con ella nunca ha sido de esa forma y jamás lo será.
—Joder —gime al otro lado—. Vale, sí, lo he hecho. ¿Cómo no voy a hacerlo? —confiesa, y sus palabras me satisfacen más de lo que debería. Porque puede que ella sea una chica mala, pero, esta noche, esa chica va a obedecer cada maldita orden que yo le dé.
—¿Tienes el altavoz activado? —No pronuncia palabra alguna—. ¿Blue?
—Sí.
—Vale, necesito que te lo sitúes cerca de la oreja, quiero que escuches bien cada mandato que te dé y quiero que los lleves a cabo sin vacilar.
—Yo…
Chasqueo la lengua con desaprobación.
—Nada de «yo», Blue —acoto—, ahora estamos aquí, tú y yo, los dos. Llevas meses torturándome con esas frases, con esos comentarios mordaces y esas provocaciones. ¿Quieres saber cómo de larga es esa lista?, ¿quieres saberlo de verdad?
—Joder. —Ahoga un improperio y no dejo siquiera que termine la frase.
—Muy muy larga —finalizo y rezo para que entienda mi doble intención. Porque, creedme, yo siempre he sabido interpretar las suyas.
Todo tiene un límite.
Todo.
Y el mío ha llegado a su fin.
—Necesito que te metas el dedo índice y el dedo corazón en la boca y los saborees.
Como hice yo hace ya muchas noches en aquel bar cuando te toqué bajo la mesa, cuando estabas chorreando por mí.
¿Lo recuerdas? Porque yo no consigo quitarme esa imagen de la cabeza.
Estoy deseando enterrar la cara en ese coño y saborearlo como me gustaría. Como te gustaría a ti también.
La sola imagen de ese día sí que me ha perseguido en sueños. Soy incapaz de borrar sus gestos, la forma de su boca, el tacto de su piel, el sabor de su excitación.
—Aaron…
—¿A ti también te gustaría? Apuesto a que sueñas con eso. Con mi cara entre tus piernas mientras deslizo los dedos en tu interior y bombeo con ellos. ¿Con qué más sueñas, Blue? —Otro jadeo.
Tengo la polla tan dura que siento el dolor punzante en mi entrepierna. No, esta noche no. Ahora soy todo suyo.
Todo de ella.
Siempre de ella.
—Contigo —sentencia y por un segundo me planteo que lo dice de veras, que su respuesta no es fruto de la excitación, de que un chico esté intentando hacer que se corra a través de la línea del teléfono, que ella me desea de la misma forma y con la misma intensidad que yo a ella.
No más. No menos. Igual.
Chasqueo la lengua y me presiono la polla contra el pantalón de chándal.
—Eres una chica muy muy mala, Blue Langley —añado sonriendo—.
Y ahora esa chica va a lamer esos dedos como si fuesen mi polla, va a llevarlos a su coñito y se va a penetrar pensando que son mis dedos los que lo hacen, que es mi boca la que está esperando, que son mis ojos los que te están devorando con ansia.
Escucho los movimientos al otro lado y sé que está siguiendo al pie de la letra cada orden que le he dado. El gemido que suelta me confirma mis palabras.
—¿Estás mojada? ¿Estás mojada por mí? —Silencio, eso es todo lo que obtengo al otro lado—. Responde, Blue, o pararé.
—Sí, joder, sí. Mucho. Muy mojada. Y muy frustrada porque necesito mucho más que dos dedos. Porque te necesito a ti aquí.
Sus palabras me alientan, me dan aire, me dan vida. Porque ella me necesita, sea como sea, me necesita. En este instante. Y me tiene. Me tiene siempre.
—Lo sé, Blue. Lo sé. Porque yo siento eso mismo.
—¿Tú también estás cachondo?
—Llevo meses estándolo. —Hago una pausa y la saboreo—. Por tu culpa.
—¿También tienes una lista muy larga?
—Enorme.
Suelta una risilla al otro lado y me descubro sonriendo yo también.
—Tendrás que enseñármela alguna vez.
Joder, desde que llegue.
—Por supuesto que sí.
Suelta el aire que estaba conteniendo. ¿Acaso pensaba que iba a negarme? Por favor, ¿es que no se ha dado cuenta de que me pondría de rodillas por ella?, ¿que aceptaría lo que me diese sea lo que sea?
—Y, ahora, sigue metiendo esos dedos dentro del coño y con la otra mano pellízcate un pezón.
—Mmmm.
—Eres muy sensible, ¿verdad? Me pregunto qué harás cuando sean mis dientes los que retuerzan ese pezón en mi boca y cuando sea mi polla la que te llene.
—Aaron —suplica—, no pares.
—Oh, créeme, cariño, no pienso hacerlo.
Percibo la forma en la que su respiración se acelera, la manera en la que su cuerpo se mueve y en cómo ese sonido se cuela por el aparato.
Blue está disfrutando esto, lo está haciendo, y eso me produce cierta satisfacción.
No porque sea yo el que lo provoque, que también.
A ver, perdonadme, pero, si la chica por la que estás loco se masturba siguiendo tus órdenes…
, ¿crees que es posible que eso no te dé un subidón de adrenalina?
Joder, es evidente. Sin embargo, más allá de eso, del chute de endorfinas, de la euforia, soy yo el que le está proporcionando ese placer porque quiero que entienda que, para mí, esto no va de ser egoísta, va de hacer cosas por ella porque se merece que la cuiden, que la protejan y también que le den placer.
Porque Blue da, da y da, y no recibe. Pues ya es hora de que alguien le otorgue su lugar y, si ese cabrón con suerte puedo serlo yo…
, ¿por qué iba a negarme? Ni de coña lo haría.
—Aaron —ruega.
La polla me palpita dentro del pantalón y me la recoloco.
—Mete esos dedos en tu boca, Blue, y dime a qué saben. Dime cómo saben y dame toda la envidia del mundo cuando lo hagas.
Protesta cuando saca los dedos de su interior y sigue mi mandato.
—Es… dulce, almizclado y salado.
—Es una puta delicia —finalizo por ella—. Bien, ahora, cariño, ahora lleva esas manos hasta ese precioso coño y quiero que te toques. Esta vez quiero que alternes tus dedos, quiero que te penetres con uno y que te toques el clítoris con otro.
—No… No puedo. No puedo, Aaron.
—Por supuesto que puedes —la animo—, eres la maldita Blue Langley, la chica más increíble que conozco. ¿Un secreto por otro secreto? —le pregunto.
—Vale —gimotea.
—No hay nada que esa chica no pueda hacer. Todo lo que se propone, todo, lo consigue. Y eso me la pone durísima.
—¿Cómo de dura? —Miro hacia abajo, hacia donde se encuentra mi erección firme, enhiesta, esperando un poco de atención. Insatisfecha por el momento.
—Muy dura, por tu culpa.
Suelta otro pequeño quejido, y se me eriza el vello de la nuca. Empiezo a arrepentirme de no haber esperado a regresar.
—Estoy… Estoy…
—¿Te gusta esto, Blue? ¿Te gusta tocarte siguiendo mis órdenes?
—¡Sí! —grita—. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —finaliza y su tono cada vez es más y más agudo.
—Mi nombre, Blue. Tienes que gritar mi nombre. Cuando te corras. Esa es mi norma, esa es mi orden, y tú la vas a seguir porque…
—Porque los chicos buenos no repiten las cosas dos veces —finaliza leyendo mis pensamientos.
Esa es mi chica, joder. Esta es mi reina.
Asiento satisfecho, aunque ella no pueda verme.
—Fóllate con esos dedos como si fuesen mi polla, Blue.
—Necesito…
—Más rápido. Más rápido. Más rápido —le exijo.
Y ella toma. Toma y toma. Acata y acata y, cuando mi nombre sale de entre sus labios, os prometo que algo en mi interior se retuerce, se prende, se enciende y lo quema todo.
—¡Aaron! —Una y otra y otra vez.
Mi puñetero nombre y el de nadie más. Como quiero que sea siempre.
Su risilla me trae de vuelta al presente y una vez más me arrepiento de la distancia que hay entre los dos. De las ganas que siento de recorrer su piel con mis labios, besar sus mejillas, su frente, el cuello, su boca y explicarle lo maravillosa que es. Lo bien que me hace sentir. Lo mucho que…
—¿Sabes? —rumia al otro lado trayéndome de regreso al presente.
—¿Qué?
—Sigo pensando que eres un buen chico —añade y se le nota la somnolencia, el cansancio, y me imagino su cuerpo laxo y satisfecho sobre la cama.
Y me imagino ese mismo cuerpo laxo y satisfecho en la mía.
En mi casa, en mi habitación, solo para mí—.
Y también tengo que rectificar porque estaba segura de que corromper al chico bueno era divertido, sin embargo, ¿sabes qué? —repite.
Me aprieto la polla dentro del pantalón y me dejo caer en la cama. Orgulloso por ella y por esta conversación. Por todos los pequeños pasos que damos día a día.
—¿Qué?
—Que es mucho mejor que el chico bueno corrompa a la chica mala. —Suelto una sonora carcajada, y ella me interrumpe sin dejar que intervenga—. Tercera norma…, puede que tú seas el capitán, pero yo sigo siendo la que define el juego.
Ella no lo sabe, y tampoco pienso corregirla, eso sí, ese juego del que habla solo acaba de empezar.