Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Y solo tengo un número telefónico

Blue

Capitán Buenorro:

¿Estás en casa?

E l teléfono me vibra dentro del pantalón vaquero y sonrío mientras me anudo las zapatillas de deporte. Mi turno ha acabado hace apenas cinco minutos, y Danielle y yo estamos terminando de recoger nuestras cosas para marcharnos a casa.

—¿Juniper se ha quedado con sus abuelos esta noche? —me pregunta mientras se reajusta la coleta alta que siempre lleva y que le da un aspecto de femme fatale que le sienta de lujo.

Danielle es mi compañera de cáterin, no siempre coincidimos, todo tengo que decirlo, pero es cierto que, cuando lo hacemos, nuestras noches son mucho más divertidas porque está loquísima.

Es culpa suya que lleve un piercing en la nariz, fruto de una noche de rebeldía en la que nos quejamos de nuestra mierda de vida, nuestra mierda de sueldo y la mierda de tíos que conocemos. O que ella conoce, y yo paso por alto.

Hasta ahora.

—¿Qué? ¿Por qué me miras de esa forma?

—¿De qué forma?

—Es una mezcla entre la niña de El exorcista , Anabelle y los Teletubbies. —¿Veis a lo que me refiero?

—No es nada, Dani, es solo… —Sonrío y me doy cuenta por primera vez de que me siento bien conmigo misma, con lo que tengo, con lo que soy, con los que me rodean. Con Aaron en mi vida—. Es solo que me siento bien —suelto.

Una ceja de mi compañera de trabajo se alza, y eso me hace soltar una carcajada de lo más genuina porque no sé si está barajando la posibilidad de chocar los cinco y marcarse un baile a mi salud o llamar al psiquiátrico porque su amiga está delirando.

—¿Pues sabes qué? —No me deja siquiera responder, continúa hablando—. Que me alegra porque ya era hora, joder, que solo te pasan mierdas.

Y eso que no le he contado todas las novedades. Ni siquiera a Diddy, y no será por la cantidad de mensajes que tengo sin contestar de ella recriminándome lo mala amiga que soy por no haberla llamado para explicarle lo del beso.

Supongo que Aaron se ha ido de la lengua. Tampoco me molesta porque yo fui la primera en hacerlo. Quid pro quo lo llaman. O jodido karma, eso también.

Me acerco ya con las zapatillas anudadas y le doy un abrazo.

—Me voy a casa, Dani, estoy muerta de cansancio. ¿Tienes algún plan esta noche?

Mi compañera alza las cejas en repetidas ocasiones.

—He conocido a un tío y tengo algo en mente.

—¿Palomitas y peli?

—Vino y sexo —me corrige.

Escucho las carcajadas de Dani mientras sale primero. La coleta se le mueve al ritmo de las caderas, y me quedo allí plantada intentando pensar en cómo sería mi vida si Juniper no estuviese en ella.

No me malinterpretéis, ¿vale? No es esa clase de pensamiento en el que me arrepienta de haberla tenido, no hablo de eso. Me refiero a cómo sería mi vida si fuese una chica de veintinueve años sin una responsabilidad como la de criar a una niña y hacerlo sola.

Cuento con la ayuda de los Caldwell, que, ya veis, esta noche se han quedado con la pequeña para que yo pudiese cumplir con mi trabajo y ganarme un dinero extra que no me viene mal.

Hay meses en los que voy un poco más desahogada, sin embargo, este mes, tras la conversación en el colegio, Juniper ha tenido que acudir al equipo multidisciplinar con el que trabajamos la dislexia.

Por mucho que me sienta más tranquila, ese tipo de cosas tienen un coste.

Uno que estoy dispuesta a asumir, aunque solo pueda dormir dos horas al día.

Me subo en el coche cuando el reloj ya marca las tres de la madrugada, con suerte, hoy podré descansar cuatro horas.

Tengo turno en la cafetería del estadio y me gustaría pasarme primero por casa de Carson y Maddie para ver a la niña antes de que vaya al colegio.

Y llevarles galletas. Carson nunca me pide nada, pero veo la manera en la que me mira las manos para comprobar si llevo una bolsa de la pastelería Mollie cuando llego a primera hora.

Es lo mínimo que puedo hacer por ellos con la cantidad de cosas que me dan.

Cuando cruzo el umbral de mi casa, dejo las llaves al lado de las de Aaron, colgadas en la pared.

Saco el teléfono al darme cuenta de que no he respondido a su mensaje.

Blue:

Acabo de llegar a casa. ¿No deberías estar durmiendo? Son poco más de las seis de la mañana en Quebec.

Lo envío y sonrío todavía apoyada en la puerta. Joder, Blue, ¿te das cuenta de que te estás convirtiendo en una de esas? Diddy se sentiría de lo más orgullosa si supiese que estoy suspirando por un tío y no uno cualquiera, nada más y nada menos que por Aaron Maddox.

«Estás deseando esto, ¿verdad?».

Aprieto las piernas para aliviar un poco ese latido que se me ha instalado entre ellas.

Todavía lo siento, siento la presión de su cuerpo y la manera en la que se amoldaba al mío en aquella despensa.

La manera en que me daba órdenes, en la que me chistaba o en la que me pedía que no hiciese ruido.

Y, por encima de todo, la forma en la que me olvidé de que mi hija estaba a un par de pasos de nosotros y que podría habernos descubierto.

Sacudo la cabeza porque eso estuvo mal. Muy muy mal.

«Estuvo bien de cojones».

Me vibra el teléfono en la mano y todavía estoy ardiendo por culpa de esa clase de pensamientos.

Por un segundo me planteo que sean los padres de Cassie para contarme que ha sucedido algo, y el corazón se me desboca dentro del pecho. Hasta que compruebo que el número de teléfono que aparece en la pantalla es el de Aaron.

Respondo sin dudar y también lo hago a mi manera.

—Me echas tanto de menos que no puedes pegar ojo, ¿ehh?

—Solo te llamaba por si necesitabas que te cantase una nana, ya sabes… —La oferta queda en el aire como aquel día, no hace tanto, en el que le envié un mensaje y le dije que no podía dormir.

—Me estás ofreciendo un somnífero potente, no sé cómo voy a poder rechazar esa oferta —bromeo.

Doy un par de pasos hasta llegar al salón de casa. Dejo el bolso y me deshago de los zapatos. Cruzo la habitación y me cuelo en el lavabo con la intención de quitarme el maquillaje, peinarme y ponerme alguna de esas camisetas largas que tanto me gustan y tan cómodas me resultan para dormir.

Apuesto a que las de Aaron son mejores que las mías. Más grandes; más suaves, porque ya sabemos que a él le encanta comprar jabones caros y esas cosas, y, por encima de todo, olerán a él.

Sacudo la cabeza de nuevo. Debe de ser el sueño, eso es, por eso estoy tan atontada últimamente.

«Ya, claro, es probable que sea por eso, Blue. Di que sí».

—Yo lo tengo claro, de hecho, no rechazaría ninguna de mis ofertas —añade y ese tono pícaro con el que habla me eriza el vello.

—¿Estás haciéndome alguna propuesta indecente?, ¿es eso?

Responde riéndose y el sonido se cuela a través del teléfono. Activo el manos libres y me concentro en mi rutina.

—¿Por qué estás despierto? —le pregunto.

—Esta noche… —titubea y lo escucho inspirar con fuerza, como si necesitase de ese gesto para tomar impulso y arrancar—. ¿Un secreto tuyo por uno mío?

Suelto una risilla nasal porque, joder, cómo me gusta hablar con él.

«¿Solo hablar?».

—Por supuesto. Empiezas tú en lo que me cepillo los dientes.

—¿Un turno largo?

—No ha estado tan mal. —Sobre todo, porque me he pasado parte de la noche imaginando sus labios sobre los míos.

—Hoy ha venido Prescott al vestuario. Hizo de las suyas, ¿sabes? Volvió a menospreciar a mi hermano allí, frente a todos, una vez más halagando a uno de sus hijos y al otro…

—Joder —suelto tras escupir la pasta de dientes. Y que conste que lo he hecho porque casi salpico el cristal y no era plan—. No me lo puedo creer.

—¿Es que no ha aprendido nada? De verdad —suspira, y lo imagino retorciendo esos mechones de pelo entre esos dedos largos y rudos que tiene.

Todo su cuerpo encaja a la perfección, desde sus manos hasta ese culazo que se gasta el maldito—.

Pensé que lo había dejado claro, ahora lo que sé es que solo estaba intentando que las aguas se calmasen antes de volver a las andadas.

—Aaron —lo corto y me enjuago un poco más la boca.

Permanece en silencio entendiendo lo que estoy haciendo—.

Vale, ya. Aaron. —Me seco la boca y me dirijo a mi habitación todavía con el altavoz activado—.

Hay personas que nunca van a cambiar, por más que quieras, por más que lo necesites, no lo van a hacer.

—¿Eso lo aprendiste en el colegio? —ironiza.

A pesar de ello, sé que es un comentario que no busca ser ofensivo, solo destensar el ambiente.

—Eso lo aprendí a base de hostias —añado lanzando la ropa en cualquier dirección.

Exhala de nuevo el aire y escucho pasos por su habitación.

—Tus padres…

—Exacto.

Y no solo ellos, pero no estoy preparada para enfrentarme a eso. No por Aaron, por mí misma. Por el dolor que todavía siento bien adentro cuando recuerdo esos momentos en los que escuchaba incluso cómo se me resquebrajaba el corazón.

—Qué putos gilipollas —añade lleno de furia. Cada letra, cada sílaba, va cargada de rabia.

—Aprendemos a vivir con esto, capitán. Solo tienes que saber con qué te quedas, a quién eliges. Puedes vivir pensando en lo que fue o tal vez puedes simplemente vivir —agrego.

Me tumbo en la cama.

—Yo…

—Pienso empezar a cobrarte por este tipo de consejos —le suelto y muevo las piernas sobre las sábanas para que se calienten.

—Añádelo a mi lista. Porque tengo una lista, ¿no?

—Por supuesto, y una muy larga —suelto una risilla malvada por mi comentario y por la intencionalidad del mismo—. La lista, quiero decir.

—Blue...

—Aunque si quieres contarme cómo de larga es tu lista…

—Eres demasiado traviesa.

—Pero te he hecho reír, ¿verdad?

—Siempre. Siempre consigues no solo hacerme reír, sino que me sienta…, que me sienta vivo.

Me quedo sin palabras ante esa confesión porque a mí me sucede lo mismo y una parte de mí me pide que se lo diga, que lo pronuncie en voz alta y que no tenga miedo a hacerlo.

La otra parte, la que sabe que las normas protegen, me grita que marque distancia, que rompa la tensión con un comentario mordaz y que cierre cualquier puerta o ventana por la que este chico pueda estar colándose.

Y, creedme, se está colando.

—Ahora mi secreto. —Cambio de tema.

—Lo espero ansioso.

—Nada.

—¿Qué? —pregunta sin entender a lo que me refiero.

—Bajo la falda no llevaba nada.

Me regodeo en el jadeo que suelta Aaron y en lo mucho que me excita eso.