CAPÍTULO 31
Las cartas sobre la mesa
Aaron
—¿Q ué cojones ha sido eso?
Cruzamos la puerta de un local en Quebec poco después de las diez de la noche. Caleb cierra el paso tras nosotros, supongo que lo que ha sucedido en el vestuario ha hecho que ambos se preocupen por mí. Qué irónico, ¿verdad? Soy yo el que debería estar tenso por ellos y resulta que es al contrario.
—Tal vez deberías preguntarle el motivo por el que no responde a las llamadas de tu padre —suelta Caleb.
Le dedico una mirada reprobatoria justo antes de que se alce de hombros como si no le intimidase en absoluto. Es evidente que es justo eso lo que sucede.
—Gracias por guardarme el secreto, ¿no te has tropezado con tu propia lengua nunca?
Asher es el primero en tomar asiento en uno de esos sofás esquineros que tanto le gusta ocupar. Es inevitable que a mi cabeza regrese la noche en la que toqué por primera vez a Blue. Dios, la de cosas que quise hacerle allí mismo sin arrepentirme de ello…
—¿Me estás escuchando? —Caleb chasquea los dedos frente a mí atrayendo mi atención de nuevo.
—Es evidente que no —añade Asher, que se incorpora y se apoya sobre los codos.
A los ojos de cualquiera que pueda estar observándonos no somos más que tres amigos que quieren pasar un buen rato. Sin embargo, aquí estamos, tres personas con sus propias mierdas sin saber cómo enfrentarse a todas ellas. Yo el primero.
—Estaba pensando…
—¿En Prescott? —se adelanta Caleb.
—En Blue —se aventura Ash, que me regala una sonrisita condescendiente de paso.
Sí, tengo la firme convicción de que es más que capaz de leerme la mente.
—¿Eso es cierto? —tantea Caleb, que, para sorpresa de nadie, sonríe aguardando mi negativa solo para meterse conmigo.
—No pienso negarlo —admito y no solo porque esos dos sean mis amigos, mi hermano y mi mejor amigo, una combinación tan imprudente como necesaria, sino porque es cierto y porque no tengo que esconder mis sentimientos.
—Cal, y no sabes lo mejor. —Me señala, y ya estoy abochornado sin saber siquiera lo que va a soltar por esa boca—. ¿Recuerdas la noche en la que fuimos a aquel antro del centro en el que nadie nos presta atención?
—Lo recuerdo porque yo no fui.
—Antes de nada…
—Pues aquí mi hermano le hizo un trabajito manual a Blue.
Caleb se muestra del todo sorprendido porque ha pillado el concepto de «trabajito manual».
—¿Y no me lo has contado? —Si ellos supiesen todo lo que me he reservado solo para mí—. Somos amigos, los mejores amigos…
—¿Estás utilizando el chantaje emocional como moneda de cambio?
—Por supuesto. —Admitirlo le honra.
—¿Y tú cómo te has enterado de eso? Espera… —Hago una pausa—. Cassie —afirmo, no pregunto.
Mi hermano asiente satisfecho y un tanto orgulloso porque haya dado en el clavo. No hay que ser un lumbreras para llegar a esa conclusión.
—El sábado pasado en casa de los Caldwell salieron de la cocina…
—No se te escapa una —contrataco.
—Sabía que ocurría algo, así que hice un par de preguntas, usé una venda, una cinta para atarle las manos…
—¿Seguimos hablando del trabajo manual de Aaron o hemos pasado a escenas «más dieciocho»? —lo increpa Caleb.
Me gusta que mi amigo esté de buen humor.
—Por favor. —Tira de sarcasmo—. Lo nuestro es para mayores de veintiuno —añade y, si la chulería fuese un pecado capital, mi hermano sería el rey del mismo—. Deja de interrumpirme, aquí el capitán está loco por ella y se le está yendo de las manos.
Y tanto que sí.
—Nos besamos —suelto sin andarme por las ramas.
Las reacciones son bastante normales. Yo esperaba algún jadeo de sorpresa, alguna mirada llena de malicia o, ¡yo qué sé!, una pancarta animándome, ¿y qué me encuentro? Sonrisas condescendientes y hasta un aplauso que atrae la atención de varias personas hacia nosotros.
—Por fin —suelta mi hermano, que decide hacer una cruz en la pared.
Saca el teléfono y lo veo teclear, me inclino solo para leer el mensaje como buen cotilla que soy. Por si no os lo veíais venir, le está contando a Cassie lo del beso y le ha pedido veinte pavos.
—¿Habéis apostado?
—Caleb, me debes otros veinte. —Y extiende la mano reclamando su premio.
Joder, sí que lo han hecho.
—Maldito seas.
—No se me escapa una —suelta.
—No me lo puedo creer.
—Cassie creía que lo haríais, solo que ella aseguró que sería en marzo, yo estaba convencido de que sería antes, y aquí estamos…
—¿Y tú? ¿Cuál es tu excusa? —increpo a Caleb, que silba fingiendo indiferencia.
—Yo pensaba que ibas a cagarte encima si esa chica se te acercaba a menos de un metro. Lo siento, eres demasiado tímido…
«Primera norma… Los chicos buenos las matamos callando».
Un escalofrío me recorre la columna al recordar esa noche y su sabor. Joder, es una delicia.
—¿Nos está ignorando de nuevo?
—Eso parece —asegura Caleb chasqueando los dedos frente a mí una vez más.
—No seáis gilipollas. No soy tan tímido —me defiendo—. Es solo que ella…
—Ella tiene lo que hay que tener para ponerte en tu lugar.
—No pienso contaros nada de eso, no intentéis jugar a ese juego de provocarme porque, lo creáis o no, ya estoy acostumbrado a que me lleven al límite —les explico—. Y dejad de reíros, joder, que parecéis unos cotillas de mucho cuidado. Tenemos temas más serios que tratar que…
—Lo mucho que le duelen los huevos a mi hermano —finaliza Asher por mí.
—Tan capullo como siempre —me defiendo de su ataque con otro ataque.
—Ese soy yo. —Hace una reverencia sentado y todo.
Apuesto a que las ensaya en su casa solo para fastidiarme.
—Vale, vale, ya está, ya nos hemos metido con él lo suficiente por hoy. Dejemos algo para cuando llegue a la primera base — esas palabras las ha pronunciado Caleb, pero las sonrisillas que se regalan mi hermano y mi amigo conseguirán que me tenga que tomar algo para el ardor de estómago.
Hay que ver cómo les gusta joder la marrana a estos dos.
—Tal vez sería buena idea tocar el segundo tema de la noche.
—¿Tu futura petición de matrimonio? —lo lanzo como una pregunta sin más a sabiendas de que mi hermano le está dando vueltas al asunto—. ¿Qué? Yo también puedo ir directo a la yugular.
«Primera norma… Los chicos buenos las matamos callando».
—¿Eso es cierto? —Asher guarda silencio ante la pregunta de Caleb, lo que en sí es una respuesta.
—Este no es el momento de pensar en esas cosas. Mejor hablemos de nuestro padre.
Nuestro padre, ¿es posible que esas dos palabras me provoquen urticaria?
—No hay mucho de lo que hablar —les cuento.
Llevamos poco más de diez minutos aquí sentados y es justo ahora cuando ha llegado la camarera con tres bebidas que no hemos pedido y con un plato de patatas fritas que tampoco estaba en nuestra mente devorar.
—Ah, vaya, gracias. —Caleb siendo Caleb, políticamente correcto salvo con nosotros.
La chica se despide dejando caer la bandeja de aluminio a su lado y ni siquiera nos mira en el proceso.
—Debemos de parecer unos cretinos si nos trata de esa forma —suelta mi hermano.
—O está hasta las narices de los tíos. —Porque son todos unos capullos, como diría nuestra pequeñaja. Y secundaría su madre, obvio.
—¿Y bien? —Cojo un puñado de patatas al punto de sal y me lo llevo a la boca para ganar un poco de tiempo.
—No hay mucho que decir —insisto una vez más.
—Háblale de la culpa —suelta Caleb.
¿De verdad este tío se considera mi amigo?
El rictus de mi hermano cambia y no solo eso, también lo hace su pose. Rígida, firme y para nada distendida.
—No me jodas, Aaron…
—¿Qué? ¿Ahora pretendes controlar mis emociones? ¿No puedo sentirme culpable por toda esta mierda? Porque, joder, por supuesto que lo hago. Claro que lo hago —expongo sin dejarme nada en el tintero.
Ya está bien de recular, de esconderse o de minimizar los efectos de algo.
Las personas tendemos a encerrar bajo capas y capas de hielo eso que nos duele y que puede hacernos sentir vulnerables, y yo el primero.
Y no quiero, porque la base de una relación es la sinceridad, y estas dos personas que hay frente a mí son mis pilares fundamentales.
Pienso en Blue y en que ella, poco a poco y paso a paso, se ha convertido en algo más que una amiga, en lo mucho que me gusta hablar con ella y en esa relación sana que se ha establecido entre los dos.
—Aaron… —Mi hermano se coloca de lado y posa una mano sobre la mía.
Cálida y reconfortante—. ¿Recuerdas todas esas veces en las que tú y yo nos sentábamos al pie de la cama a leer?
, ¿todas las veces en las que lo hacías a través de la pared?
, ¿o cuando no estabas presente, pero yo te sentía más cerca que nunca?
Por supuesto que lo recuerdo, cada maldito día de mi vida.
—Sí.
—Esos son los recuerdos que yo conservo de nosotros dos y esos son los que quiero guardar.
Quiero meterme contigo, quiero burlarme de ti porque estás pillado por una chica de armas tomar, quiero saber que eres feliz y que sigues adelante porque, Aaron…
—Alzo la vista hasta que nuestras miradas conectan y puede que estemos rodeados de muchas personas, quizá nuestro mejor amigo esté justo enfrente, sin embargo, no hay nada aquí, solo él y yo y esos niños que fuimos y esos adultos en los que nos convertimos—.
Si seguimos dándole importancia a una persona que no la tiene, conseguiremos que siga jodiéndonos la vida.
No hagamos eso, nos lo merecemos. Nos hemos ganado seguir adelante, juntos, como hermanos, como amigos, como un frente unido, y ya está bien de que Prescott dicte nuestros pasos. Solo nosotros tenemos derecho a darlos.
Aparto la vista visiblemente emocionado y no porque me dé vergüenza sentirme así, porque no puede importarme menos mostrarme tal y como soy, sino porque este…, este hombre es mi hermano y sigo sin saber cómo es posible que tenga la suerte de tenerlo conmigo.
—Joder, pues sí que te ha cambiado el amor —suelto la broma para destensar el ambiente.
Esa técnica la he aprendido de Blue, se cree que no me he dado cuenta de que, cada vez que la cosa se pone tensa o que las tornas giran y nos sitúan en posiciones peliagudas, rompe la tensión con una burla o una provocación.
Ash suelta una carcajada.
—Prométemelo.
Extiendo la mano y le aprieto el hombro.
—Te lo prometo.
Es probable que yo sea el hermano mayor, pero Ash me da cada día una lección de vida.