Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

El rugido que hay en mí

Aaron

E l marcador arde sobre el cristal como una herida abierta que sangra.

Dos minutos y diecisiete segundos. Eso es todo lo que queda para que el partido acabe.

El sonido del pabellón ha dejado hace tiempo de ser un simple rugido para convertirse en un zumbido espeso que se me cuela bajo el casco y me golpea en las sienes.

Respiro hondo, el aire sabe a hielo y a goma quemada.

A derrota, lo sé incluso antes de escuchar el sonido del marcador y el pitido final.

Me apoyo en el stick y flexiono las rodillas. La cinta está mordida y húmeda por culpa del sudor. Giro la cabeza en dirección al banquillo y me encuentro con miradas tensas, mandíbulas apretadas y rictus serios. Nadie quiere ser el primero en aceptar lo evidente. Yo tampoco.

— Face-off —anuncia el árbitro.

El disco cae y todo se acelera. Empujo a mis rivales, choco contra muchos de ellos y gano medio metro, quizá sea poco, sin embargo, nadie puede recriminarme que no me he dejado la piel en la pista. Eso no.

Oigo el crujido del contacto como si lo sintiese dentro del pecho.

El ala derecha se abre, levanto la cabeza, busco el pase y encuentro a mi hermano en su posición.

Tal y como sucede de forma habitual, sabemos lo que queremos y necesitamos sin emitir sonido alguno.

Hay un carril diminuto, lo sé, lo he visto mil veces y lo he estudiado otras tantas.

Suelto el disco rápido. Demasiado rápido.

El rival mete el stick y corta la jugada con una facilidad insultante.

—¡Maldita sea, joder!

El pabellón exhala un «oh» colectivo que a mí me suena a decepción.

Vuelvo atrás como un resorte, patinando con rabia contenida.

El reloj no deja de correr, siempre lo hace con más rapidez cuando vas perdiendo.

Holloway grita algo que no llego a entender; la máscara le vibra con cada palabra que suelta.

Bloqueo un tiro, siento el golpe seco en la espinillera y el hormigueo me sube por la pierna.

Bien. Duele. El dolor te mantiene despierto. El dolor hace que sea real.

—De eso nada, Aaron —grita mi hermano leyendo mis pensamientos. Apuesto a que lo hace de veras.

No me molesto en responder, solo me dirijo al banquillo para hacer un último cambio rápido.

Me quito el casco un segundo y dejo que el aire frío me queme la cara.

El entrenador no abre la boca, no hace falta, porque sabemos que ya está todo dicho.

Todos sabemos qué hay que hacer y también somos conscientes de lo difícil que es hacerlo.

Vuelvo a salir. El público se levanta. Hay pancartas verdes, manos que golpean el cristal. Pienso en todas las veces que he imaginado este final y cómo, en mis fantasías, siempre acaba bien.

Asher y yo entramos en la zona ofensiva.

El defensa rival falla un pase y sé que es ahora o nunca, así que me lanzo raudo y feroz a por ese contrataque, robo el disco y acelero.

El mundo se limita a una franja blanca y negra.

Amago, tiro de muñeca. El portero baja la rodilla y el disco muere en su almohadilla como si hubiera nacido allí.

—Joder.

Rebota, y Asher va a por él. Me empujan por detrás, me desequilibro y caigo. El hielo me besa la mejilla con su frío sucio. Escucho un silbato, y me percato más pronto que tarde de que no pitan el puto penalti. Claro que no. Por supuesto que no.

Mi hermano se lanza a por el contrincante que me ha empujado porque hay cosas que nunca cambian, y Asher Maddox siempre va a ser una puta bomba de relojería. Sonrío cuando el puño impacta contra la mandíbula del jugador del equipo contrario.

No estoy a favor de la violencia, pero, creedme, ese cabronazo se lo merece.

Me incorporo y me acerco despacio, todavía más despacio cuando me doy cuenta de que Ash lo ha arrinconado y que apenas puede defenderse. Cuando estoy a su lado, intercepto el puño de mi hermano porque se supone que eso es lo que debo hacer.

Soy todo responsabilidad. Soy todo honor, claro que sí. Sin embargo, todos sabemos que en esta vida todo tiene un límite.

—No vale la pena —suelto tal y como se espera de mí.

Entonces me giro y soy yo el encargado de darle el último golpe. Y, joder, me ha sentado bien. Puede que sea la frustración o esos límites de los que os hablo. O la suma de todo y nada a la vez.

—¿Aaron? —pregunta Ash turbado.

Me giro, tiro de su casco y le sonrío.

—He aprendido del mejor —añado con suficiencia.

El pecho se le hincha de… ¿orgullo? Y aparta la vista para mirar en dirección a las gradas, al palco, donde sé que está Prescott Maddox presenciando todo.

«Chúpate esa», parece gritar y me carcajeo porque así sea.

El partido concluye pocos minutos después y no siento nada más que pura frustración cuando cruzo el pasillo en dirección al vestuario.

Recuerdo las veces que Cassie intentaba mejorar nuestro humor cada vez que nos enfrentábamos a una derrota, con sus carteles, sus bailes improvisados o simplemente explicándonos que no pasa nada.

Mi hermano me empuja con su hombro como si él también estuviese rememorando esa clase de cosas. Apuesto a que es de esa forma.

—Lo hemos hecho bien a pesar del resultado —musita él.

Y el cambio en su forma de ver la vida me impresiona, porque Asher siempre ha sido de esos que quieren ganar a toda costa.

—El amor te ha cambiado, ¿ehhh? —Le sonrío y le deslizo una mano por el hombro para acercarlo a mí.

¿Dónde están las cámaras ahora? Esas que se empeñan en buscar polémicas inexistentes, que venden titulares que no son para nada reales sobre dos hermanos que se llevan mal y que son rivales dentro y fuera de la pista cuando Ash y yo no podríamos estar más unidos de lo que lo estamos.

O sí. Tal vez sí, si uno de esos hermanos hubiese hecho las cosas bien.

«Pues empieza por aquí. Por confiar en alguien. En mí».

—No ha sido el amor, ha sido Cassie. La culpa es suya y solo suya. —Alza las cejas en repetidas ocasiones y me adelanta para pasar primero.

Voy detrás de él y lo empujo, entramos en el vestuario riendo. Kai, Evan, Ben, Caleb y Donahue nos miran sin entender cómo podemos estar sonriendo tras una derrota, y tienen razón, lo sé, pero en la vida hay diferentes formas de enfrentarse a las cosas que nos pasan.

—Lo hemos hecho bien, chicos —les explico dejando el casco sobre el banquillo que hay justo bajo mi taquilla—.

El resultado no es el esperado, a ninguno nos agrada, lo sé, a mí tampoco.

—Todos asienten observándome. La función del capitán no es solo la de ayudar al equipo, crear unidad, trabajar en conjunto y fomentar el compañerismo.

Un capitán debe aceptar responsabilidades y trabajar para mejorar cuando las cosas se tuerzan como en este caso—.

Un resultado no nos define como equipo. Una derrota tampoco lo hace.

Todos nosotros —digo mientras los señalo uno por uno— nos hemos dejado el alma y la piel ahí fuera. Hemos peleado hasta el último segundo…

—Algunos de forma literal, ¿a que sí, capitán?

—Evan, esa bocaza tuya va a ser tu perdición —le suelta Donahue.

—Se lo merecía —insiste Evan.

—Por supuesto que sí —asevera Asher, que pasa por mi lado de nuevo hasta sentarse entre Kai y Caleb—. Ahora dejad que hable porque es nuestro capitán.

—Solo quería deciros —retomo la palabra y carraspeo, un poco abrumado por el respeto que todos y cada uno de ellos me profesan— que estoy muy orgulloso de todos y que pase lo que pase seguiremos luchando hasta el final.

No hay nada perdido si confiamos en nosotros mismos.

Y yo, chicos, confío en vosotros plenamente.

Cuando examino todas y cada una de las caras, me encuentro gestos de diversas índoles: algunos sonríen, otros tienen el ceño fruncido y mi hermano está mirándose los calcetines como si hubiese encontrado en ellos el Santo Grial.

Lo primero que siento es el vello de la nuca erizárseme. Entonces caigo en la cuenta de que no estamos solos y también sé a ciencia cierta quién se encuentra tras nosotros.

No he expuesto de forma pública la falta de relación con mi padre, aunque varios medios de comunicación se han hecho eco de la noticia.

Lo hemos dejado correr y no hemos emitido ningún comunicado de forma oficial.

Donahue sí que sabe lo que sucede porque es mi entrenador, porque lo respeto y porque tiene que tener ciertos datos.

Sobre todo, cuando dije que me marcharía.

—Mi hijo tiene razón, estoy orgulloso de todos y cada uno de vosotros porque sé que os habéis dejado la piel en la pista.

Sobre todo, de Aaron —sentencia para rematar, porque no hay nada que le guste más a Prescott Maddox que lanzar la estocada final, y no precisamente una agradable o divertida, le encanta el espectáculo y lo saborea a conciencia.

Como este instante en el que vuelve a menospreciar a Asher frente a todos.

—Yo estoy orgulloso de todos y cada uno de vosotros, sobre todo de mi hermano, que me defendió en esa pista porque eso es lo que siempre hace: dar la cara por los suyos. —Me giro y saboreo esa palabra final, la última—. Los que se lo merecen de verdad.

Kai sonríe con amplitud antes de darle un golpe en el hombro a Ash, que alza la vista y se lo devuelve.

No añado nada más, me limito a coger la bolsa con mis cosas e intentar escabullirme en dirección a las duchas porque no hay nada que necesite más que el agua caliente corriéndome por el cuerpo. O el agua fría que aplaque mi mal humor.

—Oye, Aaron… —La mano de mi padre me rodea la muñeca cuando paso por su lado como si no existiese—. ¿Podemos hablar un segundo?

Que Prescott pida, y no exija, ya es un avance, sin embargo…

—Tú y yo no tenemos nada de lo que hablar. No mientras sigas comportándote de la forma en que lo haces.

—Solo digo lo que pienso, tu hermano…

—¿Mi hermano? —lo pronuncio en voz alta, tan alta que muchos se dan la vuelta.

Ash, por el contrario, no—. ¿Mi hermano?

—insisto obviando el gesto contrariado de mi padre—.

Mi hermano vale mil veces más que tú y, si tengo que elegir —añado y doy un par de pasos hacia atrás hasta situarme a su lado—, no vas a salir ganando.

Ash me rodea la mano, como cuando éramos unos renacuajos que no tenían ni idea de lo que les deparaba la vida, solo nos teníamos el uno al otro, él a mí y yo…, yo a una utopía de familia.

—Vamos —me apremia a salir de aquí.

Y lo sigo, porque, joder, eso es lo que haría toda mi vida: dar la cara por él. Y rectificar es de sabios.