CAPÍTULO 29
Los gatos siameses
Blue
T odavía tengo la cafetera en la mano cuando Xavier toma asiento en la butaca que hay frente a mí y justo al lado de Thomas, uno de los clientes más cascarrabias y adorables que existen.
—¿Se puede saber cuándo pensabas contarme en qué consistía ese favor?
Por si fuese poco, Noah ocupa la butaca a su derecha y no pierde ni un solo segundo en buscar con la mirada a Gillian.
Le hago una señal para que sepa que está haciendo recuento en el almacén del Tide&Toast porque hoy tengo turno toda la mañana.
Tengo la tarde libre y esta noche un cáterin, así que, a pesar de que mi nariz todavía parece un puñetero pimiento rojo, las responsabilidades apremian y el dinero es del todo necesario.
—¿Quieres un café? —le ofrezco acercando la taza a donde se encuentra—. ¿O un té?, ¿cianuro?, ¿un poco de paciencia, que está claro que escasea? —ironizo para finalizar porque, ya sabéis, chicas, el sarcasmo combina con todo.
Xavier chasquea la lengua y asiente.
—Un poco de todo eso está bien —sentencia.
Le dedico la mejor sonrisa de perdonavidas que puedo poner, y él me la devuelve.
—Ya sé que es un plan horrible… —Dejo la frase sin terminar justo antes de chasquear la lengua y reconducir la conversación —. Sloane es una tía increíble que pasa por un momento de mierda. Solo necesita a alguien que la ayude.
—Y a tu cabeza acudí yo como el salvador celestial.
Alzo la vista y me río. Todavía tengo la garganta un poco irritada, sin embargo, suelto esa carcajada porque, ahí donde lo veis y a pesar de que pueda parecer un tontaina de mucho cuidado, Xavier no es tan gilipollas como parece.
Digamos que, en la escala del uno al diez, es un siete.
En ocasiones, un ocho. Roza el nueve otras tantas veces, pero lo quiero igual porque me ha ayudado y apoyado siempre, sin preguntar, solo porque sabe que lo necesito.
Es la persona más altruista que conozco. Después de Diddy, claro.
—Tampoco te pases, creo que te tienes en demasiada estima. —Le lanzo una mirada sardónica, y él me enseña la lengua. Thomas gruñe a su lado.
—¿Te está molestando, Blue?, ¿es eso? ¿Tengo que cargármelo? —pregunta señalándolo con el pulgar.
—No, Thomas, es más, este chico será como tú cuando tenga tu edad.
—Un machote con las mujeres.
—Un gruñón de campeonato —rectifico.
Thomas, que se toma mis palabras como un cumplido, le tiende el puño, y Xavier se lo choca como si fuesen hermanos gemelos separados al nacer. Al nacer si ambos tuviesen setenta años por lo menos.
—Esta chica —dice mientras mi amigo me señala— me ha metido en un buen lío —le explica.
Acerco la taza de café a su altura y el teléfono me vibra dentro del pequeño delantal que llevo puesto sobre mi falda de tablas.
Ni confirmo ni desmiento que he estado toda la mañana pendiente de él y no porque puedan llamarme del colegio, sino porque Aaron y yo hemos estado intercambiando mensajes.
Se fue de viaje ayer con los Wild Warriors porque esta semana tienen que jugar fuera de casa.
Antes de irse, me dejó la llave de su apartamento para que subiese si necesitaba algo, para regarle las plantas o por si sucedía algún desastre en lo que él estaba fuera.
Y es demasiado patético por mi parte admitir que he sentido la necesidad de subir a su piso en estos dos días solo para oler su almohada.
Sí, ese es el nivel. Venga, va, juzgadme.
Capitán Buenorro:
¿Cómo estás hoy? ¿Todo bien por ahí? ¿Tu nariz mejor?
—Y, cuando sonríe de esa forma, hay que temer lo peor.
Guardo el teléfono dentro del delantal de nuevo, porque no está de más hacerlo sufrir un poco. A ver, a ver, que yo quiero responder, pero… ¿en qué clase de tarada me convertiría eso? En una que está loquita por sus huesos. Pffff, descartado.
—Thomas, no le hagas caso. Tengo una amiga que acaba de divorciarse y su exmarido es un poco…
—¿Imbécil? —responde por mí.
—Controlador —agrego—. Aunque imbécil también.
—Le guiño un ojo, y Thomas me sonríe con cariño.
Esto es lo mejor de mi trabajo: las personas que se han ido abriendo hueco poco a poco.
Thomas es de esa clase de personas, viene cada día a verme, pide lo mismo, deja la misma propina y habla de lo mismo: el tiempo, la pesca, el ajedrez y, cómo no, del hockey y los Wild Warriors.
Resulta que los tengo hasta en la sopa—.
No la deja en paz, se planta en el trabajo porque cree que pueden volver juntos.
Así que se me ocurrió que Xavier puede ayudarla con ese pequeño asuntillo.
Ha llegado la hora de mover las pestañas como yo solo sé para convencerlos de que mi idea es maravillosa y no un completo desastre.
—Pues si él no quiere… —Otra vez con el pulgar.
—No, no. —Se adelanta Xavier. Abro la boca, un poco sorprendida, porque no me esperaba esa reacción por su parte—.
No es que no quiera ayudarla. —Mueve las manos haciendo aspavientos con ella hasta que se da cuenta de que lo hace y entonces sujeta la taza—.
Es que tenías que habérmelo explicado antes de verme allí, delante de todo eso sin saber qué debía hacer o cómo debía actuar.
—Pues, para no saber nada —matizo para que nos entendamos—, lo bordaste.
—Eso es porque soy bueno en cualquier cosa que me proponga.
Thomas da un golpecito en la barra y atrae nuestra atención.
—Pues sí que me cae bien. Y sí que se parece a mí, yo a su edad no quería atarme a nadie, vivía por y para las chicas.
—Pues él es igual, solo que vive por y para el trabajo.
—Es más pardillo que yo entonces.
—Gracias, no me ha destrozado el ego ni mucho menos.
—De nada, ahora aprenderás a aprovechar las oportunidades. —Indica sin dudar—. ¿Y esa chica… es guapa? —La pregunta la lanza Thomas, eso sí, debo admitir que Xavier se envara cuando la escucha.
Yo me limito a obtener información porque ya sabéis que lo que no se dice también enseña.
Y no, no es una de mis frases hechas, pero podría serlo sin lugar a dudas.
—Por supuesto que es guapa, es guapísima, de hecho —respondo antes que nadie.
—Pues, chico, según yo lo veo, es un favor agradable. Si no lo hace él, me ofrezco voluntario.
Extiendo la jarra del café y se lo relleno y también empujo un pequeño plato lleno de galletas de avena y zanahoria, las favoritas de Thomas de cada día.
Xavier alarga la mano y coge una, Thomas no lo amenaza de muerte, lo que significa que le cae bien de veras.
—No me gustó la actitud de ese tío. Richard —me cuenta—. Si están divorciados, ¿por qué tiene que presentarse en su trabajo?
No lo niego, Xavier tiene toda la razón del mundo, de hecho, sabía que algo extraño pasaba solo con verlo. Me daba mala espina.
—No lo sé. Imagino que es de esa clase de hombres que no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Y, créeme, de esos hay muchos en este mundo.
Y también los hay de los capullos que no quieren saber nada de ti y prefieren seguir saliendo y follando antes de sentar la cabeza.
Niego en repetidas ocasiones porque no me sirve de nada ponerme en modo dramática.
La vida me ha enseñado que regodearse en la miseria no soluciona nada, de hecho, ni siquiera tengo tiempo para hacer eso, así que mejor avanzar…
—Vale, me sacrificaré por ella. Y por ti. Un trabajo de lo más arduo si me preguntáis —contrataca Xavier. El pobre realmente parece abatido por este favor. Sí, ¿notaste la ironía? —. Dale mi número de teléfono, y podrá utilizarme a su antojo siempre que lo necesite.
Thomas le propina un par de palmadas en la espalda.
—Tremendo sacrificio debes de estar haciendo.
—No lo sabes tú bien.
—¿Quién te ha dado permiso para tutearme? ¿Y para cogerme las galletas? He cortado manos por eso, chaval. No te pases ni un pelo.
—Y yo he cortado lenguas por responderme de esa forma, así que supongo que estamos en paz.
Thomas lo repasa de arriba abajo sin temor alguno y entonces las comisuras de los labios se le alzan y se presentan de forma oficial. Ea, ya son amigos para toda la vida.
Mientras se adentran en una conversación sobre el último partido de los Wild Warriors y de cómo Asher, Aaron, Kai y Caleb se dejaron la piel en la pista, yo saco de nuevo el teléfono.
Debería estar poniendo un lavavajillas, reponiendo sobres de azúcar y preguntándome por qué mi compañera y Noah tardan tanto a pesar de que todos podemos hacernos una idea de las cosas que pueden estar haciendo dentro de la despensa.
No los culpo, porque yo también he sido de esas, de hecho, no puedo dejar de pensar en ello una y otra y otra vez. ¿Obsesionada yo? No entiendo por qué has llegado a esa conclusión.
Blue:
Mi nariz mucho mejor. Ya casi puedo respirar. Oye, Aaron…
Le doy a enviar y me muerdo el labio a la espera de su respuesta. Cómo me gusta pincharlo. Es mi deporte favorito.
Capitán Buenorro:
Me alegra mucho, seguro que fue por mi sopa.
Me envía un par de stickers y, tras eso, contesta con otra pregunta.
Capitán Buenorro:
¿Pasa algo, Blue?
Blue:
¿Qué llevas puesto?
En el siguiente mensaje, me adjunta una foto de él con el uniforme del equipo.
Desde esta perspectiva no le puedo ver la cara, pero sí el cuerpo.
Se distinguen a la perfección los protectores, el lobo que representa al equipo y los patines.
También hay varias sombras, lo que me hace pensar que se ha metido el teléfono en el bolsillo mientras entrenaban y es imposible que mi cabeza no se plantee, porque es así de atrevida, que lo ha hecho para hablar conmigo, porque esperaba mi respuesta.
Así que le envío una foto mía, una un poco más sugerente, de mis piernas, esas que recorrió hace días mientras estaba enferma, solo que esta vez desnudas.
Blue:
Si adivinas lo que hay debajo, te dejo mirar.
Y me desconecto, a pesar de que el móvil me vibra muchas muchas veces. Resulta que sí, que ya estoy recuperada, porque han vuelto las maldades.