CAPÍTULO 28
¿Eso es lo que creo que es?
Blue
J uniper decide que ya está cansada de ver cómo dos personas se lanzan miraditas o cómo una de ellas bizquea por la otra —en este caso, soy yo quien lo hace—, y se va.
—Ni siquiera voy a preguntarte si te gusta lo que ves —suelto para romper el silencio que se ha establecido en el salón.
Y casi que prefiero haberle dicho este tipo de frase porque mi siguiente opción era: «¿Crees que podrías volver a empotrarme contra la estantería?
O contra cualquier pared, ya puestos. No soy tan exigente como piensas en ese sentido», así que, sí, juzgad por vosotras mismas y elegid la primera opción como más sutil y comedida que la segunda.
Aaron sonríe a la vez que se levanta y se coloca bien los pantalones. Odio al que haya inventado esa prenda y lo odio por dos motivos: el primero es lo bien que le sienta y el segundo es que sin ella tendría las piernas a la vista y quizá algo más.
Aparto la vista cuando mi vecino clava la suya en mí.
—¿Has comido algo hoy? —¿Vosotras también os habéis percatado de que no ha respondido a mi pregunta? Porque yo sí.
Frunzo el ceño y niego.
—Apenas he podido ir al lavabo de forma digna, Maddox, no me pidas mucho más que eso.
Asiente y se pasea por la estancia adueñándose del espacio. Lo observo a mi antojo porque, si esos vaqueros por delante le quedaban de muerte, no hablemos de la retaguardia, majas.
—¿Te apetece una sopa? —añade mientras abre los cajones.
—¿Quieres terminar de matarme?, ¿es eso?, ¿estás intentando apiadarte de mí y acabar con mi sufrimiento? —Pues quítate los pantalones antes, por favor.
No me mira, se dedica a sacar cajas, envases y paquetes de patatas fritas, porque de eso sí que hay y mucho. También abre la nevera y revisa todos los cajones y hasta comprueba la fecha de caducidad de los huevos.
—Estoy hablando de prepararla yo.
—¿Tú? Insisto… ¿Quieres terminar de matarme?
Aaron se acerca con paso decidido y se arrodilla frente a mí, me coloca una mano sobre la frente, en las mejillas y también en la nuca, y me sorprendo moviendo la cabeza en busca de más caricias. ¿En qué posición me deja eso? No respondáis, por favor.
—No parece que tengas fiebre.
Niego para confirmar sus palabras. Y tras eso asiento porque no sé si he respondido bien o no.
—Esto es cosa de Juniper, esa niña trae los bichos a casa, me los contagia. Ella se recupera en dos segundos, y yo veo la luz al final del túnel.
—¿No crees que estás exagerando un poco?
—Es lo que hago cuando estoy enferma. De hecho, soy la peor enferma del mundo. Desde pequeña, que conste, mi madre siempre me lo repetía, que era peor que mis hermanos. Ahora entiendo que siempre fui la peor en todos los sentidos.
La respuesta de Aaron es bien sencilla, aprieta la manta con la que estoy tapada hasta que los nudillos se le ponen blancos.
—Deja de decir eso. Deberías alegrarte de que no estén en tu vida, por suerte cuentas con personas que de verdad te valoran como te mereces.
—¿Hablas de los Caldwell?
Sonrío porque en eso tiene razón.
—Y de mí.
Boqueo como un pez. Todo mi ingenio, mi chispa y esa gracia que me caracteriza se esfuman. Se evaporan. Se volatilizan. Pufff.
—¿A que ya no eres tan provocadora? ¿Ves? Yo también sé dejarte sin palabras. Mírala qué mona ella. —Me propina un golpecito en la nariz y sonríe condescendiente. Con. Des. Cen. Dien. Te—. Pues también sabe sonrojarse.
Y ahí estoy yo, sentada en mi sofá, con la nariz taponada, el orgullo tocado y el corazón haciendo cosas raras que no le he pedido que haga porque que tu corazón no te pida permiso para estas cosas… Lo he educado mal, por lo que parece.
Trago saliva. No porque quiera, sino porque mi cuerpo ha decidido entrar en modo traición máxima. Y no puedo culpar a nadie que no sea a mí misma.
—Sopa está bien. —Es toda la respuesta que le ofrezco.
Aaron cabecea afirmando y regresa a la cocina bajo mi atenta mirada. Se ve que lo único que puedo hacer es comérmelo con los ojos porque el resto de mi ingenio ha pasado a mejor vida. Quizá ya está cruzando al otro lado.
—¿Qué haces? —le pregunto cuando saca el teléfono del bolsillo.
Alza la vista y, de verdad, Blue, tienes que dejar de rememorar la escena porque ya está bien. Tienes el control de tu vida, marcas normas que cumples a rajatabla y que te protegen, así que déjalo ya.
—Le estoy preguntando a Asher cómo se hace una sopa —confiesa y el rubor le tiñe de nuevo las mejillas—. Debes saber que la oferta sigue en pie, sin embargo, es probable que mi sopa sea todavía peor que la tuya. Ash es bueno cocinando, yo no lo soy tanto.
—¿Un secreto por otro secreto? —murmuro desde el salón, y la sonrisa vuelve a bailarle en los labios.
—Claro.
—A mí tampoco se me da bien cocinar. No se lo cuentes a nadie, me temo que no se han dado cuenta. Es como el chiste ese del gato que está escondido entre las figuras de porcelana y que nadie ha detectado. Pues yo soy el gato.
—No tienes pinta de gato. —Me señala desde la cocina mientras teclea sin parar. Saca una olla.
—Ah, ¿no?
Niega y suelta una risilla.
—Tienes pinta de alguien que quiere una sopa preparada por su vecino.
—Por su vecino cañón —matizo.
Aaron mueve la cabeza y el pelo lo hace con él. Me gusta verlo así, aquí, en una tarde normal, tan diferente a ese chico que sale por la tele o que se ve en los partidos, ese que parece tan distante, tan comedido, tan cuadriculado y organizado.
—¿Un secreto por otro secreto? —me pregunta mientras lo observo cortar verduras y meterlas dentro del fregadero.
—Claro.
—No he sido capaz de contestar a ni una sola llamada de mi padre desde que estuve a punto de dejar los Wild Warriors.
La confesión me pilla por sorpresa. Escucho a mi hija trastear en su habitación y acomodo mucho mejor el cojín sobre el que estoy apoyada, extiendo las piernas y me cubro todavía más con la manta; si pudiese, me haría una bolita con ella.
—No deberías sentirte mal por eso, Aaron. Hiciste lo correcto, diste un golpe sobre la mesa y marcaste límites. A veces es muy necesario.
—Lo sé, lo sé.
Deja de pelar un puerro y mira a la pared de enfrente. Parece tan vulnerable, tan abatido, que me pongo en pie.
Aparta la vista cuando me ve acercarme, con la manta arrastrando por el suelo hasta ocupar la silla que hay justo enfrente de la pequeña isla de la cocina. Ahí es donde cenamos muchas veces Juniper y yo, cuando estamos solas. Es nuestro rincón pequeño y acogedor. Ahora también lo es de Aaron.
—¿Entonces?
—Me siento culpable por no haberlo hecho antes —y, esta vez, cuando pronuncia esas palabras, cuando las acompaña de esa tristeza infinita, el corazón se me resquebraja—. Por no haberme posicionado antes, Blue.
—Eras un niño.
Suelta el cuchillo, y abro mucho los ojos cuando lo hace.
—Lo fui un tiempo. Tengo treinta y dos años, Blue, ¿qué excusa quieres que use para todos esos años de madurez? Dímela, dime una que me haga sentir mejor porque yo no la encuentro.
No sé qué responder a eso, no porque no quiera buscar una excusa, sino porque la realidad es que no la tiene.
Y que no todo en esta vida pasa por encontrar una palabra o una frase que nos exculpe.
En ocasiones es mucho más sencillo que eso, es tan sencillo como asumir que te has equivocado y aprender de esos errores.
A simple vista puede resultar fácil para las personas que lo hemos vivido y te garantizo que no lo es tanto.
—No voy a hacer eso. —Saco un pañuelo del bolsillo del pijama y me limpio la nariz.
Mañana la tendré dolorida y con pequeñas heridas cicatrizando—.
No voy a decirte que lo has hecho bien solo para hacerte sentir mejor —le explico y su mirada pasa del asombro a la estupefacción en décimas de segundo y, tras eso, a la culpa—.
Lo que sí puedo recordarte es que te has dado cuenta, que tienes a tu hermano, que él no te acusa de nada porque tú solo intentabas que la familia permaneciese unida.
Y, créeme, nadie más que yo es consciente de lo que significa luchar por una familia.
Incluso dejando de ser tú misma para comportarte como los demás esperan de ti. ¿Y sabes qué?
Me levanto, me acerco hasta el fregadero y me lavo las manos dos veces. Cojo su propio cuchillo, señalo la silla que hay enfrente y corto el resto de verduras.
—¿Qué?
Aaron no toma asiento, me temo que en eso nos parecemos, cuando estamos nerviosos o expectantes nos convertimos en culos inquietos. Como yo, que no he sido capaz de quedarme tumbada al verlo así. Porque Aaron me importa. Me importa mucho.
—Que los demás no son los que tienen que indicarte cómo debes actuar o comportarte, tampoco deben señalar las partes de ti que les gustan o las que los hacen sentir molestos, solo deben aceptarte tal y como eres. A ti y a tu hermano.
—Y a ti —suelta mientras reajusta los cojines del sofá.
Este chico tan cuadriculado, tan ordenado y tan condenadamente protector…
—Y a mí. Por eso decidí que, si no me quieren como soy, no me quieren de ninguna de las maneras. Y tú debes aceptar que te equivocaste, porque lo hiciste.
Termino de colocar las verduras y continúo el proceso. Esta vez voy a probar algo nuevo, quizá echarle un poco de aceite, algo más de sal y tal vez triturar parte de la verdura al final, como Maddie me ha recomendado en alguna ocasión.
—Lo sé.
Continúa moviéndose por el salón y comienza a recoger ropa que hay colgada de las sillas porque por todos es bien sabido que los respaldos son las mejores perchas que existen. Compiten de cerca con las bicicletas estáticas y las cintas de correr.
—Ahora bien, ¿de qué sirve estar toda la vida cargando con ese peso sobre tu espalda? ¿Qué va a solucionar? Y no es una pregunta retórica, espero una respuesta.
Recorro la distancia mientras me vuelvo a tirar en el sofá.
Aaron aparta la vista y se queda unos instantes observando la olla que está en el fuego y asiente entendiendo que me he encargado yo de ello.
Toma asiento en el mismo sofá y coloca mis piernas sobre sus muslos y comienza a pasear las manos por las mismas sin prestarles atención, tiene la vista clavada al frente y la mirada perdida.
Aaron abre la boca para responder algo y en última instancia duda.
Lo veo tragarse las palabras, como si de pronto se diera cuenta de que no tiene ni la menor idea de cómo responder a eso.
O quizá es que no se ha formulado la pregunta.
En ocasiones no es la respuesta lo que buscas, sino la pregunta lo que hace que todo comience a encajar.
—A veces no sé ni quién soy sin… —empieza, aunque se detiene y sacude la cabeza—. No importa.
—Claro que importa —contesto, suave, y, cuando deja de acariciarme, muevo los pies sobre él, sonríe y le doy unos segundos porque sé que tiene que poner las ideas en orden.
—Sin sentir que le debo algo a todo el mundo —termina, por fin, la frase.
Su confesión se queda flotando entre nosotros, pesada y frágil al mismo tiempo. Un hilo del que, si tiro demasiado fuerte, puede romperlo o liberarlo.
—Aaron… —susurro.
Él sigue mirando al frente, esperando que la pared le dé alguna respuesta que yo no puedo darle.
—Es agotador —murmura—. Vivir con esa sensación constante de que, si no hago lo correcto, si no aguanto, si no cargo con lo que toca, alguien va a salir mal parado. Y voy a ser yo el culpable. Otra vez.
—Lo sé. Créeme… —Hago una pausa—. Lo sé. —Una pausa más—. No le debes nada a nadie —pronuncio en voz baja, firme—. Ya lo diste todo. Más de lo que cualquier niño debería haber dado. Más de lo que cualquier adulto puede sostener.
Traga saliva, y por primera vez en toda la noche se permite cerrar los ojos.
Las pestañas le tiemblan. Su coraza se resquebraja por momentos y no sabéis lo mucho que valoro que sea conmigo, que me haya elegido a mí para hablar de esto, para confesar cómo se siente y para admitir que lo ha hecho mal.
Es un buen tío. Uno muy valiente, dicho sea de paso.
—No sé cómo dejar de sentirlo —admite tan bajito que casi no lo escucho.
—Pues empieza por aquí —respondo—. Por confiar en alguien. En mí.
Eso consigue que me mire. Es un segundo, un instante apenas, pero algo en su pecho se afloja. Lo noto.
Me recoloco en el sofá, apoyando la cabeza en su hombro. No sé en qué momento el cansancio empieza a empujarme hacia abajo, solo sé que siento que puedo relajarme un segundo porque él está aquí, porque, a pesar de sus heridas y sus dudas, Aaron es un lugar seguro para mí.
—Blue —me llama, solo que su voz llega distante, lejana, tibia.
Intento responder. De verdad que lo intento.
Pero el día pesa. La semana pesa. Y él pesa en mi cabeza, en mis pensamientos, en mi pecho.
Así que cierro los ojos solo un segundo.
Uno. Quizá dos.
Noto cómo me acomodo sin querer, las piernas recogidas, los brazos alrededor del suyo. Escucho un murmullo suave, un suspiro que no sé si es mío o no lo es, y entonces…
—Descansa —lo escucho decir en un susurro que apenas roza el silencio de mi salón.
Y luego unos pasos.
Abro los ojos de nuevo y lo encuentro acercándose a la cocina.
—Aaron —murmuro. Me observa y sonríe con calidez. Es reconfortante, es seguro, es agradable que te cuiden porque nunca nadie lo hace—. Gracias por todo esto. Por cuidarme, por contármelo, por leerle a Juniper, por los detalles que suman —le confieso abriéndome en canal.
Porque si él lo ha hecho conmigo, ¿por qué no devolverle, aunque sea, una ínfima parte a él?
—No quiero que me lo agradezcas porque no lo hago para eso.
—¿Y por qué lo haces?
Ladea la cabeza y no sé si son imaginaciones mías, el cansancio, el resfriado o una combinación de todo lo anterior.
—Por ti. Deja que cuide de vosotras, Blue. —Comienzo a negar porque eso suena demasiado bien. Demasiado bien para ser real—. Al menos hoy —finaliza como si hubiese entendido mi reticencia. Mi miedo. Porque el futuro es incierto y me da pavor todo lo que pueda suceder si pienso en él.
He vivido el presente y esa es una de mis normas, porque protege. Me protege y pienso seguir haciéndolo.
Así que, siguiendo esa filosofía, hablo una vez más.
—¿Podrías…? —Me hundo un poco más en el sofá y en ese olor a él que aún flota en el aire—. ¿Podrías quedarte esta noche? —titubeo.
Alterna la mirada entre la olla, el pasillo por el que ha desaparecido mi hija y yo. Un destello de sorpresa atraviesa sus facciones y, cuando estoy casi convencida de que va a negarse, se acerca de nuevo, me coloca los pies sobre sus muslos y los masajea con esa cadencia que me desarma.
Es entonces cuando recuerdo que hace apenas unas semanas os contaba que la vida no es de color de rosa para nadie. Ni siquiera para el capitán del equipo. Y me reafirmo en mis palabras.
Y, tras ese pensamiento, me duermo.