Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

La caca de la vaca

Blue

E scucho cómo suena la puerta de casa y me planteo acercarme a ella rodando.

Y no, no exagero. La poca fuerza que queda en mí me impide hacer eso, sobre todo, por la dignidad que perdería por el camino y porque, ¿para qué engañarnos?

, tengo la esperanza de que el chico que se encuentre al otro lado sea el capitán de los Wild Warriors.

Así que hago de tripas corazón y arrastro los pies hasta la entrada.

Por la mirada que me dedica Aaron, estoy bastante convencida de que mi cara lo dice todo.

Llevo el pelo recogido y sin lavar desde hace dos días —sí, desde que su mano se enredó en él y desde que me besó y desde que no he dejado de fantasear con sus últimas palabras—, me he puesto una sudadera que ha vivido épocas mejores y unos calcetines por los que se asoman los dedos pulgares.

Si Aaron no sale corriendo después de mi poco sexapil, nada podrá asustarlo.

Ladea la cabeza y me observa unos segundos de más, me temo que está valorando cuáles pueden ser las vías de escape y si en realidad la carne es transparente y no lo he visto.

—Tienes mala cara —dictamina al final.

—Gracias por tus buenos deseos, espero que sean los mismos cuando tengas que dar la voz de alarma porque me haya muerto en el sofá.

Supongo que no nos pilla de nuevas el concepto de maridramas .

Sonríe, entra y se quita las zapatillas sin que tenga que pedírselo.

Como dato informativo que nadie me ha pedido, sus calcetines están perfectos, sin agujeros y con pinta de haberlos lavado con un detergente caro.

Ese detalle debería hacerme sonreír más de lo que lo hace. Sí, estoy enferma de verdad.

—¿Qué es eso? ¿Traes drogas? Porque las necesito.

Me dejo caer en el sofá mientras observo cómo mueve una bolsa de papel kraft frente a mis ojos.

Y, antes de que podamos hablar de contrabando del bueno, mi hija aparece por el pasillo con sus calcetines dispares porque hoy ni siquiera tengo ánimos para pedirle que lo haga bien.

Y porque está monísima con uno rosa y otro azul lleno de dinosaurios.

Lo importante no es el outfit que lleva —o llevamos—, sino la forma en la que se le ilumina la cara al ver a Aaron aquí.

Y, ya puestos, la manera en la que recuerdo con todo lujo de detalles que, bajo esa fachada de tipo estoico y cuadriculado, hay un pequeño lobo escondido.

Lanzaría bocados al aire si no me doliese tanto la cabeza.

—¡Aaron!

Corre hacia él, y él se agacha justo a tiempo para recibirla. La abraza con cuidado, como si supiera exactamente cómo le gusta a mi hija, como si llevara tiempo memorizándolo.

—Hola, peque.

—Mamá está malísima —informa ella muy seria. Mírala, si parece una doctora en prácticas—. Ha estornudado raro y se ha sonado los mocos todavía más raro.

Pues sí, suena supersexi a rabiar, vaya.

—Eso parece grave.

—No soy quién para entrometerme en vuestra conversación y crítica nada constructiva, pero debéis saber que estoy aquí presente y que he sobrevivido —murmuro desde el sofá, arropada hasta el cuello—. Por ahora.

Aaron me observa y me guiña un ojo desde allí, todavía con mi hija pegada a él como un pulpo al cofre del tesoro, justo antes de dejar la bolsa en la mesa baja y tomar asiento en ella clavando la vista en Juniper.

—Te he traído algo —le cuenta.

Ella se queda quieta. Y la palabra «quieta» nunca jamás va de la mano de Juniper.

Me temo que está evaluando la situación e intentando adivinar qué es lo que puede esconder esa bolsa de la que no pierde detalle.

Aaron saca el libro despacio bajo su atenta mirada sin perderse para nada sus expresiones.

Yo, por el contrario, lo observo a él, porque no puede sorprenderme más de lo que lo hace. De hecho, sigo sin entender por qué.

—Se llama La reina que aprendió a leer el fuego . —Me centro de nuevo en lo que hablan dejando a un lado mis pensamientos de enferma terminal.

Juniper frunce el ceño.

—¿Es una princesa?

—Es una reina.

—¿Y es mala?

—Eso depende de quién cuente la historia.

Extiende la mano y le muestra el libro. Juniper lo sujeta con cuidado y, señoras y señores, ese es su nuevo tesoro, no porque sea un cuento, que también, sino por la persona que se lo ha regalado.

—Yo también tengo algo para ti —suelta de repente y me deja atónita porque no me lo esperaba en absoluto.

Normal, puesto que he estado muy ocupada barajando qué puedo dejar escrito en el testamento.

Sale corriendo hacia su habitación y vuelve con un folio doblado varias veces sobre sí mismo. Se lo da sin mirarme porque para ella también es importante leer las reacciones de Aaron.

El capitán de los Wild Warriors lo abre despacio y sonríe cuando entiende que Juniper le ha hecho un dibujo de un dragón, como el del cuento que han estado leyendo en esta última semana y media.

Es irregular, una figura con corona torcida y letras grandes y desiguales arriba que dicen «aaron», así, en minúscula.

Quizá sea el efecto del antigripal que he tomado o puede que sea la poca comida que he ingerido hoy y la cantidad de pensamientos que han cruzado por mi cabeza, todos ellos llenos de cosas que no he hecho y con las que debería haber cumplido.

Sin embargo, aquí estoy, quieta, sin apenas poder apartar la vista de ellos y de la conexión que mi hija ha establecido con este chico.

Sin analizar más a fondo la relación que yo misma he entablado con él.

«Sí, Blue, mucho cachondeo, mucha coña, pero este chico es… No es un capullo».

Dejémoslo ahí.

—Es un dragón bueno —explica ella antes de que él diga nada—. Quema solo las cosas malas.

Aaron le revuelve el pelo, y a Juniper le encanta eso.

—Entonces es el mejor dragón del mundo.

No exagera. No sobreactúa. Lo dice como si fuera un hecho constatado.

Dobla el dibujo con cuidado y se lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta.

Yo me limito a seguir allí quieta, porque si me levanto a saber cuántos dientes pierdo, y a observar la escena desde el sofá, con la garganta algo apretada, recordándome que es todo por culpa del resfriado y solo del resfriado.

Ambos toman asiento en el suelo, en esta ocasión, no pegan la espalda al sofá para que yo pueda observarlos a mi antojo.

Aaron abre el libro, aunque no empieza a leerlo enseguida.

Primero pasa las páginas con delicadeza, está intentando captar la atención de Juniper porque eso es muy importante en su caso.

—¿Leemos juntos? —le pregunta—. Eres tú la que mandas, peque.

Juniper asiente. Sus hombros están relajados antes de comenzar, sin embargo, conforme avanza, todo cambia y llega esa parte mala de la lectura. A pesar de todo, Aaron lee despacio, vocalizando sin exagerar. Cuando llega a una frase larga, se detiene.

—¿Quieres probar con alguna palabra? Como hemos hecho hasta ahora —le propone.

Sé que es un trabajo lento, hay que ser muy paciente y hay que enseñarle a Juniper que ella no tiene ningún problema, que no es diferente ni está rota, solo tiene otro ritmo.

Ella examina la página. Señala una corta.

—Esa.

La lee bien. Aaron continúa, dando a entender que no ha pasado nada. Un par de líneas después, Juniper se adelanta demasiado.

—Esa la sé —asevera.

La palabra es más larga. Tropieza en la mitad. Se corrige. Vuelve a empezar. Frunce el ceño, molesta consigo misma. Y frustrada.

—No —niega—. Esa no.

Aaron no la regaña y tampoco la presiona, solo bromea.

—Es una palabra tramposa —asegura dirigiéndose hacia el texto—. Empieza como otra, pero luego se gira.

Juniper suspira.

—Odio cuando hacen eso.

—Yo tampoco me fío de ellas. Nunca hay que fiarse de las palabras, son unas liantas. Como tu madre —me cuenta.

Juniper se ríe de mí, me apunta con el dedo y todo, y les enseño la lengua a ambos. Lo hago por ellos, por ella, por el esfuerzo de Aaron y por lo mucho que está… implicándose. Sí, debe de ser el resfriado, seguro que es eso.

El ambiente se aligera un pelín. Aaron lee otro párrafo entero sin pedirle que intervenga, está dejando que se recupere del chasco anterior.

Yo observo desde el sofá cómo Juniper no se desconecta.

No se marcha ni pide que pare, sigue ahí, pendiente del cuento, de su voz, de la cadencia de la misma.

Podría dormirme solo con escucharlo narrar de esa manera.

Un poco más adelante, marca otra palabra. Mi hija la lee mal y se da cuenta ella sola.

—No —murmura rectificando.

—¿Quieres que lo dejemos? —pregunta él, antes de que vuelva a caer en la frustración.

Ella duda y acaba negando con la cabeza.

—Otra vez.

Esta vez tampoco le sale y no sucede nada, Aaron no la corrige, simplemente cambia de página para que no se bloquee.

—La reina también necesitó ayuda —explica haciendo una pausa—. Nadie nace sabiendo leer el fuego.

Sus palabras no van dirigidas a nadie en particular, aun así, todos los presentes las escuchamos.

—¿Una más? —pregunta Juniper en voz baja—. ¿Una más, Aaron?

Siento algo muy concreto apretarme el pecho.

No es alegría. Es… calma, porque se está esforzando y porque, a pesar de todo, no se rinde.

En el cole me dicen lo contrario, que no quiere continuar, que lo deja de intentar y viendo la estampa que se desarrolla frente a mis ojos estoy convencida de que es por la exigencia, porque no le permiten que se sienta segura, se limitan a señalar lo que hace mal y no a elogiar sus logros.

Lee una palabra corta. Bien. Sonríe, sorprendida de sí misma, y es gracioso ver cómo no termina de creérselo.

Cuando cierran el libro, no porque haya terminado, sino porque ya es suficiente por hoy, Juniper se apoya contra el sofá, cerca de mí. Aaron se queda en el suelo, frente a nosotras.

—Mañana seguimos —promete él.

Juniper bosteza.

—La reina no era tan mala.

—A veces solo hay que aprender a leer el fuego de forma diferente —responde Aaron clavando su mirada en mi hija.

Cierro los ojos un segundo. Pienso que quizá no se trata de forzar las cosas, sino de ir atesorando momentos como este. Pequeños. Tal vez imperfectos. Algo que, algún día, le recuerde que puede. Que ya ha podido antes. Y que podrá siempre que luche por ello.

Cuando los abro, Aaron me está observando desde el suelo, como si supiera exactamente en qué estoy pensando.